7 #3
—Sí que creo que interpretas un papel, pero no para los demás sino hacia ti misma.
Intentas convencerte de que eres poseedora de un escudo mágico que te protegerá del mundo y tratas de aparentar que eres una persona arisca, insensible y sin corazón, pero lo cierto es que dentro de ti no hay más que algodón de azúcar.
—¿Por qué piensas eso?
—Por sensaciones que me han delatado tus ojos, por querer compensar a tu profesora de Griego, por la forma en que a veces me huyes y a veces me buscas…
—Todo eso son signos de debilidad.
—No, Tina, son signos de humanidad —aseguró sonriendo—, situaciones que te harán crecer en todos los aspectos de tu vida.
—Si hay que crecer a base de lágrimas, prefiero quedarme como estoy. Bueno, como estaba hace tres meses.
—Mira, creo que te está afectando demasiado lo que te pasó conmigo.
—Lo que me pasa.
—Está bien, lo que te pasa.
—Supongo que ahora me dirás que todos nos sentimos así alguna vez y que se me pasará.
—Escucha, Tina, comprendo cómo te sientes y que, por mucho que te podamos decir los demás, nada te va a aliviar.
Y aunque suene a tópico, sí, se te pasará, o al menos se te dormirá lo suficiente para dejarte vivir en paz.
Pero mientras tanto, no quiero que esto sea causa de que te niegues a sentir afecto y de que vivas eternamente a la defensiva.
—Era algo que formaba parte de mí antes de aquella noche. Conocerte solo ha supuesto la confirmación de que mi planteamiento era el correcto.
—No, Tina, créeme, es una actitud equivocada. Algún día me darás la razón y espero que no sea demasiado tarde.
La adolescente se quedó pensativa un momento.
Parecía muy segura de sus razonamientos, que nada le podía hacer cambiar de opinión.
Y también daba la impresión de sentirse agradecida y aliviada por el interés de Lucía.
Esta, por su parte, se había conmovido ante sus explicaciones.
No esperaba escuchar de su boca palabras tan ásperas ni daba crédito ante su forma de entender la vida.
Volviendo a mirarla con atención, concluyó que Tina no era como las demás alumnas, era una chica diferente, especial y más madura de lo que pudiera corresponder a su edad.
—¿Puedo preguntarte algo, Lucía? —reanudó la conversación Tina.
—Sí, pero no te puedo asegurar que vaya a responder.
—Bien, entonces me lo ahorraré.
—No seas tonta, pregúntame.
—Solo quiero saber si alguna vez te acordaste de mí.
—Sí, alguna vez —reconoció tras guardar silencio más tiempo de la cuenta.
—¿Y ya es agua pasada? ¿No queda nada?
—Tina, hablemos claro. Aquella noche sentí una atracción muy fuerte, pero esas cosas pasan. Cuando seas mayor y frecuentes ese tipo de sitios, verás que no hay nada definitivo en esos flirteos.
—¿Fue solo un juego?
—No del todo. Yo había bebido y no sabía lo que me pasaba. Y es verdad que he pensado en ti durante el verano, pero cuando te encontré aquí… Las cosas son como son, Tina, es completamente imposible que pueda plantearme lo más mínimo contigo.
—Ya —se limitó a decir sin poder ocultar su tristeza.
—Compréndelo, eres menor de edad y mi alumna. No me puedo permitir ningún escarceo contigo.
—Te comprendo.
—Tuve una mala experiencia en ese sentido y no quiero que se repita.
—No te preocupes, no quiero complicarte la vida, me importas demasiado.
—Gracias, Tina.
Lucía sonrió tratando de suavizar el momento.
Sabía que, al dejarle claro que no había posibilidad de que ocurriera algo entre ellas, le estaba rompiendo el corazón.
Pero era necesario ponerla en su sitio y que no se hiciera ilusiones.
Era mejor hacerle daño en ese momento y no más adelante.
Aun así, intentó no ser brusca y darle la oportunidad que merecía de ser tratada con dignidad.
La charla continuó por derroteros menos trascendentales.
Tina le habló de lo que le gustaba del instituto y más aún de lo que no.
También sorprendió a Lucía permitiéndose bromear y con ello la conquistó.
Después de las referencias que la profesora había recibido de sus compañeros sobre la seriedad extrema de Tina, verla sonreír abiertamente cambió su percepción sobre ella.
Le gustó su sentido del humor, borde e irónico, y, en general, su forma de ser le pareció magnética.
Empezar a conocerla a fondo estaba resultando toda una experiencia.
Tanto, que tardó en darse cuenta de que llevaban casi una hora hablando.
Fue Ernesto el que rompió la magia al aparecer de repente en el box.
—Disculpe la interrupción, Lucía, es que no sabía si aún seguía aquí o si se había marchado.
—Perdóneme usted, Ernesto. No me había dado cuenta de lo tarde que es —se disculpó tras consultar su reloj.
—Es que tengo orden de cerrar las instalaciones a las cuatro cuando no hay actividad por la tarde. Pero si necesita más tiempo, puedo esperar.
—No, en absoluto. Ya nos vamos —dijo haciendo un gesto cómplice a Tina.
Salieron los tres del despacho, Lucía cerró la puerta con llave y se la entregó al bedel.
—Perdóneme también que tengamos este trasiego con las llaves, pero aún tardaré unas semanas en terminar con estas reuniones —se disculpó Lucía.
—Para nada. Si yo se las dejaría encantado, pero necesito tenerlas por si le hacen falta a Félix. Por cierto, supongo que se habrá dado cuenta, pero ya arreglé la cerradura del cuarto de limpieza como me pidió.
Lucía asintió y no pudo evitar una sonrisa traviesa al ver cómo Tina la fusilaba con la mirada.
Se despidieron de Ernesto, Lucía recogió sus cosas de la sala de profesores y salieron del instituto. A Lucía le resultó agradable caminar en compañía de Tina, pero no quiso pensar demasiado en ello.
—Perdona que te haya entretenido tanto tiempo, pero es que estaba siendo una conversación muy interesante —admitió y Tina le dio la razón con un gesto—. Anda, sube y te llevo a casa —se ofreció cuando llegaron a la altura de su coche.
—Gracias —dijo Tina antes de ocupar la plaza de copiloto y explicarle dónde vivía.
—Debería subir a disculparme con tu madre.
—No es necesario, no te preocupes. Debe estar a punto de irse a trabajar.
—Pero… ahora que lo pienso, ¿está en casa? Creía que hacía turnos dobles.
—Sí, pero entra a las cinco de la tarde.
—Tina, hiciste creer a Juan que tu madre no estaba disponible por las mañanas para hablar con ella.
Tina reaccionó al reproche de Lucía levantando los hombros y poniendo cara de inocente.
—En realidad no lo está. Sale de trabajar a las siete de la madrugada. Déjala descansar un poco, ¿no? ¿O querías amargarle la mañana también?
—La madre que…
Tina soltó una carcajada y Lucía no pudo hacer otra cosa que reír con ella mientras cabeceaba con resignación. De alguna manera, había algo mágico e invisible que las estaba conectando sin que se dieran cuenta.
Pocos minutos después, llegaron a la puerta del edificio donde residía Tina y esta descendió del vehículo mientras le daba de nuevo las gracias.
—Oye, Tina —la llamó Lucía antes de que abriera la puerta del bloque—. Espero que, si con el tiempo nos hacemos amigas, no me consideres un accidente.
Tina sonrió de una manera que le hizo cosquillas en demasiadas partes de su cuerpo y Lucía se alejó preguntándose por qué, de repente, se sentía tan vacía sin ella.