Elf P*rn Chapter 29
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Chapter 29

La plaza se había convertido en un caos.

«Caos»… Leoncia siempre había tenido una connotación negativa de la palabra.

Cuerpos lanzados en un movimiento errático, empujones y gritos estridentes; algo del todo indeseable a menos que fuera precisamente lo que te salvara.

Leoncia tomó nota de reconciliarse más adelante con el concepto.

Todo había ido bien al principio. Los hombres de Fretel la habían escoltado hasta la plaza e incluso habían avanzado lo suficiente como para tener una vista clara de la tribuna. Sin embargo, uno de los soldados papales la había reconocido y había echado todo a perder.

Después, Sylvan había caído del cielo.

Los soldados habían dejado de molestarla y habían corrido a proteger a los cardenales. Los asistentes, sin comprender lo que pasaba, habían decidido dispersarse. Sin embargo, al no poder hacerlo, corrían y empujaban. Era como si alguien hubiera soltado un zorro en un gallinero.

Los hombres de Fretel se habían quedado con ella. Bloqueaban cuerpos, empujaban de vuelta e incluso golpeaban. Leoncia era la roca inmóvil en mitad de la marea, aunque por dentro estaba lejos de sentirse así.

Después, Eilyn también cayó. La gente se había apartado lo suficiente para que Leoncia presenciara el golpe contra el suelo. Gritó su nombre, sin poder oír su propia voz. Trató de caminar hacia ella. Los hombres de Fretel leyeron bien su intención y protegieron su avance.

Cuando alcanzó el centro de la plaza, Eilyn ya se había levantado y los soldados habían formado una muralla protectora frente a los cardenales.

Leoncia la tomó de la mano y retrocedió con ella, la elfa cojeando en sus brazos.

Los asistentes por fin habían despejado toda aquella zona, aunque los más curiosos empezaban a apelotonarse detrás.

Parecía que el interés del público iba imponiéndose al miedo.

Entonces Sylvan se subió al murete de la fuente, como habían hecho los oradores antes que él.

―¡Eso no es tuyo, Archimel! ―gritó, señalando al obispo. Su voz aplastó el barullo hasta convertirlo en un murmullo contenido―. Nos lo has robado. ¡Devuélvenoslo!

―Es la compensación de los inmortales del Bosque por vuestra metedura de pata perdiendo los obsequios. ―El obispo rebuscó en su túnica y sacó un papel―. ¡Me han escrito directamente y así me lo han hecho saber!

―Será cabronazo… ―murmuró Eilyn.

―Es un farol ―dijo Leoncia, a su lado―. Oye, ¿estás bien?

La elfa asintió sin demasiado convencimiento, aún encorvada.

―¡Eso es mentira! ―acusó Sylvan. Sacó otra carta de sus propias ropas―. Nos han escrito a nosotros. Nos han entregado el Antalvalaï para que coronemos una nueva santa.

Leoncia agradeció que Sylvan no hubiera mencionado su nombre. Aun sin hacerlo, ya sentía toda la sangre en la cara.

Archimel contraatacó. Su voz, grave y melodiosa, caía con más aplomo que la de Sylvan. Parecía cargar con el peso de la evidencia.

―También avisan que no nos fiemos de estos dos inmortales. ¿Qué trato si no deberían tener con aquellos que perdieron un cargamento de sus tesoros nada más poner un pie en el mundo mortal?

Leoncia se fijó en los cardenales. Los hombres observaban la batalla verbal desde sus asientos, en silencio. El grupo mostraba una amalgama de emociones que orbitaba en torno a la sorpresa.

Sylvan también parecía sorprendido. Abrumado, quizá, por las palabras del obispo. El elfo poseía algunos talentos indiscutibles, pero la elocuencia no era uno de ellos. Ni siquiera teniendo la verdad de su lado.

―¡Otra mentira! ―replicó Sylvan. La impotencia empezaba a saturar su voz.

―¡Y aunque no fuera cierto! ―La voz del obispo restalló―. Nos habéis demostrado en más de una ocasión lo irresponsables, irreflexivos y destructivos que sois. Tenéis como testigo a toda Lindeburgo. ¿Cómo vamos a confiar en vuestro criterio para elegir a una nueva santa?

―Con Liverna la Demente no nos fue demasiado bien ―dijo uno de los cardenales―. No deberíamos cometer el mismo error.

Algunos eclesiásticos asintieron. El obispo alzó la mandíbula, retador.

―No aceptamos vuestras exigencias. Y por muy elfos que seáis, no representáis a vuestro pueblo.

―A un gesto suyo, los soldados papales desenfundaron sus espadas.

A Leoncia se le encogió el corazón. Ni con cincuenta metros de cuerda sería capaz Sylvan de librarse de esa―.

Así, con esto dicho, voy a pediros que os vayáis.

Os daré la dignidad de hacerlo por vuestro propio pie.

Os pediría que no complicarais más las cosas, pero estoy seguro de que no sabéis cómo se hace eso.

El elfo retrocedió un paso, aún en pie sobre el murete de la fuente. Eilyn se encogió como un gato herido.

Leoncia entonces se abrió paso entre los hombres de Fretel y avanzó. Cuando quiso darse cuenta de lo que estaba haciendo, ya había empezado a hablar.

―¡Soldados papales! Si los elfos han encomendado a Eilynwen y Sylvanor coronar una santa, es porque han visto la corrupción en el mismo corazón de nuestra Iglesia.

¿Y a quiénes nos debemos sino al pueblo que nos guio en los tiempos más oscuros?

