5 #4
Al pisar la calle, sintió un ligero alivio.
En Albaceda a esas horas y a esas alturas de septiembre, ya comenzaba a hacer fresco.
Agradeció el beso suave del viento en su cara mientras caminaba hacia su coche.
Arrojó el maletín al interior y se colocó el cinturón de seguridad mientras se preguntaba si sería capaz de encauzar la situación.
Después, se miró en el retrovisor, resopló y decidió que ya pensaría en ello el lunes.
Era momento de dejar de ser profesora y convertirse en mujer.
Le esperaba una larga noche de desmadre en el Pantera.
***
Lucía llegó a casa y se tumbó en el sofá sin ni siquiera encender la luz del salón.
Por un momento, la asaltó la tentación de quedarse allí, tranquila y en silencio, pero, realmente, necesitaba distraerse y descocarse con su pandilla, por muy cansada que se sintiera.
Así pues, se levantó de un brinco, se dio una ducha con la que se reactivó y se arregló con prisas.
En aquella ocasión eligió un conjunto discreto.
Ya llamaba bastante la atención con el atrevido estilo de su cabello.
Además, le apetecía cenar con sus amigas para ponerse al día antes de ir al pub y no era cuestión de presentarse en la humilde tasca con un aspecto demasiado sofisticado.
Como era habitual, Marta la recogió con su coche y aprovechó un momento de oscuridad para darle un beso intenso.
Durante la semana no se habían visto. Lucía había estado muy centrada en su trabajo, mientras que Marta comenzaba su lucha por hacerse un hueco en el mundo de la moda.
Por el camino fueron charlando y Marta se quejó, como tantas veces, por tener que tapear en vez de cenar en un restaurante de mesa y mantel.
Lucía no tuvo ningún reparo en recordarle que se había unido a un grupo con costumbres arraigadas y que, si no le gustaban, solo tenía que dejar de ir con ellas.
—Ya iremos un día de estos al Leonardo o a donde quieras —dijo después dándose cuenta de que había sido un tanto brusca con Marta—, pero entiende que somos de gustos sencillos y que damos prioridad a la conversación informal y a estar todas juntas.
—Está bien —aceptó Marta mientras aparcaba junto al bar de siempre—. Me vale con tal de tenerte a mi lado.
La forma en que lo dijo la hizo sentir incómoda y hasta un poco culpable porque era evidente que no compartían el mismo deseo de compañía.
O, al menos, no del mismo tipo de compañía.
Pero aquella noche no quería pensar en nada más.
Ya tenía suficiente con la inquietud que le producía todo lo concerniente a Tina y no iba a dejarse llevar también por cavilaciones relativas a Marta.
Salió del coche, fue al encuentro de sus amigas y, por fin, una gran sonrisa afloró en sus labios.
El abrazo cariñoso de Celeste, la sorna en los ojos de Lola y la calidez en el recibimiento de Pilar fueron un bálsamo.
También lo fue la constante atención de Marta, que se sentó a su lado conteniendo las ganas de tocarla.
Por un instante, las dos se miraron con complicidad y Lucía, más sosegada, ya solo quiso saber cómo había ido la semana para las chicas.
—¿Qué novedades va a haber? Nuestros trabajos son pura rutina. Eres tú la que tienes que contarnos, señora profesora de BUP —dijo Lola con orgullo.
—Pues, tita, han sido unos días de no parar. Solo me faltaban las reuniones de esta tarde… —se lamentó.
—Pero ¿bien? —preguntó Pilar.
—Sí, me estoy adaptando bien.
—¿Y qué tal lo de dar clase a chicos más mayores? —quiso saber Lola—. Porque supongo que serán menos manejables que los del colegio.
—Bueno, en general, bien. Al final son niños grandes —bromeó tratando de borrar la imagen de Tina de su cabeza.
Continuaron charlando entre tapa y tapa, entre cervezas y risas, hasta que decidieron marcharse al Pantera.
Lucía entró tranquila por primera vez en mucho tiempo porque ya sabía que no iba a encontrar a Tina.
Pero esa tranquilidad se transformó en congoja cuando pasó por el punto donde la había visto por primera vez, y cuando se acercó al lugar de la barra donde había descubierto que era menor y donde se había atrevido a retarla.
Qué poco imaginaba ella entonces lo lejos que estaba aquella chica de su alcance.
A Lucía le dio rabia sentir esa tristeza.
Le molestaba no ser capaz de olvidarla, de pasar página de manera definitiva.
La sombra de Tina le pesaba y el miedo a descubrir que sentía algo por ella le angustiaba.
Se giró hacia Marta y la besó. Si no era capaz de evitar esa angustia, se la iba a arrancar a las bravas.
Esa noche bebió y se entregó a la música con desesperación.
Y después, de madrugada, fue ella quien llevó a Marta a su casa para tratar de apagar su ansiedad con sexo.
El cansancio acumulado la hizo dormirse tras el segundo orgasmo. Despertó apenas tres horas después, cuando ya había amanecido. Marta continuaba en su cama. Y Tina continuaba en su mente. Se dio media vuelta y se abrazó a Marta, pero ya no pudo volver a dormirse.