Elf P*rn Chapter 18
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Chapter 18

―… y salió corriendo de la plaza como un hada fatua al ver un troll ―terminó de contar Sylvan. Leoncia le apretó el hombro, mostrando su apoyo―. Soy un inútil, un ingenuo, un desastre. No se me puede confiar nada. En cuanto se me da la oportunidad de arreglar las cosas, vuelvo a cagarla.

El alguacil se mantuvo en silencio, sentado en su escritorio con las manos entrelazadas frente al rostro. Con sus cejas pobladas y su denso bigote, a Leoncia siempre le había parecido un gato viejo. De hecho, cuando pensaba hacía un sonido similar al ronroneo.

―Fumar hierbaluna en lugares públicos está prohibido por ley ―dijo el hombre, finalmente―. No conlleva pena privativa de libertad, pero se amonesta con…

―Alguacil ―intervino la monja―, Sylvan lo hizo sin conocimiento y ya lo tiene claro. El pobre está destrozado. Vista la situación, creo que podemos dejarlo como un aviso.

El alguacil inspeccionó a Sylvan como si fuera la primera vez que lo viera.

El elfo estaba pálido, ojeroso, con el cabello cayéndole lacio y mustio.

Era como una planta sacada de su hábitat, a punto de marchitarse.

Leoncia nunca había visto a nadie con un aspecto más deprimente. Casi parecía haberse vuelto mortal.

―Está bien ―dijo el hombre―. Podemos dejar esto como una advertencia. Buenos días.

El alguacil no dijo nada más. Sylvan y Leoncia siguieron sentados, confusos.

―¿Vais a ir a por el muchacho? ―preguntó el elfo.

―Ya hemos tomado la denuncia. Tenemos la descripción del ladrón y del objeto. Si alguna vez aparecen, os avisaremos.

―¿Pero los vais a buscar, no? ―Sylvan frunció el ceño―. Las cosas no aparecen si no se buscan.

―Hacemos lo que podemos.

―Pues hacedlo mejor.

Las cejas del alguacil convergieron en el centro.

―Aún estamos ocupados intentando enmendar el desastre de cuando llegasteis. Si os dejáis robar tan a menudo, se nos acumula el trabajo. ―El hombre señaló la puerta, indicando que la reunión había terminado―. Buenos días.

Leoncia suspiró y tomó al elfo por el brazo.

―Vámonos, Sylvan. Ya te dije que era inútil venir aquí.

Sylvan se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás. Golpeó el escritorio con las manos, provocando que la madera crujiera. Tanto el hombre como Leoncia retrocedieron.

―No me gusta que me mientan ―dijo, lentamente―. No me gusta que se aprovechen de mí. Y no me gusta la manera en la que me hablas, alguacil.

El hombre, entre asustado y airado, parecía dudar entre sacar el garrote, llamar a sus hombres o huir.

Leoncia se descubrió a sí misma conteniendo la respiración.

También sintió ganas de correr, como cuando una nube aparentemente plácida desencadena una sucesión de truenos. No supo cómo, pero las contuvo.

―¡Sylvan! Déjalo, no vale la pena.

El elfo miró a Leoncia y, por suerte, pareció serenarse. Levantó las manos, revelando unas abolladuras agrietadas en el barniz de la madera. Salió de la estancia sin decir nada más.

Leoncia lo siguió, no sin antes lanzar una mirada de advertencia al alguacil. No fuera a ocurrírsele hacer una estupidez en el último momento.

Ya en la calle, intentó alcanzar al elfo. Las largas zancadas de Sylvan le daban una ventaja difícil de reducir. Tuvo que correr para ponerse a su altura.

―Oye, lo siento. ―Al cogerlo del brazo, el elfo redujo el ritmo―. Sé lo que significaba ese anillo para ti. Aunque el alguacil y sus muchachos no hagan nada, hablaré con Julius para…

Sylvan se detuvo.

―No es por el anillo. ―Suspiró con amargura―.

Bueno, en parte sí es por el anillo, pero es más por tener que estar alerta en todo momento.

Por vigilar en quién puedo y en quién no puedo confiar.

