Chapter 24
Cuando Leoncia se despertó, sintió que no había dormido en toda la noche. Tanto para bien como para mal.
Aparte de los besos de Eilyn, de los que no tenía queja alguna, la habían acompañado las preocupaciones, las dudas y los miedos.
Y salvo los besos de Eilyn, que ya empezaba a echar de menos, todo lo demás seguía con ella.
Ni siquiera la imagen de la elfa durmiendo desnuda fue suficiente para distraerla. Bueno, quizá un poco.
Preparó un desayuno frugal, más por inercia que por hambre. Sentía el estómago tan cerrado que no le cabía ni un alfiler. Aun así, se forzó a comer. Necesitaría toda la energía disponible para acometer el día.
―¿Lista?
Eilyn se había levantado y había ido directamente a mimar las plantas.
Leoncia había descubierto que la elfa dedicaba, por lo menos, una hora al día a hablar con ellas.
En su opinión, se pasaba de absorbente; Eilyn la había regañado en más de una ocasión por cambiarlas de sitio o regarlas sin su permiso.
Aun así, el resultado merecía la pena. La casa estaba tan florida que parecía un jardín.
―No ―respondió Leoncia.
―Bien. Nuestros sabios dirían que la humildad es un requisito indispensable para portar el Antalvalaï.
―Te puedo decir dónde me meto las opiniones de tus sabios.
Eilyn levantó la mirada de la zala.
―Me pregunto dónde ha quedado tu timidez.
―Creo que tú debes saber algo.
Eilyn sonrió. Para Leoncia fue como recuperar, por lo menos, un par de horas de sueño.
―¿Cuándo has quedado con Julius?
―A las doce. ―Leoncia se llevó las manos a la cabeza―. ¡Ay! No queda nada.
―¿Nada? Sylvan podría agredir a tres personas, quemar Lindeburgo y sacar diez kilómetros de ventaja a las autoridades antes de las doce.
―Menos mal que sigue encerrado, entonces.
―Diría que me preocupa cómo ha dormido ―dijo Eilyn―. Pero no me importaría que pasara otra noche en prisión.
Leoncia sonrió ante la mueca taimada de la elfa.
―Eres mala.
Terminaron el desayuno, se prepararon y salieron a la calle.
Hicieron el camino a comisaría por la ruta habitual, bajo el calor habitual, recibiendo las habituales miradas huidizas de la gente.
Leoncia se sentía terriblemente expuesta, como un ladrón en pleno golpe.
Como si cada una de las personas con las que se cruzara pudiera colarse en su cabeza y saber lo que estaba a punto de hacer.
Supuso que el hecho de no llevar el hábito en público, por primera vez en varios años, contribuía a minar su confianza.
«Una santa ―pensó―. ¡Luz de estrellas! Voy a convertirme en santa ».
Eilyn le ordenó tres veces que se relajara antes de llegar a la comisaría.
Sylvan salió por la puerta exhibiendo la sonrisa más luminosa que Leoncia le había visto en días. Si había pasado una mala noche durmiendo en el calabozo, no lo parecía.
―He pensado que me merezco una disculpa ―dijo, jugueteando con su anillo―. No confiasteis en mí cuando os conté lo del mensajero. Y ahora quién ha arreglado todo, ¿eh?
―Ya te hemos dicho que lo sentimos ―dijo Leoncia.
―No, no lo habéis dicho.
―Lo haremos en cuanto se arregle todo de verdad ―dijo Eilyn―. Aún te lo tienes que ganar.
Se dirigieron hacia el convento, Leoncia sintiendo el corazón desbocado y más calor que cuando llevaba el hábito. Se detuvo un par de veces para serenarse. No podía permitirse caer fulminada antes de encontrarse con Julius.
―Habláis vosotros ―ordenó Leoncia, jugueteando ansiosamente con la trenza de Lerian. Había decidido llevarla con la esperanza de que le diera entereza. Por el momento, no estaba funcionando―. No sé si me va a salir la voz.
―¿Para qué vas a tener que hablar? ―preguntó Sylvan.
―No lo sé, para lo que sea.
―Julius te bautiza, lo registra y nosotros te coronamos ―recordó Eilyn―. Listo. Tú solo tienes que quedarte ahí de pie, sin hacer nada.
―De pie ―repitió Leoncia―. Me pides demasiado.
Entraron en el convento y avanzaron por las zonas menos concurridas. Aun así, atraían miradas como un farol atraía mosquitos. Por suerte, nadie se les acercó.
Llegaron al sitio convenido: una capilla alejada, semiderruida y reclamada por la vegetación. Leoncia solo había entrado allí el día de su ordenación, cuando le mostraron las instalaciones. No se le había ocurrido un sitio más íntimo.
Encontraron a Julius en el altar, moviéndose de un lado a otro. La repentina penumbra ocultaba su expresión. Aun así, Leoncia intuyó que estaba casi tan nervioso como ella.
―Ah, ya estáis aquí ―dijo el monje―. ¿Traéis el Antalvalaï?
