Elf P*rn Chapter 31
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Chapter 31

Los últimos rayos de la tarde entraban por la ventana cuando Sylvan abrió los ojos.

Por fin. Eilyn lo había velado todo el día junto a la cama del apartamento de Leoncia.

Estaba harta y agotada, deseosa de hacerse un hueco en el colchón y dormir.

Sospechaba que Sylvan había utilizado la excusa de la convalecencia del golpe para recuperar algunas horas de sueño. Si era así, ya se lo haría pagar.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó el elfo. La voz le sonaba pastosa.

―Te ha golpeado una rama en la cabeza. Otra vez.

―He soñado que me hacían papa.

―Qué casualidad, también ha pasado de verdad.

Sylvan se incorporó. Al hacerlo cerró los ojos con fuerza y se frotó la frente. Apenas le quedaba una pequeña marca del golpe. Seguro que no estaba tan mal.

―¿Soy papa, entonces?

―Tú y los cardenales de Monteclaro y Tonada. Te perdiste las votaciones, la burocracia y el arresto de Archimel. Leoncia se ha quedado haciendo todo el papeleo en tu lugar. Todo el mundo asume que es tu representante.

Sylvan se dejó caer sobre el colchón.

―Me habría gustado ver el arresto de Archimel.

―Te habrías tenido que tragar lo demás, no habría valido la pena.

El elfo guardó silencio. Eilyn aprovechó para hacerse un hueco en la cama. Se tumbó boca arriba y se colocó el antebrazo sobre los ojos.

―Eilyn ―susurró Sylvan.

―¿Qué?

―Soy papa.

La elfa suspiró antes de responder.

―Enhorabuena.

Pasó otro momento de silencio. Casi lo suficientemente largo para que Eilyn se durmiera.

―¿Qué tengo que hacer ahora?

―Cambiar las cosas. Corrupción, mojigatería, cabronazos en altos puestos. Hay faena por delante.

―¿Hasta cuándo?

―Es un cargo vitalicio.

―¿Para toda la vida?

―Eso significa, sí ―confirmó Eilyn.

―Vaya…

La elfa se colocó en posición fetal, mirando hacia el exterior de la cama. A ella también le dolía la espalda, la cabeza, la rodilla y el culo. Pero ahora el mundo tenía los ojos puestos en el papa Sylvanor de Ilendalië. Ella había pasado a un segundo plano.

Pensándolo bien, quizá podía disfrutar de esa tranquilidad. Sin espectáculos, sin deudas, sin tramas. Solo dormir como única preocupación.

―¿Y Leoncia? ―preguntó Sylvan―. ¿Ya es santa?

Eilyn negó. Habló al suponer que Sylvan no la estaba mirando.

―No va a ser santa. Nunca quiso ser santa, en realidad. Ha preferido dejarte a ti el trabajo de dirigir la Iglesia Élfica.

―Qué amable.

«Y lista», pensó Eilyn. Había sido astuto pedirle a Sylvan que se propusiera como papa. Más aún teniendo en cuenta la responsabilidad de la que se estaba librando.

―Me acompañará a Ilendalië a devolver el Antalvalaï ―dijo la elfa―. Ella es la que nos ha hecho recuperarlo, así que es justo que sea quien lo entregue. Quizá pueda convencer a los nuestros para que la dejen quedarse un tiempo.

―Un merecido reconocimiento ―dijo Sylvan.

―Exacto.

―Que nada tiene que ver con tus intereses personales, ¿verdad?

Eilyn intuyó la sonrisa de su compañero en el sonido de sus palabras. La elfa sonrió a su vez.

―Puede que estén casualmente alineados.

Eilyn oyó al elfo moverse a sus espaldas. Sintió sus manos enredándose en su pelo. Y, justo a continuación, pequeños y rítmicos tirones en el cuero cabelludo. Si se descuidaba, pronto tendría la cabeza llena de trenzas.

Pero era demasiado relajante para protestar.

―Supongo que aquí acaba nuestra aventura ―dijo Sylvan.

―Menos mal.

―Pero ha sido divertido.

―Un poco, quizá.

―¿Valió la pena convencerte para salir de Ilendalië?

Eilyn, adormecida, apenas oyó al elfo.

―¿Hmm…?

―Creo que lo suyo es decir gracias.

―Jamás ―susurró, dejando pasar el aire a través de su sonrisa.

* * *

La muchedumbre reunida a las afueras de la muralla era casi tan numerosa como la que había colapsado Loma del Príncipe el día anterior. Todo un ejército de lindeburguenses reunidos para despedir a la comitiva papal. Vehículos y cuerpos hasta donde alcanzaba la vista.

Y habían abierto un pasillo para Leoncia, nada menos.

Bueno, para ser justos, lo habían abierto para los tres nuevos papas, los cardenales, los obispos, los escribanos, los criados, los soldados, la inmortal del bosque y los caballos.

Pero Leoncia también lo había usado, así que tenía su pequeño porcentaje de propiedad.

Teniendo en cuenta que no hacía ni un día esa misma muchedumbre había tratado de echarla a patadas, se podía considerar un gran logro.

La figura de Sylvan destacaba sobre todas las demás.

Vestido con la sotana, los medallones y la mitra papal, se alzaba una cabeza por encima de los otros dos papas ―los cuales parecían dos malos imitadores a su lado, como niños disfrazados con la ropa de sus padres―.

Leoncia sintió una punzada de orgullo por el elfo.

―Está tan raro… ―murmuró Eilyn, a su lado.

