Chapter 30
Sylvan se vio arrastrado a un mundo de agua, hojas y chiribitas en la negrura.
Braceó y pataleó, protegiéndose de aquel enemigo invisible que lo había pillado con la guardia baja.
Cuando salió a la superficie, boqueó y siguió pataleando.
Tardó algo más de lo esperado en comprender que estaba luchando contra una rama.
Decidió dejar la pelea en tablas. Se arrastró entonces hasta el murete de la fuente y se tumbó cuan largo era.
Estaba empapado y, ahora que había alcanzado tierra firme, agotado.
La cabeza le dolía como si tuviera un agujero que la atravesara de parte a parte.
Al palpársela, le sorprendió que siguiera entera.
―¿Qué ha pasado?
Miró alrededor. Los soldados papales se habían detenido a unos pasos de él y le lanzaban miradas confusas, como si estuvieran decidiendo si la paliza espontánea que había recibido el elfo era suficiente para dar su tarea por terminada.
Leoncia y Eilyn lo observaban desde la primera línea del público.
Su expresión de confusión era bastante parecida a la de los soldados.
―Te ha caído una rama del árbol ―dijo la exmonja.
―Bien gorda ―añadió Eilyn―. Justo en la cabeza.
El público asintió, confirmando la historia. Alguien rio.
―El árbol lo ha bautizado.
El comentario arrancó unas risas desganadas que murieron enseguida. Del rostro de Leoncia brotó de repente una expresión de sorpresa, pero Sylvan no le dedicó más que una breve mirada. Intentó sentarse. Al ver que se le complicaba, decidió quedarse tumbado un rato más.
―Ha sido… raro.
Los soldados asintieron.
―Un poco ―respondió uno de ellos.
Archimel bufó desde la tarima.
―Bueno, ¿a qué esperáis? Id a cogerlo.
Un par de soldados se miraron y avanzaron hasta la fuente. Sylvan no puso resistencia cuando empezaron a levantarlo. Lo sentaron en la piedra y uno de los hombres movió la mano frente a su rostro. Sylvan sospechó que su aspecto debía estar más o menos acorde a cómo se sentía por dentro.
―Vamos a llevarte fuera de la plaza, ¿vale? ―le dijo uno de ellos. Vocalizó cada palabra de manera lenta y clara―. Te sujetaremos cada uno por un lado.
Sylvan asintió. Pensó en pedirles que lo llevaran hasta la cama del burdel, pero la cabeza no le dio para formar una frase tan larga.
―No os lo vais a llevar a ninguna parte. ―Leoncia había avanzado hasta la plaza, seguida de Eilyn. Los soldados la miraron con una curiosidad desenfadada, como gatos que hubieran encontrado un ratón con faldita―. A menos que queráis insultar al nuevo papa.
―¿Nuevo papa? ―preguntó el otro soldado.
Sylvan supuso que el golpe había sido más duro de lo que había estimado. Estaba escuchando cosas raras.
―Según el edicto de empoderamiento élfico registrado en los Testimonios del Alba del Libro de las Constelaciones, los inmortales del Bosque tienen derecho a elegir como papa a cualquier persona acogida en el seno de la Iglesia Élfica. Incluidos, claro está, ellos mismos.
Uno de los cardenales se levantó de su silla.
―Pero los inmortales del Bosque no forman parte de…
―Y según el precepto de bautismo ―continuó Leoncia―, cualquiera con un rango igual o superior a sacerdote puede aplicar el sacramento. Y gracias a las acciones de Liverna la Luminosa, esto incluye a los…
―… árboles sobre los que orinó ―completó el cardenal, abrumado por la sorpresa.
Leoncia asintió.
―Sylvan, repite conmigo: por el poder que me da el edicto de empoderamiento élfico, me elijo a mí mismo como miembro de la Trinidad Papal.
―¡No! ―gritó Archimel desde la tribuna.
―Vamos, repítelo ―insistió Leoncia.
―Por el poder que me da el edicto de empoderamiento élfico… ―Sylvan tuvo que hacer una pausa para descontorsionarse la lengua―. …me elijo a mí mismo como miembro de la Trinidad Papal.
―Y por el poder que me da el edicto de empoderamiento élfico ―dijo Eilyn―, elijo a Sylvanor de Ilendalië como miembro de la Trinidad Papal.
