Ella (Corazón de Pantera nº 5) 4
3%

4

Lucía cerró con llave su coche y miró la fachada del instituto mientras hacía recuento.

Llevaba el vetusto reloj de su padre, detenido desde muchos años atrás en las cinco y trece minutos, no se sabía si de la madrugada o de la tarde.

También sostenía en su mano izquierda el maletín que le había regalado Patro cuando se convirtió por fin en profesora.

Dentro estaba su bolígrafo más preciado y otros objetos necesarios que se había asegurado de guardar antes de emprender la marcha hacia ese nuevo y apasionante capítulo de su vida.

Y estaban los correspondientes nervios y una ilusión aún mayor.

Sí, estaba todo. Respiró hondo, sonrió levemente y echó a andar.

Era su primer día en el instituto, aunque no se podía decir que fuera el primer día de clase.

Aquella mañana suponía una simple toma de contacto.

Iría aula por aula presentándose a sus nuevos alumnos y explicándoles el temario.

Pero antes de iniciar la ronda, se dirigió a la sala de profesores, donde saludó a los compañeros a los que había tenido ocasión de conocer y fue presentada a los que no.

Junto a ella, había otro puñado de docentes recién llegados, todos con las mismas ganas de comenzar y de adaptarse al centro.

Todos menos uno, el nuevo profesor de Filosofía, que no se mostró afable en absoluto y al que Lucía prefirió ignorar.

Antes de subir a las aulas, charló brevemente con Félix, el otro profesor de Francés, y recibió ocho pequeñas carpetas marrones de anillas, una por cada grupo al que daría clase.

Las revisó sin detenerse demasiado y vio que contenían las fichas de cada alumno, con su nombre, foto y datos básicos.

Le servirían para pasar lista y para apuntar observaciones.

También le hicieron entrega de los horarios de cada clase y de uno provisional para aquel día, con el objeto de que los profesores mantuvieran un orden en sus visitas por las aulas.

Ciñéndose al suyo particular, subió al primer piso para conocer a sus alumnos de segundo A.

El nerviosismo no consiguió borrarle la sonrisa y, en cuanto tuvo delante a los treinta chicos de aquella clase, todo fluyó por sí solo.

Su juventud, su simpatía y su mirada limpia y azul eran sus mejores armas para ganarse su confianza.

Apenas permaneció quince minutos con ellos, suficientes para saberse aceptada.

Más relajada continuó su peregrinación por otras tres aulas de distintos cursos donde todo transcurrió con idéntica normalidad.

Curiosamente, le dio la sensación de que se sentía más cómoda con adolescentes que con niños más pequeños, algo que le había inquietado de su traslado al instituto.

A media mañana se dirigió a la cafetería para hacer un breve descanso.

Aquel primer día el horario era caótico.

Algunos profesores no respetaban el tiempo acordado por presentación, lo que provocaba ciertos desfases.

Ella, lejos de agobiarse, había ido tratando de adaptarse al ritmo de los demás.

No se había molestado si le había tocado esperar a que un profesor abandonara un aula ni tampoco reunir a los chicos que se habían dispersado porque el docente había terminado demasiado pronto.

De hecho, al llegar a la cafetería, se había encontrado con que estaba medio vacía y ya no podía saber si era porque iba tarde o temprano.

—¿En serio todos los años es así? —preguntó al cruzarse con Sara, profesora de Química con la que parecía que iba a hacer buenas migas.

—Tómatelo con humor y sin prisas —le aconsejó encogiéndose de hombros y marchándose.

—Es solo un día. Y a veces hasta resulta gracioso. Pero ya mañana todo se volverá rutinario, no te preocupes —añadió Félix yendo tras Sara hacia la escalera.

Lucía cabeceó con resignación, pidió un café y se sentó en una pequeña mesita.

Quería estar bien atenta y con la mejor actitud antes de visitar la siguiente aula.

Tercero B iba a ser su grupo especial, la clase de la que sería tutora.

Y, aunque se iba a volcar del mismo modo con el resto de alumnos, aquellos serían su prioridad.

A fin de cuentas, tenía una responsabilidad con ellos y eso le causaba una dulce emoción.

Para cuando el amable camarero le sirvió el café, en la sala quedaban muy pocas personas.

Lucía sabía que se lo tenía que tomar con serenidad, pero decidió no causar más retrasos y actuar con rapidez.

Ilusionada, dio un pequeño sorbo y extrajo del maletín la carpeta de tercero B.

