Ella (Corazón de Pantera nº 5) 7
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Llegó el día en que todo iba a comenzar a ponerse en su sitio.

Lucía condujo hasta el instituto nerviosa, consciente de que iba a hablar por primera vez con Tina, si no tenía en cuenta su fanfarronada de pedirle que la buscara cuando cumpliera los dieciocho.

No era algo de lo que se sintiera orgullosa y por eso prefería echarle la culpa de aquello a la ginebra.

Como cada día, se centró en las dos primeras clases y en la charla del recreo en el box. Esas pequeñas reuniones se seguían sucediendo y le estaban sirviendo de mucho. Además, con ellas conseguía que los chicos la vieran como alguien cercano a quien siempre podrían acudir.

Terminó con el alumno en cuestión un par de minutos antes de que concluyera el recreo. La siguiente clase era la de tercero B e intuía que Tina, un día más, no asistiría. La buena noticia era que ya sabía dónde podía encontrarla.

Bajó al segundo piso y, oculta con disimulo tras una esquina, pudo ver que Tina salía del baño de las chicas y esperaba a que el pasillo se despejara del todo antes de dirigirse a su escondite habitual.

Lucía la siguió tratando de que no escuchara sus pasos.

Se detuvo unos metros antes de llegar al cuarto de limpieza y dejó el maletín en el suelo mientras observaba cómo Tina trataba sin éxito de abrir la puerta.

Unos segundos después, dejó de insistir comprendiendo que no iba a poder entrar.

Lucía vio cómo apoyaba la frente en la puerta con resignación, como si pretendiera encontrar en la madera una solución a su problema.

Rendida, se giró para marcharse de allí y fue cuando encontró a Lucía, esperándola con los brazos cruzados y una mirada intensa que la desarmó.

Por un momento, las dos se quedaron paradas mirándose, hasta que Tina no soportó tanta tensión y echó a andar a ritmo lento, probablemente porque los propios nervios no le permitían avanzar más deprisa.

Bordeó a la profesora y pareció dirigirse a su aula.

Pero, al llegar a la mitad del pasillo, cambió de dirección e intentó huir escaleras abajo.

Lucía, que la seguía más de cerca de lo que Tina pensaba, la sujetó por el brazo con fuerza y la llevó casi a rastras hacia la clase.

Solo la soltó cuando estuvieron dentro y la chica, acobardada, se sentó en su pupitre con la cabeza gacha.

Lucía tenía previsto que ese día se eligiera al delegado de la clase.

Era algo que tenía pendiente y le pareció el momento más adecuado.

Lo anunció, habló brevemente con los tres candidatos que se postularon al cargo y los dejó que expusieran sus propuestas con la libertad que suponía que ella no estuviera delante.

Salió un momento al pasillo, se recordó a sí misma que era toda una mujer resuelta y decidida, y abordó por fin el conflicto.

—Tina, sal conmigo —la reclamó.

Lucía pudo ver el miedo en sus ojos y casi podía notar el temblor de su cuerpo mientras caminaba hacia ella. Iba a ser un mal trago para las dos, pero aquella situación no podía dilatarse más.

—Juan me ha explicado que no puedo hablar con tus padres —dijo cuando la tuvo enfrente.

Tina se limitó a negar con la cabeza.

—Me ha comentado que lo único que puedo hacer es remitir una carta a tu madre, pero no creo que sea un método fiable —expresó sus dudas—. De todas maneras, creo que será mejor que hable contigo directamente para darte la oportunidad de que me expliques qué demonios te pasa.

—No me pasa nada —aseguró la chica casi en un susurro.

—Ah, ¿no? Mira, podía comprender que pasaras de mis clases y que me presentaras un examen en blanco, pero el viernes supe que tu actitud es igual de negativa con el resto de profesores. Están todos preocupados por tu comienzo de curso. Me aseguran que no es normal en ti ese comportamiento.

—No soy una alumna conflictiva, todo está dentro de la normalidad.

—Efectivamente, nunca has sido conflictiva, ¿por qué este año sí?

—No creo que lo sea —insistió en voz baja.

—Tina, te ausentas de clase, no haces los deberes, te niegas a salir a la pizarra, te enfrentas a tus profesores… y solo llevamos una semana de curso.

—Pero eso son tonterías sin importancia —replicó casi tartamudeando.

—¿Te parecen tonterías? Yo más bien creo que estás entrando en una dinámica de la que podría costarte mucho salir. ¿En serio quieres desperdiciar un año de tu vida? ¿Quieres repetir el curso o arriesgarte a una expulsión?

—Me da igual el curso.

Lucía la miró un instante. Se daba cuenta de que la chica estaba muy nerviosa. Tanto que casi no le salía la voz. Entendió que para ella el momento era especialmente espinoso y trató de suavizarlo.

—Si tienes algún problema, este es el momento de afrontarlo. Ahora estamos a tiempo.

—Mi único problema eres tú —sentenció y tragó saliva.

