Chapter 32
Epílogo
A Sylvan se le hacía raro que un trabajo consistiera en pasarse el día sentado.
No es que tuviera una gran experiencia en el mundo laboral ―al fin y al cabo, ser papa solo era su segundo empleo―, pero siempre había pensado que trabajar en el mundo mortal implicaba un lento e inevitable desgaste del cuerpo.
Se agitó en el trono, incómodo. En su caso, quizá lo que se llevaba la peor parte era el culo.
Sylvan se había pasado los tres últimos días recibiendo embajadores en el Palacio Papal.
Había descubierto entonces la cantidad de reinos, imperios, repúblicas, principados, protectorados y ciudades libres que dividían el mundo.
Por suerte, sus compañeros estaban al tanto de a qué mensajero tocaba recibir y a qué nación representaba.
Y, si no, unos discretos asistentes escondidos tras los tronos se lo susurraban al oído.
Las reuniones eran en esencia iguales: el emisario de turno se presentaba, congratulaba a los papas por su nombramiento y manifestaba el deseo de su pueblo de mantener buenas relaciones con la Iglesia Élfica.
En algunos casos particulares hablaban del futuro de ciertos tratados o de la naturaleza de nuevas relaciones.
Sylvan entonces se abstraía y dejaba hablar a sus dos compañeros.
En algún momento tendría que empezar a estudiar Historia y relaciones internacionales de las Tierras Mortales, pero no encontraba el momento de ponerse.
Despidieron al último emisario y Sylvan se recostó en el trono, agotado. Se peinó el bigote con los dedos. Desde que se lo había dejado crecer, había adquirido la manía de toqueteárselo todo el rato. Y, una vez acostumbrado a su nuevo aspecto, no le quedaba tan mal.
―Sylvan, siéntate erguido ―le recriminó Antone, a su lado. De los tres papas, el excadenal de Monteclaro era el que más se preocupaba por las formas. Tenía tal palo clavado en el recto que seguramente no notaría si Eilyn le metiera unas monedas―. Nos queda un recibimiento más.
―Podríamos aplazarlo ―sugirió Sylvan, sin cambiar un ápice la postura. Era satisfactorio acicalarse el bigote…―. Somos los jefes, ¿no?
―Y hay ciertas cosas que debemos hacer si queremos seguir siéndolo ―dijo Faustin. El excardenal de Tonada no era tan estricto con las normas como Antone, pero las cumplía motivado por un miedo que Sylvan no comprendía. Como si alguien fuera a llamar al alguacil por recostarse en la silla.
―Deberíais relajaros más ―dijo el elfo―. Sobre todo en la parte de la castidad. Veréis que la vida es mucho más sencilla si…
―Ya hemos hablado de eso, Sylvan ―dijo Antone.
―Y no vamos a cambiar de parecer ―añadió Faustin―. Por mucho que insistas.
Sylvan levantó las manos.
―Probadlo al menos una vez. Si no os gusta, por mí podéis seguir con vuestra castidad.
―No puedes seguir siendo casto si lo has hecho una vez ―dijo Faustin. De repente, dudó―. ¿O sí?
―No ―respondió Antone, categórico.
―¿Ni aunque pasen treinta años sin que vuelvas a hacer nada? ―insistió el excardenal de Tonada―. Es solo una duda teórica.
―No.
―Venga ya ―dijo Sylvan―. Si no eres casto después de treinta años de abstinencia, no mereces ningún otro adjetivo para definirte.
―Ahí tiene un punto de razón ―intervino Faustin.
Antone gruñó.
―Independientemente de eso, tu papado quedaría manchado por…
Un siervo abrió las puertas de la sala. La conversación se detuvo al instante.
―Entra la embajadora de Etlas ―anunció.
―¿Etlas? ―preguntó Faustin.
El criado asintió, realizó una exagerada reverencia y después se retiró. Los excardenales cruzaron una mirada de sorpresa antes de volver a dirigir sus ojos hacia la entrada. Aquel día habían pasado doce emisarios y ninguno había sido recibido con tanta expectación.
―¿Qué pasa? ―preguntó el elfo, casi en un susurro. Decidió que tal vez era un buen momento para erguirse.
―El reino robado de Etlas ―explicó Faustin, sin mirarlo―. Muy lejos, hacia el oeste. Su pueblo vive en el exilio. Cortaron relaciones con nosotros hace dos generaciones, cuando la Iglesia Élfica se negó a prestarles ayuda para recuperar sus tierras. Desde entonces no hemos sabido nada de ellos.
Sylvan se inclinó hacia delante, interesado.
―¿Y cómo se roba un reino?
La conversación volvió a cortarse. Esta vez, por unos pasos resueltos sobre el suelo marmóreo.
La embajadora era una mujer alta y de cabello rubio, cortado a la altura de los hombros.
Había decidido romper con la convención del resto de emisarios de llevar las vestimentas más pomposas y feas posibles.
Solo por eso, a Sylvan ya le cayó bien. En su lugar, vestía ropa de viaje: pantalones, camisa y protecciones de cuero; complementos más adecuados para los caminos que para un palacio.
Sus botas devolvían reflejos irisados a la luz del sol poniente.
Estaban recubiertas de grandes escamas. Sylvan se preguntó de qué animal serían.
La mujer se detuvo frente a los tres tronos y llevó las manos a la espalda. Hizo una escueta reverencia antes de hablar.
―El pueblo de Etlas manda saludos a la nueva Trinidad Papal. Las noticias han volado hacia el oeste. Confío haber llegado con la misma rapidez.
―Teniendo en cuenta la enorme distancia que separan nuestras naciones ―dijo Antone―, sí, es realmente impresionante verte por aquí tan pronto.
La mujer agradeció el cumplido con otra inclinación de cabeza.
―Mi reino desea retomar las relaciones con la Iglesia Élfica lo antes posible. Debido a su singularidad, suponemos que la nueva cúpula goza de una mentalidad más abierta a nuestros propósitos que las anteriores.
Antone y Faustin volvieron a mirarse, como decidiendo si acababan de recibir un cumplido o un insulto. Sylvan continuó observando a la mujer. Esta alzó la cabeza e intercambió una mirada con el elfo. Debía rondar la edad de Leoncia.
―¿Cuál es tu nombre, emisaria? ―preguntó Antone. En opinión de Sylvan, su tono podría haber sido más cálido.
―Inka ―respondió esta.
―Dime, Inka. ¿Quién ha prestado ayuda a los Toreon para recuperar el trono?
―Nadie.
―¿Nadie? ―repitió Faustin.
―No han recibido ayuda porque no han recuperado nada ―aclaró la mujer―. Otra dinastía ocupa la regencia de Etlas.
Ahora sí, Sylvan se unió al revoltijo de expresiones intercambiadas entre sus compañeros. Ese parecía un dato sumamente importante.
―¿Y quién es entonces el rey ahora? ―preguntó Antone.
La mujer sonrió por primera vez desde que entrara.
―Alguien más extraño que un elfo con bigote.