Elf P*rn Chapter 21
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Chapter 21

―Serán cinco mil trescientos dos ―dijo la recaudadora. A Leoncia le pareció que tenía la voz más suave e infantil que había escuchado jamás en un adulto―. Más el dos por ciento de recargo por pagar en oficina, quedaría en cinco mil cuatrocientos ocho, por favor.

Leoncia ya se había anticipado. Había colocado ya tres montoncitos de monedas sobre el escritorio y ahora iba por el cuarto. Lanzó un largo suspiro. Una vez más, veía cómo la bolsa de ahorros se vaciaba.

La recaudadora esperó cortésmente hasta que terminó de colocar las monedas.

―Aquí está todo.

―Perfecto. ―La chica sonrió―. Muchas gracias.

―Supongo que nos llegará pronto una citación para… Bueno, ir al juicio por…

―¿Atacar a Gustaf? No te preocupes por eso, puedes abonar la multa directamente.

―¿Aquí?

La chica se inclinó y sacó algo del cajón inferior de su escritorio.

―Rellena este documento con los datos de tu amigo. Son mil marcos. Si esperas la citación, la multa vendrá con recargo.

―Ah. ―La monja cogió el papel―. Qué eficiente.

―Estamos acostumbrados. Gustaf las ha visto peores.

―¿Peores que ser colgado por el escroto?

La chica asintió con rotundidad.

―Peores.

Leoncia leyó el documento ante la distrayente mirada de la recaudadora. Tenía los ojos negros, escondidos bajo un denso bosque de pestañas. Su piel morena, sus rizos azabache y sus labios carnosos contribuían a dificultar la lectura. Leoncia se preguntó cómo sería su cuerpo sin…

Negó para sí misma. «No, para. Concéntrate».

―¿Todo bien? ―preguntó la chica.

―Todo bien.

Desde que había pasado lo de Eilyn, Leoncia se sentía desatada. Como si se hubiera quebrado una presa en su interior y ahora sus deseos corrieran salvajes y desenfrenados. Su mente la llevó a visualizar a la elfa. Desnuda. En la cama.

«Ya basta».

Se obligó a pensar en cosas tristes, como que volvía a estar arruinada y que Sylvan estaba en el calabozo.

Añadió a la lista que había perdido su última oportunidad para cumplir con el pago de la deuda y que el Alto Cónclave se celebraría dentro de dos días, nada menos.

¿Después de eso, qué iba a ser de su futuro?

Paró justo antes de ponerse a llorar. Quizá se había pasado.

―Lo veo todo correcto ―dijo, tras terminar de leer el documento―. ¿Tienes una pluma?

La chica le proporcionó una. Leoncia escribió sus datos y los del elfo, firmó y añadió otros mil marcos a la mesa. De haber corrido viento, se habría podido llevar la bolsa.

―Listo. ―La recaudadora sonrió―. Que tengas un buen día.

Leoncia salió a la calle sin más miramientos. Esa última sonrisa había sido un golpe fatal para su ya dispersa mente. Caminó hacia la comisaría a paso rápido. Pensó que lo mejor para centrarse era zambullirse en los quehaceres del día. Que, por fortuna para ella, solía tenerlos a toneladas.

La dejaron pasar sin pedirle credenciales ni preguntarle a dónde iba. A esas alturas, la comisaría era como su segunda casa. O tercera, si contaba con el burdel.

«Luz de estrellas. ¿En qué me he convertido…?»

Pasó a la zona de los calabozos. Sylvan dibujaba en su celda habitual, sentado en el catre. Eilyn estaba fuera, hablando con el alguacil.

―… haber puesto vigilancia en el burdel ―terminó de decir este―. Sabía que volveríais a hacer de las vuestras. Mis presentimientos se han cumplido.

Los tres giraron las cabezas al sentir la presencia de Leoncia.

―¿Todo arreglado con los impuestos? ―preguntó el hombre. Leoncia asintió―. Bien, te dejo con ellos entonces. No causéis más problemas en mi ausencia.

El alguacil se encaminó hacia la salida y cerró de un portazo.

―Gilipollas ―murmuró la elfa.

Leoncia cogió un taburete, lo arrastró hasta colocarlo frente a la celda de Sylvan y se sentó. El ambiente había cambiado radicalmente con la salida del alguacil; se había vuelto casi relajante. El elfo era el único huésped de los calabozos en ese momento, así que tenían intimidad.

―¿Entonces era de verdad? ―preguntó Sylvan. Dejó el cuaderno en el suelo y miró a Leoncia a través de los barrotes―. ¿No era ningún ladrón?

―Sí, era de verdad ―respondió la monja―. Has llevado demasiado lejos lo de desconfiar de la gente.

―Vaya.

Sylvan se dejó caer en el catre como un peso muerto.

―Entiéndelo, Leoncia ―dijo Eilyn―. Que se presente un desconocido en tu negocio para pedirte dinero resulta sospechoso.

―Aún no puedo creerme que tengáis que entregar porque sí una parte de lo que habéis ganado trabajando ―murmuró Sylvan, con el rostro oculto bajo el brazo.

