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Lucía permanecía tumbada al sol, reponiendo las energías gastadas durante la larga noche anterior.
Ya llevaban dos semanas en Villaluz y estaban siendo unas vacaciones especialmente intensas.
Cerca del apartamento habían abierto una pequeña discoteca donde ponían buena música y donde se desmadraban más de la cuenta aprovechando que nadie las conocía.
No tenían la libertad del Pantera, pero sí la del anonimato.
A Lucía le encantaba, pero tenía que lidiar con las insinuaciones de algunos hombres y con el consiguiente enfado de Marta, que no podía decirles nada, pero que sí volcaba su furia después con la propia Lucía.
La relación que mantenían se había vuelto tensa.
Lucía no soportaba que la presionara y que se comportara de una manera tan posesiva.
A decir verdad, también tenían sus buenos momentos, cuando Marta dejaba a un lado su carácter difícil y mostraba su cara menos dramática.
Y Lucía trataba de decidir si realmente quería estar con ella mientras navegaba entre su lado amable y el insoportable, entre el disfrute de su cuerpo y la intermitente necesidad de que entre ellas corriera el aire.
Tampoco ayudaba que Lucía recordara cada dos por tres a la chica del pub.
Por más que lo había intentado, no conseguía quitársela de la cabeza y se enfadaba consigo misma por dejarse llevar por un sentimiento que le parecía del todo inmaduro o, al menos, no acorde a sus treinta años.
Trataba de pensar en otras cosas, de reír con sus amigas, de refugiarse en Marta, pero lo cierto era que se sorprendía en demasiadas ocasiones deseando regresar a Albaceda para buscarla.
Unas gotas de agua le salpicaron. Abrió los ojos y vio a Lola sacudiendo su pelo corto sobre ella.
—Imbécil —dijo Lucía sonriendo.
—Yo también te quiero.
—¿Ya te has cansado?
—Sí. Pilar y Celeste han decidido echar una carrera a nado hasta la boya. Conmigo que no cuenten —protestó haciendo reír más a Lucía—. ¿Y tú qué? ¿No te bañas?
—Estoy cansada, tita.
—No me extraña. Anoche lo diste todo. Y no solo en la discoteca.
—¿Qué quieres decir?
—Coño, Lucía. Las paredes del apartamento son casi de papel y Marta es muy escandalosa cuando se…
—¡Lola! Ya vale.
—¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza? No tiene nada de malo hacer disfrutar a una mujer.
—Bueno, ya está.
—Te estás volviendo un poco reservada con ese asunto.
—Pues, como comprenderás, no voy a pregonar mi vida sexual.
—Antes lo hacías.
—¿Qué dices, Lola? Si alguna vez os he contado alguna cosa es porque era algo fuera de lo normal y siempre con alguna chica con la que no pasaba de un rollo ocasional.
Lola la miraba con sorna y Lucía se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo. Cabeceó con resignación y volvió a cerrar los ojos. Su amiga, que se había sentado junto a ella, tomó un trago de agua y miró hacia el horizonte para buscar la minúscula imagen de su mujer nadando junto a Celeste.
—¿Y dónde está Marta, por cierto? —preguntó.
—Ha ido a reservar mesa en un restaurante de la avenida.
—¿No le valen los chiringuitos al lado del mar? Será que no hemos comido a gusto estos días…
—Ya sabes lo exigente que es.
—Más que exigente, es un poco señoritinga. Perdona que te lo diga. Si por ella fuera, haría barrer la playa para que no le molestara la arena.
Lucía rio y le regaló un cariñoso golpe en la pierna.
—Se ha criado entre algodones. Su familia no pasa fatigas precisamente. Pero ya le hago ver que las demás no podemos seguir su ritmo. Y, de hecho, pone de su parte. De otra manera, no accedería a ir de tapas o a comerse un simple bocadillo en el Alborada.
—Bueno, pues hoy le daremos el gusto de comer en un restaurante finolis por ser domingo.
—Oye, aún no tengo claro si os ha molestado que viniera. Sabes que, en cierto modo, se autoinvitó, pero me siento responsable.
—Olvídate, Lucía. Es tu novia y eso la convierte en parte del grupo.
—No es mi novia, Lola.
—¿No? —se extrañó.
—No la considero así. Ni siquiera sé qué siento por ella.
—Pensaba que la querías.
—Bueno, de alguna manera la quiero, claro. Como suele decirse, el roce hace el cariño. Pero no creo que esté enamorada de Marta. Me gusta, me lo paso bien con ella, aunque en muchos momentos me agobia un poco. La verdad es que no lo tengo claro, tita.
—Pues… a ver, no tenéis prisa ni tampoco compromiso. Os gustáis, lo pasáis bien de fiesta y en la cama… No sé, lo que tenga que pasar ya pasará. Sois bastante mayorcitas.
—Eso mismo pienso yo.
—El problema es que ella sí se enganche. De hecho, la veo bastante colgada de ti.
—Quizá. Pero a veces dudo de si siente algo realmente o si me considera algo de su propiedad, un simple capricho.
—Pues vaya relación enrevesada que tenéis. Solo espero que ninguna de las dos salga escaldada.
