7 #2
Lucía se notaba más tranquila desde la conversación que habían mantenido.
No sabía por qué, Tina le transmitía confianza.
Algo le decía que la chica no se la iba a jugar ni iba a suponer un peligro para ella.
Pero quedaba la preocupación por su estado anímico.
Al hablar con ella, no esperaba encontrarla tan dolida.
Pero confiaba en que, como buena adolescente, olvidaría pronto aquel tonteo en el Pantera y desviaría su atención hacia otra chica.
Solo era cuestión de tiempo y de paciencia.
En sus propios sentimientos no quiso pensar.
No había sentimientos hacia Tina y punto.
Al final de la mañana, se dirigió con rapidez a la sala de profesores para dejar un buen montón de folios con ejercicios que debía corregir por la tarde en casa. Juan la vio y se le acercó.
—Qué acelerada te veo.
—Sí, es que he quedado en el box de Francés con Tina y no la quiero hacer esperar.
—¿Cómo va ese asunto? —se interesó.
—Se está encarrilando. Ayer conversamos un momento y parece que su actitud ha cambiado.
—Me alegra escuchar eso.
—Ahora voy a hablar con ella con más calma. Solo serán unos minutos, pero creo que servirán para terminar de enderezar el rumbo.
—¿Qué vas a enderezar? —cuestionó con desdén Lidia, que se encontraba cerca de ellos y estaba escuchando la conversación—. Esa chica es incorregible.
—La conozco mucho mejor que tú y eso no es así, Lidia —sostuvo Juan.
—Pues vas a tener que venir a mi clase para verlo por ti mismo, ya que no me crees. Hoy me la ha vuelto a liar.
—¿Qué ha hecho? —preguntó Lucía sorprendida.
—Hablando en plata, reírse de mí. Eso ha hecho —aseguró antes de marcharse sin decir adiós.
Juan dejó que su rostro se llenara de incredulidad y Lucía bufó sin saber qué pensar. Se despidió del director, fue a pedir la llave del box a Ernesto y se dirigió lo más rápido que pudo al ático. Pasaban unos minutos de las tres y no quería que Tina pensara que le iba a volver a dar plantón.
Mientras subía las escaleras, temió que en esa ocasión hubiera sido la joven la que hubiera decidido pagarle con la misma moneda y no acudir.
Por eso, cuando llegó arriba y la encontró esperándola, se alegró pensando que, de verdad, las dos iban a poner todo de su parte para encontrar el buen camino.
Abrió la puerta y ocupó su butaca, mientras que Tina se acomodaba en la silla de enfrente.
—¿Se puede saber qué ha pasado en clase de Griego? —quiso saber antes de nada.
—Es que Lidia me tiene manía —contestó con tono mohíno.
Lucía sonrió irónicamente y cruzó los brazos sin dejar de mirarla.
—Ya sé que suena a tópico, pero es verdad.
—A ver, cuéntame qué ha pasado —exigió. A pesar de todo, quería ser justa y escuchar su versión.
—Pues que he querido compensarla por lo del otro día y me he presentado voluntaria para corregir los deberes. Pero, como llevo un poco de atraso, pues lo he hecho todo mal y ha pensado que me estaba burlando de ella —explicó.
—Y no era así, claro…
—No, yo lo he hecho con mi mejor intención, de verdad. Además, me ha puesto otros dos puntos negativos y ya van cinco. A este paso acabaré por deberle puntos.
Lucía rio su ocurrencia. La miró fijamente a los ojos y le pareció que, una vez más, no le mentía.
—No te preocupes, hablaré con ella.
Mientras sacaba un folio y un bolígrafo de su maletín, Lucía se preguntó por qué su instinto se empeñaba en creer en Tina.
Apenas la conocía, pero en sus ojos castaños solo veía verdad, aunque también una sombra de dolor que no le gustaba nada.
Pero no quiso mirar más, solo sus ojos. Si desviaba la mirada de ellos, acabaría recreándose en esos labios que se había pasado meses queriendo besar.
Y no podía caer en ese juego. Ya no. Solo deseaba conocerla más, ayudarla en todo lo posible y que pudieran relacionarse con normalidad y sin sufrimiento.
—¿Para qué sirven estas entrevistas? —preguntó Tina, que no podía esconder su nerviosismo.
—Pues… para conoceros un poco mejor y saber cómo motivaros —respondió Lucía—. Además, me gusta saber si existe algún factor en la vida de mis chicos que pueda suponer un obstáculo en clase.
—¿Tus chicos?
—Sí, mis alumnos.
—Entonces yo soy tu chica.
—No sigas por ahí.
Lucía se dio cuenta de que había reaccionado de un modo demasiado cortante. No sabía hasta qué punto había sido un comentario inocente o un picotazo de malicia, pero prefería poner entre ellas una barrera de la que Tina fuera consciente para que nunca tratara de rebasarla.
—Solo bromeaba —aseguró la chica.
Lucía le devolvió una leve sonrisa al ver su rostro serio.
Estaban empezando a entenderse y no quería que se pusiera a la defensiva.
Sacó su expediente para revisar algunos datos y dedicó un par de minutos a hacerle algunas preguntas rutinarias.
Casi sin darse cuenta, Tina se había relajado y comenzaba a abrirse.
Fue entonces cuando Lucía aprovechó para tratar temas de más relevancia.
—Tina, ¿tienes algún problema respecto a hablar sobre tu familia? —la sondeó con cierto temor.
