Ella (Corazón de Pantera nº 5) 6
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Comenzó una nueva semana y Lucía acudió al instituto sabiendo que serían días importantes.

La situación con Tina tenía que dejar de ser un problema.

Solo deseaba que todo se normalizara, dejar de ver a Tina como una amenaza y que las dos olvidaran aquel coqueteo del Pantera y continuaran con sus vidas sin mirar atrás.

Lucía se centró en sus clases durante las dos primeras horas y después acudió al box para charlar con otra alumna.

Mientras iba y venía, permanecía atenta por si se cruzaba con Tina por los pasillos, pero no se la encontró.

Tampoco tenía clase con tercero B los lunes, así que sus posibilidades de verla ese día se reducían.

Antes de que el fin del recreo la obligara a correr hacia la siguiente aula, Lucía pasó un momento por la sala de profesores para coger unos folios que debía repartir a los alumnos.

Juan la sobresaltó abordándola por detrás y la acompañó en su camino hacia el primer piso para comunicarle las novedades.

—He hablado esta mañana a primera hora con Tina —la informó.

—¿Y?

—Pues, lo siento, pero no vas a poder hablar con su madre de momento. Trabaja en la fábrica de cerámica y parece ser que está haciendo turnos dobles, así que no tiene tiempo para venir ni hay posibilidad de que se produzca una conversación telefónica con ella.

—¿Y qué pasa con Ángel? ¿No puedo hablar con él?

—Uf, es un tema peliagudo. No siempre Paz consiente que ejerza de padre. Al fin y al cabo, solo estuvieron casados un tiempo y ya hace años que se separaron. Lo que pasa es que Tina es como su hija. Se lleva muy bien con ella, pero con su exmujer no tanto.

—¿Y no crees que la madre haría una excepción y me permitiría hablar con él?

—Es que tenemos otro problema, Lucía. Ángel va a estar un par de semanas en Alemania. Supongo que por motivos laborales. Es fotógrafo.

—Sí, lo sé —dijo Lucía pensativa mientras el timbre se ocupaba de despejar los pasillos—. ¿No hay otro familiar que pueda venir en su lugar?

—Me temo que no. Paz y Tina están solas, no tienen familia.

— ¿Y qué puedo hacer entonces?

—Solo tienes dos opciones: esperar un par de semanas…

—No —lo interrumpió con firmeza—, es demasiado tiempo y tampoco podemos estar seguros de que Ángel vaya a recibir autorización para venir. Me gustaría poner orden ya, Juan.

—Y me parece perfecto. La otra opción es redactar una carta explicando la incidencia a su madre y que actúe en consecuencia. Es probable que así busque la forma de hablar contigo, aunque no me extrañaría que…

—¿Qué?

—Lucía, si no me equivoco, Paz no ha pisado nunca este instituto y juraría que el colegio en el que Tina hizo la EGB tampoco. No digo que no se preocupe por su educación, pero es que… no sé. Es una mujer un poco especial.

—Y el pobre Ángel no tiene potestad para interesarse como quisiera, ¿no es así? —aventuró Lucía.

—Veo que lo vas entendiendo. Dios da nueces a quien no tiene dientes —dijo con tanta ironía como resignación.

—Bien, pues ya pensaré algo. De una manera u otra lo solucionaré. Pero ahora voy a entrar en clase, no sea que el director se entere de que empiezo tarde y me castigue.

Juan compartió su sonrisa traviesa y regresó a su despacho en cuanto Lucía cerró la puerta del aula.

Mientras bajaba las escaleras, pensó con satisfacción que le convencía esa nueva profesora.

Aún no la conocía demasiado, pero le gustaba su actitud, su simpatía y esa juventud engañosa que podía hacer pensar que no estaba preparada.

Y desde luego que lo estaba. Eso sí, Paz era un hueso duro de roer y dudó que Lucía pudiera sacar algo en claro.

Pero valía la pena darle una oportunidad.

Se encerró en su despacho, encendió un cigarrillo y decidió apostar por Lucía.

***

A Lucía cada vez se le hacía más difícil concentrarse en su trabajo y evitar estar todo el tiempo con la cabeza en otra parte.

Entre clase y clase, y al subir al box durante el segundo recreo, había reflexionado sobre lo que Juan le había contado.

Entendía que la situación no era fácil, que no iba a poder hablar con la familia de Tina, que tenía que abordar el asunto directamente con ella.

Si la chica seguía sin acudir a su asignatura, tendría que perseguirla por los pasillos, sacarla de la clase de otro profesor…

lo que hiciera falta. Pero aquello tenía que terminar.

