Ella (Corazón de Pantera nº 5) 3
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Lucía dejó morir agosto apurando sus energías al máximo.

El comienzo del curso estaba a la vuelta de la esquina y necesitaba agotar las reservas antes de centrarse en el trabajo y convertirse en una profesora formal.

Era la única de la pandilla que continuaba de vacaciones.

Celeste, Pilar y Lola ya habían regresado a sus puestos, mientras que Marta se dedicaba a sus gestiones y a la creación de su primera colección.

Aun así, se reunían para ir al Pantera casi todas las noches, aprovechando que aquel verano permanecía abierto a diario.

Cuando tenían ganas de jaleo, se adentraban en el local para bailar y dejar que el ruido se las tragase.

Y si, en cambio, preferían estar en un ambiente más tranquilo, aprovechaban el patio exterior para tomar una copa y charlar.

Fuese como fuese, Lucía repetía cada noche el mismo ritual: entrar nerviosa, echar un vistazo rápido, esgrimir un pretexto para poder recorrer sola cada rincón del pub y regresar junto a las demás con el alma herida porque la chica nunca estaba.

Después, combatía la decepción bebiendo, bailando y refugiándose en el cariño de sus amigas y en la piel de Marta.

Y, sobre todo, disimulando, porque nadie sabía de su tormento.

Llegaría el momento en que tendría que compartirlo con sus personas de confianza, pero antes necesitaba tratar de entenderse y guardárselo para sí misma.

Una noche, se encontraban celebrando que Celeste cumplía los veinticinco cuando Lola le dedicó una mirada intensa. La mujer se levantó, sacó el paquete de tabaco del bolsillo y se alejó hasta un lugar más despejado. Lucía la conocía lo suficiente como para captar el mensaje, así que fue tras ella.

—¿Cuándo piensas dejar de fumar? —le preguntó por enésima vez provocando que Lola pusiera los ojos en blanco—. No es bueno ni para ti ni para nosotras.

—¿Me lo vas a decir cada vez que me encienda un cigarro?

—Sí, tita. Pero lo hago porque te quiero —sonrió.

—Pobre Julia, lo que ha tenido que sufrir en esta vida…

—Deja en paz a mi hermana —protestó dándole una cariñosa colleja—. La insoportable era ella, pero al menos no fumaba. Bueno, ¿qué me quieres decir? Sé reconocer cuando me convocas sin necesidad de palabras.

—Qué bien domada te tengo —dijo tras dar una calada al cigarrillo.

—Y tú qué borde eres —replicó haciéndose la indignada, aunque las dos acabaron riendo.

—La cuestión es que tengo la mosca detrás de la oreja. Me preocupas.

—¿Y eso por qué?

—No sé, Lucía, te veo un poco rara.

—¿Rara?

—Sí. A ratos demasiado nerviosa y a ratos demasiado ausente. Si a eso sumamos que veo a Celeste demasiado acelerada… al final acabo demasiado inquieta.

—Pues ve borrando «demasiados», tita. Al menos por mi parte.

—¿No te ocurre nada?

—No, de verdad.

—Empecé a verte así ya en Villaluz.

—Pues, no sé. Igual me sentía extraña por tener allí a Marta. Sabes que teníamos nuestras diferencias y pasar las veinticuatro horas con ella no era fácil. Y, bueno, ahora igual estoy un poco tensa por el cambio de trabajo. Enseñar en un instituto es algo diferente y quiero hacerlo bien.

—De eso no me cabe ninguna duda.

—Pues, ya está.

—¿Y va todo bien con Marta?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí. De hecho, me siento menos agobiada por ella porque dedica más tiempo a su actividad profesional y me da más margen.

—Dios me libre de meterme en tus asuntos, Lucía, pero sabes que estaré siempre para ti si alguna vez quieres charlar.

—Lo sé, Lola, y te lo agradezco.

Lucía le sonrió y se dio cuenta de que estaban manteniendo una conversación similar a la que trató de arrancar a Celeste tiempo atrás.

Pero, en esa ocasión, Lola era la amiga preocupada y ella la que contestaba con evasivas.

La diferencia estaba en que Celeste era demasiado transparente, no sabía mentir, solo huir.

Ella, en cambio, resultaba más convincente.

O, al menos, eso era lo que ella creía, pues Lola no se había tragado ni una palabra, aunque había respetado su decisión de no contarle la verdad.

Con una mirada llena de cariño, firmaron un pacto en silencio.

Lola no insistiría y Lucía acudiría a ella si su situación empeoraba.

Regresaron junto al grupo y dedicaron toda su atención a Celeste, que se pasó toda la noche dando abrazos a sus amigas, sobre todo a Lucía, y bailando sin medida, como el cervatillo feliz que, en realidad, no era.

