Chapter 17 #2
―Consecuencias de años de represión sexual ―dijo Eilyn―. Seguro.
Sylvan asintió mientras masticaba.
―Como cualquier mortal.
―Se les pasaría si hablaran de esas cosas abiertamente.
Plaf .
Leoncia colocó la bandeja en la mesa con un sonoro golpe.
―Te ha pagado sin intentar regatear, ¿verdad?
El elfo volvió a asentir.
―Todo en orden.
Rebuscó en su bolsillo y dejó caer cinco monedas en la mesa.
Cincuenta marcos: había ganado más que Eilyn aquella tarde.
Y, al mismo tiempo, una cifra insultante en comparación con lo que habían perdido unos días antes.
Esas eran las consecuencias de haberse enfrentado a la Iglesia Élfica.
Y de haber rellenado de metal el recto de un aristócrata baboso, a decir verdad.
Sylvan arrastró las monedas hasta el otro lado de la mesa y Leoncia las guardó en un saquito. El brillo del metal mantuvo distraída a la monja, pero Eilyn detectó algo. No era algo que había, sino algo que faltaba. El anillo trenzado de Sylvan. Una ausencia que se anunciaba a gritos.
Eilyn le cogió la mano.
―¿Qué has hecho con tu anillo?
Leoncia levantó la cabeza.
―¡Ah, sí! ―Sylvan mostró una sonrisa ancha y pura.
Impecable e inocente. Una de esas sonrisas que precedían a la confesión de una absoluta estupidez―.
He conocido a un chico fumando hierbaluna en el barrio alto.
Hierbaluna de la buena, de la de casa. Resulta que trabaja como mensajero y a veces va a Ilendalië.
Leoncia se acercó a la mesa y tomó asiento. Por la mirada que cruzó con Eilyn, la mujer ya parecía conocer al elfo lo suficiente como para esperarse cualquier cosa.
―Bueno ―prosiguió Sylvan―, el caso es que le he pedido que mande un mensaje.
―¿Qué mensaje? ―preguntó Eilyn.
―Pronto se celebrará el Alto Cónclave. Se supone que es el momento en el que se sustituyen los líderes de la Iglesia Élfica.
Según Archimel, un momento clave de cambio, ¿verdad?
―Leoncia asintió con desconfianza―. He contado a los elfos el lío que tenéis montado aquí.
De las coacciones y del tráfico de influencias, de los abusos del obispo Archimel, de las presiones de los cardenales, de lo que puede hacerse y lo que no.
He pedido consejo a los expertos en vuestra iglesia.
Si hay algo que podamos hacer para arreglar las cosas antes del Alto Cónclave, ellos lo sabrán.
El elfo masticó el corazón de la manzana y se chupó los dedos.
―¿Y el anillo? ―preguntó Leoncia.
―Ah, para que lean la carta a tiempo. Nuestros procesos pueden ser demasiado lentos para las exigencias de los mortales.
Eilyn y Leoncia se miraron. El silencio que mantuvieron se fue volviendo cada vez más amargo. Tanto que hasta Sylvan se dio cuenta.
―¿Qué os pasa? ―preguntó el elfo―. No habéis dejado de poner caras raras desde que he empezado la historia.
―Encontraste a un chico fumando hierbaluna ―habló Leoncia, despacio―. Te dijo que era mensajero y le diste tu anillo. ¿Es así?
―Bueno, tenía una trenza de Lerian ―respondió Sylvan―. Es amigo de los elfos, goza de la confianza de nuestro pueblo. Me miráis como si le hubiera dado mi anillo a cualquiera que pasaba por la calle.
Eilyn posó la mano sobre el hombro de su compañero. Habitualmente se reservaba el contacto físico para dos ocasiones: el sexo y cuando tenía que dar malas noticias. Por la mirada preocupada que le lanzó Sylvan, pareció entender correctamente lo que venía a continuación.
―Estrella mía. Has dicho que la hierbaluna era como la de casa.
―Sí…
―Y sabes quién ha traído recientemente ese tipo de hierbaluna, ¿verdad?
―Nosotros ―respondió Sylvan. Su rostro empezó a demudarse―. Pero el chico…
―Sí, nosotros, Sylvan ―continuó Eilyn―. Al igual que la verdeseda, los broches, las tiaras, las joyas y todo lo demás. ¿Recuerdas dónde acabó nuestro equipaje?
―Robado. Pero la trenza de Lerian…
―Estoy segura de que ni siquiera sabía lo que llevaba puesto.
La expresión del elfo ya era de completo horror.
―No. Cuando le dije que era una trenza de Lerian, no reconoció el nombre.
Eilyn le acarició la cara.
―No ha ido a Ilendalië. Seguramente ahora estará moviéndose en los mercados clandestinos de la ciudad.
―¿Recuerdas aquel hombre que intentó venderte un laúd robado en el callejón? ―intervino Leoncia. El elfo asintió―. Pues algo así, pero con tu anillo.
Sylvan dejó caer los brazos. Era como si acabara de convertirse en un muñeco de cera y empezara a derretirse por el calor. Como con el rostro parecía no ser suficiente, la elfa también le tomó la mano.
―Pero tranquilo ―dijo―. Lindeburgo no es tan grande como para que ese chico pueda esconderse para siempre. Está entre estas mismas murallas, como nosotros. Daremos con él.
Leoncia carraspeó, incómoda.
―Puedo preguntar a Julius. No es la primera vez que trafican con reliquias de la Iglesia Élfica. También tenemos algunos contactos en los bajos fondos.
―¿Ves?
―Pero si el ladrón tiene algo de cabeza, ya estará fuera de Lindeburgo. ―La monja miró a Eilyn, preocupada―. Con una joya élfica como esa podría empezar una nueva vida en cualquier otro sitio. ―Miró a Sylvan―. Lo siento.
El elfo dejó caer la cabeza sobre la mesa.
―Soy imbécil.