5 #2
—Me lo temía —protestó la mujer negando con la cabeza—. La mitad del claustro no ha sido informada, así que tendremos que pasar la voz.
—¿Pero de qué reunión me hablas?
—En realidad sería más correcto hablar de reuniones que de reunión porque nos vamos a pasar la tarde haciendo corrillos —dijo Lidia, que impartía Griego.
—Bueno, ¿alguien me va a explicar? —pidió Lucía.
—Perdón —intervino Miguel, el jefe de estudios—, es cierto que ha habido un error de comunicación, pero durante la mañana tendréis toda la información.
Lucía se rindió de pedir explicaciones y salió de la sala de profesores.
Se dirigió a la biblioteca y allí dejó morir la hora preparando textos.
Cuando el timbre sonó, se dispuso a dar su primera clase del día en el aula de tercero B.
Subió las escaleras preguntándose si Valentina estaría allí.
El día anterior no había asistido a su asignatura, pese a que la había visto por los pasillos.
Supuso que aún estaba molesta o preocupada o triste o a saber qué.
Quiso creer que se le habría pasado, pero aquel día también encontró su pupitre vacío.
No le gustaba cómo se estaba enredando el asunto, pero por el momento prefería esperar, convencida de que las cosas se pondrían en su sitio.
Tarde o temprano, la chica se centraría en los estudios y ella no tendría ningún problema en tratarla como a una alumna más.
Lucía concluyó que quizá también Valentina necesitaba tiempo para asimilar la situación y aceptar que esa debía ser la normalidad entre las dos.
Terminó la clase y, dado que Sandra, la alumna con la que tenía que charlar, había faltado, bajó a la cafetería para tomar algo y conversar con sus compañeros.
Se sentó junto a otros profesores y trató de aprovechar uno de los pocos recreos de los que iba a poder disfrutar hasta que terminara su ronda de encuentros con los chicos de tercero B.
La relajación le duró lo que tardó en ver que en una mesita situada justo enfrente de ella estaba Valentina, que se había quedado de piedra al verla.
Era evidente que no esperaba encontrarla allí y, además, no tenía escapatoria pues estaba acompañada de un hombre de unos cuarenta años que Lucía supuso que era su padre.
Juan, el director del instituto, acababa de despedirse de él de una manera muy afectiva antes de unirse al grupo de profesores.
Lucía trató de ignorar a la chica y se centró en la conversación que se estaba manteniendo en su mesa.
Se había pedido un café porque necesitaba estar despierta después de otra noche de no dormir en condiciones.
Lo degustó despacio y durante unos minutos consiguió que Valentina no existiera.
Pero después, se percató de que el acompañante de esta se había levantado y se dirigía a la barra dejándola sola.
No pudo evitar cruzar una fugaz mirada con ella antes de devolver la atención a sus compañeros.
A pesar de que necesitaba mantener las distancias con Valentina, a Lucía le preocupaba que la adolescente pudiera sufrir.
Para ella misma también estaba siendo una situación incómoda, pero era una persona adulta y disponía de más armas para afrontarla.
O, al menos, eso quería creer. En cambio, ella apenas era una cría y Lucía no sabía lo que podía estar rondando por su mente, hasta qué punto le podía estar afectando todo aquello.
Pero esa preocupación desapareció de repente cuando, al volver a desviar la mirada un instante hacia ella, comprobó que la estaba devorando con los ojos.
Puede que el corazón de Valentina albergara un sentimiento romántico que le hiriera, pero no era menos cierto que iba acompañado de un deseo voraz que le hacía morderse los labios.
Se quedó observándola unos segundos. La joven, ajena a la vigilancia de Lucía, había dejado que la mirada se le perdiera en el escote y en el cuello de su profesora.
Riesgos de llevar un vestido que dejaba ver demasiado canalillo.
Lucía sintió un cierto apuro y se lo tapó sutilmente con la mano.
Fue entonces cuando Valentina desvió la mirada hacia su rostro y descubrió que Lucía la había pillado.
Avergonzada, bajó la cabeza y disimuló cuando regresó el hombre.
Lucía aún continuó atenta y se sorprendió al darse cuenta de que la forma en que la chica la había mirado le había producido demasiado morbo.
Volvió a escuchar a sus compañeros mientras apuraba el café y, acto seguido, el grupo de profesores se fue levantando para pagar y regresar a clase.
Lucía puso todo su empeño en ignorar a Valentina.