Quería echar un vistazo rápido a las fichas, simplemente por ir poniendo cara a esos chicos que requerirían toda su dedicación.

Abrió la carpeta y su vida, de repente, explotó.

Así, sin previo aviso, en la primera cartulina estaba la imagen de la joven del Pantera.

La reconoció de inmediato, sin duda, sin la menor posibilidad de error.

Era ella. Estremecida leyó su nombre: Valentina Abad Luna.

Pero mayor fue el estremecimiento cuando, con todo el miedo del mundo, desvió la mirada a su fecha de nacimiento.

Lucía se quiso morir al comprobar que la chica aún estaba lejos de alcanzar la mayoría de edad, como se había empeñado en creer durante todo el verano.

De hecho, se dio cuenta de que justo al día siguiente de conocerla había cumplido los dieciséis.

Ahora entendía por qué nunca había regresado al pub.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener el llanto. Y también para no renunciar a la plaza y marcharse en aquel mismo momento del instituto. Su corazón estaba arañado y su carrera en juego. Pero debía comportarse como una mujer madura y profesional. Tenía que continuar con su camino.

Apartó el café y lo sustituyó por una tila.

Respiró hondo y siguió pasando fichas intentando olvidarse de la primera, pero no lo consiguió.

Dejó la tila también a medias, pagó la cuenta y emprendió la ascensión hacia el segundo piso, donde estaban las aulas de tercero y las de COU.

Las piernas le temblaban tanto que por un momento temió que no sería capaz de llegar hasta arriba.

Por el camino pensó en todas las posibilidades.

Era probable que Valentina no se acordara de ella o que no la reconociera tras su cambio extremo de aspecto.

También era posible que la tratara con total indiferencia, como si nunca hubiera pasado nada, como si lo de aquella noche hubiera sido un simple entretenimiento.

Pero lo que le preocupaba era ese otro escenario en el que la chica reaccionara de otra manera, que tratara de presionarla, que provocara que su vida se convirtiera en una pesadilla.

A fin de cuentas, no conocía nada de ella más allá de sus atrayentes ojos y de esos labios con los que tanto había soñado.

No podía saber hasta qué punto sería sensata o inmadura, empática o egoísta, buena persona o una niñata sin escrúpulos ni corazón.

Lucía se detuvo un momento a la altura del primer piso y se sentó en un banco.

Su determinación la empujaba a continuar subiendo escaleras, pero no podía ignorar el miedo que la atenazaba.

La incertidumbre le cortaba esas alas de mujer poderosa que había ido tejiendo durante años.

La incertidumbre y también la decepción, que le había herido mucho más de lo que hubiera podido prever.

En ese momento, sentada en ese banco en un pasillo solitario, Lucía habría querido poseer una capa que la protegiera de sus miedos antes de subir a clase.

Esa capa mágica no existía, pero decidió esconderse tras sus gafas de sol.

Volvió a inspirar profundamente varias veces, se levantó y se dirigió sin vacilar al encuentro de su destino.

Una vez en el piso superior, volvió a detenerse. Las escaleras eran el punto central de un gran pasillo. Ya solo tenía que girar hacia la derecha para enfilar el camino hacia las aulas de tercero. Sabía que la clase B estaba situada al final y, sin pensárselo más, comenzó a andar con paso firme.

Como si no hubiera tenido ya suficientes sorpresas aquella mañana, al mirar hacia el fondo de la galería, pudo ver que Valentina se encontraba allí, sentada en un banco frente a la puerta del aula en compañía de otra chica.

Al verla fue como si un rayo le crujiera por dentro, pero ya no se podía detener, debía seguir caminando.

Mirándola de lejos, pudo comprobar lo diferente que estaba respecto a aquella noche.

Le faltaba el maquillaje con el que la había confundido y ropa de salir.

Pero, aunque llevara unos simples vaqueros y una camiseta algo ajustada y desgastada, aunque su pelo anduviera un poco revuelto y su forma de sentarse en el banco fuera la informal de una adolescente, el aura seguía allí.

Eso que tanto la había enganchado aquella noche, eso que la había tenido desesperada durante casi tres meses y que escapaba a su simple apariencia física, continuaba presente.

Pero no quiso pensar en ello. Desde aquel momento, Valentina debía ocupar un lugar en su profesión, como el resto de sus compañeros, pero no en su vida.

Tenía que borrarla como fuera de su corazón y de su mente.

Conforme se acercaba a su posición, se dio cuenta de que la chica la miraba cada vez con más atención.

Era una mirada interrogante y algo tensa.

