Elf P*rn Chapter 27
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Chapter 27

Durante unos instantes, Leoncia se olvidó de cómo moverse y cómo respirar.

Se sentía una brizna más en aquel mar de hierba, una pieza sin voluntad ni rumbo que hundía la mirada en las profundidades del firmamento.

Era un momento bonito. Y lo habría seguido siendo de no haber sido interrumpido por la estampida de cascos y patas que pasó junto a ellos.

Leoncia gritó, Sylvan gritó, Eilyn lanzó una maldición y los tres cuerpos se abrazaron hasta convertirse en uno solo. Se mantuvieron así un tiempo prudente, sin siquiera atreverse a parpadear.

―¿Qué acaba de ocurrir? ―preguntó Leoncia.

―Eilyn nos ha tirado al suelo ―respondió Sylvan―. Y los soldados han pasado de largo.

―Eilyn ha intentado manejar vuestra incompetencia equina ―dijo la elfa―. Pero sin quererlo os ha terminado salvando. Con suerte, esos hombres seguirán persiguiendo a los caballos en la oscuridad un rato más.

Leoncia se levantó gimiendo. No sabía hasta qué punto le dolía el cuerpo por la caída y hasta qué punto por la cabalgada. No pensaba montar nunca más, así que se quedaría con la duda.

―Supongo que te lo tendremos que agradecer.

―Lo haremos en cuanto entremos a la ciudad ―dijo Sylvan―. Aún se lo tiene que ganar.

Eilyn le sacó un dedo al elfo. O eso pareció; apenas se podía ver nada en la negrura.

―Bueno, ¿estáis los dos bien? ―preguntó.

Leoncia y Sylvan afirmaron sin demasiado entusiasmo.

―Pues vamos.

Avanzaron entre la espesura hacia la oscurecida silueta de la muralla.

Caminaban en silencio, evitando hacer crujir la vegetación, pisar charcos o meter el pie en madrigueras.

Aunque sería más justo decir que los elfos lo conseguían y Leoncia lo intentaba.

Por suerte, los soldados estaban demasiado lejos como para reparar en los sonidos.

El tiempo perdió su significado en aquel mar de negrura.

Leoncia avanzaba, se detenía y se desviaba cuando se lo decían.

Sus ojos, centrados en localizar obstáculos en el suelo, se negaban a asumir que habían quedado inservibles.

En un momento, le pareció escuchar voces de hombres en las cercanías.

Eilyn ordenó que se agacharan y estas pasaron de largo.

Cuando llegaron a las inmediaciones de la muralla, el dolor de pies se había sumado a la colección de calvarios corporales de Leoncia.

Alcanzaron la puerta este con las primeras luces del alba. Leoncia recibió el tinte azul del horizonte como un trago de agua en el desierto. Por fin se acabaría aquel horrible viaje en ceguera. Ahora comenzaba un horrible viaje en plenas facultades visuales.

―Las puertas están vigiladas ―murmuró Eilyn, agachada entre los matorrales.

Leoncia no se molestó en mirar para creérselo.

―Supongo que no nos dejarán pasar sin más ―dijo Sylvan―. Somos bastante reconocibles.

―Y quizá los soldados les hayan avisado de que estamos cerca ―añadió Leoncia―. Sé que me vuelve a tocar hacer algo, pero no se me ocurre nada.

―A mí sí ―dijo el elfo―. Vamos.

Se levantó y empezó a correr a hurtadillas hacia la muralla. Eilyn murmuró algo y lo siguió. Leoncia fue con ellos solo porque quedarse atrás le pareció peor idea.

Siguió las siluetas de los elfos, que aparecían y desaparecían entre la flora. A lo lejos, una hilera de cipreses arañaba un horizonte dorado.

―Por aquí ―susurró Sylvan.

El elfo corrió los últimos metros hasta la muralla, se acercó a una sección cubierta por una enredadera y desapareció entre las hojas. Leoncia apretó el paso. Eilyn la esperaba junto a la planta.

―¿Qué es este sitio? ―preguntó.

La elfa se encogió de hombros.

―Un pasadizo ―respondió Sylvan desde la distancia―. Lleva directamente al interior.

―¿Y cómo sabías que estaba aquí? ―preguntó Eilyn.

La voz del elfo se fue apagando en la lejanía.

―No es un buen momento para hablarlo, ¿no crees Eilyn?