Por pasarme todo el día juzgando las intenciones de la gente.

Es muy, muy cansado. ―Miró a la monja a los ojos.

Aquel verde bosque que a Leoncia siempre le había parecido vivo y vibrante, ahora le parecía marchito―. ¿Cómo podéis soportar esa carga?

Leoncia bajó la mirada, sintiéndose responsable sin saber por qué. Sí, así eran los mortales. Así era la vida en Lindeburgo y en cualquier otra ciudad. Por ello los humanos habían buscado la guía de los elfos siglos atrás. Para seguir su ejemplo y convertirse en mejores personas.

«Y hasta eso hemos corrompido», pensó.

―Sé que tú no tienes la culpa ―continuó Sylvan―. Lo haces lo mejor que puedes con nosotros. Y si no fuera por ti, a saber cómo habríamos acabado.

El elfo se separó de Leoncia y empezó a caminar de nuevo. Iba en una dirección diferente al apartamento.

―Espera. ¿Adónde…?

―Necesito pasear solo ―dijo, apático―. Después iré al burdel. Me toca con la condesa Fretel.

―No es necesario que lo hagas si no quieres.

El elfo le dedicó una sonrisa cansada antes de desaparecer tras la esquina.

―Lo sé. Gracias.

Leoncia se quedó allí quieta, sola, siendo apenas consciente de las miradas que le lanzaba la gente al pasar. A esas alturas, toda Lindeburgo sabía quién era la monja responsable de los dos elfos que estaban poniendo patas arriba la ciudad.

Emprendió el camino de vuelta al apartamento.

No había albergado muchas esperanzas de que las fuerzas de seguridad solucionaran las cosas, pero tampoco había esperado que los despacharan de esa manera.

La parte buena era que había sido rápido.

Lo sentía por Sylvan, pero puestos a llegar al mismo resultado, mejor no perder el tiempo.

Avanzó deprisa por las calles, lo suficiente para limitar la exposición al intenso sol de la mañana sin cansarse demasiado.

Aún no entendía cómo los elfos podían aguantar aquel calor sin mostrar el mínimo signo de sofoco.

En esos momentos Eilyn estaría haciendo su ronda de venta, seguramente tan fresca y elegante como una rosa.

Esperaba que vendiera algo, ya más por su propio ánimo que por el dinero.

Aunque también les vendría bien más de lo segundo, con lo caro que estaba todo.

Subió las escaleras del edificio sumida en una corriente de pensamientos más mundanos.

El día anterior había comprado pescado salado, queso, carne seca y una buena provisión de legumbres y vegetales.

La intención era la de ahorrarse algo de dinero cocinando ella misma en lugar de depender de Rita, aunque le consumiera más tiempo.

Abrió la puerta intentando recordar dónde guardaba su viejo cuaderno de recetas.

Desde que había entrado en la vida monástica, no lo había necesitado para nada. ¿Quizá podía hacer un guiso con…?

Un destello de color la sacó de sus pensamientos. Una flor, de un fucsia tan intenso que casi dañaba los ojos, la recibió desde alfeizar de la ventana. Se acercó a examinarla. ¿Cuándo había florecido la seya? De hecho, ¿cuándo la había regado por última vez?

Se fijó en el resto de plantas. Todas estaban verdes y lozanas. Algunas de ellas, incluso, florecidas.

«Habrá sido Eilyn», pensó, agradecida.

Leoncia sonrió y se tomó un tiempo para disfrutar de aquel pequeño vergel.

La zala había empezado a extender sus ramas de hojas diminutas por las paredes, ávidas de altura, y el erceño revelaba unas tímidas flores naranjas.

Leoncia las olió y sintió un matiz fresco y dulce.

Solo con eso, el pequeño apartamento empezó a parecerse más a un hogar.

Abrió la ventana y rescató la seya de aquel sol infernal. Pensó en llevarla al dormitorio; era el único lugar de la casa al que le faltaba un toque vegetal. Seguro que Eilyn y Sylvan lo agradecerían cuando…

Lo que vio la dejó paralizada en el umbral.

