Elf P*rn Chapter 20
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Chapter 20

¿Entonces te gustó o no te gustó? , preguntó el Olmo. No me ha quedado claro.

Eilyn tampoco lo tenía claro. Había sentido tantas cosas en tan poco tiempo que le costaba distinguir dónde terminaba una y empezaba otra.

―Fue como hacerlo con una roca cayendo en plena avalancha ―explicó―. Como un tronco atrapado en una corriente de agua. A nuestros cuerpos les costaba encajarse. Se nota que no es una elfa.

Aparte, era la primera vez que tenía sexo con una humana: una especie cuyo contacto había evitado a toda costa.

Ese choque había desencadenado tantas cosas dentro de su cuerpo que a veces le daba la sensación de estallar de la presión.

¿Cómo se había dejado llevar tanto? Y luego estaba aquello que empezaba a sentir en la boca del estómago.

Algo que, sin tener sustancia, le hacía sentirse más ligera y calentita.

Mientras no tuviera nombre, no tendría que preocuparse. ¿O sí?

Me cuesta seguir tus metáforas, dijo el Olmo.

―Disculpa. Estoy perdiendo la costumbre de hablar con seres vegetales.

En cualquier caso, ¿repetirías?

Eilyn permaneció largo rato en silencio, más de lo socialmente aceptado por elfos o mortales. La paciencia de los árboles milenarios invitaba a tomarse esas pequeñas libertades.

―Sí.

Eilyn se sorprendió al escuchar su propia respuesta. Como si aun tras el largo tiempo de reflexión se hubiera precipitado.

Entonces no ha ido tan mal , dijo el Olmo. Esperaré con ansia la segunda parte.

―No sé si…

Y la tercera.

La elfa se movió, tumbada sobre el murete de la fuente. Observó al Olmo torciendo el cuello hacia atrás. El grueso tronco se adivinaba a la luz de la luna. Si los árboles pudieran sonreír, habría jurado que este lo estaba haciendo.

―¿Te estás burlando de mí? ―preguntó Eilyn, quizá con más dureza de lo que pretendía.

El Olmo soltó una risa tan suave, profunda y antigua que hizo que Eilyn se sintiera como una niña. Hacía al menos un par de siglos que nadie la hacía sentirse así.

No. Es que veo el futuro.

Eilyn le sacó la lengua.

Había pasado un día desde aquel improbable encuentro y, aunque Leoncia apenas había podido pasarse por el apartamento, Eilyn la había tenido muy presente.

Especialmente durante sus sesiones de entrenamiento para su espectáculo.

Cada vez que pensaba en su cuerpo torpe e imperfecto, en sus movimientos apasionados pero inexpertos, en su mirada de admiración, deseo, juicio y vergüenza…

¡Luz de estrellas! Cuando pensaba en todo eso sentía un calor tan intenso que dudaba de que un árbol pudiera entenderlo, por muy milenario que fuera.

«He tenido sexo con una mortal ―pensó, por enésima vez―. Con una MORTAL».

Ni siquiera creía que Sylvan entendiera la dimensión del asunto, pese a que el elfo era capaz de encenderse con cualquier cosa y en cualquier momento.

Lo que había vivido con Leoncia había sido tan extraño y tan familiar, tan cautivador y tan prohibido para sus propias convicciones que incluso a ella se le hacía difícil captar toda su complejidad.

Probablemente, Sylvan se reiría de la situación.

O se encogería de hombros, sin más. Y como Eilyn no deseaba ninguna de las dos reacciones, lo había mantenido en secreto.

Quizá debería haber hecho lo mismo con ese maldito árbol.

―Oye, ni se te ocurra contárselo a nadie.

Eres la única persona con la que hablo, dijo el Olmo. ¿A quién se lo iba a contar?

Eilyn acomodó la cabeza entre los brazos y elevó la mirada al firmamento, ya clareado por la luz del amanecer. Decidió que las palabras del Olmo eran suficientes para considerar su secreto protegido.

* * *

Llegó el día del espectáculo.

Eilyn estaba nerviosa. Se había despertado nerviosa, había comido nerviosa y había paseado nerviosa por las calles de la ciudad.

Se había preparado a conciencia: había practicado e incluso había aprendido a disfrutar en el proceso.

Sin embargo, aún se veía inexperta. ¿Desde cuándo los mortales dominaban una técnica sexual que a los elfos ni se les había pasado por la cabeza?

Leoncia había movido hilos y había conseguido atraer a un público casi tan nutrido como el de los buenos tiempos. O, al menos, había arrancado las suficientes promesas para llenar la sala. Enseguida verían si se materializarían.

El sol aún doraba el horizonte cuando Eilyn entró al burdel. Había decidido ir antes para hacer preparaciones. Sylvan se había tomado la noche libre para acompañarla. Solo emocionalmente, esta vez.

―… y cuando nos vayamos, la condesa adquirirá el burdel y hará sus propios espectáculos ―explicó Sylvan, mientras bajaban las escaleras del sótano―. Me ha pedido que le ayude con ideas.

Eilyn lo escuchaba a medias, enfrascada como estaba en dejarlo todo en orden. La cama, los asientos, los farolillos… ¿Desde cuándo se había vuelto tan quisquillosa?

―¿Y vas a hacerlo? ―preguntó Eilyn.

Sylvan se encogió de hombros.

―Ya le he dicho que sí.

―Yo me pensaría dos veces cualquier cosa que me propusiera esa chalada.

―Si me pensara dos veces todo, no haría la mitad de lo que hago.

Eilyn golpeó un cojín un par de veces para ahuecarlo.

―Pero harías las cosas bien.

―Hum… Eso sí.