La elfa lo sacó de su morral y lo mostró en alto. La joya concentraba la poca luz del lugar y la reflejaba en destellos irisados. La mirada de Julius se tiñó de admiración.
―Nunca me lo había imaginado así ―murmuró―. Pero claro… No podía ser de otra manera.
Leoncia avanzó hasta el altar. Un pequeño estanque bautismal se abría en el suelo, saturado de verde por años de negligencia en su mantenimiento.
La antigua monja puso una mueca de asco al visualizar su cabello chorreando aquellas aguas.
Con todas las fuentes que había por Lindeburgo, precisamente había tenido que elegir esa.
En el altar esperaba un libro abierto y una pluma. Pronto el nombre de Leoncia estaría entre esas páginas. Volvería al seno de la Iglesia Élfica, de donde nunca debería haber salido. Y un instante después, lo catapultarían a la cumbre.
El vuelco que sintió en el estómago no tuvo nada que ver con el verdor del agua.
Julius se colocó a su lado.
―¿Quieres arrodillarte o…?
―¿Arrodillarme?
―Ay chica, por darle un poco más de formalidad. No todos los días se pasa a la historia.
Leoncia miró a los elfos, que respondieron con un encogimiento de hombros. Pensó que quizá sí era buena idea arrodillarse, y ya de paso echar la cabeza hacia delante todo lo posible. Cuanto menos la tocara aquella agua, mejor.
Se agachó, controlando como pudo el temblor de las piernas.
Julius tomó un cuenco y se aproximó a la fuente, arrodillándose a su vez.
Ella cerró los ojos. Sintió la frescura del suelo, el olor a musgo y abandono.
Un pájaro trinaba una y otra vez en algún lugar del techo.
A Leoncia le dieron ganas de decirle que se callara.
Su mente corría desbocada, al igual que su corazón.
Su respiración tampoco se quedaba corta.
¿Así era cómo se había sentido Liverna la Luminosa justo antes de volverse santa?
¿Se habría sentido así después, cada día de su vida?
¿Por eso había enloquecido? Leoncia supuso que no; que eso era lo típico a lo que una se acababa acostumbrando.
Levantarse, desayunar, hacer cosas de santa. Lo de siempre.
Pero no; ella no era una santa, no había nacido para cambiar el mundo.
Eso le quedaba demasiado grande. Ella solo era Leoncia, la monja.
Iba al mercado, tejía verdeseda, barría el claustro…
Algo de su talla. Era una espectadora, una secundaria.
Ella veía las historias pasar a otros. Colaboraba, como mucho.
Definitivamente, no estaba hecha para recibir una corona.
Empezó a levantarse.
―Esperad. No puedo…
―¡Quieto todo el mundo!
Leoncia no pudo decir más. Un peso cayó sobre ella, obligándola a arrodillarse de nuevo. Alguien le inmovilizó los brazos y la hizo levantarse. Había caos, movimiento, pisadas entre el pavimento y los hierbajos. Y voces de conocidos y desconocidos.
―Aún no aprendéis, ¿verdad?
La persona que mantenía inmovilizada a Leoncia la hizo girarse hacia la entrada.
Allí pudo ver por lo menos a diez hombres encima de Sylvan y Eilyn.
Y más allá, recortada sobre la cegadora luz del exterior, una silueta familiar.
El obispo Archimel avanzaba con la dignidad parsimoniosa de quien lo tiene todo controlado.
―Me sorprende que creáis que no os tengo echado el ojo en todo momento ―dijo al llegar junto a la antigua monja―. Sois un desastre natural contenido. Y me refiero a los tres.
A Leoncia se le había ido la voz. Esa era una de las situaciones que, si bien no se había imaginado, podían encajar con su preocupación por la pérdida del habla.
El obispo hizo un gesto hacia el monje.
―Gracias, Julius. Puedes retirarte.
El monje le dedicó una reverencia y salió lo más rápido que pudo sin correr. Leoncia lo observó sin poder cerrar la boca.
―¿Nos ha vendido él? ―preguntó Eilyn. La elfa, digna como solo ella podía ser, renegaba de forcejear para liberarse. Sylvan, por el contrario, hacía algún intento que otro.
―Ha cumplido con su deber para con la Iglesia Élfica ―respondió Archimel―. Aunque os habríamos pillado igual, no la toméis con él. ―Se retorció las manos―. Así pues… ¿el Antalvalaï?
Uno de los hombres que sujetaba a Eilyn separó una mano de su cuerpo y entregó la reliquia al obispo.
Fue entonces cuando Leoncia se fijó en los incursores.
Sus cascos, sus vestimentas y sus blasones indicaban que no eran simples guardias, sino soldados papales.
Guerreros entrenados que sabían lo que hacían.
La cosa era mucho más seria de lo que parecía.
―Preciosa. ―El obispo sonreía mientras observaba la corona―. Una pieza exquisita. Hacía un par de siglos que no se veía por nuestras tierras. ¿Quién iba a decir que ibais a saldar vuestra deuda de una manera tan elegante? ¡Y a un día del Alto Cónclave, qué precisión!
