8
Lucía seguía sonriendo mientras subía, un día más, hacia el box después de la última clase de la mañana.
Apenas unos segundos antes, se había cruzado con Tina en la escalera y la había hecho reír con su advertencia sobre Sandra, la alumna con la que iba a charlar.
En realidad, no le había hecho gracia lo que le había dicho sobre ella sino el modo en que lo había hecho.
Tina parecía tener una habilidad especial para arrancarle sonrisas y eso que acababan de conocerse.
Llegó al ático y encontró a la chica junto a la puerta del box. Al igual que había ocurrido el día anterior con Tina, Lucía se había citado con ella a las tres para recuperar la charla que no habían podido tener unos días antes porque Sandra había faltado a clase.
—Anda, entra y siéntate, que lo haremos rápido —le dijo con voz suave y acariciándole la espalda.
Lucía se acomodó en su butaca y la miró.
En ese momento no podía saberlo, pero Sandra llegaba a su vida para ocupar un lugar muy destacado en ella.
Por eso nunca olvidaría aquel instante, su rictus nervioso, sus ojos huidizos y el arrebol de sus mejillas mientras esperaba que la profesora le hablara.
—Veamos, Sandra Blanco Iranzo. ¿Sabes que me encanta tu nombre completo? —confesó desviando la vista de la ficha.
La respuesta de la alumna fue un amago de sonrisa y el aumento del tono rojo de su rostro. A Lucía le enternecía su timidez. En cierto modo, le recordaba a la Celeste del pasado, aunque su vieja amiga luchaba contra ello mientras que Sandra tenía tendencia a hacerse cada vez más pequeña.
—Te veo un poco asustada, pero no hay motivos, solo vamos a charlar un poco.
Sandra aceptó cabeceando levemente, pero no habló.
—Ya sé lo que pasa. Te caía mejor tu anterior profesora de Francés.
—No —negó sin poder evitar que se le escapara una sonrisa.
—¿No? ¿De verdad? Pues me alegro porque me han dicho las malas lenguas que era un poco siesa. Está feo que lo diga yo, pero…
—Es verdad, siempre estaba enfadada —se atrevió a confirmar.
—Bueno, yo intento no ser de esas. Solo falta que no me deis motivos —dijo con simpatía.
Sandra volvió a sonreír y a no decir nada.
—En fin, vamos al lío, que me pongo a divagar y se nos va el tiempo. Cuéntame, ¿cómo has empezado el curso? ¿Todo bien?
—Sí —se limitó a responder.
—Sé que es pronto, pero ¿te estás encontrando cómoda en todas las asignaturas? ¿Crees que hay algo que se podría mejorar?
—No.
—¿No te encuentras cómoda o no hay nada que mejorar? —la pinchó sonriendo.
—No hay nada que mejorar. Y me encuentro cómoda —añadió haciendo un esfuerzo por expresarse.
—Pues, ¿sabes? A veces me preocupa que te veo un poco cabizbaja en clase.
—No sé…
—Sandra, no pasa nada porque seas un poco tímida.
No todos los chicos tenéis que ser la mar de extrovertidos.
Hay detalles más importantes en la forma de ser de las personas y estoy convencida de que en ti hay muchísimas virtudes que me va a encantar descubrir.
Pero no quiero que esa timidez te limite.
Si alguna vez necesitas algo, tienes mi puerta abierta, ¿de acuerdo?
—Gracias.
—De nada. Ya sé que la nueva seño de Francés no es la mejor opción para ir a contarle tus cosas, pero me encantaría que me tuvieras en cuenta.
—Me cae usted muy bien —admitió volviendo a sonrojarse.
—Pues no sabes cuánto me alegro, Sandra.
—Parece que le importamos de verdad —apuntó antes de volver a agachar la cabeza.
—Por supuesto. Mira, me niego a venir y dar clase como un papagayo, como si le hablara a las paredes. Intento prestaros atención porque sé que para que aprendáis tenéis que sentiros bien. Cuando hay ruido en la cabeza es más difícil centrarse en los estudios.
—Es verdad.
—Y mi mayor interés es que mis chicos avancen sin obstáculos que lo impidan. Si tengo yo que liarme a patadas contra esos obstáculos, lo haré —afirmó con rotundidad.
Sandra la miró con admiración. Le hubiera gustado decirle que le parecía una profesora maravillosa, pero, una vez más, las palabras se ahogaron en su garganta.
—Y, cuéntame, ¿cuál es tu asignatura favorita? —se interesó Lucía.
—No sé… No me gusta ninguna en especial. Pero la que se me da mejor es Francés.
—Vaya vaya. Se te da bien mi asignatura, pero no te gusta. No sé cómo tomarme eso —dijo fingiendo exageradamente su indignación para que Sandra supiera que no hablaba en serio. Su reacción fue una sonrisa nerviosa.
—Es que no me gusta venir al instituto —confesó.
—¿Y eso?
Sandra se limitó a encogerse de hombros y a esconder la mirada. La sonrisa había vuelto a desaparecer.
