Elijo el caos de mi bully (Mi acosador nº 3) DIECISIETE
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DIECISIETE

La taza de Finn sigue en la isla cuando vuelvo a Briar Row después de clase.

Está junto al fregadero con un leve cerco de té seco en el fondo, tan ordinaria y concreta que me hace detenerme a mitad de la cocina.

Nadie la ha lavado. Nadie la ha metido en el lavavajillas.

Cole ha limpiado las otras tazas, ha pasado un paño por las encimeras y ha doblado el trapo de cocina sobre el asa del horno con esa precisión agresiva que delata que estaba aburrido o evitando una reacción emocional, pero la taza de Finn sigue donde él la dejó anoche, después de que los tres nos quedáramos junto a la isla y rozáramos lo imposible durante un minuto.

El cepillo de dientes azul también sigue en el vaso del baño.

Por lo visto, los objetos pequeños se han convertido en lo más ruidoso de mi vida.

Cole está en el sofá con un tobillo apoyado en la mesa de café y un cuaderno de jugadas abierto en el regazo, aunque que no haya pasado una página desde que entré me dice que las notas de entrenamiento están perdiendo por goleada contra lo que sea que ocurra detrás de sus ojos.

Su mano vendada descansa sobre el muslo, y el moretón cerca de la mandíbula ha pasado de un morado furioso a algo más suave, aunque aún lo bastante visible como para darme ganas de fulminar con la mirada a todos los que alguna vez han pensado que el fútbol americano es una actividad razonable.

—Dejaste su taza —digo.

Levanta la mirada del cuaderno de jugadas.

—¿Ah, sí?

—No has sido nada convincente.

—No sabía si quería acabar con su apego emocional a un té terrible.

Se me escapa una sonrisa antes de poder evitarlo.

—Tienes una relación muy rara con los platos.

—Este apartamento tiene una relación muy rara con los platos ahora.

Eso es dolorosamente cierto.

Los platos nuevos están en el armario porque Finn los eligió.

La taza sigue en la isla porque nadie sabe si lavarla sería como borrar una prueba.

El cepillo de dientes azul está junto al negro y al blanco de repuesto porque por fin lo estrené, y ahora el baño parece saber más de mi futuro que yo misma.

Dejo el bolso en la silla junto al pasillo.

—¿Va a venir?

Cole vuelve la atención al cuaderno de jugadas, aunque sus ojos no recorren la página.

—Dijo que quizá.

La palabra quizá pesa demasiado. Siempre pesa demasiado.

Willow había estado casi callada esta mañana.

Mia me devolvió el bolígrafo negro otra vez, esta vez sin alinearlo como una prueba judicial, y me contó que Sloane había empezado a quejarse de que todos estaban «demasiado censurados emocionalmente» últimamente.

Por lo visto, Avery respondió que la censura implica que el contenido tiene valor, lo que hizo que Mia se riera tanto que me mandó la frase por mensaje aunque estaba sentada a un metro de mi escritorio.

El progreso en nuestra amistad se ha vuelto extraño y desigual, pero sigue siendo progreso.

Aun así, vine aquí después de clase, con el cepillo de dientes azul esperando en el baño y la taza de Finn en la isla, porque mi cuerpo ha empezado a medir los días según dónde puedo respirar sin encogerme.

Cole cierra el cuaderno de jugadas y lo deja a un lado.

—Parece que estás construyendo un argumento contra ti misma.

—Estaba pensando.

—Así suele empezar.

—Grosero.

—Preciso.

El sofá se hunde cuando se levanta, y la habitación parece cambiar de inmediato.

Cole ni siquiera se mueve hacia mí al principio.

Solo se pone de pie, y mi cuerpo recuerda demasiado.

Su mano en mi cara, su boca en mi garganta, su voz diciéndome que no use su cama como atajo.

El deseo se agita en mí sin respetar el momento, y que él lo note hace que el calor me suba a la cara.

Sus ojos se oscurecen, pero no se mueve de donde está.

—Mal momento.

—¿No te cansas nunca de leerme?

—No.

—Eso ha sido demasiado rápido.

—Me gusta ser eficiente.

—Te gusta ser imposible.

—Eso también.

Alguien llama a la puerta antes de que el calor entre nosotros tenga tiempo de decidir qué quiere.

Cole aprieta la mandíbula y luego mira hacia la puerta con una expresión que me dice que ya sabe quién es. Abre sin mirar.

Finn está en el escalón con un libro bajo el brazo, la sudadera mojada en los hombros por la lluvia fina de fuera, y el rostro cauteloso de alguien que ha venido por decisión propia y aún intenta decidir cuánto debería significar esa decisión.

Su mirada va de Cole a mí, y luego a la taza en la isla.

—La dejaste —dice.

Cole retrocede para dejarlo pasar.

—Tu té horrible merecía una muerte lenta.

Finn cierra la puerta tras él.

—Era de menta.

—Todo el té es agua de hojas con marketing.

—Eres un extremista culinario.

—Tengo principios.

—Quemaste huevos.

—Fue una sartén.