La elfa estaba como siempre: llevaba su habitual vestido de verdeseda, los pies descalzos, el cabello cobrizo quizá algo más trenzado de lo acostumbrado.

El equipaje para el inminente viaje descansaba a sus pies.

No había ni pizca de ostentación en ella y, aun así, destacaba.

Era un soplo de frescura entre la aplastante pomposidad.

Las miradas se desviaban para admirarla, para adorarla en secreto. Eilyn tenía ese poder, aun sin saberlo.

Y Leoncia no terminaba de creerse que no solo la había visto desnuda, sino que…

«Ya basta ―se recriminó―. Concéntrate. Es una ceremonia seria».

―Estará fuera mucho tiempo ―dijo Leoncia. Un cambio de tema le ayudaría a apagar los calores inferiores―. ¿No lo echarás de menos?

Eilyn no cambió la expresión.

―Tu «mucho tiempo» no tiene nada que ver con mi «mucho tiempo». Y digamos que tengo ganas de volver a la tranquilidad. Sylvan tiene la mala costumbre de ahuyentarla.

Leoncia asintió con gravedad. El elfo le había ofrecido formar parte de sus consejeros, lo que implicaba establecerse en la Ciudad Papal y codearse con la cúspide de la Iglesia Élfica. También implicaba despedirse de esa tranquilidad que ansiaba.

Por otro lado, Sylvan también se había ofrecido a bautizarla. Así podría retomar su antigua vida: sus quehaceres, sus talleres, sus compras en el mercado… Una vida que quizá ya se le había quedado corta.

Y aún había una tercera cosa: la condesa Fretel le había enviado una nota por mensajero en la que le ofrecía trabajo en la logística del burdel. Eso sí que no se lo había esperado.

Tener un abanico tan particular de opciones la abrumaba. Por suerte, Ilendalië parecía un sitio la mar de agradable para replantearse el futuro.

«Y elija lo que elija, seguro que es mejor que convertirme en santa», pensó.

Leoncia observó la ceremonia sin estar del todo mentalmente presente.

Debía haber sido el obispo de Lindeburgo quien la hubiera oficiado, pero dado que Archimel viajaría como prisionero para ser juzgado en la Ciudad Papal, hubo numerosas improvisaciones.

Sylvan las aguantó con una expresión cada vez más aburrida.

Leoncia sospechó que, de haber durado un poco más, el elfo habría acabado dando la orden de partir.

Por fin, la ceremonia terminó.

―Espero verte pronto ―le dijo Sylvan, en el momento en el que se acercó a despedirse de ella―. Intentaré manejarme sin ti, pero sabes que no se me da muy bien.

―Si encontramos la Ciudad Papal en llamas, ya sabremos quién ha sido ―dijo Eilyn.

El elfo le dio un golpe cariñoso en el hombro. Los eclesiásticos cubrieron a Sylvan con miradas recriminatorias, aparentemente juzgando su comportamiento poco adecuado para un papa.

―Lo harás bien ―dijo Leoncia―. Y si no, tendrás sotanas y cuerdas a patadas para colgar a quien se te antoje.

Sylvan sonrió. Leoncia le devolvió la sonrisa. Entonces el elfo la abrazó con tanta fuerza que la levantó del suelo. Esta vez, los cardenales apartaron directamente la mirada para evitar ser testigos de un espectáculo tan atrevido. Leoncia pensó que se iban a hartar.

La despedida no duró mucho más. Sylvan dedicó un saludo general y después se metió en un enorme y ostentoso carruaje.

Las bestias empujaron, los vehículos arrancaron y los caminantes marcharon.

Algunos de los espectadores esperaron mientras veían alejarse a la comitiva.

Eilyn y Leoncia no formaron parte de ese grupo.

Tomaron la dirección opuesta, bordeando la muralla de la ciudad rumbo este. Caminaron con el sol ya lo suficientemente alto como para no molestar a la vista. Eilyn cargaba con el equipaje de las dos, como si nada. Su expresión era de tranquilidad, quizá de alivio.

Leoncia tuvo que reconocer que el viaje la ponía nerviosa.

Nunca había abandonado las inmediaciones de Lindeburgo, y jamás se había alejado más de un día de sus murallas.

Quizá estrenarse abandonando los dominios mortales era demasiado.

¿Cómo sería Ilendalië? ¿Se parecerían las ciudades élficas a las humanas?

Un pensamiento inquietante la hizo detenerse. ¿Y si ella era tan extravagante entre los elfos como Sylvan lo había sido entre los mortales? ¿Haría el ridículo a cada paso?

Eilyn se detuvo junto a ella.

―¿En qué piensas?

Leoncia se lo dijo. La elfa sonrió.

―Nuestra gente no es tan intransigente como la vuestra. Te permitirán cualquier singularidad. Incluso tu inexperiencia sexual.

Leoncia no tropezó porque no estaba caminando. Por suerte, el temblor de piernas quedó en nada.

―¿Y por qué iban a enterarse de mi inexperiencia sexual?

La elfa le lanzó una mirada cargada de intención.

―Creo que sabes por qué.

En cuanto Leoncia comprobó que las piernas le seguían funcionando, retomó la marcha.

―No sé de qué me hablas.

―De cuerpos élficos. Curvilíneos y contorneados. De piel suave como la tiza y olores afrutados.

―¿Desnudos? ―preguntó Leoncia, sin saber muy bien por qué. La voz ahogada en un susurro.

― Muy desnudos ―confirmó Eilyn―. Como mortal no estás mal. ¿No vas a querer catar a tu público?

Leoncia caminó en silencio, tratando de controlar el rubor que amenazaba con prender su rostro. No lo consiguió.