—No sé, tita. Ya irá fluyendo todo. No hace ni dos meses que nos conocimos y somos muy diferentes. Tenemos momentos muy buenos y otros en los que no conseguimos encajar. Pero creo que debemos darle tiempo al tiempo a ver qué pasa.
—Con Gloria sí que lo tuviste claro desde el principio.
—Gloria era otra cosa —sentenció sin dudar ni un segundo—. Cambiemos de tema, que ya viene Marta y no quiero que me monte una escena de celos si escucha su nombre.
—¿Le has hablado de ella? —preguntó casi en un susurro.
—Sí, un día hablamos sobre las parejas que habíamos tenido —contestó en un tono igual de bajo para que Marta no pudiera escucharla—. Puso muy mala cara cuando le conté lo de Gloria, es muy celosa. Y me pareció muy extraño porque el tema lo había sacado ella.
—¡Coño! O sea, que te pregunta que si has tenido novia y luego se enfurruña porque le cuentas que has tenido novia.
—Shhh, calla, que te va a oír. Pero, sí, es así de complicada. Y, aun así, hay una parte de ella que me gusta. Igual yo soy otra rarita, un poco masoquista —resopló y Lola rio.
—Chicas, he encontrado un restaurante divino junto a aquella escollera —señaló Marta—, pero creo que sería mejor que subiéramos a cambiarnos antes de ir a comer. No es el típico sitio donde puedas ir en ropa de baño.
Lola la miró y contestó con un «bien» desganado.
Lucía no dijo nada y se limitó a sonreír y a tratar de esconder la sorna tras sus gafas de sol.
Sabía que pocas cosas gustaban menos a Lola que un restaurante refinado.
No se sentía cómoda con servilletas de tela, camareros demasiado formales y una colección variada de copas y cubiertos.
Y menos soportaba aún que la miraran raro si se pedía una cerveza bien fresca en vez de un buen vino.
O que desaprobaran con una simple mirada que despedazara el pan para desechar la molla.
Ella era feliz con las cosas sencillas, con los bares algo ruidosos, con las croquetas tomadas con la mano y las largas sobremesas.
Su límite estaba en el Leonardo, un restaurante de Albaceda con comida exquisita pero ambiente distendido y trato familiar.
—He visto que tienen en la carta un arroz con bogavante que tiene que estar buenísimo. Eso sí, me vais a permitir que hoy os invite yo a comer.
A Lola se le destorció un tanto el gesto al escuchar las palabras de Marta.
—¿Por qué has tardado tanto en venir? —le preguntó Lucía.
—Perdona, es que he aprovechado para buscar una cabina y hacer unas llamadas. Tengo que dejar rematados unos asuntos antes de que llegue agosto y España se paralice.
—¿Al final vas a poner en marcha la empresa? —se interesó Lola.
—Sí —contestó Marta ilusionada—. Espero poder invitaros pronto a la presentación de mi marca.
—¿Ya has decidido el nombre?
—Donna Martini.
—Ah, muy italiano —dijo Lola.
—¿No te parece que queda sugerente? Es un homenaje a mis orígenes maternos. Además, no creo que llamara mucho la atención Marta Pérez.
—Tienes razón —admitió Lola—. Además, así proteges tu privacidad, si así lo deseas.
—Ya te enseñará algunos bocetos, tita —intervino Lucía—. Marta tiene mucho talento —añadió para satisfacción de la joven.
Lola las miró. Le enterneció que, pese a las reservas de Lucía, le nacieran esos arranques de orgullo respecto a Marta.
Por encima de todo, Lucía era un trozo de pan.
A Lola le habría gustado que Marta fuera de otra manera y que sus formas de ser no chocaran tanto.
Desde luego, formaban una pareja espectacular.
Pero quería lo mejor para Lucía y quizá lo mejor no era una mujer con un humor tan cambiante y demasiada tendencia a acapararla.
Pilar y Celeste se unieron a ellas riendo. La más joven celebraba que había ganado la carrera mientras Pilar protestaba porque se sentía en desigualdad de condiciones. Entre bromas, recogieron sus cosas y se fueron al apartamento para vestirse de manera acorde al restaurante donde iban a comer.
Ya llegada la noche, salieron a tomar una copa, aunque de manera más relajada.
Después, en su habitación, Lucía y Marta hicieron el amor y, aunque le puso empeño, Lucía no consiguió llegar al clímax.
Marta no se dio cuenta porque estaba demasiado centrada en su propio placer.
Lejos de rendirse, Lucía se embarcó en un nuevo intento.
Trató de inspirarse besando la boca dulce de Marta, chupando sus pezones erectos y dejando que la mano de su compañera navegara con maestría en su interior.
Quiso buscar el fuego en su mirada, en sus jadeos, en la tersura de su trasero perfecto, en el calor de su piel y hasta en la sensación de saberse dominada.
Pero el orgasmo, largo y eléctrico, solo llegó cuando se imaginó lamiendo los labios de la chica del Pantera.
