Ella (Corazón de Pantera nº 5) 1
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Ella (Corazón de Pantera nº 5)

Ella (Corazón de Pantera nº 5)

Por Cristina Bacci

© inepub.com

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Había ocurrido de repente y no entendía por qué le había hecho sentir tanto en apenas un segundo.

Sus ojos se habían cruzado con los de una joven en un momento en que los focos, que arrojaban luz de forma caprichosa por todo el local, las habían iluminado a la vez.

Después, la penumbra volvió a dominar, una maraña de cabezas se interpuso y su imagen desapareció.

Era la primera vez que veía a esa chica y también la primera vez que un simple cruce de miradas le causaba tanto impacto.

Se preguntó qué había sido eso mientras se acariciaba el corazón por encima del suave cuero de su chaleco.

—¿Te pasa algo? ¿Qué miras? —se interesó Marta.

—Nada. Me había parecido ver a Pilar —mintió.

—Imposible. No son ni las once y dijeron que vendrían después de medianoche.

Volvió a mirar, pero siguió sin encontrarla.

Era como si la chica fuera un fantasma. O quizá, pensó, solo se había tratado de una confusión producida por la noche y el alcohol.

No quiso darle más importancia, a pesar de que el cuerpo se le había quedado atenazado por una extraña sensación.

Se giró hacia Marta, le regaló un beso algo forzado y apuró su copa de un último y largo trago, confiando en que la ginebra le borrara esa desazón que, sin saber por qué, se le acababa de instalar en el pecho.

Dio una palmada para sacudirse la inquietud y arrancó a bailar.

En ese momento sonaba West end girls, de Pet Shop Boys, tema que le gustaba de una manera especial y que siempre la invitaba a entregarse a su ritmo.

Llevaba unos segundos disfrutando de la canción cuando la joven volvió a aparecer, pero esta vez más cerca.

Lucía sintió una sacudida que estuvo a punto de paralizarla, pero continuó bailando.

Por un momento se olvidó de Marta y del resto del mundo.

No sabía qué tenía aquella chica que la miraba con tanta atención, pero el magnetismo era insoportable.

Aunque hubiera intentado luchar contra su instinto y actuar de una manera más sensata, sabía que habría sido imposible.

Aquella chica, que se adivinaba unos años más joven, se mostraba totalmente cautivada por Lucía.

La miraba con deseo y, a la vez, una extraña expresión de sorpresa, como si ella tampoco acabara de entender por qué había corrido en su busca ni qué poderosa fuerza parecía querer unirlas.

Pero al instante ambas se dejaron llevar y fue como si en el pub solo estuvieran ellas dos.

Durante unos minutos, Lucía continuó bailando sin perder de vista a la chica.

Entregada a un juego sensual, lamentó la distancia que las separaba y también el recordar de repente que tenía compañía.

Pero no pudo evitar tratar de provocarla, asegurarse de que la desconocida viera que se estaba fijando en su boca, que supiera que se estaba muriendo de ganas de besarla.

La chica le correspondió paseando con interés sus ojos por cada centímetro de su cuerpo.

Y es que jugaba con ventaja. Mientras Lucía se encontraba en una zona un poco más despejada, sin gente alrededor, lo que facilitaba observarla sin obstáculos, la joven estaba rodeada de mujeres y Lucía apenas podía verle algo más que la cara.

Pero le gustaba lo que veía. Le gustaban sus grandes ojos, entregados a ella sin reservas.

Le gustaban sus labios, jugosos y frescos.

Y le gustaba algo más a lo que no podía poner nombre.

Era ese «algo» que no reside en el físico, que no tiene lógica y que convierte una simple atracción en un sentimiento más complejo.

Después de esa batalla de miradas ardientes, todo cambió.

Lucía se dio cuenta de que en los ojos de la chica comenzaba a haber otro brillo, otro interés.

Sintió un estremecimiento al notar cómo también en su interior crecía la necesidad de ir junto a ella.

Nada tenía sentido, pero ese temblor en las entrañas la obligó a dejar de bailar.

Se quedó parada mirándola y buscando la valentía para realizar un movimiento.

Fue entonces cuando Marta se cansó de ser convidada de piedra y reclamó su atención.

Se abrazó a ella, le acarició el pecho como intentando marcar territorio y la besó.

A Lucía le sorprendió y tardó en reaccionar.

En ese breve instante que transcurrió durante el acercamiento de Marta, Lucía pudo ver la expresión de desencanto de la chica.

Aquella caricia nada sutil y aquel beso parecían haber sido una puñalada en su pobre corazón.

