Ella (Corazón de Pantera nº 5) 8 #2
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Apenas habían pasado tres días desde la primera conversación en el pasillo y dos desde que habían empezado a hablar realmente, pero todo parecía distinto.

Verla sonreír cuando se cruzaban le hacía sentir seguridad, y conversar unos minutos con ella cuando se presentaba la ocasión le ayudaba a conocerla mejor.

A pesar de que eran charlas cortas y poco profundas, Lucía había llegado a la conclusión de que Tina no era tan arisca como le habían advertido, que había mucho bueno e interesante que descubrir dentro de ella.

Su forma de ser le atraía demasiado y deseaba profundizar, saber cada vez más sobre su vida, aunque era consciente de que suponía jugar con fuego.

Pero quería confiar en la palabra de la chica y en su propio sentido común para que entre las dos pudiera darse una buena relación, lejos de la amistad, pero también de todo peligro.

Manoseó una goma de borrar mientras se preguntaba por qué se había desviado de su tarea para pensar en Tina. Pero sus cavilaciones terminaron cuando el teléfono supletorio que tenía instalado en el estudio sonó haciéndole dar un respingo. Era Lola.

—Solo quiero saber si cuento contigo para ir a comprar el regalo de cumpleaños.

—Claro que sí, tita. ¿Por qué lo dudas?

—Bueno, temía que algo te retuviera en el instituto como la semana pasada.

—Pues ya ves que estoy en casa.

—¿Y no tienes que ir después?

—Lola, son más de las siete.

—Ya.

—Como comprenderás, no son horas de tener que ir al instituto.

—Vale, pues quedamos entonces para dentro de media hora, ¿podrás?

—Sí. Termino con lo que tengo entre manos y me preparo.

—A las diez hemos quedado en la tasca para cenar, pero tendré que ir antes a casa para disimular. Y ya aparecerás tú luego allí, supongo que con Marta. Si Pilar nos ve llegar juntas, sospechará.

—Claro, no te preocupes, nos dará tiempo.

—Pues en un rato te recojo.

—Oye, ¿y cómo vas a despistar a Pilar?

—Celeste la ha llamado para que la ayude a arreglar la lavadora. La tendrá un buen rato entretenida.

—¿Acaso se le ha roto?

—Qué va. El cervatillo le ha puesto no sé qué producto para que salga espuma sin parar. Está loca —añadió con cariño.

Lucía aún tardó unos segundos en dejar de reír tras colgar el teléfono. Le había hecho gracia la treta de Celeste. Pero también le enternecía lo nerviosa que se ponía Lola cuando preparaba una sorpresa para Pilar. Después de tantos años juntas, era como si tratara de conquistarla cada día.

Lo dejó todo preparado para continuar al día siguiente y se levantó dispuesta a ir a cambiarse.

Antes de salir de la habitación, el teléfono volvió a sonar.

Pensó que sería de nuevo Lola y estuvo a punto de soltarle una gracieta, pero de inmediato se percató de que el sonido de fondo era diferente y que todo indicaba que la llamada llegaba desde una cabina.

—Buenas tardes. ¿Eres Lucía?

—Sí, ¿quién es? —preguntó extrañada.

—Soy Ángel. Ángel Lozano. El… bueno, el exmarido de la madre de Tina. Nos presentó Juan hace unos días.

—Sí, claro. ¿Qué tal, Ángel? Pensaba que estabas en Alemania.

Lucía, nerviosa, enredó sus dedos en los bucles del cable telefónico. No entendía el motivo de la llamada y temió que algo se hubiera podido torcer.

—Digamos que he vuelto antes de lo previsto. Perdona si te molesto a estas horas, pero acabo de llegar y, casualmente, me he encontrado con Juan Martínez. Me ha comentado que ha habido problemas con Tina y que necesitabas contactar con la familia. Me ha dado tu número, espero que no te importe.

—Para nada, Ángel. Y, sí, es verdad que ha sido un comienzo de curso un poco complicado con Tina. Pero, como ni tú ni su madre estabais disponibles, acabé hablando con ella y ya parece todo encauzado.

—¿Y puedo saber qué ocurría? Me importa mucho todo lo relativo a mi… a Tina.

—Lo sé, pero tengo entendido que tendría que pasar por el filtro de Paz para poder tratar contigo de asuntos relativos a su hija.

—Es cierto, pero, Lucía… Mira, tú estás en tu casa, yo en la calle, no son horas lectivas… Solo somos dos conocidos que charlan.

—Eres un pillo, amigo —bromeó y los dos se sonrieron a distancia unidos por una inesperada e incipiente complicidad.

—Solo es una charla extraoficial —insistió Ángel.

Lucía guardó silencio durante un instante mientras trataba de despejar sus dudas.

Era cierto que el fotógrafo no tenía potestad para conocer ciertos detalles.

Legalmente no era nadie y ella podría meterse en un lío si le abría la puerta para que interviniese.