***
Y así, con el cuerpo entregado al verano, pero con la mente en otra parte, transcurrieron aquellas vacaciones para Lucía. Su relación con Marta continuaba entre vaivenes. Una relación sin nombre y, quizá, sin futuro.
Lucía se sentía culpable por el recuerdo constante de la joven.
Pensaba que, en cierto modo, estaba traicionando a Marta.
Luego, se daba cuenta de que, en realidad, Marta y ella no eran nada.
En ningún momento se habían comprometido como pareja ni habían hablado de que lo fueran, pese a que el comportamiento de Marta pudiera dar lugar a pensar otra cosa.
Lucía no había sentido la necesidad de presentarla a su familia, como sí había ocurrido con Gloria.
Y tampoco Marta había mostrado la más mínima intención en ese sentido.
Su entorno estaba al tanto de su lesbianismo y, aunque no habían respondido con rechazo, sí que lo consideraban una excentricidad.
En cualquier caso, Marta sabía que tenía vía libre para que su familia conociera a Lucía y tampoco había dado el paso.
Mientras conducía de regreso a Albaceda, Lucía trataba de poner en orden su cabeza.
Fue cuando cayó en la cuenta de que en esos casi tres meses que llevaban jugando a no sabían muy bien qué, nunca se habían dicho que se querían.
A pesar de que Marta a veces era poco menos que una lapa.
A pesar de que habían acabado compartiendo cama cada noche.
Tenían el sexo y los encontronazos de un matrimonio, y las risas de dos buenas amigas.
Pero no tenían la miel y las mariposas del noviazgo.
A Lucía no le gustaba esa sensación de no saber qué estaba haciendo con su vida, por eso intentaba razonar y mirar las cosas desde otra perspectiva.
Observando cómo Marta, en su asiento de copiloto, aprovechaba el viaje para realizar unos bosquejos, Lucía concluyó que solo eran dos mujeres que se divertían juntas y que eran libres para acostarse sin más pretensiones.
El tiempo diría si más adelante esa relación debía crecer hacia otra dirección y si eso ocurría, entonces sí apartaría a cualquier otra mujer de su mente porque el propio amor la invitaría a ello.
Pero, de momento, Lucía solo quería pasarlo bien y liberarse de esa carga pesada de la culpabilidad que, dadas las circunstancias, no tenía sentido.
Y, con el corazón agitado, también deseaba llegar a Albaceda, correr al Pantera y encontrar a la chica, con los dieciocho años ya cumplidos, libre, y dispuesta a darle las respuestas al millón de preguntas que se había hecho desde aquella noche.
Unas horas después, tras descansar del viaje, visitar a sus padres y reencontrarse con la agradable soledad de su piso, Lucía se reunió con sus amigas para ir al pub.
Aquel viernes festivo había muchísima gente.
Tanta, que el grupo prefirió pasar el rato en el jardín donde se había instalado una pequeña barra.
Allí no se podía disfrutar de la música, pero sí de la conversación y del fresco de la noche.
Hubo un momento en que Celeste se desmarcó unos minutos para entrar a bailar una canción que le gustaba y cuyos acordes habían escapado a la relativa insonorización del local.
Lucía aprovechó para acompañarla con la excusa de ir al baño, pero lo que realmente necesitaba era hacer una batida por el pub en busca de la chica.
Sabía que existía la posibilidad de que no estuviera, pero quiso creer.
Quiso creer en que ya sería mayor de edad.
Quiso creer en que no se habría ido de vacaciones.
Quiso creer en que estaría allí, esperándola.
Y quiso creer en que se acordaría de ella, en que no habría encontrado en su ausencia a otra que le interesara más.
Y la buscó, la buscó y la volvió a buscar, como intuía que la joven la había buscado a ella, recorriendo cada palmo del pub, esquivando a la vez a la gente y el miedo a no encontrarla.
Tras muchos minutos de rastreo, se tuvo que rendir.
Pero no importaba. Lo volvería a intentar al día siguiente y si no al otro, hasta volver a tenerla delante, hasta poder saber si en su interior también seguía latente ese volcán que no la dejaba vivir.
La noche continuó su curso y ella trató de evadirse bebiendo de más, como si el alcohol pudiera borrar de un plumazo sus fantasmas.
Y, aunque pretendía dormir sola por primera vez en seis semanas, acabó cediendo a la insistencia de Marta.
Viéndola descansar relajada tras un orgasmo no compartido, Lucía pensó que necesitaba una respuesta, que su vida no podía seguir así, con su corazón por un lado y su piel por otro.
No sabía lo que sentía. Tampoco sabía lo que sentía Marta y mucho menos lo que pudiera sentir esa chica a la que ni siquiera conocía y a la que era probable que nunca volviera a ver.
Por mucho que intentaba meditar y llegar a conclusiones, el simple hecho de haberse enfrentado a un posible encuentro con ella, le había desmontado los razonamientos y le había alterado los sentidos mucho más de lo que quería admitir.
Esa respuesta que tanto necesitaba tardaría en llegar y destrozaría todos sus esquemas. Ignorándolo, dejó que el sopor se adueñara de ella hasta amanecer, una mañana más, en brazos de la mujer equivocada.