Lo que no esperaba era que alguien la ayudara de un modo tan directo. Regresaba del box tras reunirse con otro alumno del que era tutora, cuando, al pie de las escaleras, encontró a Raquel. No se dio cuenta de que la estaba esperando a ella hasta que se interpuso en su camino pidiéndole hablar.

—¿No puede ser en otro momento? Tienes clase en un minuto —trató de escabullirse Lucía a quien aquella chica, sin saber por qué, le causaba cierto rechazo.

—Se puede decir que es urgente —insistió Raquel.

—Pues tú dirás.

—Te quiero hablar de Tina. Ya sabes, esa alumna que ha decidido perderse de tu vista.

—Sí, ya sé quién es —dijo sorprendida.

—Me preocupa que se deje llevar de esa forma. Tienes que hablar con ella.

—A mí también me preocupa, pero si no viene a clase…

—Mal que te pese, Tina es tu responsabilidad —le recordó, aunque no hacía falta.

—Lo sé, lo sé —admitió agachando la cabeza—. Quiero que hablemos, pero me esquiva.

—Al otro lado del pasillo, donde están las aulas de COU —señaló Raquel—, hay un pequeño cuarto de limpieza. Tina se esconde allí todos los días.

—Te agradezco la información. Debéis tener una amistad importante —insinuó torpemente.

—En realidad, no. Yo solo quiero acostarme con ella. Pero alguien tenía que comportarse como un adulto y poner un poco de cordura.

Tras decirlo, se marchó sin despedirse en dirección al aula de tercero B.

Lucía se quedó mirándola mientras se alejaba.

Su forma de caminar era la de una persona que se siente muy segura de sí misma.

Y ya podía ser así, con ese cuerpo de escándalo, esa melena perfecta de rizos sueltos y rubios, esa actitud tan madura, esa forma de ser tan descarada…

Lucía necesitó respirar hondo para sofocar esa sensación que le pesaba en el estómago.

Se dio cuenta de que, por segunda vez, sentía celos de Raquel.

Claro, por eso le provocaba esa especie de aversión.

—¡Mierda! —se quejó enfadada en medio de la soledad del pasillo.

Cerró los ojos con fuerza y se apretó el puente de la nariz.

Se esforzó por apartar de su mente la imagen de Raquel y, sobre todo, ese «yo solo quiero acostarme con ella».

Por un momento, odió a Raquel, odió a Tina y se odió a sí misma.

Después, volvió a soltar aire con fuerza y descendió hasta la planta baja.

Tenía una hora libre y la iba a emplear en tomar el control de una vez por todas.

Buscó al bedel, pero, una vez más, no lo encontró en su garita. Probó suerte en la cafetería y allí estaba, tomando un tentempié. Tras pedir un té, Lucía se aproximó a él.

—¿Le importa si me siento con usted?

—Para nada, encantado. Así no estoy solo.

—Había ido a buscarle —dijo Lucía señalando hacia el vestíbulo donde estaba situado el puesto de trabajo del hombre.

—Ay, pues perdone. A veces aprovecho este momentito después del segundo recreo para tomar un pequeño descanso. Es cuando suelo hacer menos falta. Pero ¿necesita usted algo?

—Nada urgente, no se preocupe. Termine de tomar ese bocadillín.

—Muchas gracias, Lucía.

—¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí?

—Sí, diecinueve años.

—Caray, se debe conocer el centro como la palma de su mano.

—Pues, sí. Es como mi casa. A fin de cuentas, vivo ahí al lado, en esa casita anexa —dijo señalando un punto a través de la ventana.

Lucía asintió y tomó su infusión mientras dejaba que el bedel acabara con su refrigerio.

—Ernesto, ese cuartito de limpieza que hay en el segundo piso, ¿cómo es que no tiene cerradura? —preguntó cuando supo que ya no iba a molestarlo.

—Sí que la tiene —aseguró el hombre.

—Pues he visto la puerta abierta y a algunos alumnos entrando y saliendo —mintió intentando resultar creíble—. Quizá habría que arreglarlo antes de que se puedan hacer daño con algún producto. ¿No tenemos servicio de mantenimiento?

—Claro que sí. Lo tiene usted delante —dijo con orgullo.

—Pues se lo agradecería mucho. Hoy mismo, a ser posible.

—Por supuesto. Voy a echar un vistazo y esta tarde estará solucionado.

—Gracias, Ernesto.

—De nada. A usted por la compañía tan agradable.

El bedel se levantó haciendo una leve reverencia y regresó a su tarea.

Lucía, satisfecha, sonrió presintiendo el chasco que se llevaría Tina cuando tratara de esconderse al día siguiente.

Y ahí estaría ella, preparada para terminar de una vez por todas con las evasivas y reconducir la vida de las dos.

Siempre se había considerado una mujer valiente y ya era hora de demostrarlo.