Ella (Corazón de Pantera nº 5) 8 #3
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—Le tendremos que pedir a Julia que mande las fotos por triplicado —dijo Jaime mientras se dirigía a la cocina.

Su mujer cabeceó antes de centrar toda su atención en Lucía.

—Pareces cansada. ¿Noche toledana?

—Algo así, mamá. Salí con las chicas, era el cumpleaños de Pilar.

—¿Lo pasasteis bien?

—Sí, me divertí mucho, pero no fue una noche de desmadre como otras veces y regresé a casa a una hora prudente.

—¿Y qué te quita el sueño entonces? Porque tienes aspecto de no haber dormido muy bien.

—Bueno, tengo cierta inquietud.

—¿Y puedo saber por qué? —preguntó sentándose junto a ella y bajando la voz.

Lucía la miró y resopló. En las dos últimas semanas su vida se había convertido en una maraña de incertidumbre y había preferido mantener a su madre al margen.

—¿Recuerdas aquella chica de la que te hablé?

—¿Qué chica?

—La del pub Pantera.

—¿La que te gustaba y resultó ser menor?

—Sí, esa —contestó y se preguntó por qué recordar ese momento la ponía tan triste—. Hace unos días la volví a encontrar.

—¿En serio? —inquirió con algo que Lucía interpretó como cierta ilusión—. ¿Y has hablado con ella?

—Y tanto, mamá. Donde la he vuelto a ver es… en el instituto.

—No me digas que es una estudiante.

—Tal cual. Es una alumna de tercero.

—¿Por qué no me lo habías contado antes?

—Pues, mamá, porque no ha sido fácil de asimilar. Ya está todo más tranquilo, pero el principio del curso fue turbulento.

—Ahora entiendo por qué el primer día viniste con esa carita descompuesta. Ya sabía yo que no podía ser por los nervios.

—Fue un golpe duro descubrir que iba a tener que darle clase y que solo tiene dieciséis años.

—¿Dieciséis?

—Sí, mamá, dieciséis, cumplidos justo cuando nos conocimos.

—Vaya.

Jaime regresó y las dos guardaron silencio. Él sonrió acomodándose en su silla.

—¿Qué hacemos? ¿Me vuelvo a ir para que sigáis hablando o preferís iros a la cocina?

—Papá, eso ha sonado muy machista.

—Machista para nada, hija. Simplemente, la cocina es donde se está haciendo el arroz y me da que se va a empezar a quemar si tu madre no lo vigila.

—Voy a ver —dijo Patro levantándose. Lucía la siguió.

—Y que sea la última vez que me llamas machista. Parece que no me conoces. Si lo fuera no habría preparado la deliciosa ensalada que te vas a comer ni habría limpiado el baño esta mañana y la ropa seguiría sin planchar.

—Está bien, papá, pero me refería al comentario, no a ti. Sé perfectamente que no eres un machista, no te enfades.

—No me enfado. Anda, vete a cotorrear con tu madre, que se note que las mujeres sois unas cotillas —exageró Jaime.

Lucía salió del salón poniendo los ojos en blanco.

Le divertía esa versión de su padre que trataba de simular lo que no era solo para hacerla rabiar.

Una vez en la cocina, encontró a su madre apartando la comida del fuego.

Se sentó en el lugar donde tantos miles de mañanas había desayunado y unos segundos después, su madre se situó junto a ella.

—Así que dieciséis…

—Sí. Pero da igual dieciséis que dieciocho. Es mi alumna y no sería ético.

—Entiendo. Pero ¿qué ha pasado en estos días? Supongo que habréis hablado.

—Claro, mamá.

—Espero que no te haya metido en líos. A ver si se va a poner a contarlo todo a sus amigas. No es que sea nada malo, pero no quiero que vayan murmurando sobre ti, que la gente puede ser muy cruel.

—Tranquila, mamá. Tina no es de esas. Es una persona discreta y me ha respetado en todo momento.

—Pero me has dicho que el comienzo del curso ha sido tormentoso.

—Ya, pero ha sido más por desencuentros entre nosotras. Para ella fue difícil volver a verme en esas circunstancias y asumir que no tenía posibilidades conmigo.

—¿No las hay? —dudó Patro.

—No, mamá.

—¿Y tus sentimientos?

—No hay sentimientos. No puede haberlos —matizó—. Por su parte parece que sí, pero yo soy la adulta y tenía que poner orden y límites. Al menos hemos empezado a entendernos y me siento más tranquila.

—¿Y por qué no has podido dormir entonces? —preguntó cogiéndole la mano.

—Nada, mamá. Es que ayer por la tarde me llamó su… digamos que su padrastro. Y, bueno, pues me removió un poco.

—¿Por qué? ¿Acaso te dijo algo? ¿Se metió contigo?

—No, para nada. Es un hombre muy majo. Simplemente, me hizo pensar en ciertas cosas. Pero, no te preocupes, mamá. Todo se está poniendo en su sitio.

—Mejor así. Pero recuerda que puedes acudir a mí si algo te hace sentir mal.

—Lo haré. Pero estate tranquila, todo está bien —reiteró.

—Tina… —murmuró la madre tras un instante de silencio.

—Tina —la secundó Lucía y los ojos se le llenaron de luz.

Patro apretó con más fuerza la mano de su hija antes de levantarse para servir la comida.

Lucía regresó al comedor con una barra de pan y los cubiertos.

El recuerdo de Tina le había acelerado los latidos.

Mientras tanto, su madre respiró hondo y, con el cucharón en la mano, se quedó parada mirando al vacío.

Intuía que no todo estaba dicho, que Lucía se había entregado a una convicción errónea, a una lucha descarnada contra su propio corazón.