Elf P*rn Chapter 26
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Chapter 26

―¿Por qué no nos lo has dicho antes? ―exigió saber Eilyn.

La elfa había pasado de ser un pozo rebosante de veneno a ser un profundo pozo de arrepentimiento en apenas un instante.

Sylvan, cuerda en mano, trabajaba rápido y fino.

Le habría venido bien algo de silencio para concentrarse, pero había aprendido que era mejor mantener la boca cerrada cuando discutían esas dos.

―Hemos tenido a los soldados encima durante toda la tarde ―susurró Leoncia―. Y teniendo en cuenta nuestro historial, Archimel podría haber colocado a alguien bajo el carromato para espiarnos.

Sylvan detuvo sus manos.

―¿De verdad?

―Está exagerando ―explicó Eilyn.

―No sé… ―dijo Leoncia―. No. En realidad podría ser. Bueno, tú date prisa.

La cuerda se retorcía entre los barrotes como una serpiente en la oscuridad.

Era demasiado corta para los nudos que Sylvan tenía en mente, así que iba haciendo ajustes sobre la marcha.

No quería decirlo en alto para no empeorar las cosas, pero aquello era un reto.

No practicaba nudos de escapismo en su día a día.

―¿Y tenías que hacerte la loca? ―preguntó Eilyn―. ¿Tenías que salir corriendo renegando de nosotros?

―¿Se te ocurre otra manera de que me dejen marcharme con el hábito puesto?

―No, pero…

―Eilyn ―dijo Sylvan, exasperado―. Cállate ya.

Sorprendentemente, la elfa obedeció. Sylvan apretó los dientes, poniendo una mueca para sí mismo; su boca había hablado antes de poder controlarla. Se había salvado, sí, pero había tentado a la suerte.

―Está bien, apartaos ―ordenó.

Leoncia y Eilyn retrocedieron hasta la pared opuesta y Sylvan se puso en pie ―al menos, todo lo que le permitía la altura del carromato―.

Encajó su muslo en un pequeño arnés y tiró hacia atrás, haciendo que se tensara toda la estructura.

Después metió el brazo entre la red y agarró los puntos clave.

Tomó aliento y se preparó. Entonces tiró con la parsimoniosa fuerza de un glaciar.

El hierro despertó, chirriando mientras dos de los barrotes se combaban hacia dentro. A Sylvan también le habría gustado decirle que se callara, pero el metal no acataba órdenes. Decidió que valía más un chirrido intenso y corto que suave y prolongado.

Hizo un último esfuerzo. Uno, dos y hasta tres barrotes se combaron por cada extremo del nudo. Sylvan acabó sentado en el suelo, agotado pero feliz. Eilyn y Leoncia abandonaron el carromato por los huecos abiertos.

―¿Y ahora qué? ―susurró la elfa.

Sylvan salió y se reunió con ellas al borde del camino. No se oía nada, ni siquiera el viento. Los soldados debían seguir dormidos. Y ya que nadie se molestó en hacerlo, el elfo se dijo un par de cosas a sí mismo.

«¡Lo has hecho genial, Sylvan!»

«¡Ha sido increíble, Sylvan!»

―Les robamos los caballos ―sugirió Leoncia―. Cabalgamos hacia Lindeburgo y recuperamos el Antalvalaï.

―¿Aún quieres ser santa? ―preguntó Eilyn―. Me pareció verte dudar justo antes de…

―No lo sé ―cortó Leoncia―. Pero lo que sé es que no voy a permitir que Archimel se quede con la reliquia por mi error. Y no es el momento de hablar de esto, por cierto.

Eilyn hizo un gesto sobre su boca y guardó silencio. Leoncia avanzó hacia el campamento y la elfa la siguió. Sylvan primero miró debajo del carromato. Por si acaso lo de antes no había sido una exageración.

Encontraron los caballos amarrados a un árbol seco. Los animales se movieron al ver a los recién llegados, incómodos, pero no emitieron ningún sonido. Leoncia se detuvo a un par de metros de ellos.

―Sylvan, tú irás en uno ―propuso―. Eilyn y yo en otro. A los demás los desatamos. Con suerte, se escaparán y evitaremos que nos persigan.

―¿Lo diriges tú? ―preguntó la elfa.

―¿Yo? ¿Tengo cara de saber dirigir uno de esos?

―Ah, ¿y yo sí?

―Tú eres una inmortal del Bosque ―dijo Leoncia―. Hablas con las plantas. ¿No puedes pedirles amablemente que nos lleven hasta Lindeburgo?

Eilyn se cruzó de brazos.

―No sé qué tiene que ver un caballo con un árbol.

―Algo podrás hacer, ¿no? ―preguntó Sylvan―. Yo tampoco sé montar.

―¡Son lenguajes diferentes! Ni siquiera os tendría que estar explicando esto. No tiene sentido que...

―Vamos ―insistió el elfo―. Leoncia ha hecho su parte y yo la mía. Ahora te toca a ti.

