Elf P*rn Chapter 22
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Chapter 22

Había muchas cosas sobre las Tierras Mortales que aún confundían a Sylvan.

No tenía claro cuándo era legítimo que una persona se aprovechara de él y cuándo no; ambos contextos eran demasiado parecidos para diferenciarlos.

No tenía claro el sentido de encerrarlo temporalmente en una celda; que él supiera, ninguna de sus visitas le había aportado nada.

Y tampoco tenía claro qué significaba lo que había dicho Leoncia.

Lo único que tenía claro en ese momento, tanto que brillaba con una claridad cegadora en su mente, era que podría arrancarle la cabeza a Archimel y comérsela cruda sin pensar en las consecuencias.

Nadie debía hacer llorar a Leoncia.

―Me han echado de la Iglesia Élfica ―aclaró la monja, cuando pudo recuperar la voz. Sylvan agradeció la explicación―. Me expulsan del convento y me prohíben participar en las ceremonias.

El elfo intercambió una mirada con Eilyn a través de los barrotes. Al parecer, la elfa también estaba pensando en la cabeza del obispo.

―Oh… ―murmuró Sylvan.

―Pero aún tienes el apartamento ―dijo Eilyn―. Y seguro que aún queda algo de dinero para que puedas empezar una nueva vida. Recuerda que ya no tenemos que pagar la deuda.

Leoncia negó al tiempo que se sorbía la nariz.

―No lo entendéis. Soy débil y patosa. Y estúpida también. Mi familia me metió al convento porque no valía para nada más.

―No creo que seas nada de eso ―dijo Eilyn.

―¡Pues sí! Soy todo eso. ―Leoncia se secó las lágrimas.

No sirvió de mucho, ya que sus ojos enseguida volvieron a anegarse―.

Y ahora, además, demasiado vieja como para meterme de aprendiz en cualquier profesión.

¡Luz de estrellas! Y encima me conoce todo el mundo.

Nadie querrá dar trabajo a la monja del burdel.

Leoncia soltó un largo sollozo. Eilyn la acunó torpemente entre sus brazos, como si no supiera si hacía lo correcto.

Sylvan agarró los barrotes, frustrado. Era sorprendente cómo una persona tan capaz podía contarse a sí misma tales mentiras.

Y aun así, el elfo entendía perfectamente esos sentimientos.

Su amplia experiencia como inútil y estúpido lo facilitaba.

―Eilyn y yo lo solucionaremos ―propuso―. Se supone que nos adoran, ¿no? Algo podremos hacer para que vuelvan a admitirte.

Leoncia volvió a negar. La cabeza enterrada en el pecho de la elfa.

―No, ya lo dijo Archimel el día que os conocisteis. No formáis parte de la Iglesia Élfica. Solo un sacerdote o alguien con rango superior podría volver a bautizarme, pero nadie va a querer enfrentarse a Archimel.

―¿No podemos interceder de ninguna manera? ―preguntó Eilyn.

Sylvan agitó los barrotes, presa de una impotencia cada vez mayor. El quejido metálico que reverberó por toda la estancia.

―Sacadme de aquí. Si el obispo no quiere colaborar por las buenas, lo obligaremos por las malas.

―No tenemos la llave, Sylvan ―dijo Eilyn―. Y no creo que sea buena idea.

―Pues traedme una cuerda. ―El elfo señaló el hábito de la recién excomulgada monja. La soga que le ajustaba la prenda a la cintura―. Con eso me valdrá. Conozco un nudo que…

―Déjalo, Sylvan ―ordenó Leoncia. El abatimiento de su voz era tal que el elfo sintió un peso real en él―. Eso solo empeoraría las cosas. Además, debéis iros. Os han echado de la ciudad.

―No nos iremos hasta recuperar lo que es tuyo ―dijo Eilyn.

―Lo arreglaremos ―intervino Sylvan―. Sabemos lo que es estropearlo todo, Leoncia. Lo hacemos una y otra vez. No nos asusta…

―No hay nada que arreglar, Sylvan ―interrumpió Leoncia. Yo…

La puerta de acceso a los calabozos volvió a abrirse.

―¡Mensaje para vosotros! ―se escuchó de nuevo.

―¡Ay, por favor! ―murmuró Leoncia―. ¿Esto no va a acabar nunca?

Esperaron a que entrara el mensajero. Sylvan caminó por la estancia solo para recordarse que podía, aunque fuera en un espacio minúsculo. Quería disfrutar al menos de esa pequeña libertad.

No solo estaba atrapado en sentido literal; también se sentía atrapado en una corriente, en un remolino que amenazaba con tragarlo y hundirlo.

Si aceptaba lo que le decían, era un crédulo y un tonto.

Si no lo aceptaba, incumplía alguna ley que le hacía acabar empobrecido y encerrado.

Tenía la sensación de estar jugando a un juego cuyas reglas no conocía, que se alteraban y amoldaban a los caprichos de todo el mundo menos a los suyos.

