Ella (Corazón de Pantera nº 5) 5 #3
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Las reuniones se fueron sucediendo y Lucía se encontró cómoda.

Mientras era el turno de tercero A, grupo al que ella no daba clase, Lucía se abstrajo mirando por la ventana.

Pero las vistas, a diferencia del colegio de Veliana, no tenían ningún encanto, al estar situada la sala de profesores en la planta baja.

Desde allí apenas se veía parte de la pared del gimnasio y algunos arbustos.

Aun así, dejó que la mente divagara en mil direcciones para no pensar que un momento después iba a hablar con el resto de profesores de tercero B.

No había decidido si debía informar sobre las ausencias de Valentina a su asignatura.

Pensaba que era lo correcto, pero también que quizá era mejor tratar de hablar antes con ella, ya que, en realidad, no habían tenido oportunidad de dejarse las cosas claras.

¿Hasta qué punto su comportamiento era una falta disciplinaria?

¿Acaso no era más una huida de carácter personal?

Su indecisión terminó cuando se sentó a la mesa y Lidia Guardia, profesora de Griego, le allanó el camino.

—Los chicos de este grupo me están pareciendo muy aplicados, a excepción de Valentina Abad. Bueno, luego está Rafa Almazán, que es un poco ganso. Suelta alguna gracia, pero después se centra en la clase. Su extroversión no supone ningún problema más allá de unos segundos de distracción.

—¿Y qué dices que pasa con Tina? —quiso saber María Navarro.

—Es muy conflictiva.

—Me extraña lo que me dices —objetó María—. Es el tercer año que le doy clase y, quitando un día que ha llegado tarde, la veo tranquila, como siempre.

—Pues yo la he conocido este curso y es de ese tipo de alumnos que te hacen aborrecer la profesión —insistió Lidia.

—Estás equivocada —opinó Diego Sanz, sacerdote y profesor de Religión—. Mira que esa chica y yo tenemos una forma de ver la vida totalmente opuesta, pero siempre ha sido muy respetuosa y, desde luego, nunca ha sido una alumna conflictiva.

—A mí no me ha dado problemas, pero sí es verdad que ha faltado a alguna clase —apuntó Pedro Lahoz, profesor de Latín, tras revisar la ficha en su carpeta.

—Yo también tengo anotada una falta sin justificar —se limitó a añadir Jesús Galera, de Filosofía.

—Me parece tan extraño… —volvió a decir María.

Lucía escuchaba con tanta atención como preocupación y supo que tenía que intervenir y tratar de arreglar las cosas.

—A Francés también ha faltado —admitió—, pero no podía saber si es algo habitual.

—Te aseguro que no lo es —dijo Diego.

—¿Me podéis poner en antecedentes sobre ella? —pidió Lucía.

—Es una alumna… diferente —informó María.

—¿En qué sentido?

—Su carácter es bastante serio. Es una chica solitaria, no se relaciona apenas con los demás. Pero en clase se porta bien. Tiene sus rachas de sacar mejores notas y otras de evaluaciones más discretas. Pero nunca ha sido conflictiva.

—No, para nada —se animó a darle la razón Alfonso, el profesor de Literatura.

—Pues conmigo ha tenido una actitud muy irrespetuosa. Además de faltar, se ha negado a corregir los deberes y a salir a la pizarra. Un día se puso tan chula que la tuve que echar de clase —protestó Lidia.

—Tú eres la tutora. Vas a tener que hablar con los padres —dijo Galera a Lucía sin mirarla.

—Jesús, eres nuevo y no lo sabes, pero Tina solo tiene madre y no es que sea una madre ejemplar precisamente —dijo la profesora de Historia.

—Seamos prudentes, María —rogó Sanz—. Estamos aquí para ayudar a Tina, no para juzgar a su madre.

—Perdón, tienes razón. Pero debe haber algún problema. Está claro que esa chica no es la alegría de la huerta, pero no es normal que se comporte así. De verdad, no me cuadra.

—Yo lo único que puedo aportar es que ha empezado el curso con siete kilos menos —intervino Sebas, el corpulento profesor de Educación Física—. Ayer al pesarla me pareció buen dato, ahora ya me hacéis dudar…

—Está bien. Voy a ocuparme de este asunto —aseguró Lucía, presa de una gran inquietud que intentaba esconder a los demás.

