Elf P*rn Chapter 19
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Chapter 19

Los estridentes gemidos de la condesa no eran lo suficientemente altos para calmar los pensamientos de Sylvan. Los golpes rítmicos contra su carne, tampoco. El pálido culo de la mujer, dispuesto frente a la cintura del elfo, se ondulaba con cada embestida.

Plaf, plaf, plaf.

La condesa, por lo menos, disfrutaba. Para Sylvan era una tarea mecánica, tan poco excitante como recoger manzanas o partir nueces.

También era una tarea que requería la misma concentración.

Si su pareja sexual hubiera sido otro elfo, Sylvan no dudaba de que lo habría echado a patadas en menos de un minuto.

Plaf, plaf.

No dejaba de pensar en que todo era un error. Haber decidido ir a Lindeburgo con un mes de antelación para experimentar la vida de los mortales. Haberse dejado ayudar por aquella banda de ladrones. Haberse ido de la lengua con el hermano Elio. Haberse creído la historia del mensajero.

Haber confiado, en general.

En los elfos se podía confiar. En los mortales, no. Esa era una lección que chocaba contra un muro invisible cada vez que intentaba acceder a la cabeza de Sylvan. Una y otra vez confiaba. Y una y otra vez se equivocaba.

Plaf.

Y no solo había arrastrado a Eilyn a ello. No solo había hecho que les robaran todo su equipaje. También había perdido su anillo. Su posesión más especial. Una joya irrecuperable.

Plaf… plaf…

Sylvan se quedó quieto, mirando un punto vacío entre él y las nalgas de la condesa. Las manos le caían flácidas a los lados.

―Querido, ¿por qué paras? ―La mujer frotó el culo contra la cadera del elfo―. ¿Se me ha acabado ya el tiempo? Solo dímelo y te cubro de oro.

Al ver que el elfo no contestaba, la condesa se giró. Sus pechos oscilaron como péndulos mientras se colocaba frente a Sylvan, de rodillas sobre el colchón. La sonrisa traviesa de su rostro fue diluyéndose hasta quedar en nada.

―Oh, mi dulce hoguera inmortal, ¿qué es lo que te aflige?

Sylvan apenas oía las palabras de la mujer. Sintió entonces un contacto, suave pero firme, levantando su cabeza. Su mirada se encontró con la de la duquesa, preocupada y brillante a la luz del fuego. Ignorante, inocente. Y rompió a llorar.

Sylvan se abrazó a la condesa como un náufrago a una tabla a la deriva. La mujer, cohibida, acarició su espalda con indecisión.

―No debería haber venido ―balbuceó el elfo―. No debería haber venido a Lindeburgo, y mucho menos arrastrar a Eilyn conmigo. No sé nada sobre la Iglesia Élfica. Solo quería ver el mundo mortal. Solo soy un elfo estúpido al que no deberían haber dejado salir de Ilendalië.

La condesa dejó pasar una serie de sollozos antes de hablar.

―¿Por qué dices eso, querido?

Sylvan le contó todo: desde el asalto a su llegada hasta la pérdida del anillo. Pasando por el hecho no menos preocupante de ser un inútil redomado con un cuerpo bonito.

―¿Y ese anillo ―preguntó la condesa― te ha costado mucho hacerlo?

Sylvan la miró con incredulidad.

―Pues claro que sí. ¡Es la obra de mi vida!

―De tu vida…

A la mujer se le escapó una sonrisa que no consiguió ocultar a tiempo. Sylvan frunció el ceño.

―No es cosa de risa. La mayor aspiración de un elfo es explotar sus habilidades, exprimirlas al máximo, condensarlas en una creación pura y perfecta.

―Perdona, no era mi intención reírme. Es solo que se me hace extraño.

―Tenemos nuestras leyendas sobre eso ―continuó el elfo―. ¿No has oído hablar del Eboi Celeste? ¿De Fëanor y los Silmarils? ¿De la creación del Antalvalaï?

―Pues… no.

―Es el mayor hito de nuestra existencia. El culmen. Algo irrepetible, perdido para siempre.

Un nuevo ataque de lágrimas asaltó a Sylvan. La condesa le acunó la cabeza.

―Ay, mi fogoso inmortal. ¿Cuántos años tienes?

A Sylvan le pilló desprevenido la pregunta. Era habitual que los mortales se lo preguntaran entre ellos, pero era la primera vez que se lo preguntaban a él.

―No sabría decirte ―respondió―. Los humanos dais mucha importancia a eso. Nosotros no.

―¿Aproximadamente? ―insistió la mujer―. ¿Cien? ¿Mil? ¿Diez mil?

Sylvan pensó durante unos instantes.

―¿Tú cuántos días tienes?

La condesa puso una mueca.

―Tendría que pedir a mis contables que lo calcularan.

―Yo algo parecido.

