Elf P*rn Chapter 16
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Chapter 16

Leoncia se dedicó a localizar y contactar a toda la gente que había estado presente en las subastas.

Si habían manifestado interés en acostarse con uno de los elfos, era razonable que aún lo mantuvieran.

Organizaron encuentros para Sylvan en el burdel.

Tuvieron que bajar los precios, pero al menos el dinero seguía entrando.

El trabajo con Eilyn requería algo más de preparación.

Aquella mañana, Leoncia había llevado a los elfos al mercado de telas.

En principio iba a acudir solo con Eilyn, pero Sylvan no había querido perderse la oportunidad.

El elfo había llegado a la conclusión de que privarse de comer no iba a tener un gran efecto en sus finanzas.

Y siguiendo esa línea de razonamiento, tampoco veía por qué no podía comprarse algo. Quizá así se animara.

Sylvan se había levantado con una incómoda melancolía en el pecho.

Quedaba solo una semana para la celebración del alto cónclave y las cuentas no salían.

Si no hacían ningún cambio, se quedarían a unos miles de alcanzar el importe de la deuda.

Y eso lo haría pasar a la historia como el elfo que la cagó en el Alto Cónclave.

Deambularon entre las callejuelas estrechas, invadidas por comerciantes que casi montaban barricadas con el género.

Los colores de las telas adornaban aquel concurrido laberinto.

La mezcla de aromas de cuerpos y especias saturaba el aire.

Sylvan ya había estado en aquel mercado, por lo menos, ocho veces. Y cada vez le parecía la primera.

Eilyn, por el contrario, parecía querer estar en cualquier lugar menos allí. Probablemente en un lugar silencioso, con árboles y sin humanos a la vista. Sylvan aún se preguntaba qué la había llevado a seguirlo al mundo mortal.

Entraron a una de las tiendas del sector más caótico del mercado. No era tan vistosa ni tan colorida como las de la calle principal, pero Leoncia les había asegurado que encontrarían mejores precios allí.

Los recibió un hombre calvo, bajo y con barbita de chivo. Sylvan tomó nota mental de esa posible configuración de vello facial.

―¡Oh! Buenos días, mis queridos inmortales del Bosque ―saludó el tendero―. Es un honor que hayáis elegido mi establecimiento, sí. ¡Un verdadero honor! Lo que hayáis venido a buscar, seguro que lo tengo. Será un enorme placer para mí ayudaros a…

―Lo he elegido yo, Miquel ―dijo Leoncia, sin apartar la vista del género de las estanterías―. Así que o me adulas a mí también o nos dejamos de tonterías.

El hombre lanzó a la monja una mirada pícara.

―Tú sí qué sabes, reina.

Leoncia le pidió que les mostrara todo lo relativo a paños menores y el sastre empezó a sacar medias de encaje, ligueros, corsés, enaguas y camisas de seda transparente.

Pasaban frente a la vista a toda velocidad mientras las palabras salían como un torrente de su boca.

También se ofreció a confeccionar algo a medida para Eilyn.

En cuanto Leoncia encontró un hueco entre frase y frase, pidió que les enseñara cosas más ajustadas a su presupuesto.

―Una deidad como ella no debería rebajarse a llevar baratijas ―dijo Miquel, molesto.

―Tampoco las llevará demasiado tiempo ―dijo Sylvan.

El tendero suspiró y los guio a una zona todavía más desordenada de la tienda.

Allí sacó unos paños pequeños que cabían en una sola mano.

Rojos, negros y blancos. Algunos llevaban bordados o lazos, también variaban en suavidad y transparencia.

Sylvan cogió una de las prendas y la inspeccionó de cerca.

Era como un calzón de caballero, pero mucho más corto y ligero.

―Son el último grito en Fuentestrella ―dijo Miquel. Había perdido gran parte de su efusividad―. Un grito de pánico, en mi opinión. No negaré que son funcionales, ¿pero dónde ha quedado la elegancia?

Eilyn cogió otra de las prendas con la punta de los dedos, como si el extremo opuesto estuviera ardiendo.

―¿Crees que valdrán? ―preguntó a Leoncia.

La monja asintió.