La boca de Finn casi esboza una sonrisa, y por un momento el apartamento se desliza hacia algo más ligero. Luego su mirada vuelve a la taza, y el casi se desvanece en una seriedad que percibo antes de que hable.

—He venido por lo de anoche —dice.

La habitación se queda quieta a nuestro alrededor.

Cole se aparta de la puerta y se detiene cerca del sillón. No se sienta. Yo me quedo junto a la isla porque la encimera me da dónde apoyar las manos, y Finn permanece cerca de la entrada, con el agua oscureciéndole los hombros de la sudadera.

—Lo de las manos —dice Finn, y su voz es tan serena que la frase duele más de lo que debería—. En la isla.

El rostro de Cole permanece ilegible.

—Sí.

Finn lo mira a él primero, no a mí. Eso importa.

—Me gustó.

Las palabras caen en el silencio.

La mano de Cole se cierra un instante contra su costado antes de obligarla a quedarse quieta.

—Ya lo dijiste.

—Lo sé —la mirada de Finn no flaquea—. Necesitaba decir el resto antes de que alguno de nosotros lo interprete como permiso.

Se me cierra la garganta.

Entonces me mira, y la ternura en su rostro no ha desaparecido, pero la ha colocado cuidadosamente detrás del límite que vino a trazar.

—Hablaba en serio cuando dije que no seré un secreto.

También hablaba en serio cuando dije que el daño antiguo puede repetirse con mejor vocabulario.

Lo de anoche fue honesto, pero eso no significa que esté listo para seguir haciéndolo.

La frase entra en mí lentamente.

Cole baja la mirada al suelo y luego la alza de nuevo. —Te estás alejando.

—Por ahora —la voz de Finn es tranquila, sin disculparse pero tampoco fría—. De tocarla así. De dejar que un momento de miedo decida más de lo que debería.

—No solo tenía miedo —digo.

—Lo sé —su expresión se suaviza, y esa suavidad casi hace más difícil el límite—. Por eso lo digo ahora. Si solo hubiera sido miedo, sería más simple.

Cole suelta un resoplido seco. —Nada en este apartamento ha elegido lo más simple hasta ahora.

—No —Finn mira hacia la cocina, el pasillo, la habitación donde mis cosas han empezado a acumularse poco a poco—. Pero podemos elegir ir más despacio.

La palabra despacio atraviesa la habitación como una mano que apaga una llama.

Parte de mí quiere discutir. La parte que pasó anoche sintiendo las manos de ambos en la mía quiere decir que ir más despacio es como perder el único momento en que lo imposible no dolió.

Otra parte de mí reconoce la verdad en el rostro de Finn.

No me está rechazando. No se está alejando.

Se niega a dejar que un momento hermoso se convierta en lo siguiente a lo que nos lanzamos solo porque dolió menos que las alternativas.

—Entiendo —digo.

La mirada de Finn se queda fija en la mía. —¿De verdad?

La vieja pregunta, suavizada por el agotamiento, casi me hace reír y llorar al mismo tiempo. —Entiendo que no estás diciendo que no para siempre. Entiendo que le estás diciendo que no a que lo de anoche tome decisiones antes que tú.

Su rostro cambia.

—Sí —dice—. Eso.

Cole me mira entonces, y algo en su expresión me dice que él también necesitaba oír que lo entendía.

La tetera sigue fría sobre la estufa. La lata de té sigue en el armario.

La taza de Finn permanece en la isla, y después de un momento, cruza la cocina, la coge y la enjuaga él mismo.

El sonido del agua contra la cerámica llena el silencio con algo lo bastante ordinario como para mantener la habitación en pie.

Cole lo observa desde el salón. —No tenías que lavarla.

Finn mira por encima del hombro. —Lo sé.

—¿Querías demostrar algo?

—Estaba limpiando mi taza.

—Eso suena a demostración con disfraz de lavavajillas.

Finn coloca la taza en el escurridor. —Quizás.

A pesar del dolor detrás de mis costillas, una sonrisa me asoma a los labios. Cole la capta y parece casi ofendido de que la taza haya conseguido ganar.

Finn se seca las manos con el trapo y se vuelve hacia nosotros. —Me quedo a cenar si os parece bien. Drew ha decidido que Ashford debería organizar un debate sobre la ética de las proteínas, y no estoy preparado para ser testigo de eso.

Cole arquea las cejas. —¿Ética de las proteínas?

—Cree que el comedor es moralmente inconsistente en su tratamiento de los huevos.

Miro a Cole. —Deberías ir. Tienes un trauma con los huevos.

—Mi trauma es privado.

—Tu sartén dijo lo contrario.

Finn esboza una sonrisa. —La sartén fue bastante elocuente.

La conversación se reanuda alrededor del límite, no sobre él.

Quizá sea eso lo más importante. Finn ha dicho que no por ahora, y nadie se ha ido.

Cole está herido, porque claro que lo está.

Yo también estoy herida, de un modo que parece egoísta y necesario a la vez.

Aun así, el apartamento no se hace añicos bajo la palabra despacio.

La cena no es elegante.