De alguna manera, se sentía culpable cada vez que la atracción por ella volvía a asomar.
Por eso, quiso que la tierra se la tragara cuando escuchó a su espalda cómo Juan volvía a hablar al acompañante de la chica y la metía a ella misma en la conversación.
—Ángel, me gustaría presentarte a Lucía, es una profesora de Tina a la que no conoces.
Lucía respiró hondo al girarse y apretó con fuerza la mano del hombre. Continuó caminando en su compañía y comprobó que la alumna los seguía con cara de circunstancias.
—Usted debe ser la nueva profesora de Francés —supuso Ángel.
—Sí, pero, por favor, tutéame —le pidió sonriendo.
—Tengo entendido que también eres la tutora. Si necesitas cualquier cosa, puedes contar conmigo —se ofreció con amabilidad mientras le entregaba su tarjeta.
—Quizá te tome la palabra —contestó Lucía y le pareció que la adolescente se echaba a temblar al escucharla.
—Espero que Tina se esté portando bien.
—Podría ser mejor —replicó sin dar más explicaciones antes de dirigir a la joven una mirada algo dura con la que pretendía presionarla como alumna—. Disculpa, tengo que subir a clase. Ha sido un placer… ¿Ángel?
—Sí, Ángel Lozano. El placer ha sido mío.
Se despidieron con otro apretón de manos cordial y Lucía se encaminó hacia la sala de profesores antes de continuar con las clases.
—¿Qué te ha parecido? —le preguntó Juan.
—Bueno, apenas hemos cruzado cuatro frases, pero tiene cara de buenazo.
—Es muy buen tipo —aseguró Martínez.
—Eso parece. ¿Es su padre? —dudó al darse cuenta de que tenían apellidos diferentes.
—No, pero como si lo fuera. Si alguien se ha preocupado por sus estudios en estos años, ha sido él, no la madre —explicó antes de marcharse.
Las palabras del director hicieron que Lucía se detuviera un momento a reflexionar.
Llevaba tres meses revolucionada por una persona de la que no sabía nada.
Al reencontrarse con ella unos días antes, solo le había preocupado los problemas que pudiera causarle, su propia incomodidad al saberse atraída por alguien que había resultado ser una menor y también cómo le pudiera estar afectando la tesitura a la chica.
Pero no se había detenido a preguntarse cómo sería su entorno familiar o sus circunstancias personales.
Había algo en la escasa información que Juan le acababa de proporcionar que le daba mala espina, y ella, como su tutora, tenía la responsabilidad de estar al tanto.
No sabía cómo iba a normalizar la situación, pero tenía que lograrlo por el bien de las dos.
Cogió su maletín para subir a clase y se dio cuenta de que aún llevaba en la mano la tarjeta que le había entregado el hombre.
«Ángel Lozano. Fotógrafo», pudo leer junto con la dirección y teléfono de su estudio.
Lucía se quedó pensativa un instante hasta que la guardó en su cartera.
Por entonces, Ángel solo era el padrastro de Tina, pero más tarde llegaría a ser un gran amigo.
***
Aquel viernes iba a ser un día especialmente largo para Lucía.
Aparte de las clases que debía impartir por la mañana, había programada una serie de reuniones del profesorado que se prolongarían durante toda la tarde.
Resultaba extraño que se hubieran convocado tan pronto, tras apenas una semana de curso, pero se trataba de evitar que se repitieran ciertos conflictos que habían surgido durante el año anterior.
Así pues, Lucía regresó al instituto después de comer algo ligero para encarar esas reuniones.
En principio no debían ser muy largas, ya que serían particulares de cada clase y había quince aulas.
Después, debería permanecer para asistir a la última en la que solo participarían los tutores.
Lucía se las iba a tomar todas en serio.
Le gustaba su trabajo y las responsabilidades que conllevaba, pero también era cierto que estaba cansada.
Había sido una semana demasiado intensa y solo quería respirar, arreglarse e irse de fiesta con sus amigas.
Los docentes de cada grupo se fueron acomodando en un extremo de la gran mesa que presidía la sala de profesores.
Algunas charlas apenas duraron unos pocos minutos al no haber ningún tema relevante que tratar.
En cambio, otras se alargaron algo más. Eran esas de aulas en las que había algún chaval problemático o donde se había detectado alguna incidencia que entorpecía el buen ritmo de las clases.
En ese caso, trataban de aportar soluciones para encauzarlo antes de que el problema fuera mayor.