Chapter 17
Eilyn llamó a la puerta de la casa y esperó zapateando sobre los adoquines.
Miró alrededor. La calle estaba vacía. El bochorno vespertino había pasado y la atmósfera se iba refrescando con la llegada del crepúsculo.
Los pájaros volaban en bandada y las nubes adquirían formas y colores refulgentes.
Se había quedado una tarde bonita. Pero claro, todo parecía más bonito en los barrios ricos y silenciosos de la ciudad.
Alguien abrió la puerta y Eilyn mostró su expositor.
―Bragas de elfa. Tengo de varios colores.
La sirvienta se quedó petrificada en el umbral. Eilyn mantuvo el expositor frente a ella.
―Iré a buscar al señor ―dijo la mujer, antes de desaparecer en el interior de la vivienda.
Eilyn suspiró. Ya había perdido la cuenta de las casas que había visitado y tenía pocas esperanzas en el éxito de su próxima interacción. Hasta el momento no había vendido nada. De hecho, sospechaba que la habrían echado a palos de varios sitios si no fuera quien era.
Leoncia le había asegurado que los señores de aquellas casas eran los remitentes de algunas de las cartas más lascivas. ¿Por qué se mostraban tan esquivos ahora?
Apareció un nuevo rostro tras la puerta: redondo, bien afeitado y con una evidente calvicie cubierta con cortinilla. Sí, a Eilyn le sonaba haberlo visto en el burdel.
Mostró una sonrisa ensayada antes de hablar.
―Bragas usadas de dama inmortal del Bosque. Objetos que han buceado en la profundidad de mis intimidades. Me han dicho que podrían interesarle.
Un rubor intenso brotó desde el cuello del hombre y ascendió hasta su peculiar flequillo.
―Me las he puesto todas ―continuó Eilyn―. Esta negra de aquí era especialmente cómoda. Si te fijas en los bordados…
El hombre masculló algo y comenzó a cerrar la puerta. Eilyn la bloqueó con el pie. Dejó de sonreír.
―¿Por qué no las quieres?
―Yo… Mi esposa…
El hombre siguió balbuceando mientras empujaba la puerta. A Eilyn le pareció que hacía a propósito lo de no dejarse entender.
―Son solo treinta marcos y tú estás podrido de dinero.
―Es que…
La elfa cogió las bragas negras y se las metió al hombre por el cuello de la camisa. Después le mostró la palma de la mano, expectante.
De la brillantez de la mente del señor no se habría podido decir nada en contra: reaccionó rápido y colocó varias monedas en la palma de Eilyn. La elfa dio las gracias, retrocedió un paso y permitió que la puerta se cerrara con un sonoro golpe.
Volvió al apartamento considerando la tarea terminada.
* * *
―Ya te avisé de que no funcionaría ―dijo Leoncia.
Eilyn daba vueltas a su infusión, sentada a la mesa. La monja iba de aquí para allá colocando y recogiendo. La elfa solía preguntarse qué hacía para estar siempre de un lado para otro, atareada como una hormiga.
―Pues no lo entiendo ―repuso Eilyn―. En el burdel me idolatran y me roban la ropa en cuanto me descuido. Fuera me envían cartas pidiendo un sinfín de idioteces. ¿Por qué cuando los visito me dan con la puerta en las narices?
Leoncia encendió las lámparas. Ya había oscurecido y la ciudad estaba en calma. O al menos, parte de ella; Sylvan estaría ganándose su sustento en el burdel del modo más ruidoso y vulgar posible.
―Entre otros muchos motivos relacionados con la privacidad en los que no voy a entrar ―Leoncia apagó la cerilla agitándola―, diría que eso es algo que se compra en caliente. Habría que excitarlos primero.
Eilyn refunfuñó y volvió a concentrarse en la infusión. Aún no había cenado, y no porque se hubiera animado a seguir la iniciativa de no comer, sino porque se le había quitado el hambre.