Los soldados soltaron a Sylvan como si su cuerpo de repente quemara. El elfo consiguió mantener la espalda erguida, aunque tuvo que apoyar las manos en la piedra para conseguirlo. El mundo le daba vueltas. Y sospechaba que no solo debido al golpe.
―¿Entonces soy papa? ―preguntó.
La pregunta flotó inadvertida sobre el mutismo de la plaza. Archimel observaba al elfo, lívido, al igual que el resto de los cardenales. Sylvan sentía el vértigo que daba asomarse a la respuesta. ¿Lo sentirían también los demás?
―Dile a esos que hagan algo ―dijo Eilyn―. Se supone que solo obedecen a los papas, ¿no?
Sylvan la miró.
―¿A quiénes?
―A los soldados. ¿A quiénes va a ser?
El elfo se encogió de hombros. Clavó entonces la mirada en el grupo que se le había acercado. Por probar no perdía nada, ¿no?
―Humm… Saltad.
Los soldados se miraron entre sí durante un momento que a Sylvan le pareció eterno. De repente, el sonido del impacto de unas botas sobre el empedrado llegó hasta la fuente; solitario y amortiguado, pero llegó. Enseguida vino otro y otro. Y otro más.
Un instante después, el chaparrón de botas arreció.
―Podías haber elegido algo más digno ―dijo Leoncia―. Pero está bien.
Sylvan sonrió. O, más bien, el papa Sylvanor de Ilendalië. Sonaba imponente. Sonaba pesado y frío, como la carga que traía consigo el nombramiento. Pero, por encima de todo, sonaba bien . Tanto que el elfo se animó a volver a alzarse sobre el murete.
¿Leoncia quería algo más digno? El papa Sylvanor le daría algo más digno.
―Apresad al obispo Archimel. ―Señaló hacia él―. Y vigilad que no toque el Antalvalaï. Si lo hace, podéis… humm… clavarle una de esas espadas en un ojo.
Los soldados se voltearon en perfecta sincronía y avanzaron hacia la tarima. Los cardenales se levantaron de sus asientos, nerviosos. Archimel se ocultó detrás de la silla volcada.
―¡Insensatos! ¿Vais a obedecer a un idiota al que le ha caído una rama en la cabeza?
Un grupo de cinco soldados subió a la tarima. Uno recogió la reliquia mientras que los otros cuatro rodearon a Archimel, que acometió un patético intento de huida. Lo atraparon con la desgana con la que se atrapa a un bebé gateante.
―¡Esto es un sinsentido! ―gritó el obispo, las manos a la espalda―. Un árbol no tiene alma y mucho menos inteligencia. Solo ha sido un accidente, pura casualidad. ¡El sacramento del bautismo requiere algo más que eso!
Algunos de los espectadores asintieron. Un pequeño grupo de soldados miraron hacia la fuente, incómodos. Sylvan los controlaba, de eso no cabía duda. Sin embargo, tenía la sensación de que ese control pendía de un hilo.
―Te equivocas ―dijo Eilyn. Todas las miradas de la plaza recayeron sobre ella. Su rostro estaba contraído en una mueca de enfado―. Aún quedan árboles inteligentes en vuestro mundo. Olmo es uno de ellos. Si Sylvan ha acabado bajo el agua, ha sido por su decisión.
El obispo soltó una carcajada.
―¿Y crees que nos vamos a tragar esa estupidez? ¿Acaso puedes demostrar lo que dices?
Sylvan dudaba. El público dudaba. Los soldados también, y eso era lo más peligroso. Pero Eilyn se mantuvo firme; una roca en la tempestad. Sylvan habría dado lo que fuera por tener la mitad de su entereza.
―Ahora mismo ―respondió la elfa.
Caminó hacia el árbol y se detuvo a un metro del tronco. Comenzó entonces una conversación en susurros, tan sutiles que ni siquiera Sylvan podía oírlos. El público murmuraba, embelesado por el espectáculo. La interacción finalizó con un asentimiento.
―Lo siento, Sylvan. ―Eilyn volcó de repente su atención en él.
―¿Lo sientes por qué?
Un nuevo crujido restalló en lo alto. Las cabezas se alzaron. Sylvan miró también, presa de una amarga sospecha.
Un nuevo golpe lo mandó de vuelta a las profundidades.