―Les valdrá cualquier cosa que haya tocado tus partes. Esto es perfecto.

Miquel miró a la una y a la otra con cara de no entender nada. Eilyn se encogió de hombros.

―Si tú lo dices…

La elfa se agachó, metió los pies y se subió el paño por las piernas hasta hacerlo desaparecer bajo su falda. El tendero se dio la vuelta y farfulló algo que Sylvan no consiguió entender.

Eilyn movió la cadera.

―Son cómodas ―dijo.

―¿A ver? ―preguntó Sylvan.

Eilyn se levantó la falda y dio una vuelta completa. El paño, de color rojo y adornado con un pequeño lazo, se ajustaba perfectamente a su pubis y a su culo, marcando el hueco entre las nalgas de manera reveladora. La oleada de calor que sintió Sylvan no tuvo nada que ver con el clima.

―No es necesario que te las pruebes ―dijo Leoncia.

―No debería, de hecho ―murmuró Miquel, aún sin mirarla.

Eilyn los ignoró a ambos. Se quitó la prenda y probó con otra; una de color negro con encaje. Sylvan siguió mirando, naturalmente. Había algo en los movimientos de la elfa al ponerse y quitarse aquellas prendas que lo excitaba como pocas cosas lo hacían.

Eilyn se dio cuenta.

―¿Qué me dices, Sylvan? ―preguntó, subiéndose de nuevo la falda―. Parece que eres el único al que puedo pedir una opinión sincera.

El elfo sonrió.

―¿Puedes volver a probarte el anterior? No lo he…

Leoncia se interpuso entre ambos.

―Aquí no.

―No, ¿qué? ―preguntó Sylvan. Descubrió que había dado un paso hacia delante de manera inconsciente.

―Ya sabes qué. ―Leoncia hizo girar al elfo sobre sí mismo y lo empujó hacia la salida―. Ve a darte una vuelta, anda.

―Pero…

―No la distraigas.

Sylvan fue a replicar, pero Leoncia fue más rápida sacándolo fuera de la tienda. Ahora que estaba empezando a animarse, lo echaban a la calle. Terminó murmurando algo lo suficientemente bajo para que Leoncia no lo escuchara.

Sin tener nada que hacer, caminó hasta la zona principal del mercado.

Avanzó entre una corriente cada vez más densa de gente, observando los puestos y las mercancías.

Los comerciantes lo llamaban a gritos desde las puertas de los establecimientos, directamente por su nombre.

Varios le hacían gestos para que entrara.

Sylvan siempre los saludaba de vuelta, sonriente, pero consciente del origen de su fama: era el elfo ingenuo y fácil de desplumar.

Su astucia y sus habilidades de negociación habían mejorado algo, pero aún quedaban lejos del nivel de un mortal. De un elfo común, siquiera. Eso le dolía más de lo que se atrevía a confesar.

Decidió alejarse de allí. Así quizá también se alejaría de esos pensamientos.

Avanzó en la dirección contraria, dejando atrás el ambiente cargado, la gente y los gritos. Abandonó las calles estrechas del mercado y se dirigió hacia la parte alta de la ciudad.

Caminó por cuestas adoquinadas, subió escalones y traspasó arcos sombríos y frescos, donde los habitantes de Lindeburgo se protegían del ardiente sol del mediodía. Siguió subiendo hasta que todos los caminos se volvieron descendentes. Allí encontró una pequeña plaza que daba a un mirador.

Las vistas eran magníficas. Lindeburgo se extendía ante él como un mar ondulado de tejados.

Las torres arañaban el cielo como lanzas erguidas y las cúpulas brotaban de la tierra como hongos majestuosos.

Así, aunque Sylvan había paseado incontables veces por Lindeburgo, en ese momento sintió que lo veía por primera vez.

Pero aún había algo más allá. Tras los campos de cultivo y los caminos, las granjas diseminadas y los pastos, una inmensa masa boscosa cubría el terreno hasta llegar a las montañas del horizonte.

Le alegró reconocer algunos de los picos.

A la izquierda del todo estaba el Gran Trelo, al que una vez había subido a recoger el hielo imperecedero de su cumbre.

Un poco más a la derecha estaba el Vaethindroed, de donde brotaban unas magníficas cataratas.

