Chapter 25
El carromato tardó una exasperante cantidad de tiempo en salir de la ciudad.
Leoncia iba hecha un ovillo, Sylvan taciturno, Eilyn mirando el exterior a través de pequeñas grietas en la lona.
En cuatro ocasiones impactaron objetos contra ellos, probablemente piezas de fruta.
Una de ellas estalló y les dejó un desagradable olor a podrido.
Poco después de salir al exterior, la lona se cayó y nadie se molestó en volver a colocarla. Eso les permitió ver a sus compañeros de viaje.
Aparte del conductor, los acompañaba un contingente de seis soldados papales a caballo. Cada uno levantaba su propia nube de polvo, que entraba a través de los barrotes y se cebaba con los pulmones de los prisioneros. Especialmente con los de Leoncia, que no dejaba de toser.
Eilyn estuvo varias veces tentada de caer en la lástima.
Sin embargo, cada vez que estaba a punto de hacerlo, aparecía un amargo sentimiento de traición que se lo impedía.
«¡No me llevéis con ellos!», resonaba en su cabeza.
La desesperada voz de Leoncia aferrándose a los ideales de una Iglesia que los había perseguido y atacado.
Ignorando todo lo que habían pasado juntas. Renegando de ella .
Se recriminó haberle regalado su confianza.
A una mortal… Criaturas efímeras que se apagaban antes siquiera de darse cuenta de dónde estaban.
¿Cómo se le había ocurrido pensar que Leoncia iba a cambiar sus preceptos por pasar un par de noches con ella?
Que, además, solo había sido eso: un par de noches.
Eilyn bufó, y no solo a causa del polvo.
Quizá había sido su culpa por llevar mucho más lejos su significado.
―¿Y tú qué miras? ―preguntó.
Se quitó de encima la mirada de un soldado rezagado agitando la mano como si espantara a un mosquito.
Los escoltas no habían abierto la boca durante todo el trayecto, cosa que Eilyn agradecía, pero observaban y escuchaban desde el exterior como una manada de carroñeros.
Si hubiera algo arrojable en aquel maloliente carromato, ya lo habría hecho impactar en alguna de esas cabezas marciales.
El sol fue bajando a medida que avanzaban.
Los campos de cultivo, en los que cada vez se veía menos gente trabajando, iban quedando atrás.
Cada vez menos mortales a la vista. Eilyn se forzó a pensar en la parte buena: dentro de poco desaparecerían todos de su vida y nunca más tendría que cruzarse con ellos.
Estaría mejor si pudiera quitarse aquel sabor amargo que le dejaba la separación.
Pero, como había dicho la noche anterior, no se podía tener todo.
El ocaso bañaba el campo de dorado cuando Leoncia salió de su mutismo. Se recogió las faldas del hábito y avanzó a trompicones hacia la esquina opuesta, donde había un mugriento cubo de madera. Los elfos la siguieron con la mirada.
―¿Os importa? ―preguntó Leoncia, acomodándose sobre el cubo.
―¿El qué? ―preguntó Sylvan.
―Voy a mear. Os agradecería que no mirarais.
Sylvan se encogió de hombros antes de girar la cabeza, como si no entendiera qué tenía que ver una cosa con la otra.
Eilyn mantuvo la mirada. Poco había que se mostrara bajo aquellos pliegues de tela.
Y aun así, ¿no conocía ya ella acaso hasta el último rincón de su intimidad?
¿No habían compartido mucho más que lo que ofrecía aquel espacio minúsculo?
―Quizá deberíamos pedir viajar en carromatos separados, ¿qué te parece? ―dijo Eilyn. Leoncia la miró, seria. Su boca convertida en una línea apretada―. Ya que pedías que no te llevaran con nosotros.
―Eilyn… ―avisó el elfo, aún con la cabeza girada.
―Son unas criaturas enfermizas, Sylvan. Archimel, Narcise, la alimaña de Julius, ella… En el momento en el que les das tu confianza, en el que te abres a ellos, no dudan en aprovechar tu vulnerabilidad.
―Lo siento por lo de Julius ―murmuró Leoncia―. Me equivoqué al confiar en él…
―Oh, gracias por resaltar lo obvio.
―… pero no sabes de lo que estás hablando.
―¿Que no? ―Eilyn gateó hacia ella. Leoncia la observó sin cambiar la expresión―. He estado tan presente en aquella cama como tú. Me he abierto tanto como tú. Creo que sé lo que es sentir que renieguen de ti por una mojigatería que no tiene ni pies ni cabeza.
