Chapter 28
Eilyn sentía la energía corriendo desbocada por su cuerpo. La pelea con Leoncia, el robo de los caballos, la persecución, el avance entre la muchedumbre… Demasiados estímulos. Ahora, presa de la inercia de un peñón rodando montaña abajo, sencillamente no podía parar.
Golpeó rostros, empujó cuerpos, puso zancadillas. Eilyn nunca había sido demasiado diestra en la lucha; de hecho, siempre la había evitado. Sin embargo, descubrió que apalear a cuatro mortales con los humos subidos era tan excitante y satisfactorio como saltar por una catarata.
Y también fácil. Quizá demasiado fácil.
Los hombres se cubrían y retrocedían, pero no parecían esforzarse en atacar a Eilyn. Ni siquiera hacían amago de usar las armas. Si no fuera imposible, Eilyn habría jurado que no querían tocarla.
―¡Eilyn, para!
La voz de Sylvan fue lo que necesitaba para detenerse. Aunque, ahora que lo pensaba, quizá lo había ignorado una o dos veces.
Mantuvo una postura defensiva; que se detuviera no quería decir que bajara la guardia. Los hombres, a su alrededor, se levantaban torpemente del suelo y se alejaban de ella todo lo que les permitía el espacio. Uno de ellos lo hizo arrastrándose.
Eilyn miró al elfo.
―¿Quién es esta gente? ―preguntó.
―Venimos de parte de Romannessa ―dijo uno de los hombres. Se había escondido detrás de la barra―. El elfo no se presentó a la cita de ayer con ella. Nos ha enviado a investigar si os había pasado algo.
Eilyn se giró hacia Sylvan.
―¿Quién?
―¡La condesa Fretel! ―respondió este.
Se acercó a la zona del desastre y ayudó a los hombres a levantarse. Eilyn pensó que iba siendo buen momento para adoptar una pose normal.
―¿Tú lo sabías? ―preguntó―. ¿Por eso te has quedado parado?
―No, pero recuerdo cierta conversación sobre pensar las cosas dos veces.
―Ya… ―Eilyn dedicó una reverencia de disculpa a cada uno de los hombres. Últimamente estaba pillando cierta tendencia a hacer el estúpido. Si era así como se sentía Sylvan todo el rato, menudo suplicio―. Lo siento.
Tres de los hombres levantaron una mano en gesto de aceptación. El que se había alejado arrastrándose prefirió usarla para levantarse.
―¿Hay alguna manera de confirmar que decís la verdad? ―preguntó Leoncia desde el otro extremo de la estancia. Al parecer, la acción la había espabilado.
Dos de los hombres se señalaron el hombro. O, más bien, una insignia cosida al ropaje. Un águila al vuelo.
―Es la insignia de Fretel ―confirmó Sylvan. Terminó de acercarse a ellos―. Son de fiar.
Eilyn decidió hacerse a un lado y dejar a su compañero el peso de la interacción. Visto lo visto, quizá era mejor sentarse junto a Leoncia y tomarse un pequeño descanso.
El elfo resumió todo lo que había ocurrido durante los últimos días.
El encarcelamiento, el robo del Antalvalaï, el destierro y el regreso a Lindeburgo.
A juzgar por la sorpresa de los hombres, ninguno se había esperado dar con una historia tan retorcida.
De hecho, el que había acabado en el suelo tenía la expresión de alguien a quien le habían arruinado un día que prometía ser tranquilo.
A Eilyn le dio un poco de lástima. Entendía tan bien esa sensación…
―Necesitaremos que escoltéis a Leoncia hasta la Plaza de la Ascensión ―ordenó Sylvan―. Una vez dentro, exigiremos que la bauticen y la coronaremos ante la vista de todos. ―El elfo señaló a la exmonja―. Entrarás cómodamente a reclamar tu destino, sin acrobacias. Así que se acabaron las excusas.
Leoncia se movió, incómoda.
―Ay….