La elfa puso los ojos en blanco. Leoncia y ella entraron tras comprender que Sylvan no iba a esperarlas.

Avanzaron siguiendo el tacto de la piedra.

La apertura era lo suficientemente ancha para permitir el paso, pero no dejaba espacio para hacer movimientos innecesarios.

Leoncia se agarró a la ropa de Eilyn y se dejó guiar.

Ahora que había empezado a ver la luz, sumergirse en la oscuridad le apetecía tanto como volver a subirse a un caballo. Por suerte, no duró demasiado.

Emergieron por un callejón entre dos casas a medio derruir. Como había prometido Sylvan, habían accedido a Lindeburgo. Leoncia no se lo terminaba de creer del todo.

El elfo las esperaba en la boca del callejón.

―Bien, ¿ahora qué? ―preguntó―. ¿Nos colamos en casa de Archimel mientras este duerme?

―Dudo que Archimel siga durmiendo ―respondió Leoncia―. El Alto Cónclave se celebra a las diez. Tal vez incluso ya esté de camino a la Plaza de la Ascensión.

―¿La Plaza de la Ascensión? ¿En la que Eilyn y yo…?

―La misma ―cortó la mortal―. No pudisteis elegir un lugar más sagrado para mancillar.

―Vaya… ―murmuró Eilyn.

―Y seguramente estará ya hasta arriba de gente. Toda la ciudad, de hecho. Si no nos damos prisa, tal vez ni podamos acceder.

―¿Llevará Archimel el Antalvalaï encima? ―preguntó la elfa.

Leoncia asintió.

―Lo presentará como ofrenda de vuestro pueblo para la Iglesia Élfica.

Seguramente le procure un buen porcentaje de los votos para conseguir el papado.

―La mortal se frotó la cara, molesta por el brillo del sol naciente.

El cansancio de toda una noche de emociones empezaba a pasarle factura―.

Después se lo llevarán a la Ciudad Papal con el resto de las reliquias.

Y creedme: no es fácil asaltar una delegación papal.

Eilyn bufó.

―Es decir, no nos queda otra que quitárselo delante de decenas de clérigos, fieles y soldados.

Leoncia volvió a asentir.

―Si tenéis alguna sugerencia o un nuevo talento oculto, es el momento de compartirlo.

Acordaron poner distancia con la muralla mientras terminaban de urdir el plan. Si los soldados daban con el pasadizo, mejor que les pillara lejos.

Encontraron la ciudad más en vela que nunca.

Las tabernas seguían abiertas desde la noche anterior y los borrachos se juntaban en su camino a casa con los desfiles y los fieles madrugadores.

Los juerguistas más comprometidos se pasaban del primer al último grupo como si llevaran haciéndolo toda la vida.

Leoncia había escuchado historias sobre la celebración del último Alto Cónclave, pero lo que vio por las calles terminó sorprendiéndola.

Aquel día Lindeburgo acogía su evento más importante en décadas. Y se notaba.

Por practicidad, Sylvan, Eilyn y Leoncia pronto descartaron la estrategia de evitar aglomeraciones.

Las calles de Lindeburgo se habían convertido en ríos de cabezas cuya corriente no terminaba de decidirse por un destino.

La gente llevaba coronas de flores y ropas de verdeseda.

Algunos, incluso, habían decidido adornarse las orejas con joyas picudas.

Eilyn y Sylvan avanzaban con calma, gozando del anonimato del tumulto.

Leoncia, por el contrario, tenía que prestar especial atención para no perderlos entre todos los falsos elfos.

A tres calles de la Plaza de la Ascensión, el tapón de gente era tal que apenas podían seguir avanzando.

―Hay que buscar otra manera ―dijo Leoncia, haciéndose oír entre el griterío. Se abanicaba con la mano, a falta de algo mejor. El sol había despuntado con intensidad y la muchedumbre no ayudaba con la temperatura.

―Deberíamos exigir que nos dejen pasar ―dijo Sylvan―. Se supone que tenemos que estar presentes en el Alto Cónclave. Quizá no sepan que nos han desterrado.

―Y nos atraparían en cuanto pisáramos la plaza ―contestó Eilyn. Un borracho se le acercó demasiado y la elfa lo apartó de un codazo―. Sería anunciar a gritos que vamos a por Archimel.

―¿No conocerás otro pasadizo por casualidad? ―preguntó Leoncia.