Había intentado jugar según esas reglas y había fracasado. Pero ahora había cruzado una línea. Ahora…

―… echáis una firma por aquí ―dijo una voz conocida―. Traigo mercancía valiosa, necesito un acuse de recibo.

Sylvan alzó la mirada y encontró un rostro familiar tras los barrotes. Un rostro aniñado, surcado de marcas de acné.

―¡Tú! ―dijo el elfo.

El grito captó la atención de Eilyn, Leoncia y el recién llegado, que dejaron enseguida lo que estaban haciendo.

―Yo ―respondió el chico―. ¿Sabes lo que me ha costado encon…? ¡Eh!

Sylvan se lanzó hacia los barrotes. Alargó la mano, pero esta solo capturó aire. El chico chocó contra la pared al retroceder.

―¡Ladrón! ―gritó el elfo―. A ti sí que te voy a colgar, sí… Voy a estirar tus huevos hasta que quepan por una cerradura.

Agitó el brazo, intentando ganar algunos centímetros. Eilyn reaccionó y se lo bajó de un golpe.

―¿Pero se puede saber qué te pasa?

El elfo mantuvo la mirada en el recién llegado. Respiraba con agitación, como un perro rabioso. Eilyn siguió la mirada de su compañero.

―¿Quién es este? ―preguntó.

Sylvan sonrió. La sonrisa se convirtió en risa. La risa, en carcajada de maníaco. Quizá era eso: ni juegos ni reglas. Sencillamente, había perdido la cabeza.

―El que se llevó mi anillo.

Un pesado silencio cayó sobre la estancia.

―¿Este? ―preguntó Leoncia.

―Eh, que conste que me lo dio él para agilizar la recepción del mensaje ―dijo el chico.

Se hurgó entonces en los bolsillos y sacó la joya. Ahí estaba: brillante, impecablemente trenzada, un faro de perfección en aquel mar de caos. Se la dio a Eilyn.

―Cógela tú. A mí me va a arrancar el brazo.

Eilyn recogió el anillo y se lo pasó a Sylvan a través de los barrotes. El elfo lo agarró con ansia y lo inspeccionó con suma atención. Sí, definitivamente era el suyo. Al ponérselo en el dedo sintió que volvía a respirar.

―Y esto también. ―El chico dio una carta a Eilyn, que a su vez pasó a Sylvan―. ¿Ahora me podéis decir qué pasa?

―Creo que ha habido un malentendido ―comenzó a explicar Leoncia, cohibida―. Le dijimos a Sylvan que quizá no fueras un mensajero real, que te habías aprovechado de él para quedarte con el anillo.

―Solo que sin el «quizá» ―matizó Eilyn.

―No sabías lo que era una trenza de Lerian ―dijo Sylvan, señalando el broche del chico―, a pesar de asegurar que te la había entregado mi pueblo.

―Pues claro que sé lo que es ―se defendió este―. Aquí las llamamos «florecillas». Siempre ponéis nombres raros a las cosas.

―¿Y la hierbaluna? ―preguntó Leoncia.

―La compré en el Bosque. Como dije, soy mensajero y…

―¿Y el uniforme? ―preguntó Eilyn―. La mensajera anterior llevaba uno puesto.

―¡Porque no estaba de servicio! ―explicó el chico, empezando a exasperarse―.

Mirad, yo estaba tan tranquilo cuando llegó vuestro amigo y me pidió llevar un mensaje al Bosque a toda prisa.

Ni siquiera tuve tiempo para despedirme de mi madre.

La he tenido preocupada todos estos días, ¿sabéis?

―Señaló el anillo de Sylvan―. Y porque me han pagado bien al enseñar eso, que si no, os estaría exigiendo una buena compensación.

―Vaya, gracias ―murmuró Leoncia.

―Todo un detalle ―aportó Eilyn.

―Entonces… ¿no eres un ladrón? ―preguntó Sylvan.

Le costaba creer que los dramas que había sufrido durante los últimos días habían tenido origen en un simple malentendido. Era casi más fácil seguir pensando que le habían estafado que corregir toda aquella historia.

―Tenías razón, Sylvan ―murmuró Eilyn, casi tan sorprendida como él―. Aún queda gente en la que se puede confiar.

El mensajero los miró a todos, puso los ojos en blanco y recogió su morral del suelo.

―En fin, que tengáis suerte con lo que sea que estéis tramando. Yo me largo de aquí.

Caminó hacia la salida y desapareció como un espejismo. Sylvan se quedó un rato mirando la puerta, aún con una parte de su cabeza preguntándose si aquello había sido real. Tuvo que palpar su anillo para asegurarse de que seguía ahí.

―Bueno, ¿vas a leer eso? ―preguntó Eilyn.

El elfo miró el sobre, todavía entre sus manos. Claro, el mensaje; por eso se había metido en ese lío. Las primeras noticias de Ilendalië desde que Eilyn y él llegaran a las Tierras Mortales.

Abrió la carta y se sumergió en aquel apacible mar de caligrafía élfica.

―Apreciado Sylvan ―leyó en alto―, lamentamos escuchar las noticias que nos traes.