Eilyn le apretó el hombro. Dudaba que aquel gesto de ánimo pudiera hacer mucho en ese contexto, pero decidió intentarlo de todos modos.
―¿Y vosotros? ―preguntó otro de los hombres.
―Iremos por los tejados. Si queréis localizarnos, mirad hacia arriba. ¿Entendido?
Tres de los hombres asintieron al instante. El que se había arrastrado lanzó un suspiro melancólico.
―La verdad, no veníamos esperando complicaciones ―dijo el que se había escondido tras la barra―. Pero Romannessa nos ha dicho que ayudemos en todo lo que podamos, así que…
Sylvan sonrió.
―Pues andando.
Los hombres rodearon a Leoncia como hormigas a una gota de mermelada y salieron por la puerta. Sylvan y Eilyn se pusieron en marcha, pero decidieron ir antes al sótano para aprovisionarse de cuerdas. Leoncia tenía razón con lo de que la bajada podía complicarse.
Corrieron hacia el altillo, haciendo retumbar los tablones de las escaleras. Sylvan, mientras tanto, trabajaba a destajo confeccionando un par de arneses. Antes de llegar al primer piso, ya había terminado uno.
―La verdad, estoy impresionada ―dijo Eilyn―. Pensaba que tu don de gentes era lo que nos había metido en este lío. Y resulta que al final tal vez sea lo que nos saque de él.
Sylvan negó.
―Si algo he aprendido de los mortales, es que pueden hacer que todo cambie de un momento a otro. No cantemos victoria.
No, Eilyn estaba lejos de cantar victoria: solo había entonado la primera nota de una melodía parecida, como mucho. La había insinuado. Dudaba que la situación les permitiera llegar mucho más lejos.
Decidió expresar sus preocupaciones en voz alta.
―Aunque recuperemos el Antalvalaï, no sé yo si conseguiremos escapar con él. Será lo más difícil de todo.
―No tendremos que escapar si conseguimos coronar a Leoncia.
Sylvan abrió la puerta del altillo y se dirigió hacia la ventana.
―Necesitaremos a alguien que la bautice, no lo olvides ―replicó Eilyn―. Y, aun así, no veo a Leoncia muy convencida de convertirse en santa.
El elfo quitó importancia al comentario con un gesto de la mano.
―Si los cardenales son la mitad de corruptos y ambiciosos de lo que nos han hecho pensar, alguno la bautizará a cambio de uno o dos favores.
―Tal vez…
Eilyn seguía viendo lagunas al plan. De hecho, cuanto más se acercaban al final, más terreno pantanoso veía. Sin embargo, el tiempo se acababa. Y más valía un plan mediocre para una oportunidad presente que un plan perfecto para una oportunidad pasada.
Treparon por la ventana, primero Sylvan y luego ella.
Subieron al alfeizar, de ahí al pescante ―del que noches atrás había colgado cierto recaudador― y después saltaron al tejado.
Las tejas de pizarra, secas al calor del verano, permitían un buen agarre.
Aun así, la inclinación aconsejaba cuidar el equilibrio.
Avanzaron lentos pero constantes. La separación entre las casas consistía en pequeños desniveles que tenían que salvar. Por suerte, nada que requiriera un esfuerzo exigente.
La elfa iba lanzando miradas hacia abajo para orientarse.
Los ríos de gente confluían en torno a la plaza y formaban grandes bloqueos.
Los gritos y exigencias por abrir paso llegaban claros hasta allá arriba.
Paseantes, carrozas, aristócratas en sus palanquines…
Un cojo cargando un burro a hombros habría tenido más suerte avanzando por los tejados que por el pavimento.
Eilyn se preguntó si a Leoncia le estaría yendo bien.
Pronto cambiaron el método de orientación a uno más cómodo. Frente a ellos, a medio centenar de metros, la copa del gran Olmo se adivinaba por encima de los edificios. El follaje, como indicándoles el camino a seguir, se movía con un viento que Eilyn no llegaba a notar.
