Elf P*rn Chapter 20 #2
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Chapter 20 #2

―¡Hacienda! ―gritó el hombre, al tiempo que se convertía en un torbellino de puños y patadas.

―¡Mentiroso!

―Tengo que cobraros los impuestos sobre vuestras ganancias. ¡Todo el mundo los paga!

Continuó el forcejeo.

―Ese dinero lo hemos ganado nosotros. No te debemos nada.

―Otra vez lo mismo…

―Eres un ladrón. Un aprovechado. Todos sois…

Una patada en el rostro hizo callar al elfo. Sylvan cayó hacia atrás y el hombre huyó escaleras arriba.

―¡Ah!

La cuerda que Sylvan llevaba encima cayó hecha una maraña, enredándole pies y manos. El tiempo que tardó el elfo en liberarse y recogerla fue suficiente para que el recaudador recuperara la ventaja.

Sylvan subió a zancadas, saltando los escalones de cuatro en cuatro, hecho un vendaval de furia. Eilyn corría tras él, oliendo el desastre.

―¡Sylvan! ―gritó―. No hagas ninguna estupidez.

Pero el elfo no la escuchaba. El hombre se encerró en el altillo y Sylvan forcejeó con la puerta. Acabó abriéndola de una patada, provocando un espantoso crujido en la madera.

Pasos, golpes, gritos. Cuando Eilyn entró en la estancia encontró al hombre inmovilizado.

―¡Os aviso que atacar a un recaudador es delito! ―gritó el hombre, retorciéndose bajo la rodilla del elfo.

―Sylvan, suéltalo ―sugirió Eilyn―. Tal vez esté diciendo la verdad.

―Nos ha atacado. No trae buenas intenciones.

―¡Ha sido para defenderme! ―se excusó el recaudador.

Se escucharon voces. Los murmullos de los primeros clientes entraban en el altillo a través de la ventana. Al parecer, ya habían empezado a reunirse frente a la puerta.

Sylvan miró en esa dirección. La silueta de una viga con un gancho de izado se recortaba contra el cielo crepuscular. Justo encima de la gente. El elfo sonrió con malicia.

―La condesa Fretel me aconsejó confiar, ¿sabes? ―empezó a decir, Eilyn no supo si para ella o para el hombre. Sylvan se levantó, cogió al hombre por el pie y empezó a arrastrarlo hacia la ventana―. Pero también me dijo otra cosa.

Eilyn avanzó hacia él. En cuanto el elfo empezó a desenrollar la cuerda, la elfa vio claras sus intenciones.

―Sylvan. Ni se te ocurra.

El elfo bajó los pantalones del hombre hasta las rodillas.

―Dijo que si alguien intentaba aprovecharse de mí, que le colgara de los huevos.

―¡¿Qué?!

Sylvan empezó a trabajar con la cuerda. Sus manos se movían rápidas y confiadas, como anguilas en el agua. Anudaba y empalmaba con la facilidad de quien quita pétalos a una margarita.

―Tranquilo, te haré un arnés para repartir el peso ―explicó―. Solo sentirás un incómodo tironcillo.

El hombre gritó en cuanto el nudo se estrechó alrededor de su escroto. Se retorció y pataleó, pero el arnés constreñía sus movimientos.

Eilyn sujetó a su compañero por el hombro.

―Recuerda lo que hemos hablado de pensar dos veces las cosas, Sylvan. ―Lo miró fijamente a los ojos―. Cálmate.

El elfo le devolvió la mirada. Había tal enajenación en ella que Eilyn comprendió que no había nada que hacer.

―Así aprenderán, él y todos los demás, que no se juega con nosotros.

Levantó al hombre como si fuera un saco de patatas, lo colocó en el gancho y maniobró para bajarlo poco a poco.

Eilyn se asomó a la calle. Una veintena de rostros miraban hacia arriba, sorprendidos. Uno solo hacia abajo. El recaudador se retorcía como un pez recién pescado mientras descendía. Su escroto, anudado y enrojecido, coronaba sus posaderas como la guinda de una tarta.

Una sonrisa de maníaco cruzaba la cara de Sylvan. El elfo siguió bajando la cuerda hasta que lo consideró suficiente. Entonces aseguró el extremo a una argolla en la pared y se asomó a la ventana.

―¡Pueblo de Lindeburgo! ―exclamó. Su voz atrajo más gente; caminantes curiosos que aparecían por los extremos de la calle―.

Este hombre quiere una parte del dinero que hemos ganado honradamente.

Entra en nuestro negocio como si fuera su casa, nos pide vino y luego exige que le paguemos.

―Se subió al alféizar, exaltado―. Pero a nosotros no nos engaña: solo es un miserable ladrón.

¡Y esto es lo que los elfos hacemos con los ladrones!

El elfo agarró la cuerda y se deslizó por ella. Saltó antes de chocar contra el cuerpo del hombre y cayó con gracia sobre los adoquines, provocando que la carga se balanceara como el rabo cortado de una lagartija. Para consternación de Eilyn, los transeúntes lo vitorearon.

La elfa puso los ojos en blanco y se apartó de la ventana justo cuando Sylvan empezaba la segunda parte de su discursito.

Bajó con la parsimoniosa e inevitable convicción de que estaban a punto de meterse en un lío.

Otro más. No hacía ni media hora le había dicho a Sylvan que le faltaba imaginación para visualizar cómo podían empeorar las cosas.

No se esperaba que ella tuviera el mismo problema.

Al salir encontró un panorama diferente al que había observado desde las alturas.

La calle estaba silenciosa y la muchedumbre había desaparecido; de hecho pilló a un par de rezagados doblando la esquina a la carrera.

El recaudador seguía colgado bocabajo, su escroto tan estirado que parecía estar a punto de echar a volar.

Sylvan hablaba con tres hombres. Eilyn se acercó suspirando. Ya había tenido suficientes encontronazos con ellos como para reconocer sus uniformes hasta en la oscuridad.

―¿… esto en las manos? ―preguntó Sylvan.

―Solo es protocolo ―respondió el que parecía el jefe del grupo. Eilyn lo reconoció: era el barbudo de espalda taurina que los había sacado de la fuente la segunda vez―. Sigue contándome lo del ladrón.

Sylvan extendió las manos y el hombre le colocó unos brazaletes metálicos, que ajustó hasta juntarle las muñecas.

―Nos pidió cinco mil trescientos dos marcos.

―Vaya, eso es mucho. ―El barbudo sacó otro par de brazaletes y se agachó―. Junta las piernas por favor.

El elfo obedeció mientras seguía contando la historia. El guardia, asintiendo cuando tocaba, terminó de ajustar el artefacto con un click .

―Ahora bajaremos al recaudador y aclararemos todo esto en la comisaría, ¿de acuerdo?

―Ya era hora ―gimió el hombre.

Uno de los guardias entró al burdel, subió al altillo e hizo descender la cuerda. Su compañero manejó el cuerpo del recaudador hasta que su cabeza se posó en el suelo con un suave clock.

―Ay.

Sylvan siguió discutiendo mientras los guardias forcejeaban con el arnés. Frustrados, acabaron cortando las cuerdas con un cuchillo.

Eilyn decidió que era un buen momento para intervenir.

―Imagino que tendré que acompañaros.

Los tres guardias la miraron. El barbudo sacó otra pareja de brazaletes metálicos.

―Y si lo haces sin armar escándalo, mejor.