Chapter 23
El torbellino de emociones continuó durante las horas siguientes.
Primero vino la euforia de tener una solución al alcance de la mano.
Luego, las dudas sobre la dignidad de portar la reliquia.
Después, la discusión acerca de si Leoncia era la persona adecuada.
Finalmente, Eilyn, Sylvan y la antigua monja se sumieron en la elaboración de un plan para celebrar la coronación.
La estrategia incluía a Julius, un soborno y una ceremonia exprés.
El monje era el único clérigo de confianza que poseía el rango suficiente para celebrar un bautizo.
Leoncia aseguró que Julius participaría en el plan: al fin y al cabo, había demostrado numerosas veces estar de su lado.
Además, ganarse el favor de la nueva santa de la Iglesia Élfica era algo demasiado suculento como para desaprovecharlo.
Así, con todo decidido, se pusieron a trabajar.
Eilyn acompañó a Leoncia al convento para que esta recogiera sus cosas y las llevara al apartamento.
Habrían contratado los servicios de un porteador, pero el contenido de la bolsa no daba para ello.
Puestas a elegir, Eilyn y Leoncia prefirieron dedicarlo a algo más provechoso como asegurarse tres comidas al día.
Después volvieron a pasarse por la comisaría. Leoncia debía firmar documentos relacionados con la liberación de Sylvan, que tendría efecto al día siguiente. Al elfo no pareció importarle. A Eilyn, aún menos.
Oscureció poco después de terminar con todo. Para entonces, la elfa solo podía pensar en que aquella noche tendría nueva compañera de cama.
―Intenta relajarte ―susurró.
Sus manos se movían como hiedras en crecimiento.
Acariciando los muslos abiertos de Leoncia, pasando por debajo y ascendiendo por la parte exterior.
Su lengua saboreaba la piel expuesta, como si fuera el ansiado néctar y Eilyn un colibrí hambriento.
Al frente, la joya del jardín refulgía de color y humedad.
Una rosa abierta que no por ser mortal era menos bella.
Eilyn lamió de abajo a arriba con lentitud deliberada.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Leoncia.
Se detuvo en el clítoris, provocando que el escalofrío se transformara en una serie de pequeños espasmos.
Leoncia arqueó la espalda y eso obligó a Eilyn a recolocarse.
Observó el sexo de la mortal, abierto frente a ella.
Tan similar y a la vez tan diferente de todos los que había lamido antes.
Incluso tenía un sabor exótico. ¿Sería cosa de mortales o… ?
―No puedo ―dijo Leoncia, apartándose de Eilyn.
Se quitó el Antalvalaï de la cabeza. Eilyn se lo había puesto a modo de juego; una fantasía que había evolucionado en un masaje relajante y finalmente en… Bueno, en lo que se transforman los masajes cuando dos personas están desnudas.
―No tienes que sentirte culpable ―murmuró Eilyn. Empezó a escalar sus muslos a base de besos―. Ahora no formas parte de la Iglesia Élfica. Ya no soy tu diosa, o lo que se supone que…
Leoncia detuvo el avance de la elfa plantandole un pie en la cara. Eilyn decidió pasar por alto aquella afrenta en nombre de su propia excitación.
―No es por eso. ―Leoncia agitó el Antalvalaï―. Es por esto. ¿Y si sale mal?
Eilyn lanzó un largo suspiro y se incorporó. Tenía siglos de experiencia en reconocer cuándo un juego sexual estaba condenado al fracaso.
―Has dicho que la conversación con Julius ha ido bien, ¿verdad?
―Leoncia asintió―. Te bautizará, lo atestiguamos, lo registrará en los anales y te coronaremos con el Antalvalaï.
Y para cuando Archimel se entere, podrás darle una patada en el culo con todas las de la ley.
―La antigua monja sonrió. Eilyn le acarició la mejilla―.
Ya lo hemos hablado. Has sacado adelante cosas mucho más complicadas.
―Ya, pero… ¿Y si no soy una buena santa?
―¿Peor que Liverna la Luminosa? Según lo que contáis sobre ella, no dejó muy alto el listón.
―¿Y si no quiero tanto poder?
―Eso es una pregunta que debes responderte tú. ¿Qué es lo que quieres exactamente?
―Quiero mejorar las cosas. Quiero acabar con este juego de influencias. Quiero dar su merecido a Archimel, a Narcise y al resto de cardenales corruptos. ―Leoncia abrazó la almohada―. Pero también quiero recuperar mi vida. Tal y como era antes.
―Sabes que conseguir todo a la vez es imposible, ¿verdad?
―Lo sé. Eso es lo que me asusta.
Eilyn besó a Leoncia con la suavidad del primer copo de nieve. Al apartarse, la mortal sonreía con los ojos cerrados. Cuando las palabras dejaban de funcionar, había otros métodos para calmar miedos.
―Hagas lo que hagas, estará bien. Y hagas lo que hagas, lo harás bien. ―Eilyn se situó detrás de Leoncia y colocó las manos sobre sus hombros―. Ahora relájate.
―¿Es una orden de mi diosa?
―Exactamente.
La elfa comenzó a masajear, consiguiendo que la sonrisa de Leoncia se ensanchara.
―Sabes que ya no tengo que seguir tus designios.
―Pues no veo que te apartes.
Eilyn probó el sabor del cuello de Leoncia, recibiendo un gemido en respuesta. La mano de la mortal respondió acomodándose entre las piernas de la elfa. Eilyn sonrió.
Quizá aún podían seguir jugando.