Sylvan negó. La exmonja alzó la cabeza en busca de inspiración y, ya de paso, de aire fresco.

Una lluvia racheada de confeti y pétalos le dificultó el objetivo.

En las alturas, la gente saludaba desde sus balcones engalanados como si fueran los protagonistas de aquel jolgorio.

Los pájaros, posados en los tejados, vigilaban ajenos a todas las miradas.

Leoncia sintió envidia de ellos. Si ella también pudiera huir de aquella gente… Si pudiera ir con ellos a…

«¡Los tejados!», pensó.

―¡Hay que ir al burdel! ―propuso Leoncia, en un arrebato de claridad.

―¿Para qué? ―preguntó Sylvan.

―Para subir a los tejados. El burdel está cerca de la Plaza de la Ascensión. Debería ser una ruta viable.

Sylvan y Eilyn se miraron un instante y expresaron su conformidad con un asentimiento. Abandonaron entonces la corriente principal de gente y avanzaron siguiendo callejones secundarios. Antes de acometer los últimos pasos, la elfa pidió un alto.

―Recordad que Archimel mencionó que siempre nos tenía el ojo echado ―dijo―. Quizá haya alguien vigilando el burdel.

―Se supone que nos ha echado de Lindeburgo ―replicó Sylvan―. Y no creo que a los soldados les haya dado tiempo de informar que hemos vuelto. No han podido enviar a alguien tan rápido.

―Llevamos como una hora en la ciudad. ―Eilyn tiró del extremo puntiagudo de la oreja de su compañero―. Y un ojo observador se dará cuenta de que esto es de verdad.

―¿Qué propones, entonces?

―No lo sé.

Vigilaron la puerta del burdel desde la esquina.

La calle estaba más tranquila que la avenida que habían dejado atrás, pero la concurrencia de gente era mucho mayor a la habitual.

Había devotos, borrachos, carrozas… No encontraron a ningún agente de la ley ni a nadie que les pareciera sospechoso.

Por supuesto, Leoncia sabía que eso no significaba nada.

Decidieron entrar, ya que en la calle seguían estando expuestos. Caminaron con parsimonia los últimos metros, refrenando sus ansias de echar a correr.

Al cerrar la puerta tras ellos, Leoncia sintió un alivio tan intenso que la obligó a sentarse en el suelo.

Sus extremidades cayeron flácidas, como las de una muñeca de trapo.

La huida a caballo y la noche en vela reclamaban su deuda sin posibilidad de aplazamiento.

Y la idea de derrumbarse en la sedosa cama del sótano era tan atrayente…

―Leoncia, vamos ―Sylvan acompañó las palabras con un gesto de la mano.

La exmonja sintió una nueva oleada de cansancio. No por lo que ya había hecho, sino por lo que le quedaba por hacer. Correr por los tejados, irrumpir en el Alto Cónclave, recuperar una reliquia sagrada… ¿En qué momento le había parecido una buena idea?

―Quizá deberíais hacer solos esta parte ―sugirió―. No sabría trepar por los tejados. Y no me quiero imaginar bajar. Solo seré un estorbo.

―Pero para coronarte…

―No podéis, sigo excomulgada. El plan consistía en que recuperarais la reliquia, nada más. ―Leoncia apoyó la nuca en la pared. Los párpados empezaron a pesarle―. Llevadla a casa. O coronad a alguien más digno que yo. La plaza estará llena de eclesiásticos ansiosos de ascender.

―Eclesiásticos que podrían bautizarte para que podamos coronarte ―dijo Eilyn―. Seguro que alguien habrá que…

La voz de un desconocido los sorprendió.

―Vaya, estáis aquí.

Sylvan, Eilyn y Leoncia dirigieron las miradas hacia la fuente del sonido.

Cuatro hombres acababan de aparecer por el pasillo que conducía a las habitaciones del burdel.

No vestían el uniforme de los soldados papales ni de los guardias de la ciudad.

Aun así, las dagas que llevaban colgadas al cinturón indicaban que tenían experiencia en el negocio de la violencia.

Leoncia se sintió palidecer. Al parecer, su descanso estaba condenado.

―¿Qué hacéis aquí? ―preguntó, con voz pastosa. Un esfuerzo estúpido cuando ya intuía la respuesta.

―Hemos venido a…

Antes de terminar la frase, Eilyn se lanzó hacia los hombres como una gata enfurecida.