Pero, por otro lado, algo le hacía confiar en él, la única persona que parecía preocuparse de verdad por Tina.

Además, Ángel la había conquistado con esa prudencia con la que había tratado de evitar las palabras «padre» e «hija» para no meterse en un charco, aunque era evidente que para él su relación con Tina era justo esa: la de un padre y su hija.

—Vale, una conversación extraoficial —cedió Lucía—. Pero, por favor, no le digas nada a Juan ni a Paz. No quiero tener problemas.

—Te lo prometo. Solo vamos a hablar como dos simples amigos que se están conociendo. Lo importante es que Tina esté bien.

—Claro, Ángel. En ese interés coincidimos por completo. Tina me importa mucho.

Lucía se sorprendió al escucharse a sí misma pronunciar esas palabras.

Le sorprendió haberlas verbalizado, pero aún más descubrir la gran carga de verdad que había en ellas.

Porque se daba cuenta de que Tina había dejado de ser solo la adolescente que podría haberla puesto en un aprieto o la alumna a la que había tratado de reconducir y con la que pretendía mantener una simple relación cordial.

De repente, era también una persona que le despertaba un sentimiento y una inquietud a nivel más íntimo.

Antes de permitirse indagar en la naturaleza de ese afecto, se sentó con ímpetu en la silla y regresó a la conversación con Ángel.

—De todas maneras, no creas que ha sido algo demasiado importante —aseguró tratando de protegerla—. Empezó el curso un poco rebelde y su comportamiento no era el mejor, pero supongo que es normal en los adolescentes. Las hormonas juegan su papel y no siempre para bien.

—Entiendo. También es verdad que ha tenido un verano complicadillo —explicó y Lucía se preguntó si sería conocedor de lo que había pasado entre las dos en el Pantera tres meses atrás—.

Aun así, me extraña que no me haya contado nada.

Me aseguraba que todo iba bien cada vez que le preguntaba por el comienzo del curso.

La verdad es que me duele porque no dejo de ser un confidente para ella —añadió sin poder esconder el desánimo.

—Ángel, no me gusta ese tono triste de tu voz.

—Es que me siento un poco decepcionado.

—Y es comprensible, pero ten en cuenta que Tina se ha debido sentir un tanto perdida y quizá pretendía superarlo ella sola, sin implicar a los demás.

Se ha dado una situación un poco especial, pero te aseguro que está todo solucionado.

Tu hija ha puesto mucho de su parte. De verdad, no ha sido tanto culpa suya como de…

bueno, de cosas que han pasado y coincidido.

Seguro que te lo irá contando todo poco a poco, ahora que las aguas están más calmadas.

—Eso espero. Y gracias por referirte a ella como mi hija —dijo sin poder esconder la emoción.

—Ángel, un hombre que termina de llegar de un larguísimo viaje y se para en una cabina a las siete de la tarde para interesarse por lo que ha pasado… Eso es un padre. Me da igual lo que digan los papeles y su madre, de la que prefiero no opinar porque no sería correcto juzgarla sin conocerla.

—Me gusta mucho tu forma de pensar y de actuar, Lucía. Creo que Tina tiene mucha suerte de que seas su tutora y me gustaría que me mantuvieras al tanto, en la medida de lo posible. No te quiero causar problemas.

—Bueno, una charla extraoficial de vez en cuando no va a hundir el instituto.

—Gracias por todo —dijo Ángel después de que los dos compartieran otra sonrisa sin saberlo.

Tras despedirse, Lucía tardó en reaccionar.

El fotógrafo le había caído bien y sentía como si los tentáculos de la vida de Tina la fueran rodeando de una manera dulce y a la vez feroz.

Pero no quería luchar contra ello porque estaba convencida de saber controlarlo.

Tina era una joven especial y Ángel un trozo de pan con el que no le iba a importar relacionarse.

Sí. Todo estaba controlado, incluidos sus propios sentimientos.

Volvió a levantarse y se dirigió a toda prisa a su cuarto. Lola la esperaba y, después, una intensa noche de diversión.

***

Terminó de releer por tercera vez la carta recién llegada desde Argentina.

En ella, su hermana Julia les informaba de que el negocio continuaba marchando mucho mejor de lo previsto y que por fin iban a poder dejar el apartamento y cumplir su sueño de vivir en una bonita casa junto al mar.

En el sobre había viajado también una foto en la que los tres, Julia, Bosco y Gervasio, posaban felices en la celebración del cuarto cumpleaños del pequeño.

Lucía aún no había terminado de secar sus lágrimas de emoción cuando su padre le arrebató la instantánea de las manos.

—Venga, papá, que tú ya llevas dos días con ella —protestó.

—Pero no la he visto suficientemente bien. Tu madre la acapara.

—Eso es asunto vuestro. Ahora me toca a mí.

—No discutáis —rogó Patro con paciencia tratando de poner paz.