Cuando Marta deshizo el abrazo, la joven había desaparecido y Lucía sintió una congoja que ni entendía ni podía controlar.

Estaba dispuesta a ir a buscarla cuando Teresa llegó junto a ellas, con una gran sonrisa y dos copas.

A veces, se olvidaba de que el Pantera era un negocio e invitaba a las clientas con las que tenía algo parecido a una amistad. Y Lucía era una de ellas.

Mientras Marta y Tere charlaban, Lucía se evadió.

No comprendía lo que había ocurrido un momento antes ni lo consideraba racional.

Se preguntó si su comportamiento y esas sensaciones que se habían apoderado de ella podían tener que ver con la ingesta de alcohol.

Pero tampoco había bebido tanto como para sentirse tan turbada.

Lo único cierto es que jamás en su vida le había pasado algo así.

Era cierto que Gloria le había gustado desde el día en que se conocieron, pero había sido más un amor a primera conversación que un amor a primera vista.

Igual le ocurrió con Alicia, aunque por ella no llegó a tener un sentimiento profundo.

Y Marta le había atraído, al igual que tantas otras mujeres.

Pero ninguna le había hecho sentir, así, sin conocerse, sin ni siquiera mediar palabra, que el corazón le apretaba, que un nudo en la garganta le cortaba la respiración.

Con su gintonic intacto, continuó en compañía de Marta, una vez que Teresa regresó a la barra.

Trató de comportarse como si nada hubiera pasado y hasta volvió a bailar, aunque sin tanta energía.

Faltaban pocos minutos para la medianoche cuando se acercó al máximo a Marta.

El volumen de la música había ido subiendo y ya resultaba difícil hablar sin gritar al oído.

—Las chicas deben estar a punto de llegar. ¿Por qué no salimos a esperarlas y que nos acompañen a tomar algo? —propuso.

—Me parece bien. Ahora sí tengo un poco de hambre.

—Pues vamos y pago la cuenta. Hoy invito yo.

—Gracias —dijo Marta antes de darle un beso que a Lucía, sin saber por qué, le supo amargo.

Cogidas de la mano, atravesaron a duras penas el bosque de mujeres, cada vez más frondoso conforme avanzaba la noche.

—Te espero en la puerta —resopló Marta al conseguir salir de la marabunta.

Lucía asintió mientras se acercaba a la barra para pedir la cuenta.

Fue en ese momento cuando volvió a ver a la chica y sintió de nuevo que todo su interior se tambaleaba.

Sonrió sabiendo que Marta no estaba a su lado y más aún al comprobar que la joven estaba sola.

No le alegró tanto ver la tristeza en su rostro, pero le sorprendió desear ser ella el motivo.

Quizá era su oportunidad. Pensaba que se había marchado, pero allí continuaba.

Sí, aquello era lo más parecido a una oportunidad.

Se acercó más a ella con el corazón galopando sin freno y entonces lo vio.

Prendido a su brazo izquierdo, un lazo morado anunciaba que la chica era menor y que la oportunidad pasaba a ser una quimera para Lucía.

Se colocó a apenas unos centímetros de ella y llamó la atención de un camarero.

Este se acercó, le preguntó extrañado que si ya se iba y Lucía le contestó que volvería en un rato.

Después pagó y se apartó de la barra, pero no se fue.

Aprovechando que Marta no podía verla, permaneció un momento cerca de la joven, observándola.

Confirmó que le gustaban sus rasgos y más aún ese intangible que no se podía definir y que la convertía en una persona especial.

Mirándola, le preocupó darse cuenta de que lo que le atraía realmente no tenía nada que ver con ninguna parte de su cuerpo sino con lo que emanaba de ella.

Bufó negando con la cabeza al fijarse de nuevo en el lazo.

Y volvió a mirarla. Su aspecto, su maquillaje y su actitud de unos minutos antes eran los de una persona adulta, no los de una adolescente.

Luego recordó a Alicia y entendió que a veces las apariencias engañan.

Pero no. Aquello era distinto. Tenía que ser distinto.

Pese a que la cordura la invitaba a dar media vuelta y olvidarse de ella, el alcohol y sus inmensas ganas decidieron que la chica debía estar muy a punto de alcanzar la mayoría de edad. No pudo evitarlo, se envalentonó, dio unos pasos y se pegó a su espalda.

—Búscame cuando cumplas los dieciocho —le dijo al oído y casi pudo sentir cómo la joven se estremecía.

Solo después de decírselo, comenzó a temer que se había equivocado, pero ya no había vuelta atrás.