Deteneos y volved vuestras armas, pues el origen de tal corrupción está sentada en esas sillas de…

―¡Precioso, Leoncia! ―interrumpió Archimel.

Las paredes de piedra devolvieron el eco de sus aplausos―.

De verdad, lamento cortar un discurso tan emotivo y con tanto potencial.

Seguro que se nos habrían saltado las lágrimas.

Pero aparte de que no se te permite hablar en este concilio, te recuerdo que los soldados papales solo obedecen órdenes de la cabeza de la Iglesia Élfica.

Que, mira qué cosas, ahora mismo soy yo.

Leoncia bajó la mirada, tanto por costumbre como por el peso de las palabras. Por supuesto, no tenía sentido razonar con el brazo ejecutor de la Iglesia. En ausencia de los papas, solo seguían órdenes de Archimel. Órdenes que ni siquiera se cuestionaban.

«Órdenes. De los papas».

Una idea atravesó su mente.

Leoncia alzó la cabeza. Esta vez, sin embargo, su mirada recayó en los cardenales.

―Entonces, acogiéndose al derecho que les da el edicto de empoderamiento élfico, lord Sylvanor y la dama Eilynwen nombrarán papa a quien les entregue la reliquia robada.

Los inmortales del Bosque no coronarán a ninguna santa; solo recogerán lo que es suyo y se marcharán a casa.

¿Algún voluntario para ser la nueva cabeza de la Iglesia?

―¡¿Qué?!

Leoncia no tenía claro si había hablado Archimel, Sylvan o los cardenales.

Quizá fue una combinación de todos juntos.

La exmonja había lanzado su órdago sin saber bien qué esperar de él.

¿La ambición de los cardenales sería suficiente para que desafiaran a Archimel?

¿Atacarían los soldados papales a los clérigos si estos se lanzaban sobre el obispo?

¿Cuándo empezaba a afectar a la cabeza la falta de sueño?

El caso es que funcionó: la semilla de la duda había enraizado en la tribuna. Los cardenales se miraban los unos a los otros, inquietos y desconfiados. Archimel los observaba a su vez, manteniéndolos en sus sillas bajo el peso de su mirada. Un peso al que algunos empezaban a resistirse.

―Lo siento, Archi ―murmuró uno de ellos, al tiempo que se levantaba―. Si es suyo, habría que devolvérselo.

―Y tampoco es una mala oferta ―dijo otro.

Archimel retrocedió dos pasos. Su expresión confiada de repente se había venido abajo.

―Unas serpientes; eso es lo que sois. ¿No veis que si coronan a una santa el papado no servirá de nada? ―La mayoría de los cardenales dudó. Archimel siguió hablando―. ¿Queréis desatar el caos de Liverna? Leyes absurdas que aún nos persiguen, árboles bautizados, expropiaciones injustificadas…

Los dos que habían hablado empezaron a avanzar. Los soldados, férreos en sus posiciones, alternaban su mirada entre Sylvan y los cardenales.

―Bueno ―dijo uno de ellos―. Si ocurre, estoy seguro de que la santa sabrá recompensar a sus siervos.

El obispo no esperó más. Lanzó su silla hacia los dos cardenales y aprovechó la confusión para colocar el Antalvalaï en el suelo. Levantó después la pierna bien en alto, evidente a la vista.

―¡Un movimiento más y lo hago pedazos! ―gritó.

Una losa de silencio sepultó la plaza. Todos los cuerpos se quedaron quietos, congelados. Solo el agua de la fuente, ajena a la amenaza del obispo, continuaba fluyendo. Si no hubiera sido por eso, Leoncia habría jurado que el tiempo se había detenido.

Sylvan saltó del murete de la fuente al pedestal del caño y ahí se irguió en toda su estatura. Parecía una estatua viva; la gloriosa talla de un general de antaño conduciendo a sus guerreros hacia la victoria. Lamentablemente, la victoria parecía estar en dirección contraria.

―Atrévete, Archimel ―retó. Todas las miradas apuntaron al elfo―. Y te juro que no habrá ejército capaz de defenderte de mi ira.

El obispo miró hacia los lados, sonriendo con sorna.

Entonces dejó escapar una grave risotada.

Leoncia observaba con la boca abierta. Quizá estar protegido por una hilera de soldados te hacía ver las cosas de un modo diferente, pero ella no se habría atrevido a reírse de alguien que había dejado estéril a un recaudador con una cuerda.

―¿Tú? ¿Y tu «ira»? ¡Por favor! No sabrías ni encontrarte la polla para mear. ―Ahora sí, la boca de Leoncia se abrió en su máxima longitud―. Soldados, podéis echarlos cuando queráis. ―La expresión de Archimel perdió toda su jocosidad―. Ya me he hartado de este espectáculo.

Los soldados miraron al frente, desenfundaron armas y avanzaron a una.

Sylvan se mantuvo en el pedestal, erguido, aunque su pose ya no inspiraba victoria ni nada.

Se quitó el arnés sin apartar la vista del regimiento y recogió la cuerda.

La agitó, desafiante. Los soldados vacilaron, pero no detuvieron el paso.

Leoncia observaba la escena a través de los huecos de sus propios dedos.

―¡¿Queréis venir a por mí?! ―gritó el elfo―. Pues ahora vais a ver…

Lo interrumpió un crujido grave y pesado. Un trueno, quizá, si el cielo no hubiera estado completamente despejado. Sylvan dejó la frase a medias y miró hacia arriba.

Un instante después, una maraña vegetal lo hundió en la fuente.