La mujer acarició con dulzura la mejilla de Sylvan. Acto seguido, lo tomó de las manos y lo sacó de la cama.

―Ven, vístete. Te llevaré a un sitio que te animará.

* * *

El sol se había escondido lo suficiente para dejar un leve halo añil sobre el horizonte. Los ojos de Sylvan aún podían manejarse entre las sombras, pero la condesa había cogido un farol del burdel para guiarse. Su destino estaba justo al otro lado de la muralla.

Caminaron en silencio. Descendieron las calles adoquinadas de Loma del Príncipe hasta llegar a la ribera.

Atravesaron un pequeño pasadizo en la muralla este de la ciudad y llegaron a los campos del exterior.

Sylvan preguntó a la condesa por qué habían tomado ese atajo en lugar de salir por el portón.

Esta sonrió con el deleite de un niño pequeño pillado en mitad de una travesura.

La mujer caminaba segura, con la confianza de quien ha hecho la misma ruta cientos de veces.

Sylvan había escuchado historias de bandidos que engañaban a los incautos, los llevaban a lugares oscuros y apartados y luego los desvalijaban.

Y visto todo lo que le había pasado a él, no las veía descabelladas.

Se preguntó si la condesa estaría intentando hacer algo así.

No parecía de esa gente que robaba. Pero claro, nadie parecía gente que robaba hasta que te robaba.

Pasaron por una extensión de camino flanqueada por árboles. Sus altas y puntiagudas siluetas guiaban hasta un ornamentado arco de piedra. Tras él se distinguían unas pequeñas estructuras marmóreas a medio devorar por las sombras.

Atravesaron el arco y deambularon en aquel laberinto de bloques.

Los había cuidados, de un blanco pulcro, tallados con relieves de rostros y plantas.

Había otros más abandonados; carcomidos por el tiempo y reverdecidos.

También había estructuras altas, como pequeñas casas, y losas de apenas medio metro de altura, clavadas en el suelo de cualquier manera.

Sylvan aún no sabía qué era aquello ni qué hacían allí. Sin embargo, era indudable que aquel sitio era especial. Las historias impregnaban las rocas como si fueran musgo.

La condesa se detuvo frente a un pequeño palacete sostenido por un bosque de columnas.

La estatua de un hombre guardaba la entrada.

Sylvan la examinó con detenimiento: era un caballero de expresión severa y ropas voluptuosas.

La insignia de un águila al vuelo adornaba el pedestal.

El escultor había tallado hasta las plumas del ave.

―Es mi marido ―explicó la condesa―. Augustus Fretel. Sus restos descansan en este mausoleo. ―Hizo el gesto de iluminar el interior. Sin embargo, las sombras tragaron hasta la última brizna de luz―. Al igual que yo y los míos descansaremos aquí algún día.

Sylvan se volvió hacia la mujer.

―¿Tu marido está muerto?

La condesa soltó una risita.

―Como todos los que están aquí, querido. ―Movió el farol en un amplio arco―. Esto es un cementerio. ¿Sabes lo que es? ―El elfo negó―. Es donde enterramos los restos de la gente que muere. Levantamos estatuas y traemos ofrendas para recordarlos.

Sylvan echó un vistazo alrededor. Se fijó entonces en las flores secas y en la cera derretida.

En los rostros de piedra, que jamás volverían a sonreír.

En las placas de las estructuras con los datos de la persona fallecida: nombre, fecha de nacimiento y fecha de muerte.

Apenas un parpadeo en la vida de un elfo.

Sintió un vértigo frío y profundo. Una sensación avasalladora que no podía explicar con palabras.

―¿Cómo podéis soportarlo? ―preguntó.

La condesa apoyó el farol a los pies de su marido y le dedicó un gesto de cabeza. Un saludo, quizá.

―Recordando que nuestro tiempo es un regalo ―respondió―. Da igual qué problema tengas: si te has arruinado, te sientes inútil o has perdido tu querido anillo. Seguimos siendo más afortunados que todos los que yacen aquí.

Sylvan acarició las palabras talladas junto a la insignia del águila. «Augustus Fretel, hombre de virtud».

―La teoría parece fácil ―murmuró.

La condesa asintió.

―Y la práctica, difícil. Pero a ti ni siquiera te hace falta.

Seguirás estando aquí cuando yo sea polvo.

Ni siquiera eso; seguirás estando cuando no quede nadie para recordar tus errores, cuando los marcos que te robaron sean costras de herrumbre y Lindeburgo un páramo de escombros.

―La mujer miró al elfo―. Solo quedará tu identidad.

Tu integridad. Tu pureza. Y mantener eso es el mayor de los tesoros del mundo. No dejes que te lo quiten por nada.

―¿Mi integridad? Eso es precisamente lo que me mete en problemas.