Sylvan también ganaba mucho menos dinero que antes, pero no la miseria que estaba consiguiendo ella. Él, al menos, era capaz de financiarse a sí mismo. Eilyn era casi a lo que aspiraba.
―Podría hacer otro espectáculo ―murmuró―, pero no pienso exponerme como ganado para ellos.
Leoncia levantó las manos como diciendo «lo sé».
―Y no me importa que me observen mientras disfruto ―continuó Eilyn, reflexionando para sí misma―. Me gusta, de hecho. Lo que no soporto es ser una mercancía expuesta.
―Lo entiendo…
La elfa bebió un sorbo de la infusión y se reclinó en la silla. Miró por la ventana, encontrando nada más que oscuridad. Después paseó la mirada por el resto de la estancia. Cuando se cruzó con los ojos de Leoncia, encontró en ellos el brillo de una idea.
―No necesitas a Sylvan para disfrutar en el escenario.
Eilyn bufó.
―Claro que no, pero no hay ningún otro elfo o elfa en toda la ciudad. Y ya te he dicho que los mortales…
―No me refiero a los mortales ―interrumpió Leoncia―. Me refiero a darte placer… bueno, tú sola.
Eilyn se quedó mirando a la monja. El silencio comenzó a hacerse largo.
―No sé a qué te refieres ―dijo.
Leoncia soltó una risotada.
―Esa es buena. Seguro que no.
―Te lo estoy diciendo en serio.
―No cuela. ―La expresión de Leoncia fue perdiendo su simpatía―. No seré tan vieja como tú, pero tampoco me he caído de un pino, ¿sabes?
Eilyn frunció el ceño.
―No sé qué tienen que ver los pinos en esto, pero te repito que no sé de lo que hablas.
La mandíbula de Leoncia fue cayendo poco a poco.
―¿No sabes lo que es masturbarse?
―¡Claro! ¿Cómo no voy a saberlo? ―dijo Eilyn―. Ya me masturbaban antes de que nacieras. ¿Qué tiene que ver con todo esto?
―Tiene que ver con que puedes hacerlo tú sola ―explicó Leoncia, cada vez más confusa―. No necesitas a nadie más.
Eilyn volvió a quedarse en silencio.
―Eso no tiene sentido.
Leoncia dejó todo lo que estaba haciendo y se sentó a la mesa.
―Por favor, explícame: ¿qué es lo que no tiene sentido?
―¿Por qué ibas a hacértelo tú misma cuando cualquier otra persona puede hacértelo?
―Porque, a veces ―respondió Leoncia, lentamente―, no hay cualquier otra persona. Y mucho menos la que tú quisieras.
―Siempre hay.
―No aquí. Piensa en todas las puertas que te han cerrado en la cara.
Eilyn se llevó la mano al mentón, pensativa.
En Ilendalië, encontrar un compañero sexual en cualquier lugar u hora era lo más fácil del mundo, como ir a recoger agua al arroyo.
Pero en las Tierras Mortales, con sus descoyuntadas costumbres respecto al sexo, quizá no fuera tan fácil.
¿Podría ser que hubieran inventado prácticas solitarias que no hubieran llegado al conocimiento de los elfos?
―¿Entonces eso es lo que iban a hacer con mi ropa usada? ―preguntó―. ¿Masturbarse?
Leoncia soltó una risa incrédula.
―¡Pues claro! ¿Qué pensabas que iban a hacer si no?
Eilyn se encogió de hombros.
―¡Y yo qué sé! Cualquier otra cosa extraña de humanos. Menos que eso de la masturbación en solitario, desde luego.
―Podrías haber preguntado.
―Cuanto más os conozco, menos prefiero preguntar.
La monja arrastró la silla para acercarse a la mesa.
―No me digas que nunca has… jugado contigo misma.
Eilyn negó con dudas. Aún había cosas que no terminaba de comprender.