—Bueno, pues tendré que hacer que mis clases sean más divertidas, a ver si así te gusta un poco más venir cada mañana.
—Si todos los profesores fueran como usted, creo que sí me gustaría —dijo sin atreverse a mirar a Lucía.
—Es todo un halago que me digas eso y te lo agradezco. También es verdad que acabamos de empezar el curso, no me ha dado tiempo a sacar el ogro que llevo dentro.
Sandra levantó la cabeza y le dirigió una mirada incrédula. Lucía se la sostuvo mientras alzaba irónicamente una ceja. Las dos volvieron a sonreírse con brotes de algo que parecía un naciente afecto.
—Bueno, y olvidándonos del instituto y de las clases, ¿qué aficiones tienes?
—Me gusta estar en casa.
—¿Qué clase de afición es esa?
—No sé.
—En serio, Sandra, ¿te refieres a estar como si fueras una maceta o…?
La chica no pudo evitar reír y Lucía la acompañó. Le preocupaba lo que pudiera rondar por su cabeza, pero verle los mofletes rojos por la risa y no por la timidez no tenía precio. Poco a poco, iba consiguiendo llevársela a su terreno.
—Y, dime, ¿te gusta hacer algo más? Por ejemplo, respirar o pestañear de vez en cuando.
Las dos compartieron otra carcajada y Sandra pareció relajarse por fin.
—Aparte de esas aficiones tan originales, me gusta mucho leer y más aún escribir.
—¿En serio? ¿Y qué escribes?
—De todo un poco. Pequeñas historias, poemas y también reflexiones.
—Eso está muy bien, Sandra. Ojalá algún día me dejes leer algo tuyo. Lo que me extraña entonces es que Literatura no sea tu asignatura preferida.
—No tiene nada que ver.
—Ah, ¿no?
—Me gusta disfrutar con lo que leo, no tener que hacer un comentario de texto sobre lo que leo.
—Entiendo. Es como cuando te gusta aprender cosas de historia pero no memorizar la lista de los reyes godos.
Sandra cabeceó afirmativamente y volvió a guardar silencio, como si su momento de abrirse hubiera caducado.
—Por cierto, dentro de poco empezaré también con la ronda de tutoría con las familias —apuntó Lucía—. Solo es algo rutinario, me gusta que haya una implicación por parte de todos.
Lucía la miró esperando una reacción por su parte. Intencionadamente, había empleado la palabra «familias» en vez de «padres». Por lo que había podido saber, Sandra era huérfana y no sabía hasta qué punto estaría abierta a hablar sobre ello.
—Bien, mi hermana vendrá siempre que la llame.
—Tu hermana es… ¿Elena?
—Sí —respondió mirándola de un modo extraño.
—No te creas que soy adivina. Es que es el nombre que pone en tu ficha como persona de contacto: Elena Blanco Iranzo.
—Ah.
—Pues no tardaré en citarme con ella. Me encantará conocerla.
—Supongo que vendrá ella. Si no puede, será Cristina.
—¿También es tu hermana?
—Sí, la segunda.
Lucía se dio cuenta de que a Sandra le cambiaba el gesto al hablar de su familia. De repente, parecía más relajada y los ojos le brillaban, así que decidió ahondar.
—¿Y tienes más hermanos?
—Otras dos hermanas.
—Caray, ¿todas chicas? ¿Sois cinco entonces?
—Sí.
—No me digas que tú eres la más pequeña.
—Sí —volvió a contestar y Lucía detectó una clara sonrisa en sus ojos.
—La más mimada, seguro.
—Supongo que sí —afirmó y la sonrisa escapó de sus ojos para inundar sus labios.
—Bueno, en ese caso, deberíamos irnos ya. Seguro que te están esperando para comer y es tarde.
—Vale.
—Pero no olvides lo que te he dicho, Sandra. Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que buscarme, ¿de acuerdo?
—Gracias.
—Anda, vámonos —sugirió Lucía, que no quería presionarla demasiado, pero a la que le quedó claro que debía permanecer atenta.
Bajaron juntas y Lucía recordó las palabras de Tina.
Ella aseguraba que a Sandra le gustaban las chicas.
Lo que la profesora no acababa de entender es por qué lo decía con tanta certeza si, tal y como también le había informado Tina, nunca se habían hablado en los once años que llevaban siendo compañeras.
Lucía continuó pensando en ello. Sandra y Tina eran dos solitarias empedernidas.
Tina tenía una mentalidad más adulta y Sandra era más aniñada.
Podían parecer muy diferentes, pero el instinto le decía a Lucía que entre ellas podría algún día surgir una insospechada amistad.
Quizá solo era cuestión de tiempo… o de echar una manita al destino.
***
Lucía se daba prisa en corregir unos ejercicios y en preparar las clases de la semana siguiente.
Acomodada en la salita del fondo del piso que había destinado a espacio de trabajo, intentaba avanzar todo lo posible para tener más libre el fin de semana.
Habían sido unos días intensos y encaraba aquella tarde de viernes con la calma de saber que Tina había dejado de ser un problema.