Saltaron un callejón y treparon un par de paredes más para alcanzar a los edificios colindantes con la plaza. Allí se acuclillaron sobre un saliente plano y miraron hacia abajo. De no saber de antemano que estaban en la Plaza de la Ascensión, no la habrían reconocido.
Las cabezas llenaban hasta el último metro del lugar que Eilyn, hasta entonces, había considerado el más tranquilo de la ciudad.
En el rincón opuesto de la plaza, alzados en una tarima, los cardenales candidatos plantaban sus importantes culos en sus sillas señoriales.
Había por lo menos una veintena. Una muralla de soldados papales hacía de contención para el público.
Formaban también un pasillo que los conectaba directamente a los eclesiásticos con la fuente.
Sylvan y Eilyn observaron cómo los cardenales se acercaban por turnos, se subían al murete y daban sus discursos de por qué debían ser elegidos como papas. Un ritual de lo más tedioso.
―No comprendo cómo un evento tan aburrido puede atraer a tanta gente ―murmuró Sylvan.
Eilyn asintió sin apartar la mirada de los cardenales. En uno de los extremos, vestido con una indumentaria diferente a la de los demás, el obispo Archimel observaba la ceremonia con aire de suficiencia. ¿Habría alguna manera de romper la barrera de los soldados para llegar hasta él?
―Eilyn, mira.
Sylvan señalaba una de las confluencias de la plaza. Por ella había aparecido Leoncia, aún protegida por los cuatro hombres de la condesa Fretel. Las personas de alrededor protestaron por el avance, pero los escoltas los hicieron callar rápido. Parecían eficaces.
Eilyn volvió a lamentar haberlos golpeado.
―Bueno, ya estamos en posición ―murmuró Sylvan. El elfo volvió a dirigir la mirada hacia los cardenales―. Ya solo quedaría… Oh, se levanta.
Eilyn miró en la misma dirección que su compañero. Archimel se había incorporado y caminaba hacia la fuente. Sonreía, como si fuera una persona diferente al cabrón que les había desterrado. Al subirse al murete, quedó cubierto bajo la sombra del árbol.
Eilyn tuvo una idea. Tras pensarla una segunda vez, seguía siendo buena. Entonces no lo dudó.
―Sylvan, sígueme.
La elfa se levantó y corrió por el tejado, tratando de acercarse al punto más próximo a la copa del gran árbol.
Solo tendrían que saltar, descender por el enramado y caer sobre Archimel antes de que terminara su discurso.
Para alivio de Eilyn, Sylvan comprendió su intención sin necesidad de agobiarla a preguntas.
―¡Pueblo de Lindeburgo! ―exclamó el obispo. El clamor del público enmascaró el ruido que los elfos hicieron al saltar al follaje. Ni una sola mirada se elevó entre la multitud―. Los cardenales han hablado y es hora de elegir a los miembros de la nueva Trinidad Papal.
Eilyn y Sylvan aprovecharon la segunda oleada de vítores para descender por las ramas. Los gestos del obispo para calmar a la multitud surtían un efecto lento. Cuando volvió el silencio, los elfos casi se habían colocado sobre él.
―En esta ocasión, sin embargo, el procedimiento será diferente a las veces anteriores.
Los inmortales del Bosque no han podido bendecirnos con su presencia.
―Sobvrevino un largo murmullo de decepción.
Eilyn y Sylvan lo aprovecharon para afianzar sus posiciones sobre una gruesa rama―.
Lo sé, su ausencia no podría compensarse de ningún modo.
Sin embargo, persiguiendo tal compensación, el pueblo de los inmortales del Bosque nos proporciona en esta ocasión un obsequio especial.
Una reliquia que lleva siglos sin verse en el mundo de los mortales.
―Será cabronazo… ―murmuró Sylvan―. ¿Nadie va a salir a decir que nos la ha robado?
Eilyn consideró innecesario responder a una pregunta tan estúpida.
―¿Saltamos de él en cuanto lo muestre? ―preguntó en su lugar.