Contuvo el deseo de apretarla contra su pecho, de girarla y besarla, de preguntarle su nombre y pedirle que se quedara en su vida para siempre.

Pero no hizo nada de eso. Simplemente se alejó, se fue al encuentro de Marta y salió del pub sin mirar atrás.

***

El aire fresco la reconfortó. Atravesando el jardín hacia el portón de la calle, respiró hondo varias veces y miró el reloj.

Estaban a punto de ser las doce y sabía que la chica se vería obligada a abandonar el local.

No sabía si esperar, buscar la forma de verla fuera y tratar de iniciar conversación.

Un nuevo beso de Marta la ayudó a decidirse.

Si la joven salía en ese momento las encontraría en medio del arrumaco y Lucía no quería que eso volviera a ocurrir.

Aceleró el paso y salió al exterior con Marta aún abrazada a su cintura.

En cuanto pisaron la calle, Lucía agradeció el silencio, aunque este se vio interrumpido por la voz de Marta.

—¿Quién era esa chica? —exigió saber.

A Lucía no le gustó el tono acusatorio de su pregunta que, además, le había sorprendido.

—¿Qué chica?

—Esa que te ha estado comiendo con los ojos.

—Pues… yo qué sé, Marta. He visto a varias mirándome. Quizá no debería haberme puesto este conjunto tan llamativo.

—No digas tonterías. Tú eres llamativa por ti misma. Eres la tía más buena que pisará jamás el Pantera.

—No digas eso, no es para tanto —aseguró mientras la oscuridad de la noche escondía su rubor.

—Pero no me ha gustado el rollo que te has traído con esa chica —insistió.

—¿Yo?

—Vamos, Lucía. Solo te ha faltado dejarme plantada e irte con ella.

—Marta, he venido a bailar y a divertirme. Y es lo que he hecho y pretendo seguir haciendo cuando volvamos a entrar.

—Vale, pero estás conmigo. Recuérdalo.

—Oye, no me hables como si fuera algo tuyo. Yo no te pertenezco.

—Es una cuestión de respeto, Lucía.

—Mira —dijo intentando dulcificar el tono—, no le des más importancia de la que tiene. Vamos a divertirnos y a celebrar el gran día, ¿vale?

Un claxon las sobresaltó y vieron que se trataba del coche de Lola, que reía por el susto que les había dado. Las tres amigas descendieron del vehículo, una vez que estuvo aparcado, y Lucía sonrió porque estar con ellas le hacía sentirse en casa.

—Pero ¡qué espectacular estás! —exclamó Lola haciéndola girar sobre sí misma.

—Sí, esta noche se ha ganado que alguna no le quitara el ojo de encima —dijo Marta con rictus serio. Lucía prefirió no hacer caso a sus palabras.

—¿Te pasa algo? Tienes carita de… ¿de qué es? ¿De cansancio? ¿De preocupación? —preguntó Pilar tras saludarla con un beso.

—No, jefa, no pasa nada. Se me ha subido un poco la bebida, no he cenado —se excusó.

—¿Y a quién se le ocurre? —la regañó Lola.

—Vamos a solucionarlo. ¿Venís con nosotras al Alborada?

—Claro, pero eso no es comida en condiciones.

—Uy, estoy por llamarte mamá en vez de tita —bromeó Lucía.

Entre risas, las cinco caminaron hasta el final de la calle donde estaba instalado el socorrido puesto ambulante.

Allí servían bocadillos, perritos calientes, hamburguesas, patatas fritas y, ya de madrugada, también churros y chocolate.

El espabilado dueño del quiosco había encontrado un filón en los clientes del Pantera, que a veces picaban algo antes de entrar o salían durante la noche a reponer fuerzas.

Y también en la clientela del salón de bodas, que buscaba sustento especialmente cuando ya amanecía y la fiesta había terminado.

Mientras Lucía y Marta compartían un bocadillo y unas patatas, las demás charlaban sobre la manifestación del día siguiente y acerca del próximo viaje a Villaluz.

Lucía se sentía más tranquila en compañía de sus amigas.

Iba a intentar disfrutar de la noche y de todo lo que tuviera que venir.

Y para eso tenía que tratar de olvidar a la chica y también el ataque de celos de Marta.

Necesitaba despejar la mente, aunque antes fuera preciso enmarañarla con música y alcohol.

Con los conceptos claros y habiendo llegado a un acuerdo consigo misma, el grupo se dirigió al pub y Lucía ya solo quiso ser una mujer libre y llena de vida.