Ella (Corazón de Pantera nº 5) 5
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Había pasado una noche de perros. Por mucho que se había mentalizado y que en su cabeza todo eran buenos propósitos, lo cierto era que el reencuentro con aquella chiquita había hecho saltar su corazón por los aires.

Pero tenía que recomponerlo y no dejar que su vida se descontrolara.

Si tenía que reunirse a solas con Valentina, lo haría.

Y lo haría con firmeza y sin darle la menor opción a creer que la Lucía de aquella noche en el Pantera era ella.

No. Aquella era otra mujer. Una versión pasada de copas de sí misma que se había dejado llevar por la fiesta y el calor de la sangre.

Nada de lo que había ocurrido en aquel pub persistía.

Ahora eran otras personas y tenían que continuar adelante con sus respectivos caminos.

En su cabeza sonaba muy bien cuando se lo repetía una y otra vez mientras conducía hacia el instituto.

Pero entonces se detuvo en un semáforo y, al mirar por inercia a su alrededor, pudo ver a Valentina.

Caminaba por la acera en compañía de esa compañera con la que la había visto en el pasillo el día anterior y que ya sabía que se llamaba Raquel.

A su lado iban dos chicos a los que apenas prestaban atención.

La forma en que la joven llevaba sujeta por el brazo a Valentina daba a entender que entre ellas había una buena amistad o quizá algo más.

Esa Raquel tenía un año y medio más que Valentina y era pura belleza.

Una sensación incómoda se instaló en el estómago de Lucía y prefirió no seguir mirando.

Aceleró cuando el semáforo se puso en verde y aparcó cerca del instituto.

De reojo las vio llegar, pero continuó su marcha intentando centrarse en la ilusión de las que serían sus primeras clases de verdad en el instituto.

Durante dos horas consiguió olvidarse de sus circunstancias personales y ser solo una profesora de Francés.

Es lo que vieron sus alumnos de COU A y de primero C: una joven profesora con una sonrisa preciosa y buenas intenciones, que les había sorprendido, ya en el primer día, con un examen al que no pondría nota porque necesitaba conocer el nivel de cada alumno para que ninguno se quedara atrás.

Desde el principio les quedó claro que todo lo que hacía era para ayudarlos y que las horas de clase no eran un mero trámite para ella.

A las diez y media sonó el timbre que marcaba el inicio del primer recreo y a Lucía se le borró la sonrisa.

Era el momento de subir al ático del centro donde estaba situado el despacho en el que debía encontrarse con Valentina.

Y, aunque estaba muy decidida a actuar con naturalidad, sus fuerzas flaquearon.

Mientras salía de aquella aula de primero, no pudo evitar recordar la imagen de un par de horas antes, cuando había visto a Valentina con Raquel.

Solo entonces se dio cuenta de que esa mala sensación que se había apoderado al verlas era algo muy parecido a los celos.

Se enfadó consigo misma porque las emociones estaban doblegando su voluntad y se dio cuenta de que no se sentía preparada para enfrentarse a la chica, que iba a ser un error estar a solas con ella.

Necesitaba un poco más de tiempo para despegarse de esa atracción, para conocerla un poco mejor y para poder encararla con una actitud más fría.

Así pues, bajó rápidamente a la planta inferior en busca del bedel y, al no encontrarlo, se dirigió a la oficina de administración.

—¿Sabes dónde está Ernesto? —preguntó a Mati, la simpática secretaria, a la que pilló sacando su cartera del bolso.

—¿No está en su garita?

—No.

—Entonces estará en la cafetería o haciendo algún arreglillo por ahí. ¿Necesitas algo urgente?

—Entregar un formulario a una alumna en el box de Francés.

—Pues ya lo hago yo, mujer. Dame datos.

—No te quiero molestar, intuyo que te vas a desayunar.

—Solo un café rápido. Me da tiempo de sobra.

—Pues me harías un favor. Se llama Valentina Abad, debe estar esperando.

—Sin ningún problema. ¿Qué le tengo que dar?

Lucía le entregó unos folios donde había unas preguntas. En realidad, se lo había preparado como una especie de guion orientativo para la conversación. Pero, más o menos, podía servir para conocer ciertos aspectos de su vida y de su forma de estudiar.

—Dile que lo rellene y lo deje en el cajón de la mesa. Ya luego lo recogeré. Y muchas gracias —añadió cuando la mujer, tan sonriente como solícita, se dirigió escaleras arriba a cumplir su cometido.

Ya que no iba a acudir a la reunión, aprovechó para tomar un tentempié en la cafetería. Unos minutos después, Mati apareció y Lucía la invitó a sentarse con ella y también a un café.

—¿Todo bien? —quiso saber.

—Sí, se ha quedado en el box toda seria, lo cual no me extraña —dijo con cierta ironía.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, a esa alumna no la tengo muy tratada, solo la conozco de vista, pero creo que no la he visto sonreír jamás.

—¿Tan antipática es?