Eilyn estaba en la cama. Llevaba puesta una blanca falda vaporosa, ahuecada entre sus piernas abiertas. Su espalda descansaba sobre un almohadón, que a su vez estaba apoyado en pared. Y su torso, desnudo, se movía al ritmo de aquello que estuvieran haciendo sus manos bajo el vestido.

Se estaba masturbando.

Leoncia sintió un rubor tan intenso que le pareció tener una hoguera frente a la cara.

Quiso apartar la mirada, pero no consiguió hacerlo.

Habría sido una crueldad para sus ojos perderse la visión de la respiración entrecortada de la elfa, de sus párpados cerrados, de sus labios entreabiertos…

Habría necesitado la voluntad de tres mortales juntos para dejar de fijarse en sus pechos, subiendo y bajando al ritmo de sus exhalaciones.

La luz del sol, ajena a todo ello, iluminaba una habitación que ya brillaba por sí sola.

Leoncia solo pudo desear saber pintar para plasmar siquiera una pequeña parte de esa belleza.

Eilyn puso una mueca de frustración, agrietando la fantasía. Bufó y, acto seguido, abrió los ojos, acabando por completo con ella. Las miradas de la mortal y de la elfa se encontraron.

Las cejas de Eilyn se alzaron de la sorpresa y Leoncia soltó un grito, haciendo caer la maceta de la seya.

El tiesto se partió y la planta quedó erguida sobre un montoncito de tierra.

Leoncia dio un par de vueltas sobre sí misma sin saber si huir, ponerse a recoger el estropicio o pensar en una explicación que justificara su presencia. La detuvo la risa cantarina de Eilyn.

―¿Qué estabas haciendo? ―preguntó la elfa.

Leoncia la miró y apartó la mirada tan rápido como si se hubiera quemado. Eilyn la observaba con una risueña curiosidad. Su mano, aún activa, se mantenía ocupada debajo de la falda. Leoncia sintió que la hoguera que ardía en su cara se intensificaba.

―Un… sitio para la seya ―consiguió murmurar―. Buscaba yo.

Eilyn paró. Se inclinó en la cama y se acercó a Leoncia con curiosidad felina.

―¿Esta es una situación incómoda para vosotros? ―preguntó la elfa―. ¿La de encontrar a alguien jugando consigo mismo?

La mente de Leoncia pensó varias respuestas a la vez. Ninguna de ellas consiguió completar el corto camino hasta la lengua.

―Lo siento ―dijo Eilyn. Se echó hacia atrás y se tapó con la sábana―. Supongo que sí. Y mucho.

«Ya basta ―se dijo Leoncia―. Déjate de tonterías».

Ya conocía a los elfos. Conocía sus inclinaciones.

Conocía su cuerpos con ropa, sin ropa y desde todos los ángulos.

¿Por qué seguía turbándose por todo lo que hacían?

Si había dos corazones puros en toda Lindeburgo, pertenecían a esos dos seres.

Como mínimo, se merecían la verdad cruda y descarnada que esperaban recibir con sus preguntas.

―Que te pillen masturbándote es una situación incómoda ―consiguió decir―. Solemos hacerlo en la intimidad, para que nadie nos observe. Probablemente lo hagamos todos, aunque pocos te confesarán que lo hacen.

―Pensaba que tenía intimidad ―dijo Eilyn, con cierto reproche―. Se suponía que vendrías más tarde.

Leoncia asintió.

―Ha sido culpa mía. He entrado al cuarto sin llamar y me he quedado mirando más tiempo del debido. No tenía que haber hecho eso. ―Sacó fuerzas para decir algo más―. Pero verte me ha parecido bonito.

La expresión de Eilyn se relajó un tanto.

―Estaba practicando lo que me dijiste. Pensar, excitarme, tocarme… Me parece agradable, pero no me llega a prender la chispa.

Leoncia intentó controlar su temblor de piernas. Lo había dicho. Había dicho que le había parecido bonito. Y, sorprendentemente, la tierra no había colapsado.

―Está bien así. Al público le encantará.

―¿Estás segura?

―Quizá… controla ese ceño. Y finge algún gemido de vez en cuando.