Dos minutos después, concluyó la reunión y dio comienzo la siguiente. Lucía trató de centrarse en el resto de charlas, pero el corazón se le había quedado encogido tras conocer que la situación era peor de lo que imaginaba.

Al concluir la reunión de tutores y antes de abandonar el instituto, Lucía pidió a Juan hablar a solas.

Se dirigieron a su despacho y ella intentó que su voz sonara como la de una simple tutora preocupada por una alumna y no la de una mujer que no sabía qué hacer en una coyuntura que se le estaba yendo de las manos.

—¿Qué problema hay? —se interesó Juan Martínez mientras encendía un cigarro y daba una larga calada. Lucía se sentó enfrente, tan intranquila que, por una vez, no le molestó el humo del tabaco.

—No te quiero entretener, que se ha hecho muy tarde. Sé que quizá debería hablar con Miguel, probablemente esto es más competencia del jefe de estudios que del director.

—Sí que es tarde, así que deja de dar rodeos, mujer. Cuéntame.

—En realidad, recurro a ti porque pude comprobar ayer que tienes muy buena relación con Ángel.

—¿Ángel Lozano?

—Sí.

—En efecto, somos amigos desde hace años. Fui de sus primeros clientes cuando vino a vivir a Albaceda y acabó surgiendo una buena amistad. No es que nos contemos nuestros secretos, pero, sí, nos llevamos bien. ¿Qué ocurre? ¿Hay algún problema con Tina o se trata de otra cosa?

—Sí, es sobre Tina —afirmó sintiéndose extraña al llamarla así por primera vez—. ¿Has llegado a ser profesor suyo, por cierto?

—Sí, en primero. Es el único curso en el que los alumnos reciben clases de Música. Por eso me queda tanto tiempo libre para ocuparme de la dirección del centro —explicó medio en broma.

—¿Y se comportaba de un modo normal en clase?

—Claro. Es una chica callada, muy en su mundo.

Hasta se diría que da imagen de ser una antipática, pero, por Dios, eso no se lo digas nunca a Ángel, que es la niña de sus ojos y me retiraría la palabra —dijo antes de estallar en una carcajada—.

Pero, sí, mientras está en clase, Tina es una alumna como otra cualquiera. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, por lo que se ha hablado en la reunión, este año parece que está un poco revoltosa—explicó y se dio cuenta de que con su brevedad solo buscaba protegerla.

—Qué raro —musitó.

—Sé que llevamos pocos días de curso, pero me gustaría intentar controlar la situación cuanto antes. A veces es mejor pecar de precavida.

—Por supuesto —convino el director.

—Y, bueno, pues te decía que, como eres amigo de la familia, he preferido hablar contigo en vez de con Miguel. Me gustaría que me ayudaras a contactar con ellos para tratar este asunto.

—Sin ningún problema, pero ¿no crees que podrías decirle a Tina directamente que quieres hablar con su madre?

—Lo haría, pero es que no siempre viene a clase. Y, bueno, ya sabes… Esto de ser nueva en el instituto me hace ir con pies de plomo. Necesito un poco más de tiempo para conocer a las personas y el funcionamiento de todo.

—Lo entiendo, tranquila. El lunes hablaré con Tina para que haga venir a su madre. Eso sí, te tengo que decir que su panorama familiar no es el mejor. Paz es una mujer particular y Ángel no puede intervenir tanto como él quisiera. Es un tema delicado.

—Lo tendré en cuenta. Gracias por todo, Juan.

—A ti. Me gusta verte tan implicada.

Lucía le regaló una sonrisa desganada, abandonó el despacho y se dirigió a la salida.

En el gran reloj de la garita del bedel pudo ver que pasaban unos minutos de las ocho y media.

Había sido una semana agotadora, sobre todo en el plano emocional.

La ilusión se mantenía intacta, pero la irrupción de Tina había pasado a acaparar su vida.

Era el motivo del continuo remolino en su vientre y la razón de un desasosiego que la condicionaba.

De repente, todo parecía depender de que Tina no la traicionara, de que Tina no sufriera…

y de que a ella misma no se le pasara por la cabeza que pudiera llegar a sufrir por Tina.