Es una verdadera lástima que la Iglesia Élfica de los mortales se haya desviado tanto de los preceptos que una vez les dimos.

Lo que una vez fue un faro de iluminación para ellos, ahora… Bla, bla, bla… Cosas tristes y largas.

Leoncia, mientras tanto, recogió una caja del suelo. Se la debía haber dejado el mensajero.

―Hace ya tiempo detectamos esa tendencia y decidimos hacernos a un lado ―prosiguió Sylvan―.

En su momento acordamos no intervenir, puesto que los asuntos de los humanos solo les incumben a ellos.

Sin embargo, la gravedad de tus exposiciones nos ha hecho replantearnos esa postura.

Hemos llegado a la conclusión de que la reputación de nuestro pueblo no debe mancillarse con las acciones envilecidas que los mortales llevan a cabo en nuestro nombre…

Bla, bla, bla. ―Sylvan empezó a leer por la otra cara.

Mientras tanto, Leoncia luchaba por abrir la caja―.

Por ello, os enviamos algo que quizá ayude a mejorar las cosas.

Confiamos en vuestro criterio para entregarlo al mortal que creáis oportuno.

Alguien que pueda restaurar y defender la sabiduría y las libertades que en su día regalamos al pueblo humano.

Leoncia consiguió abrir la caja. Maravillada, sacó una trenza de Lerian.

―¿Y esto?

El elfo continuó.

―También entregamos a Leoncia el reconocimiento de amiga de los elfos. Los favores que os ha hecho a nivel personal han trascendido hasta la totalidad del pueblo élfico. Esperamos que lo lleve con orgullo. ―Sylvan levantó la mirada de la carta―. Es tuyo, Leoncia.

―¡¿Para mí?!

Eilyn cogió la joya y la prendió en el hábito de Leoncia. Los ojos de la monja volvieron a humedecerse. Esta vez, sin embargo, con un evidente matiz de regocijo.

Sylvan leyó el último párrafo.

―Damos el visto bueno a vuestro juicio y, por tanto, a vuestra amiga Leoncia…

―Hay algo más en la caja ―murmuró Eilyn.

―… que será una digna candidata para recibir y hacer uso de la reliquia…

―¿Reliquia? ―preguntó la monja.

―… que os enviamos junto con nuestros mejores deseos.

Eilyn sacó una corona cristalina que refulgía con destellos irisados. Delicados filamentos, exquisitas tallas milimétricas. Luz pura condensada en la palma de la mano.

―Así pues, os hacemos entrega del Antalvalaï ―continuó Sylvan―. Usadlo con sabiduría. Que la luz de las estrellas os guíe… Bla, bla, bla. El pueblo élfico.

El silencio cayó como una losa.

―Perdón ―murmuró Leoncia. Empezó entonces a dar vueltas por el pasillo, agitando las manos―. Perdón, perdón, perdón. ―Señaló la corona―. ¿Me estáis diciendo que esa cosa es el Antalvalaï? ¿El mismo Antalvalaï que llevó Liverna la Luminosa?

―No hay otro Antalvalaï ―dijo Eilyn―. Que yo sepa.

―Ay. Ay, bendita luz de las puras miradas de los inmortales olvidados. ¿Y quieren que la lleve yo?

Sylvan estudió la joya con ojo crítico. Había cristal fino del Seh, fundido y trenzado de tal manera que la forma pareciera agua en movimiento. Tres gemas de dolorita del lejano norte adornaban la base, brillantes y pequeñas como estrellas. Y aquella luz onírica que eclipsaba cualquier otra.

El Antalvalaï ya era una leyenda cuando Sylvan aún gateaba. Sin embargo, más allá de la historia de su manufactura, Sylvan no sabía mucho más de él.

―¿Qué se me está escapando? ―preguntó―. ¿Qué pasa si te lo pones?

―Creo que tienen que hacerle caso, o algo así ―explicó Eilyn―. Se convierte en el nuevo obispo Archimel.

La elfa hizo el amago de colocarle la corona en la cabeza. Sin embargo, Leoncia retrocedió.

―Llevar el Antalvalaï no serviría de nada. Antes tendrían que volver a bautizarme, aceptarme de nuevo en el seno de la Iglesia Élfica. Y vosotros no…

―Sí, sí ―dijo Sylvan―. No formamos parte. Entendido.

La monja continuó hablando. Su mirada no se apartaba de la joya.

―El portador del Antalvalaï tiene el poder de hacer y deshacer a su gusto las doctrinas más sagradas de la Iglesia Élfica, como hizo Liverna la Luminosa. Puede hacer maravillas y atrocidades. Su palabra se convierte en norma.

―¿Entonces tendrías un rango mayor que Archimel? ―preguntó Sylvan.

La monja asintió.

―¿Te convertirías en papisa? ―preguntó Eilyn, riendo de incredulidad―. ¿Así, de golpe?

―No, papisa no ―corrigió Leoncia. Acercó los dedos a la corona y la acarició con timidez, como si temiera despertarla―. Me convertiría en la cabeza absoluta de la Iglesia Élfica. Me convertiría en santa.