―Me gustaría no tener que fingir. ―Volvió a llevarse la mano debajo de la falda―. Me gustaría poder disfrutar de esto. De hecho…

Eilyn apartó la mirada. El silencio se alargó. De repente y sin ningún tipo de explicación, Eilyn parecía cohibida.

―¿De hecho, qué?

―Que me ha empezado a gustar en cuanto te he visto.

Leoncia no pudo sonrojarse más porque no había gota de sangre en su cuerpo que no estuviera ya en su cara.

La hoguera, por otro lado, empezó a notarla en un sitio muy particular de su anatomía.

Buscó algo que decir: un consejo, una apreciación.

Algo que la salvara de quedarse quieta como un animalillo deslumbrado.

―A mí también. Me ha gustado verte, quiero decir.

Eilyn se recostó más. Mostró una sonrisa lánguida e imprimió más intención al movimiento de la mano.

―¿Entonces me das permiso para practicar contigo delante? ―preguntó.

―Sí.

Y sin entender del todo cómo, el ser más bello que Leoncia había visto en su vida empezó a tocarse delante de ella.

Observó sin entrometerse. Admiró la pose de Eilyn: los hombros encogidos, el cuello inclinado hacia delante.

Sus manos, aun sin haber practicado jamás la disciplina con ella misma, sabían exactamente lo que tenían que hacer.

Recorrieron su cuerpo, deteniéndose al final en la cara interna de los muslos.

Consiguiendo que Eilyn se abriera de piernas y revelara la joya, húmeda y brillante, que escondía bajo su falda.

Leoncia sintió esa misma humedad en su propio cuerpo.

Con una mano, la elfa se abrió los labios y exploró su interior. Con la otra comenzó a acariciarse los pechos. Su espalda se arqueó y la cabeza se orientó hacia arriba. Su boca se abrió como si fuera a beber de un manantial.

Leoncia observaba atónita. Extasiada. Si su parte racional hubiera estado al mando, se habría marchado de allí. Pero su parte racional estaba ocupada luchando por no ahogarse en aquella marea de emociones. Quizá las más intensas que había experimentado en toda su vida.

Y puesto que esa parte de su mente estaba ocupada con otras cosas, nada impidió que su mano descendiera.

Eilyn la miró. Sus ojos eran pozos de puro deseo.

«¿Me das permiso para practicar?», pensó Leoncia. O quizá lo dijo; en ese momento no tenía nada claro.

La elfa sonrió en respuesta.

―Sí.

La monja liberó ambas manos. Las dejó explorar a placer su propio cuerpo mientras Eilyn se perdía en su éxtasis. Un éxtasis tan vivo, tan bello, que Leoncia parecía una cerilla encendida al lado de un incendio.

Un incendio que la incitaba a consumirse en él.

Leoncia dejó escapar un gemido inesperado, demasiado alto.

Sus movimientos se detuvieron: quizá había ido demasiado lejos.

Eilyn abrió los ojos y clavó la mirada en la mano de la monja, aún escondida en la parte baja del hábito.

Mostró una sonrisa traviesa. Hizo entonces un movimiento con su propia mano, provocándose un gemido aún más agudo.

La llama del placer de Leoncia revivió al instante.

Mantuvieron la vista la una en la otra. Leoncia se perdió en el color miel de los ojos de la elfa mientras oleadas cada vez más intensas de placer amenazaban con arrastrarla a un lugar profundo y mágico. Un lugar del que ya no había vuelta atrás.

Eilyn le hizo un gesto y Leoncia se acercó a la cama, movida por el hechizo de la elfa. Un paso, una sonrisa, un titubeo. Una invitación sincera. El fuego de dos cuerpos que deseaban unificarse.

Se vio a sí misma tumbándose, hipnotizada. Su cuerpo moviéndose por voluntad propia. Eilyn la desnudaba. Ella daba rienda suelta a sus gemidos. Sintió el roce de la piel de la elfa. Y pensó que era lo más maravilloso que había sentido en su vida.

Cuando saboreó sus labios, comprendió que había estado equivocada.