De repente, su amiga había desaparecido, sus músculos se habían petrificado y para ella solo parecía existir Lucía.

Esta, amparada por las gafas de sol, se permitió seguir observándola mientras trataba de entender esa mirada, tan similar a la primera en el Pantera.

Entonces entendió que la había reconocido, o al menos había reconocido a esa parte de sí misma que no se había podido ocultar tras un corte y teñido de pelo.

Cuando llegó junto a ellas y estaba a punto de atravesar la puerta de la clase, se quitó las gafas, saludó a la otra chica y no fue capaz de hacer lo mismo con Valentina.

La miró de soslayo y entró en el aula. Su vida ya nunca sería igual.

***

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantenerse serena.

En aquella sala había otros veintisiete alumnos y no podía fallarles dejándose llevar por las emociones causadas por una.

Tenía que hacerse fuerte y actuar como si aquella chica fuera una más.

Y así lo hizo, aunque para ello tuviera que esquivar continuamente su mirada.

Poniendo el alma, consiguió obviar que Valentina Abad estaba allí, observándola sorprendida y afectada desde la última fila de la clase.

Durante unos minutos se centró en el resto de chicos. Les explicó el programa del curso, como había hecho con el resto de grupos, y les anunció que ella sería su tutora. Entonces, Lucía se vio obligada a tomar otra determinación.

En los años anteriores en el colegio de Veliana, cuando había sido tutora se había encargado de charlar con cada alumno de manera privada.

Apenas eran unos minutos, pero le servía para detectar posibles conflictos y necesidades con el objetivo de que todos se sintieran lo mejor posible en clase y rindieran más.

Con su paso a la educación secundaria, consideraba esa iniciativa aún más interesante.

Los que iban a ser sus alumnos eran chicos en plena adolescencia, con las hormonas alborotadas y con mil problemas e inseguridades que podrían influir negativamente en los estudios.

Estaba a punto de informarles sobre ello cuando sus dedos rozaron la carpetita marrón.

Seguir adelante suponía reunirse con Valentina, cuya ficha sería siempre la primera en ver cada vez que pasara lista.

Por un momento dudó. Pero no se podía permitir que esa chica condicionara su forma de trabajo.

Si quería ser honesta con ella misma y con el resto de sus alumnos, debía superar aquel escollo.

Así pues, lo comentó con naturalidad y los chicos parecieron aceptarlo de buen grado.

Se notaba que Lucía les estaba cayendo bien.

Por fin abrió el pequeño bloc y la tarjeta de Valentina volvió a romperle el corazón.

Confió en que, poco a poco, se iría acostumbrando y esa sensación acabaría desapareciendo.

Tragó saliva y pronunció su nombre. La chica levantó la mano, aunque no hacía falta.

Se miraron un instante a los ojos, Lucía con miedo y Valentina con incertidumbre, el tiempo justo para que la profesora la citara para charlar durante el primer recreo del día siguiente.

Después, Lucía continuó pasando lista, repartió el horario que seguiría aquella clase durante el curso, contestó a algunas dudas y se marchó.

Un par de horas después, terminó su periplo por las aulas y, tras pasar por la sala de profesores, salió del instituto en compañía de algunos compañeros.

Se despidió de ellos, se dirigió a su coche y se alejó del lugar.

Aquel día había quedado con sus padres para comer y contarles qué tal le había ido, como si fuera una colegiala en vez de una docente.

Pero no le importaba, porque seguía agradeciendo poder regresar a un nido donde volver a sentirse niña.

Después de lo vivido aquella mañana, le apetecía refugiarse en su viejo hogar, pero antes prefirió dar un rodeo por las afueras del pueblo.

Detuvo el automóvil en una zona tranquila y fresca del bosque y permitió que, por fin, las emociones fluyeran.

Lucía lloró. Lloró durante muchos minutos, presa de la impotencia y de las dudas.

Todo tenía que cambiar e iba a necesitar mucha fuerza y tener las ideas muy claras.

Y lo conseguiría, estaba convencida de ello, aunque antes tuviera que amordazar su instinto de mujer.

Volvió a poner el coche en marcha y fue al encuentro de su familia.

Por el camino se convenció de que todo iría bien, de que sería capaz de avanzar en la dirección correcta.

Se lo demostraría a su madre si, tras contarle lo sucedido, le manifestaba su preocupación.

Se lo demostraría a Valentina si se le ocurría ponerla en apuros.

Pero, sobre todo, pensaba demostrárselo a sí misma.