—Tina…

—¿Crees que puedes jugar con los sentimientos de las personas y después ignorarlas?

Lucía resopló. Ahí estaba: la conversación incómoda, el reproche que tanto temía. Pero ya no podía seguir escaqueándose. Tanto ella como Tina merecían tener esa charla y dejar las cosas claras.

—No pretendía jugar con tus sentimientos.

—¿Y por qué aquella noche me provocaste? ¿Te dedicas a burlarte de las niñas que van esa noche al pub? No somos juguetes, ¿sabes?

—No me burlo de nadie, pensaba que eras mayor de edad. Tu aspecto y tu forma de mirarme no eran de adolescente.

—Si llevaba puesto el lazo.

—No lo vi hasta después. Estaba oscuro y te lo tapaba la gente.

—Pero después de verlo continuaste con tus insinuaciones. Me pediste que te buscara al cumplir los dieciocho.

—Creía que te quedaba muy poco tiempo. Por Dios, no podía imaginar que aún faltaran dos años. Tina, lo siento, lo último que quiero es que te sientas mal por aquello.

—Y si te importa cómo me pueda sentir, ¿por qué me desprecias?

—No te desprecio, ¿cómo puedes decir eso? —preguntó arrugando las cejas. No podía consentir que Tina hubiera sacado esa conclusión tan equivocada.

—¿Qué otra cosa puedo pensar viendo cómo me tratas?

—También tú me rehúyes —le recriminó—. No has asistido a una sola de mis clases y no estoy dispuesta a que continúes así.

—¿Y para qué quieres tenerme en clase? Cuando me dejaste plantada el primer día en el box entendí perfectamente que yo era una mierda para ti.

—No vuelvas a decir eso —le exigió conteniendo las ganas de zarandearla.

Durante unos segundos se mantuvieron en silencio. Lucía la observaba con atención y Tina miraba al suelo derrotada.

—Tina, esto no es fácil para mí. Cometí un error contigo y no sé cómo solucionarlo.

—¿A qué error te refieres? ¿Al de darme coba en el Pantera? ¿Al de no acudir a nuestra cita? ¿Al de tratarme como si no existiera?

—Al de dejarme llevar por un impulso sin comprobar antes si me lo podía permitir —admitió con el rictus serio.

—No te preocupes —dijo tras mirarla un momento sin hablar—, considera que aquello nunca ocurrió.

Tina se giró hacia la puerta del aula con la intención de terminar la conversación y esconderse en el último rincón de la clase.

Su tristeza era más que evidente, solo había que ver el brillo húmedo de sus ojos.

Lucía no podía permitir que la chica se sintiera así por su culpa.

Admitía su responsabilidad y quería hacer todo lo posible para no herirla más.

—Eso no significa que me sienta orgullosa de mi comportamiento —dijo sujetando a Tina por el brazo para retenerla en el pasillo—. Sé que debería haber hablado contigo el primer día para aclarar las cosas, pero… Tina, esto me resulta muy difícil. No quiero que mi vida se complique.

—Tranquila, no voy a suponer ningún problema para ti —aseguró y Lucía supo que lo decía con sinceridad.

—Confío en que así será. Como persona, espero que seas discreta y como tutora, te ruego que te apliques en clase y no te rebeles más.

—Claro —dijo intentando de nuevo entrar en clase, pero Lucía volvió a hablarle para impedírselo.

—Tenemos pendiente una charla. Pide permiso a tu madre para salir mañana quince minutos tarde y lo haremos después de las clases.

—Vale —aceptó sin más.

—También tenemos pendiente un examen.

La reacción de Tina fue una mueca a mitad de camino entre la sorpresa y el enfado que hizo reír a Lucía. También la chica sonrió levemente y, por un instante, se miraron sin reservas ni acritud.

—Vamos a llevarnos bien, ¿de acuerdo? —propuso Lucía tendiéndole la mano.

Tina, más tranquila, se la estrechó y las dos confiaron en que ese pacto sería el comienzo de una relación en la que predominaría el respeto y el buen entendimiento.

Ya no podían cambiar el pasado, pero sí que podían tomar parte en lo que ocurriera a partir de ese momento.

Y había muchas cosas que cambiar. Entre otras, esa vibración que le provocaba tocar la piel de Tina y que le hacía no querer soltarle la mano.

Finalmente, la parte sensata de Lucía se apartó de la chica y, sonriendo con afecto, la invitó a volver a entrar en clase.

El primer escollo estaba salvado. Ahora debía continuar adelante con su carrera, con sus salidas, con sus sueños, con Marta… En definitiva, con una vida en la que Tina no tenía cabida.

***

Al día siguiente, Lucía comenzó su jornada dando clase a tercero B.

Y ahí estaba Tina, sentada formal en su pupitre exhibiendo la discreción necesaria y buenas intenciones.

Lucía se sintió satisfecha al verla y le entregó el examen que se había negado a hacer el primer día.

Después, quedaron en verse a las tres, cuando las clases terminaran, y cada una continuó con sus obligaciones.