Eilyn miró a ambos y puso los ojos en blanco. Caminó con reticencia hacia el caballo más cercano.

―No asumiré la responsabilidad si sale mal.

Sylvan animó a su compañera levantando un pulgar.

Si había o no avances, era difícil de saber.

Eilyn acariciaba el lomo de los animales mientras les susurraba palabras al oído.

Estos respondían girando la cabeza, moviendo la cola, acercándole el rostro…

Por lo menos, ninguno parecía asustado. Sylvan, que entendía de caballos lo mismo que de pulpos, lo veía como un progreso.

―Creo que este está dispuesto a llevarnos ―dijo Eilyn, palmeando a un joven semental parduzco―. Y esta también. ―Acarició a una yegua blanca que arrancaba pasto a mordiscos―. Pero solo si le damos una comida decente cuando lleguemos. Creo.

―Bien ―celebró Sylvan―. Sabía que podrías.

―Ha sido como hablar por gestos en una habitación a oscuras. ―Eilyn desató a las bestias y las llevó al camino―. Menos mal que la conversación no era demasiado profunda.

Ayudó a montar a Leoncia. La yegua no estaba ensillada, lo que complicó la subida. Al no encontrar asideros, las nerviosas manos de la mortal se agarraron a la crin. Por suerte, al animal no pareció importarle.

Sylvan subió de un salto a su semental. Este lo miró de soslayo, con un ojo oscuro e inteligente.

―Somos un equipo ―susurró el elfo―. Tú y yo.

El caballo miró hacia delante y movió la cabeza de tal manera que pareció que asentía. Sylvan se lo tomó como una aceptación.

―Quedaos quietos ―dijo Eilyn―. Voy a desatar a los demás y pedirles que se larguen.

Obedecieron, aunque no porque Leoncia tuviera opción: la mortal se había quedado paralizada encima de la yegua. Los ojos desorbitados, fijos en la crin. Parecía creer que si respiraba, el animal la devoraría.

―Tienes que relajarte ―dijo Sylvan―. Será mejor para tu espalda.

―Habló el experto ―murmuró Leoncia.

―No hace falta ser carpintero para saber que una silla cojea.

Leoncia se atrevió a levantar la vista.

―¿Qué?

―Lo escuché en el mercado. Es una expresión. Significa…

Un relincho rompió el silencio. Sylvan miró en la dirección en la que se había ido Eilyn. La encontró escabulléndose entre las coces y los pisotones de los animales.

Las tiendas se movieron en la oscuridad. Voces humanas empezaron a dar la alarma.

―¡Nos vamos! ―gritó Eilyn.

―¿Cómo…?

La pregunta murió en los labios de Leoncia al sentir a la elfa montando tras ella. Eilyn espoleó la yegua, esta se encabritó y salió despedida hacia delante. Leoncia chilló. Si aún quedaba algún soldado durmiendo, seguramente este acababa de despertarse. Sylvan las siguió un instante después.

Las sombras pasaron rápidas. Árboles, muros, edificaciones aisladas. Las estrellas iluminaban lo suficiente para distinguir la tierra del camino. Más allá, todo se hundía en un océano de oscuridad.

Leoncia gritaba a intervalos, coordinándose con el galope de su yegua. Sylvan cabalgaba concentrado. Espoleaba al caballo de vez en cuando, por el hecho de hacer algo. Por suerte, el animal parecía saber qué se esperaba de él. Eso permitía al elfo ir echando miradas hacia atrás.

Un grupo de sombras los perseguía en la distancia. Era difícil saber cuántos soldados venían tras ellos: uno, dos, todos… La polvareda y la oscuridad apenas dejaban distinguir nada. Solo había una cosa clara: la idea de liberar el resto de los caballos no había salido demasiado bien.

―¡Eilyn! ―gritó Sylvan. La elfa, abrazada a la cintura de Leoncia, miró en su dirección―. Nos siguen. Hay que hacer algo para despistarlos.

―¡Estoy de acuerdo!

Leoncia asintió sin dejar de mirar al frente. Los ojos desorbitados, la boca congelada en una mueca de terror.

―¿Se te ocurre algo? ―preguntó Sylvan.

―Nada que esté dentro de nuestras capacidades ―respondió la elfa.

―Pero tú hablas con…

―¡Calla y concéntrate!

Los caballos mantuvieron bien el ritmo. Quizá Eilyn había elegido por azar a los animales más rápidos, quizá pesaban menos que los soldados o quizá el polvo que dejaban atrás facilitaba su huida.

El caso es que, sin saber lo más mínimo sobre montar, aún mantenían una considerable ventaja.

Un panorama mucho más alentador que el que se había imaginado Sylvan al escuchar la alarma.

Las formas oscuras pasaban aceleradas. El camino serpenteaba, se ensanchaba y se estrechaba, ascendía y descendía como un reptil titánico cuya actividad solo podía percibirse a esas velocidades.