―Pues así funciona ―respondió la monja―. Ese dinero paga el pavimento de las calles, la construcción de las murallas, el funcionamiento del cuerpo de guardia…

―Espera, ¿estás diciendo que pagamos con nuestro dinero al imbécil ese? ―preguntó Eilyn.

―Y a todos sus compañeros y la estancia de Sylvan en estas maravillosas instalaciones, sí.

La elfa se cruzó de brazos.

―Curioso…

―E irónico ―añadió el elfo.

―El caso es que os lo tendría que haber contado antes ―dijo Leoncia―. La culpa ha sido mía.

―No te culpes ―dijo Eilyn―. El protagonista de este desastre vuelve a ser Sylvan. Mi estilo es más la mutilación anal.

Leoncia no pudo evitar sonreír. Aun viviendo aquella derrota, sabiendo que no había posibilidad de remontada, se sintió afortunada de tener a esos dos. Después del Alto Cónclave ya se preocuparía por las represalias del obispo. Por el momento, se permitió fingir que jamás llegarían.

―Así que… por los testículos ―dijo Leoncia―. Me gustaría haberlo visto.

Eilyn rio.

― Jamás pensé que podían estirarse tanto.

―Cuando el tipo bajó parecía que llevaba un reloj de péndulo entre las piernas ―aportó Sylvan―. Podría anudárselos, de hecho. Como disculpa. Así no se le caerían tanto.

―Mejor déjalos como están ―dijo Leoncia―. Seguramente acabarán volviendo a su sitio.

Pasó un agradable momento de silencio. El primero de calma que había tenido en todo el día.

―Bueno ―intervino Sylvan―, supongo que volvemos a ser pobres, ¿no?

―Como ratas ―respondió la monja―. Y diría que es difícil que cambie la situación.

―A mejor ―añadió Eilyn. Sylvan y Leoncia la miraron―. Que cambie a mejor . Hemos demostrado que a peor siempre puede ir.

Leoncia asintió.

―Gracias por el…

La puerta de la estancia de los calabozos se abrió con un quejido metálico. Todas las miradas volaron hacia allá.

―¡Mensaje para vosotros! ―gritó una voz masculina desde el exterior.

Una muchacha enjuta y tímida pasó y avanzó hacia ellos. A Leoncia le recordó a un roedor asustadizo. Llevaba el uniforme de los carteros.

―¿Eres Leoncia? ―preguntó―. ¿Del convento de la Ribera?

―Hum… Sí, soy yo.

La chica rebuscó en su morral y sacó una carta.

―Para ti.

La mensajera entregó el sobre y corrió hacia la salida como si el edificio estuviera en llamas. La monja miró atrás, por si se había perdido algo. La distrajo el roce del cabello de Eilyn en su cuello. Su olor a frutas silvestres, el calor de su cuerpo… Por un momento, se le olvidó dónde estaba.

―Parece importante ―dijo la elfa.

Leoncia tardó otro instante más en volver a la carta. Observó el sello. Eilyn tenía razón: era importante.

―Es el sello personal de Archimel ―murmuró, sintiendo cómo su estómago se convertía en fría piedra.

Abrió el sobre al tiempo que Sylvan se levantaba del camastro y se acercaba a los barrotes. Leyó rápido y en silencio, moviendo los labios sin producir sonido. Pensó que cuanto antes acabara, antes pasaría el mal trago.

Dejó caer la mano. Estaba equivocada: dolió igual.

―¿Qué dice? ―preguntó Sylvan.

Silencio. Leoncia sintió la mano de la elfa en su hombro. No se sintió mejor, pero sí más sólida. Al menos, lo suficiente para encontrar la voz.

―Archimel os perdona la deuda a cambio de que abandonéis la ciudad antes del Alto Conclave. También pide que jamás regreséis a las Tierras Mortales.

―Vaya, qué considerado ―dijo Eilyn.

―¿Entonces esto no tiene nada que ver con lo del recaudador? ―preguntó Sylvan.

Leoncia leyó en alto, esforzándose por controlar el vértigo.

―«… teniendo en cuenta el desastre acontecido con el recaudador en vuestro infame burdel, lo mejor será despedir a los inmortales del Bosque para que no provoquen ningún conflicto más en nuestras tierras».

―Sí, tiene bastante que ver con lo del recaudador ―aclaró Eilyn.

Sylvan asintió con gravedad. Paseó por la celda y volvió a acercarse a los barrotes.

―Bueno, ya me da igual perderme el Alto Cónclave ―dijo―. De hecho, ya me da igual todo. Tranquila, Leoncia, no es tan grave.

―Y más si nos perdonan la deuda ―añadió Eilyn―. Archimel ha renunciado a sus ambiciones. Esa es una buena noticia.

―Quizá no sea grave para vosotros ―murmuró la monja.

Sintió cómo las piernas le temblaban, cómo la garganta se le cerraba.

Tomó asiento en el taburete. Las miradas de los elfos cayeron sobre ella, preocupadas.

Supo que si no hablaba entonces, ya no tendría oportunidad de hacerlo―. A mí me han excomulgado.

Se echó a llorar.