―¿Qué? ―gritó Sylvan―. ¡No!
―Ni siquiera deberías tocar eso, Archimel ―dijo Eilyn―. Los elfos decidimos a quién se la damos.
―Los elfos deberíais estar de camino a casa, anhelando pisar vuestros dominios tras un mes tan intenso. A menos que hayan cambiado el significado de la palabra «destierro» y yo no me haya enterado. ―Archimel miró hacia la puerta―. ¿La han cambiado, Julius?
El monje, que observaba semioculto en el exterior, dio un respingo.
―No, señor ―respondió, y volvió a desaparecer.
―Bien, hagámosle justicia entonces.
Aún sin saber qué estaba pasando, Leoncia se vio empujada hacia la salida.
Había estado a punto de ser santa, tan cerca que le parecía increíble que la frontera entre el «ser» y el «haber podido ser» fuera tan infranqueable.
Se sentía mareada, ida, en un estado en el que lo era todo y nada a la vez.
La luz del sol la cegó. Sylvan se retorció al salir, pero los hombres lo mantenían bien sujeto. Las miradas comenzaron a arremolinarse en torno a ellos.
Avanzaron a empujones hasta llegar a la entrada del convento, donde había más soldados papales escoltando un carruaje.
Leoncia se detuvo en cuanto se fijó en el vehículo: era uno de esos vehículos con barrotes en los que humillaban a los prisioneros en su traslado por la ciudad.
Aún se veían restos de verdura podrida en el interior.
―Vaya, ¿no te gusta? ―Leoncia sintió que el contacto del soldado que la guiaba desaparecía y las manos de Archimel ocupaban su lugar. Decidió que prefería mil veces lo anterior―. Creo que si os acomodáis, cabréis bien.
―¿Leoncia? ―preguntó Sylvan―. ¿Viene con nosotros?
―No ha cometido ningún crimen, Archimel ―dijo Eilyn―. Deja que se vaya.
―Oh, puede volver cuando quiera ―dijo el obispo―. Siempre que haya acabado el Alto Cónclave, claro. Pero si es tan amiga vuestra, ¿por qué no le hacéis un huequito en el Bosque? ―Leoncia sintió un tirón en su broche élfico―. No la echaremos mucho de menos por aquí.
Las náuseas atacaron a Leoncia. No solo había perdido su modo de vida, sino que iba a convertirse en una apestada.
―El acceso de mortales a Ilendalië está muy restringido ―dijo Eilyn. Leoncia sintió angustia en su voz. Por alguna razón, eso le hizo sentir algo mejor―. Y hay salteadores en el camino. ¿La haríais volver sola hasta Lindeburgo?
Apestada, desterrada y asaltada. Ese era su destino. Y así iba a dirigirse hacia él: entre barrotes.
―Me es igual. Como si…
―¡No!
Leoncia se deshizo del agarre de Archimel y corrió sin control hacia el interior del convento. Pasó entre los soldados sin que ninguno reaccionara lo suficientemente rápido para detenerla. Tres segundos después, tenía a la mitad del regimiento tras ella.
―¡No me quitaréis mi vida! ―gritaba Leoncia―. Pertenezco a este convento, pertenezco a la Iglesia Élfica. Soy monja, soy devota. ¡No me llevéis con ellos!
Corrió por el claustro, cruzándose con los rostros sorprendidos de quienes hasta hacía poco eran sus hermanos y hermanas. Empujó a un par de ellos para apartarlos de su camino. Su antiguo aposento no quedaba demasiado lejos.
Cerró la puerta y la atrancó con la cuña poco antes de que los soldados empezaran a amontonarse en el exterior.
―Este es mi lugar… ―gemía, repitiéndolo como un mantra―. Soy monja, soy monja.
Sacó un hábito del armario y se vistió con él.
―Este es mi lugar. No me moverán, no…
Estaba atándose el nudo a la cintura cuando los soldados irrumpieron en el cuarto y se la llevaron en volandas.
Leoncia pataleó hasta llegar al carromato. Ignoró todas las reacciones que provocaba en la gente. La expresión sorprendida de Sylvan, la mueca herida de Eilyn. La sonrisa maliciosa de Archimel.
―¿Ahora te arrepientes de tus actos, Leoncia?
―Este es mi lugar ―repitió, empezando a convertir sus palabras en sollozos―. Soy monja. Soy fiel a la Iglesia Élfica.
―Sí, muy bien ―murmuró el obispo. Se acercó a uno de los soldados, pero habló en alto para que lo escuchara todo el mundo―. Está tocada de la cabeza. Andaos con ojo con ella. ―Hizo un gesto con las manos―. Venga, para dentro.
―¡No!
Empujaron a Leoncia e hicieron entrar a los elfos a punta de espada. El carromato era más estrecho por dentro de lo que parecía por fuera, quizá por el efecto de los barrotes. También olía peor.
Colocaron una lona encima del vehículo y este arrancó. Leoncia se arrastró hasta una de las esquinas y se ocultó del mundo.