***

Arrellanada en el sofá y con la mirada perdida en el techo, Lucía escuchaba la música que su madre había elegido para amenizar el momento.

Llevaban juntas un buen rato en el domicilio familiar, aprovechando que Patro tenía libre ese viernes.

Jaime estaba trabajando y Lucía se encontraba inquieta porque tres días después comenzaría su nueva etapa como profesora de BUP.

Venía de vivir unos días intensos. Definitivamente, no había vuelto a ver a la chica que le quitaba el sueño y había tenido que hacer un gran esfuerzo para apartarla de su cabeza y centrarse en sus obligaciones.

Ya había acudido en varias ocasiones al instituto y había tenido oportunidad de conocer a algunos de sus nuevos compañeros, las instalaciones, normas, sistemas de trabajo…

A diferencia del colegio de Veliana, en aquel centro iban a convivir el francés y el inglés como lenguas extranjeras, aunque el segundo aún era minoritario, por lo que Lucía no veía amenazado su futuro laboral, al menos a corto o medio plazo.

Sabía los grupos a los que daría clase y también que le había sido asignada la tutoría de tercero B, algo que le había ilusionado y le había hecho sentir plena de confianza.

En una reunión informal en la cafetería con el director y el jefe de estudios, le habían confesado que tenían buenas referencias de ella.

Mauro, el director del colegio en el que había trabajado durante cinco años, era amigo de Juan, su homólogo en el instituto de Albaceda.

Lucía se sintió orgullosa de sí misma y agradecida a Mauro, que siempre la había valorado y que la protegió tras el desagradable episodio de su detención.

Lucía estaba muy ilusionada con el comienzo del curso y, a la vez, nerviosa porque, lejos de la noche y de la fiesta, era una persona muy responsable.

Su madre le había preparado una tisana y había buscado música más suave para que se relajara.

Llevaban un rato charlando, pero algo escamaba a Patro, que conocía demasiado bien a su hija.

—No me has dicho cómo te va con esa chica… Marta —probó a tirar del hilo.

—Bien. Seguimos saliendo y conociéndonos poco a poco.

—Espero que nos la presentes algún día.

—Claro, mamá. Si no lo he hecho aún es porque ella es un poco especial.

—¿Especial?

—Sí, bueno, a ver cómo te explico… Suele ser una persona agradable, pero no es demasiado afectiva. No es la típica persona que se iría encantada a comer con los suegros un domingo.

—¿Pero a ti te trata bien?

—Sí, aunque tenemos muchos roces. Hay cosas que nos unen y otras que nos repelen. Somos como dos imanes girando continuamente y buscando el momento en que los polos correctos se encuentren. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

—Sí, te has explicado muy bien —sonrió.

—Ya veremos lo que pasa, mamá. Si no os la he presentado es también porque no sé qué somos.

—Las cosas pueden cambiar y ponerse en su sitio en cualquier momento, pero me da la sensación de que no la ves como la mujer de tu vida —opinó Patro.

—Por ahora es todo muy incierto y no me quiero comer la cabeza.

—Claro que no, cielo. Aprovecha y diviértete con ella todo lo que puedas. A fin de cuentas, ninguna está obligando a nada a la otra.

—Exacto. El único problema sería que una quisiera algo más serio y la otra no.

—Ya, pero eso forma parte de la vida. No sería el primer corazón roto de la historia. Ese riesgo existe en cualquier relación entre dos personas.

—Por mi parte creo que no pasará y quiero pensar que por la suya tampoco.

—Pero, dime, ¿es eso lo que te preocupa? No te veo bien.

—Tranquila, mamá, es solo la inquietud por el comienzo del curso.

—Hija, te conozco como si te hubiera parido —bromeó haciéndola reír— y sé que hay algo más aparte de ese gusanillo.

Lucía se incorporó y le tomó la mano, pero no dijo nada.

—Y no creo que tu relación con Marta te cause esa desazón.

—¿Qué desazón? —trató de negar.

—La que te quita el brillo de los ojos. ¿Crees que no me doy cuenta?

No son nervios, es tristeza o… no sé, algo sombrío que no te deja estar bien.

Vamos, es que no hay ni punto de comparación a cuando venías temblando antes de comenzar a trabajar en el colegio de Veliana.

Esos sí que eran nervios de ilusión. Esto no —sentenció señalando su rostro.

—Tienes razón, mamá —admitió.

—¿Y qué ocurre?

Lucía la miró a los ojos y sintió que la voz se le iba a quebrar antes incluso de abrir la boca. Por eso, respiró hondo y tardó unos segundos en hablar.

—Hay otra persona.