Eilyn le sonrió con cariño. Su compañero no era la estrella más brillante de Ilendalië, pero el hecho de que se tomara las cosas con tanta ligereza era algo de admirar. Quizá tuviera que hacer como él.

Sylvan recogió una cuerda del suelo y comenzó a enrollarla.

―Aunque, a estas alturas, ya veo difícil que pueda hacerlas peor ―dijo.

Eilyn le tiró el cojín a la cara.

―Eso es porque te falta imaginación.

Sylvan se repuso rápido de la sorpresa. Sonrió. Se preparó para lanzar su contraataque y Eilyn para recibirlo.

El sonido repentino de la campana del burdel los inmovilizó en el sitio. Los elfos se miraron, confusos. Leoncia tenía llave y el público nunca llamaba.

―¿Quién podrá ser? ―preguntó Sylvan.

Eilyn se encogió de hombros. Abandonó la cama y se dirigió hacia las escaleras. El elfo la siguió, aún terminando de enrollar la cuerda.

Abrieron la puerta. Un hombre enjuto y calvo los esperaba al otro lado del umbral. Llevaba un uniforme que Eilyn no reconocía.

―Buenas tardes ―saludó, dedicando a los elfos una sonrisa picada―. Espero no molestaros con lo inoportuno de la hora, pero cuando he pasado por las mañanas no había nadie. Os sugiero añadir un horario oficial de apertura en el registro.

El hombre atravesó el umbral con total naturalidad. Dejó su morral sobre la barra y se paseó por la estancia con las manos en los bolsillos. Observaba todo con interés.

―No habéis cambiado casi nada ―dijo―. Bien, menos líos. Está muy bien como está. ¿Seguís teniendo botellas de ese vino dulce de Urei?

―¿Quién eres tú? ―preguntó Eilyn.

―¿No os han informado de que venía? ―Los elfos negaron en silencio. El hombre se acercó a ellos, se secó la mano en el pantalón y se la ofreció―. Me llamo Gustaf. Soy recaudador de impuestos, pero no dejéis que eso me etiquete. Me gustan los pájaros y las ruinas antiguas. Y el vino, claro.

Eilyn y Sylvan se miraron. Cada uno encontrando confusión en el rostro del otro.

―Sí, quizá deberíamos sentarnos y entrar en faena. ―El hombre sacó un libro de su morral y fue a una mesa. Pasó algunas páginas hasta detenerse en una de ellas―. Las cuentas son un poco confusas, pero seguro que pronto lo aclararemos todo. ¿Qué tal una copita de ese Urei…?

―¿Y qué has venido a hacer aquí?

El hombre levantó la mirada del libro y observó a la elfa.

―Cobraros, naturalmente. Aunque si no habéis preparado la caja, no os preocupéis. Podéis llevar el dinero a la oficina del contribuyente en un plazo de cinco días. ―Levantó un dedo―. Con recargo, eso sí. Y teniendo en cuenta que debéis unos cuantos miles, os sale mejor pagar en el acto.

Eilyn vio cómo el rostro de Sylvan empezaba a ensombrecerse.

―Quieres que te paguemos ―murmuró―. Varios miles de marcos.

El hombre volvió al libro.

―Cinco mil trescientos dos, sí. Vaya actividad rentable la vuestra, ¿eh? Quizá debería cambiar de trabajo. ―Rio con su propio chiste―. Podéis aplicar una reducción por negocio de reciente creación. ¿Nos sentamos y lo vemos? ¿Ha pasado desapercibida mi sugerencia de descorchar…?

―Cinco… Mil… Trescientos… Dos. ―Sylvan pronunció cada cifra como si fuera una sentencia. Empezó a avanzar hacia el hombre, lento e imponente como una nube de tormenta―. Cinco mil trescientos dos marcos. Quieres que te paguemos.

El hombre perdió todo atisbo de simpatía al mirar a Sylvan. Quizá incluso perdiera algo de color.

―Los impuestos…

Sylvan lo agarró por el cuello y lo levantó de la silla. El hombre empezó a patalear.

―No me gusta que me tomen por tonto ―dijo el elfo―. No me gusta que intenten aprovecharse de mí. Y no me gustan esos impuestos tuyos.

El hombre clavó sus ojos desorbitados en Sylvan. Boqueó como un pez.

―A nadie… le gusta… pagar impuestos.

―Sylvan ―dijo Eilyn―. Será mejor que esperemos a Leoncia.

El elfo miró hacia atrás.

―No, Eilyn. Seguro que lo ha enviado Narcise. O Archimel. ―Volvió la mirada hacia el hombre―. ¿Quién te…?

Una nube de polvo amarillo estalló entre ellos. Se oyó un golpe. Toses. Maldiciones élficas. Pasos apresurados sobre la madera, internándose en el burdel.

Eilyn se lanzó hacia su compañero, sintiendo un inmenso picor en los ojos al atravesar los restos de la nube. Trató de ignorarlo mientras despejaba el polvo con las manos. Sylvan seguía en el mismo sitio, tosiendo.

―¿Estás bien?

El elfo asintió como pudo. Se frotó el rostro con la manga y miró alrededor. Tenía los ojos lacrimosos y enrojecidos.

―¿Ha salido?

―Ha ido dentro.

Tosió una última vez.

―Vamos.

Sylvan echó a correr y Eilyn lo siguió. Los pasos del hombre resonaban como los de una gran rata buscando una vía de escape. Choques contra las paredes, objetos cayendo al suelo. Los elfos siguieron el rastro del caos hasta el segundo piso.

Sylvan alcanzó al hombre en las escaleras del tercer piso. Se lanzó hacia él, pero solo pudo agarrarlo de un pie.

―¿Quién te envía? ―preguntó Sylvan.