—Yo no diría tanto porque, realmente, no la conozco. Pero sí que parece muy solitaria y si se puede ahorrar saludar, lo hace.

Lucía se quedó callada y sin saber qué pensar mientras tomaba una infusión y Mati apuraba su café.

—Me vuelvo a la oficina —anunció la mujer—. Muchas gracias por la invitación y ya sabes dónde estoy cuando necesites algo.

Lucía la despidió con una sonrisa que volvió a apagarse cuando la sobresaltó el timbre que ponía fin al recreo.

Era momento de seguir con las clases y, precisamente, la siguiente era la de tercero B.

Le tocaba volver a ponerse la coraza, entrar en el aula y comportarse como si los ojos de Valentina no fueran a estar escrutándola.

—Bonjour —saludó haciendo un esfuerzo por demostrar energía y por convencerse de que todo estaba bien.

Los alumnos le correspondieron y Lucía trató de que su mirada no se desviara hacia el fondo de la clase donde estaba ella.

—Bueno, después de la presentación de ayer, hoy ya empezamos en serio con el curso. Y, chicos, no me odiéis, pero vamos a hacer un pequeño examen.

De inmediato, las protestas y cuchicheos llenaron el aula y Lucía los sorprendió riendo divertida ante su reacción.

—No os preocupéis. Solo quiero valorar vuestro nivel, pero este examen no va a puntuar. Solo es una referencia para mí. La parte buena es que hoy no os aburriré con una clase —bromeó.

Aliviados, los chavales volvieron a regalarle su confianza y ella continuó sonriendo mientras repartía los cuestionarios.

—No olvidéis poner vuestro nombre arriba y, por favor, no copiéis, que hoy no sirve de nada. Podéis empezar.

Durante unos minutos reinó el silencio, solo interrumpido por el movimiento de alguna silla o por el ruido de un bolígrafo que caía al suelo.

Lucía aprovechó para corregir los exámenes de la clase anterior mientras lanzaba alguna mirada al grupo de cuando en cuando.

Aunque aquella prueba no requería mucha vigilancia, prefería estar segura de que los chicos cumplían las normas.

Y en una de esas revisiones, sus ojos y los de Valentina se cruzaron.

Por primera vez desde que se habían reencontrado, se miraron de manera voluntaria y sostenida durante apenas unos segundos.

Lucía agachó la cabeza sintiendo que el corazón le golpeaba fuerte en el pecho.

Le había impresionado la tristeza en los ojos de la chica, esa expresión de incertidumbre, de pedirle a gritos una explicación sobre la situación.

Pero Lucía no podía dársela y, por un momento, se sintió tan triste como ella.

Lo que no esperaba era que Valentina, de repente, se levantara, caminara hacia su mesa y arrojara en ella el examen antes de abandonar el aula.

Lucía la siguió con la mirada mientras se marchaba y observó que en los rostros de los demás se dibujaba primero sorpresa y después indiferencia.

Todos volvieron a aplicarse a lo suyo sin que pareciera importarles la espantada de su compañera.

Excepto Raquel, que se quedó un momento pensativa antes de regresar a su tarea.

Cogió el papel abandonado de cualquier manera en la mesa y comprobó que no había escrito ni una palabra.

Fue en ese momento cuando comenzó a temer que su vida pudiera complicarse.

Estaba claro que la chica no la había olvidado, que le dolía la actitud que Lucía había tomado respecto a ella y que, probablemente, no le hubiera gustado que la dejara plantada un momento antes en el box.

A Lucía ya solo le quedaba la esperanza de que Valentina fuera discreta, que no dinamitara su carrera como represalia, que se olvidara de que hubo una noche en que fueron dos personas soñando con una posibilidad.

Le dolía ser egoísta, verse obligada a ignorar los sentimientos de la chica y dar prioridad a su propia seguridad y a su reputación. No le gustaba ser así y volvió a repetirse que necesitaba tiempo para afrontar la situación y despejar las dudas.

Cuando, un rato después, durante el segundo recreo, subió al box para charlar con otro alumno, encontró en la mesa el formulario de Valentina Abad, tan vacío como el examen, tan en blanco como se sentía ella misma, con tantas interrogantes como las que bailaban frenéticamente en la cabeza de las dos.

Lucía se sintió como una funambulista que tenía que intentar llegar al otro lado sin dar un paso en falso.

Solo el tiempo diría si lo conseguía o si acababa precipitándose al abismo del fracaso personal y profesional.

***

Lucía llegó al instituto a primera hora, a pesar de que los jueves no tenía clase hasta las nueve y media. Podría haberse permitido el salir de casa más tarde, pero se sentía inquieta y prefirió ser productiva.

—¡Qué guapa vienes hoy! —la piropeó Sara.

Algunos compañeros le dieron la razón mirándola con disimulo, pero no dijeron nada.

—¿A ti te han comunicado lo de la reunión de mañana? —preguntó María Navarro, profesora de Historia.

—No, ¿qué reunión?