―¿Pero cómo funciona? Es decir, ¿cómo puede darte placer hacerlo tú sola? ¿Cómo lo haces tú?
El rostro de Leoncia enrojeció sutilmente. Eilyn sintió orgullo por ella. Teniendo en cuenta la naturaleza de la conversación, había tardado bastante más de lo esperado.
―Pues… piensas en alguien o en una situación que te excita. Empiezas. Te tocas. Te excitas más, sigues y… ―Se retorció las manos―. No sé, el placer viene solo.
Eilyn soltó una risotada cantarina. Leoncia se turbó, pero no apartó la mirada.
―¿Qué pasa?
―Que es absurdo ―dijo Eilyn―. Tener ganas de sexo y tocarte es como tener hambre y acariciarte el estómago.
Leoncia no pudo evitar sonreír.
―Algo así, pero funciona.
Eilyn hizo el gesto de frotarse la barriga.
―¡Mmm! Sí, ya lo noto. ―Rio―. Me viene el sabor de fresones jugosos. Y ciruelas… ¡Dulces granadas de otoño!
Leoncia rio también. Se acercó entonces a la despensa y empezó a tirar manzanas a la elfa. La primera la sorprendió con un impacto en la cabeza. Las siguientes las atrapó al vuelo.
―Eran manzanas tempranas ―dijo Leoncia―, no granadas. Vas a tener que practicar más.
Eilyn sonrió con malicia y lanzó las manzanas de vuelta a Leoncia. Esta gritó y las esquivó como pudo. La batalla terminó y ambas, sonriendo, empezaron a recoger la fruta del suelo.
―Supongo que sí que tendré que practicar ―dijo la elfa, al rato―. Lo de tocarme, digo. Quizá sea una buena idea para hacer un espectáculo.
Leoncia asintió ensimismada mientras terminaba de organizar la despensa.
―¿Tú lo haces a menudo? ―preguntó Eilyn, de golpe.
La monja se quedó rígida.
―¿El qué?
―Masturbarte, ¿qué va a ser? ―Se inclinó hacia delante―. ¿Cada cuánto lo haces?
Leoncia volvió a concentrarse en su tarea, moviéndose con una torpe rigidez. Le dio convenientemente la espalda.
―Venga, dímelo.
―No pienso contestarte a eso.
―¿Por qué no? ―insistió Eilyn―. ¿Usas algún objeto o con tu propia mano?
―¡Dama Eilynwen! ―Leoncia la miró, interrumpiendo su tarea. La rojez de su piel ya competía con el tono de las manzanas―. Ya basta. Por favor.
Eilyn ensanchó la sonrisa.
―Esta es una de esas cosas que os da vergüenza confesar, ¿verdad? Seguro que no habláis nunca de esto.
―¡Exacto! Así que para.
―Me conformaré con que me confieses la última vez que lo hiciste.
―No pienso decir una palabra más sobre este tema.
Los escalones crujieron en el exterior. Eilyn reconoció los pasos de Sylvan, que subían enérgicos al apartamento. En cuanto Leoncia llegó a la misma conclusión, se apresuró a abrir la puerta.
―¡Lord Sylvanor! ―exclamó―. ¡Por fin! Estábamos esperándote para cenar. Rita nos ha traído pan de centeno y una mantequilla de chuparse los dedos. Siéntate y te lo acerco a la mesa. ―Empezó a revolotear por la cocina― ¿Qué tal con la condesa Fretel? Quiero saber todos los detalles.
Sylvan se dejó empujar por la monja hasta la silla. Si detectó algo raro en su actitud excesivamente locuaz, no lo mencionó.
―Esa mujer es un torrente desbocado ―dijo el elfo. Recogió una manzana del suelo, la frotó contra su manga y se la llevó a la boca―. Quiere hacerlo todo a la vez y no sabe ni por dónde le da el aire. Mañana repetiremos, tengo mucho que enseñarle.