―Se me ocurre algo mejor.
Sylvan unió los arneses a un segmento largo de cuerda. Señaló la rama inmediatamente superior.
―Tú te subes ahí y yo me descuelgo hasta él. En cuanto recupere el Antalvalaï, tú saltas aquí. El contrapeso me hará ascender de nuevo.
―¿No será mejor que tú hagas mi parte? ―preguntó la elfa―. Pesas más.
―No hay que confundir cantidad con calidad. Tú tienes más talento en pesar y yo en descolgarme. ―Sylvan terminó de ajustar la cuerda. Enredó una sección en la rama, dio dos tirones y asintió para sí mismo―. Quizá consigamos escapar y todo.
Eilyn chasqueó la lengua, reticente.
―Como quieras.
―… demuestra que los rumores que quizá hayáis escuchado son falsos e infundados. La prueba es la entrega de tal preciado tesoro, que deleitará nuestros ojos mortales durante los siglos venideros…
El discurso del obispo continuó dando rodeos, utilizando palabras grandilocuentes y echándose flores. A Eilyn le pareció que aquel hombre sí que confundía la cantidad con la calidad de las palabras. Aunque, a decir verdad, había pasado algo parecido con el resto de los candidatos.
Los elfos esperaban agazapados, como gatos al acecho. El momento se acercaba.
―Así pues, para vuestro regocijo…
El obispo rebuscó en su sotana.
―Lo va a sacar ―susurró Sylvan.
―… y para el de vuestros descendientes, que durante generaciones recordarán este momento…
Una luz conocida brilló en las manos del obispo. El reflejo del sol sobre el agua en movimiento.
―¡Os presento el Ant…!
Una serie de gritos llegó desde el extremo de la plaza.
Ruido de discusión, increpaciones y pelea; el suficiente para interrumpir al obispo en el momento más importante de su carrera eclesiástica.
Eilyn distinguió los gritos de Leoncia mezclados en el jaleo.
Sintió un peso plomizo instalándose en su estómago. Habían pillado a su compañera.
El obispo miraba en la dirección del ruido, la reliquia a medio sacar. Desde arriba era difícil asegurarlo, pero a Eilyn le pareció distinguir una expresión de sorpresa en el rostro del hombre. Había visto a Leoncia. La había reconocido.
Miró entonces hacia arriba, presa de un repentino pánico.
―¡Sylvan, salta! ―ordenó Eilyn.
El elfo obedeció. Saltó de la rama y descendió hacia el obispo como un halcón en plena caza. Lo agarró por la espalda mientras este intentaba escapar.
―¡Vosotros! ―gritó.
―¡Devuelve lo que has robado! ―pidió Sylvan.
El obispo sostenía el Antalvalaï en alto, alejando la mano del elfo. Forcejearon. Archimel intentando escapar, Sylvan intentando recuperar la reliquia. Rápido como una pelea de alimañas. Demasiado lento para lo que habían planeado.
El primero de los soldados chocó contra Sylvan como una ola sobre un acantilado.
Eilyn sintió el tirón en su arnés, que bloqueó agarrándose al árbol.
Después vino otro. El tercer soldado debió cortar la cuerda, porque lo siguiente que sintió Eilyn fue rebotar contra una rama, atravesar una nube de hojas y besar el suelo de la plaza.
Boqueó como un pez atrapado en tierra, tratando de hacer funcionar de nuevo sus pulmones. Aquella era su segunda caída del día y aún no eran ni las diez de la mañana. Casi echó de menos la mullida alfombra de hierbajos del descampado.
Se levantó, más por la urgencia de la situación que por consentimiento de su cuerpo. La rodilla le palpitaba y la vista le bailaba, pero la mantuvo hasta que esta se volvió firme.
Encontró a Sylvan arrodillado junto a la fuente y una muralla de soldados unos pasos más allá. Tras ellos, sobre la tarima de los cardenales, Archimel los observaba con severidad.
Aún sostenía el Antalvalaï.