—¿Por qué debería tenerlo?
—Pues… porque el hecho de que lleves los apellidos de tu madre indica que puede haber algún… detalle de tu vida del que prefieras no hablar. Yo lo respetaré, no quiero que te sientas incómoda.
—No hay nada que me traumatice en ese sentido.
—Mejor así. ¿Conoces a tu padre? —trató de ahondar.
—Si te refieres al que voló antes de que naciera, no, ni falta que hace. Pero tengo un padre.
—Ángel.
—Eso es.
—Tengo entendido que fue marido de tu madre.
—Sí, se divorciaron hace unos años.
—No tienes hermanos.
—No.
—Así pues, vives sola con tu madre.
—Sí.
—¿Y cómo es tu vida familiar? ¿Eres feliz? ¿Está todo tranquilo en casa?
Lucía lo preguntó con suavidad, casi con dulzura. La información que había ido recibiendo por parte del profesorado le preocupaba y necesitaba saber más de primera mano.
—Bueno… vida familiar, lo que se dice vida familiar… no hay. Es más bien una convivencia, un compartir mesa y techo cuando el trabajo de mi madre lo permite.
Lucía permaneció callada un instante. Le sorprendían las palabras de Tina y, más aún, la naturalidad con la que admitía algo que se alejaba mucho de lo que se podía considerar normal.
—Pero, vaya —añadió Tina—, no echo nada de menos si es lo que piensas… Quiero decir que… bueno, te repito que no tengo ningún trauma, vivo bien así.
—No me resulta fácil creer que alguien pueda vivir bien sin un clima familiar agradable, especialmente a tu edad.
—Estoy acostumbrada —dijo restando importancia.
—¿Te llevas bien con tu madre?
—Va por rachas.
—¿A veces bien, a veces regular?
—No, a veces mal y a veces… de ninguna manera. Pero no pasa nada, todo está bien así.
—A mí no me parece que esté bien, Tina. Necesitas dar y recibir cariño para desarrollarte como persona —repuso alarmada por una situación que en ningún momento había sospechado.
—Bueno, yo creo que estoy bien desarrollada, quizá más que otros chicos de mi edad, ¿no crees? ¿O quieres que te recuerde lo que me dijiste sobre la noche de…?
—No hace falta —la atajó incómoda.
—Además, tengo a Ángel. No necesito más.
—¿Y qué hay sobre tus amistades? ¿Cuántos amigos tienes que realmente sean amigos? Quiero decir… que sean de confianza, para las buenas y las malas.
—Bueno, he conocido a Raquel, se puede decir que nos estamos haciendo amigas —dijo provocando que a Lucía se le volteara el estómago. Por más que se lo proponía, no era capaz de obviar las sensaciones negativas que Raquel le provocaba.
—¿La has conocido este curso?
—Sí. Bueno, no. La conocí unos días antes de comenzar.
—Da igual, en cualquier caso, es algo muy reciente, aún no puedes decir que sea una amiga de verdad.
—No del todo, además intuyo que acabaremos teniendo dificultades.
—¿Por qué?
—Cosas nuestras.
—Está bien, Tina, pero ¿me quieres decir que aparte de Raquel no hay más amigos?
—No, no me gusta tener amigos.
—¿Y eso por qué? —preguntó Lucía cada vez más desconcertada.
—Pues porque para tener amigos hay que quererlos.
—¿Y qué hay de malo en querer? Es muy bonito compartir cariño.
—Los afectos debilitan a las personas, nos vuelven dependientes y vulnerables.
—No puedo creer lo que estoy escuchando —murmuró Lucía observando a Tina con tanto interés como preocupación.
—Cada cual tiene su filosofía de vida.
—Pero es que eso no es una filosofía de vida, es un suicidio emocional.
—Vale, pues míralo de esta manera: emocionalmente, prefiero suicidarme a que me asesinen.
—¿Tanto crees que puedes sufrir?
—Bueno, antes lo creía, ahora lo sé.
—Pero, mira, Tina, quieres mucho a Ángel y él a ti. ¿No te aporta bienestar ese cariño?
—Sí, pero él es la excepción de la regla. Además, lo conocí cuando era demasiado joven. Aún no me daba cuenta de lo dañinos que pueden ser los sentimientos.
—¿Y qué hay de Raquel? —Volvió a tragar saliva tras nombrarla—. ¿O acaso hace unos días pensabas diferente?
—Eso ha sido un momento de flaqueza… e incluso una acción egoísta por mi parte. La necesitaba para algo puntual y sucumbí a sus insistencias.
—Tina, por mucho que te empeñes, no podrás escapar de querer a muchas personas a lo largo de tu vida.
—Lo intentaré con todas mis fuerzas.
—No podrás —reiteró Lucía y su afirmación sonó a reto.
—Pues si pasa, serán accidentes.
—¿Accidentes?
—Sí, en todo el sentido de la palabra. Perdona que te utilice como ejemplo, pero después de haberte conocido me siento como si me hubiera pasado un camión por encima. ¿Crees que me hace feliz? Querer duele y no me gusta.
—¿Sabes? Cada vez tengo más claro que esa dureza y esos intentos de parecer desalmada son pura fachada.
—Si crees que interpreto un papel, estás muy equivocada.
Lucía sintió la repentina necesidad de situarse más cerca de Tina, por lo que se levantó y empujó su butaca al otro lado de la mesa.