—¿Otra mujer? —preguntó obteniendo un leve cabeceo afirmativo de Lucía—. Bueno, pues si con Marta no tienes realmente un noviazgo, ¿qué problema hay?

—No puedo estar con esa chica.

—¿Por qué? ¿Tiene pareja?

—No, mamá, es todo más complicado. ¿Te acuerdas cuando te conté lo de la hora libre que hacen una vez al año en el Pantera?

—¿La de los menores? No me digas más —añadió dando una palmada, gesto que Lucía había heredado de ella.

—Sí, pero no saques conclusiones. No tengo nada con esa chica. Ni siquiera la conozco.

—Pero te gusta —supuso.

—Sí.

—¿Qué te va a gustar? Si solo te gustara no estarías así.

—Es que es complicado —repitió—. Aquella noche nos gustamos las dos, nos miramos de una manera que no dejaba lugar a las dudas. Y hasta me atrevería a decir que nació entre nosotras algo más que una simple atracción física.

—No hay más que verte. Con razón has vuelto de las vacaciones con ese aire tan extraño.

—Ya, pero, mamá, no puedo saber qué siente esa chica.

—¿Cuántos años tiene?

—No lo sé, no sé nada de ella. Cuando tonteábamos, yo no sabía que era menor. Me extrañó descubrirlo en el último momento, porque su aspecto y su forma de mirarme eran de una persona más madura. Me pareció que era jovencita, pero mayor de edad.

—¿Y qué piensas hacer? No quiero que vuelvas a sufrir un mal trago como el de Alicia.

—Ni se me pasa por la cabeza eso, mamá. Yo estoy convencida de que ha cumplido ya los dieciocho, y si no es así, le debe faltar muy poco.

—Bueno, eso ya cambia la cosa.

—La cambiaría si supiera algo de ella. Pero es que no la he vuelto a ver.

—Te ha dado fuerte. Se te ha metido muy adentro.

—Sí, pero la tengo que sacar. Me temo que nunca volveremos a encontrarnos y yo tengo que seguir con mi vida.

—No pierdas la esperanza. Cualquier noche puede volver a aparecer. O cualquier día, que este pueblo no es tan grande y la puedes ver a saber dónde.

—Ya. Pero también pienso que ella quizá no tenga el mismo interés.

—¿Pues no dices que crees que sintió algo importante?

—Es lo que me pareció. Pero, si fue así, ¿por qué no ha vuelto a buscarme? Sabe perfectamente dónde puede encontrarme. Igual para ella fue solo un juego.

—¿Y tú estás enamorada?

—Enamorada es algo muy definitivo, mamá. Prefiero pensar que no. Sobre todo porque no puedo saber qué intenciones tiene ella ni por qué nunca regresó al pub.

—Puede deberse a tantas circunstancias…

—Por eso te digo que es todo muy complicado —reiteró por tercera vez—.

He pasado todo el verano paralizada, esperando volver a verla, intentando averiguar lo que siento por ella y por Marta.

Tengo que avanzar, mamá. No puedo esperar eternamente algo que ni siquiera sé si existe.

Y, no. No estoy enamorada. No puedo estarlo.

No tiene sentido. No, no lo estoy —insistió como tratando de convencerse a sí misma.

—Está bien, cariño. Pero cuenta conmigo si necesitas desahogarte. Ocurra lo que ocurra, solo espero que sea lo mejor para ti.

—Gracias, mamá. Eres la única a la que se lo he contado.

—Y seguiré siendo la única que lo sepa si es lo que tú deseas. Ni tu padre se enterará.

—Gracias —volvió a decir antes de abrazarla fuerte—. Bueno, me voy y te dejo que hagas ese estofado, no te quiero entretener más.

—¿Seguro que no te quieres quedar a comer?

—No. Tengo lo que me llevé ayer. Deja de cebarme, mala madre —dijo ganándose un pellizco en el costado que le hizo cosquillas.

Se dirigió hacia la puerta del piso acompañada por Patro y, antes de abrir, se detuvo a observarse en el espejo de la entrada. Comprobó que su madre tenía razón y que a sus ojos les faltaba vida. Y, de repente, se le ocurrió una curiosa manera de romper con todo y enderezar el rumbo.

—Necesito un cambio. Voy a pasar por la peluquería —le anunció antes de darle un último beso y marcharse.

Su madre le hizo el caso justo, pensando que iba a hacerse un simple arreglo para cuidar su autoestima y levantar el ánimo.

Por eso, cuando la vio aparecer al día siguiente con el pelo rubio platino y cortado a lo garçon, casi le da un pasmo.

Solo entonces, tras aquella medida radical, Patro entendió que Lucía, por mucho que intentara negarlo, se había enamorado perdidamente de la joven desconocida.