A medida que iban acercándose a Lindeburgo, aparecían más granjas, más letreros, más cruces.

Más civilización. Habían pasado por allí hacía apenas unas horas y, aun así, el paisaje era imposible de reconocer en la oscuridad.

Tras rebasar un último recodo, alcanzaron una amplia llanura con vistas a la ciudad. Las colinas edificadas se levantaban como un oscurecido decorado recortado sobre el firmamento. Estaban cerca, podían conseguirlo.

―¡Aguantad! ―animó la elfa― ¡Ya queda poco!

―¡Sí!

Sylvan dio una palmada para celebrarlo. Justo después, sintió un movimiento inesperado. Su caballo se había encabritado y abandonaba el trazo del camino, internándose en el pasto.

―¡Eilyyyyn! ―llamó.

Sylvan agarró las crines del caballo en un intento de recuperar el control. Tiró, pero no sirvió de nada. De hecho, eso pareció enfadar aún más al animal. Ahora corría como si lo que tuviera a la espalda fuera una hoguera.

―¡Sylvan!

El elfo alzó la mirada apenas un instante. Eilyn había dirigido a la yegua para acercarse a él, abandonando también el camino. Ahora maniobraba para intentar colocarse en paralelo.

―¡¿Qué le ocurre a este animal?! ―preguntó Sylvan.

El suelo era irregular. Los hierbajos daban paso a zonas de tierra agujereadas de madrigueras. El semental tropezó con una de estas y trastabilló. Si recuperó el equilibrio, fue de milagro.

―Creo que se ha asustado ―dijo la elfa.

―¡Pues haz algo!

Sylvan no había mirado atrás, pero sentía la presencia de los soldados cada vez más cerca. Esa pequeña palmada les iba a salir demasiado cara.

―Ay… ―murmuró Eilyn―. Leoncia, sujétate.

―¡No! ¿Qué vas a…?

La elfa saltó de un caballo a otro. Sylvan la vio como una mancha negra volando hacia él y sintió su aterrizaje como un terremoto.

Cerró los ojos con fuerza. En ese momento, el papel de los párpados en la conservación del equilibrio le pareció lo más relevante del mundo.

Cuando los abrió, encontró a Eilyn frente a él, susurrando algo en la oreja del caballo.

El ritmo se suavizó. Seguían al galope, pero los bandazos habían disminuido hasta convertirse en leves tirones. Leoncia cabalgaba a tres o cuatro metros de ellos, la melena al viento, la expresión opuesta a lo que uno asociaría con velocidad y libertad. Por lo menos, ya había dejado de gritar.

Sylvan miró por fin atrás, intentando localizar a los soldados entre el polvo. Habían recortado distancia, pero no tanta como había temido.

Las murallas de la ciudad seguían al frente, negras y estáticas, como si se hubieran alejado lo mismo que ellos habían avanzado. En la oscuridad era difícil situarse.

―¡Oye! ―dijo Sylvan.

―¿Qué? ―respondió la elfa, sin apartar la mirada del frente. Su cabello agitado al viento hacía cosquillas al elfo en la cara.

―¿Leoncia y tú os habéis acostado?

―¡Por toda la luz de las putas estrellas, Sylvan! ¿Te parece este un buen momento para hablarlo?

―Conociéndote, nunca te va a parecer un buen momento.

―¡Pero este es el peor momento imaginable! ―El caballo saltó un arroyo, provocando una pequeña pausa en la conversación―. Hay mejores malos momentos para sacar el tema.

―¿Pero os habéis acostado o no?

Eilyn alargó el silencio.

―Sí.

―¡Ja! ―Sylvan sonrió―. ¿Y qué tal?

Leoncia gritó. Aunque no parecía el grito habitual que uno soltaría en una huida desenfrenada. A Sylvan le sonó más a grito de estar perdiendo el control.

Eilyn corrigió el rumbo. Se aproximaron a la yegua, que había decidido desviarse unos grados y avanzar hacia una zona de hierba alta.

Se colocaron a tres metros, dos, uno… Eilyn asió la mano de Sylvan para conservar el equilibrio y se inclinó hacia la yegua.

Murmuró algo en su oído, a lo que el animal respondió con un mordisco al aire. Leoncia lo acompañó con un chillido.

―No funciona ―dijo Sylvan.

―¡No me digas!

Eilyn se apoyó en el lomo del caballo y empezó a ponerse en pie.

―¡¿Vas a volver a saltar?! ―preguntó Sylvan. Sonó exactamente tan asustado como se sentía.

―Sí. Mantén a este controlado.

―No sé cómo…

Eilyn saltó. Sylvan se agarró a la crin, anticipando algún efecto de la acrobacia en la montura; quizá un bandazo o un cambio de velocidad. Lo que no se esperó fue el tirón en el bolsillo de su pantalón.

Tampoco la sensación de caer, agarrar el aire y rodar por los hierbajos junto con otros dos cuerpos.