Sylvan por fin miró, interesado. Leoncia terminó su necesidad, sacudió el culo y se colocó la ropa.
―Pues no, no sabes. A lo mejor se te escapan ciertos matices.
―Ya conozco todos los matices que escondes. No creo que se me escape nada.
―Esperad ―interrumpió Sylvan―. ¿Vosotras dos…?
―Cállate ―dijeron ambas a la vez.
―¿Alguien está hablando contigo? ―preguntó Eilyn.
―Te he dicho que no mires ―dijo Leoncia.
El elfo titubeó.
―Pero si ya has…
―¡Callate! ―repitieron.
Sylvan giró la cabeza y su mirada volvió a perderse en el paisaje.
―Estás sacando las cosas de contexto ―dijo Leoncia.
Sí, quizá Eilyn se lo estaba llevando todo demasiado a lo personal. Pero ella también tenía derecho a estallar, ¿no? Se negaba a ser la única que cargara con el peso de la realidad.
―Tú eres la que no entiende el contexto ―respondió la elfa―. ¿De verdad quieres encarcelar tu cuerpo bajo ese horrible hábito? Las cosas…
La voz de uno de los soldados los distrajo.
―¡A cenar!
Eilyn miró al exterior. Encontró el carro detenido y a los hombres levantando sus tiendas para pasar la noche. El campamento ya estaba a medio montar. ¿Cuándo había oscurecido tanto?
Golpes en la madera.
―Eh, ¿queréis cenar o no?
El soldado que hablaba era el mismo al que Eilyn había reprendido poco antes. Ahora les pasaba tres saquitos a través de los barrotes. Su expresión era de aburrimiento.
Sylvan cogió su saco, lo abrió y empezó a devorar su contenido. Por las muecas que iba poniendo, Eilyn comprendió que estaba lejos de ser un manjar.
Cenaron en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
La noche era tórrida, sin una sola brisa que se llevara el olor que impregnaba el carro.
Aun así, Leoncia se aferraba a su hábito como si la vida le fuera en ello.
Las conversaciones de los soldados les llegaban a rachas.
Chistes obscenos, historietas, lamentos por no poder disfrutar de las celebraciones del Alto Cónclave en Lindeburgo.
Las horas pasaron y las voces se fueron calmando. El canto de las cigarras ocupó el silencio. Fuertes pero inofensivos ronquidos lo rasguñaban de vez en cuando.
Leoncia entonces se levantó de su esquina y avanzó hacia Sylvan. Al cruzar la mirada con Eilyn, la mortal le hizo el gesto de guardar silencio.
―Ni siquiera Archimel me manda callar ―dijo la elfa―. Si quiero discutir, discutiré.
―¡Chsst! No es el momento.
―Me gustabas más cuando nos mostrabas un respeto incómodo y desmesurado, ¿sabes? Y entonces me parecías horrible.
Sylvan levantó la cabeza, atraído por la conversación. Leoncia se agachó junto a él.
―Mira, me alegro de que haya colado el numerito, pero esto ya es pasarse.
―¿Qué numerito? ―preguntó Eilyn.
―El de salir corriendo enloquecida hacia mi habitación. ―Leoncia miró con gravedad a la elfa―. ¿Pensabas que iba a quebrarme tan fácilmente?
―¿Cómo? ―preguntó Sylvan.
―Asumiré que lo he hecho demasiado bien y no tendré en cuenta lo imbécil que estás siendo conmigo.
Leoncia desenrolló la cuerda del hábito y la puso en manos de Sylvan. El elfo la miró sin comprender.
―Dijiste que esto te servía, ¿verdad?
Eilyn, por el contrario, sufrió un devastador ataque de claridad. Se le pasaron por la cabeza las palabras imbécil, necia, estúpida, idiota, tonta, mema, lerda, majadera y boba. Y, aun así, se quedó con una insaciable necesidad de utilizar más para definirse.
―Vaya… ―murmuró en cuanto recuperó la voz.
―Sí, vaya ―repitió Leoncia.
―Me estoy perdiendo ―dijo el elfo, aún sosteniendo la cuerda―. ¿Me podéis explicar qué pasa?
La antigua monja terminó de quitarse el hábito.
―En el calabozo pediste una cuerda para escapar. Conoces un nudo que puede ayudarnos con los barrotes, ¿verdad? ―Miró a Sylvan, suplicante―. Dime que no me he equivocado.
Al elfo se le iluminó el rostro.
―Me sé por lo menos cuatro.
Leoncia sonrió.
―Pues venga, a trabajar.