―¿Y qué más da? ―La condesa rio―. Tienes todo el tiempo del mundo para cometer los errores que quieras. ¿Acaso es mejor vivir amargado y vigilante durante una eternidad? No te meterías en tantos problemas, claro, pero perderías lo hermoso de confiar.

―Pero mi anillo…

―Ah, sí. La obra de tu vida. ―La condesa hizo un gesto despectivo con la mano―. ¿Acaso eso tiene sentido para alguien que no puede morir?

―Ya te he dicho que es el culmen de nuestra existencia ―respondió Sylvan, serio―. No sabes todo lo que hice para crearlo.

―¿Algo que no puedas volver a repetir?

―Llevé mis habilidades al límite.

―¿Ni aunque pasen varios miles de años?

―No.

―¿Ni aunque pases una eternidad mejorando esas habilidades?

Sylvan meditó unos instantes, sin cambiar la expresión.

―No… No lo sé.

La condesa acarició con ternura el rostro del elfo.

―Tienes suficientes vidas como para llenar todas estas tumbas, querido. Y quien tiene el infinito por delante está condenado a la repetición. Estoy segura de que harás cosas maravillosas con tu tiempo.

Sylvan sonrió. No sintió que el peso que le había atenazado durante los últimos dos días desapareciera, pero sí que se aligeraba un poco. Al final, visitar aquel extraño lugar sí que lo había terminado animando. ¿Por qué no acudía más gente al cementerio?

La condesa lanzó un suspiro de satisfacción. Dirigió entonces la mirada hacia el rostro pétreo de su marido.

―Augustus siempre fue un bobo. Ahora parece tan elegante, tan señorial… Si se viera aquí, seguro que no se reconocería.

Sylvan estudió de nuevo la estatua.

―¿No debería parecerse?

La condesa soltó una suave risa.

―No, querido. Quizá debería ser así, pero la gente tiende a adornar la memoria de los que ya se han ido. Le pedí al escultor que mejorara a mi Augustus en todo lo posible.

Sylvan señaló el palacete.

―¿Y eso? ―preguntó―. ¿Se necesita algo tan grande para guardar sus restos?

La condesa volvió a reír, esta vez más abiertamente.

―El mausoleo solo es una demostración. Un reclamo para captar nuevos maridos. Un mensaje que dice «Romannessa Fretel es tan rica y considerada que le da lo mejor a su esposo incluso en la muerte. ¿Qué no haría por un hombre que le hiciera disfrutar de los placeres de la vida?».

La mujer le lanzó una mirada que Sylvan no supo cómo interpretar. Parecía de lascivia. Pero siendo como eran los mortales, no le encajaba que el sexo en un lugar de memoria a los muertos estuviera bien visto.

La condesa empezó a desabrocharle la camisa. Sí, casi seguro que era de lascivia.

―Mantén tu integridad, querido. Confía, pero no seas indulgente. Si ves que alguien intenta aprovecharse de ti, cuélgalo de los huevos.

Sylvan miró alrededor mientras se dejaba hacer. Se preguntó de cuánto podría ser la multa si lo pillaban allí.

La condesa empezó a besarlo con una pasión torpe y desenfrenada, quizá no del todo cuerda. La ropa de Sylvan terminó cayendo al suelo y la mujer se lanzó sobre su cuerpo. El elfo se encogió de hombros y entró al juego. Al fin y al cabo, no es sexo en público si todo tu público está muerto, ¿no?

Agarró a la condesa por las nalgas y la levantó mientras esta reía. La sentó en la base de la escultura e hizo lo propio con su blusa: la desgarró, liberando sus pechos al fresco de la noche.

La mujer rio más fuerte y se arrojó al cuello del elfo. Mordió con saña. Sylvan sintió la presión de sus dientes amenazando con quebrar su piel. El intenso contacto le endureció el cuerpo.

Se perdieron el uno en el otro, besándose y mordiéndose, hasta que Sylvan probó en sus labios el sabor de la sangre mortal.

La mujer rio más alto, ajena al dolor. Sylvan solía contenerse con el frágil cuerpo de los mortales.

Con la condesa, al parecer, no tenía que inhibirse tanto. Eso lo excitó aún más.

La mujer bajó de un salto del pedestal, se dio la vuelta e inclinó el cuerpo hacia delante. Entonces se levantó la falda.

―Termina lo que has empezado.

Sylvan obedeció. Sin aparatosas enaguas que lo ralentizaran, el elfo se lanzó rápido al húmedo interior de la mujer. Un gutural gemido escapó de su garganta a la primera embestida.

―El dedo también ―murmuró la condesa, jadeando―. Como a mí me gusta.

De nuevo, Sylvan cumplió la orden. La espalda de la mujer se arqueo de placer al entrar en ella por otro camino. La condesa gimió y Sylvan se permitió abandonarse al éxtasis.

Plaf, plaf, plaf.

Rieron, gritaron y mordieron, llenando de vida aquel lugar muerto.