Eso significaba que en aquella inconmensurable masa de árboles comenzaba Ilendalië.

Le sorprendió estar sintiendo algo que no había sentido nunca antes. Se lo había oído mencionar a los mortales en la ciudad, pero hasta entonces había pensado que se trataba de una emoción humana. En cualquier caso, no había duda: por primera vez en su vida, estaba sintiendo nostalgia del hogar.

Recordó nadar en las termas, correr por los cañones del Faed Vyel, trepar árboles tan inmensos como aquellas torres humanas.

El canturreo de las aves, el frescor vigorizante de las mañanas, el resplandor dorado de los ocasos.

Todo eso evocó mientras su vista volaba hasta lugares que sus pies tardarían semanas en recorrer.

Casi podía sentir la sombra del follaje, el dulce olor de la hierbaluna. Era casi tan real que…

Sylvan frunció el ceño y olfateó. No, no era producto de su fantasía; había alguien cerca que estaba quemando realmente la planta. Y no la bazofia cenicienta que cultivaban los humanos, sino auténtica hierbaluna de Ilendalië.

Miró a su alrededor sin encontrar un alma en la plaza. Normal: aún hacía demasiado calor para que alguien quisiera sentarse al sol. Observó entonces las sombras y localizó algo en la hornacina de uno de los edificios. Un brillo revelador.

Decidió acercarse. A medida que la vista se le adaptaba a la penumbra, fue distinguiendo la silueta de un muchacho.

El chico, acomodado bajo la imponente talla de una estatua, dio otra calada a su cigarro antes de ver que tenía compañía.

Saludó con la mano y expulsó el aire formando una nube blanca. Sylvan la aspiró con deleite.

―No pensaba que echaría esto tanto de menos ―dijo―. Es de la buena.

―¡Ah! Ya lo creo.

El chico dio otra calada y le tendió el cigarro al elfo. Sylvan agradeció el gesto con una inclinación de cabeza. Fumó y saboreó el humo antes de soltarlo.

―Eres lord Sylvanor, supongo ―dijo el muchacho, recuperando el cigarro.

Sylvan volvió a asentir.

―Aunque nunca he entendido lo de «lord». ¿Qué significa?

El chico se encogió de hombros.

―Supongo que es una palabra para decir que eres importante.

―Curioso.

Sylvan pidió otra calada y el muchacho se la dio.

Esta vez se fijó más en él. El chico era delgado, vestía con sencillez y tenía una ligera chepa.

Su rostro era aniñado, aunque surcado de marcas de acné.

Tres semanas atrás al elfo le habrían chocado sus imperfecciones.

Ahora, simplemente, se había habituado a esa normalidad.

Un detalle le llamó la atención sobre el resto.

―¡Tienes una trenza de Lerian!

―¿Qué?

―Eso.

El chico llevó la mano al broche de su pecho, justo donde señalaba Sylvan. Estaba trenzado con rama de fresno negro y adornado con perlas de río. Su confección era impecable. Una joya así solo podía haber salido de Ilendalië.

―¿Cómo?

―Se las damos a los mortales que son muy cercanos a nuestro pueblo ―continuó Sylvan―. Puede que seas el único en toda la ciudad.

―Ah… Sí, me la dieron en el Bosque. Trabajo como mensajero. ―El chico dio otra calada al cigarro y se lo tendió de vuelta al elfo―. No voy con mucha frecuencia, pero siempre es agradable pasarse por allí.

Sylvan dio un asentimiento taciturno. ¿A quién no le iba a gustar pasarse por Ilendalië? Y más aún viendo cómo funcionaba el mundo mortal.

Hablaron de la decadencia de las ciudades humanas, de las pocas virtudes y los numerosos vicios de los mortales.

Quizá no era el mejor tema de conversación para que Sylvan se librara de la toxicidad de sus pensamientos, pero se veía atrapado en una espiral de la que no podía salir.

Asumió que ya no había escapatoria. Y, por qué no decirlo, también sentía el placer culpable de quien se rasca demasiado una herida.

Sí, los humanos podían hacer estatuas y cúpulas bonitas, pero no dudaban en aprovecharse los unos de los otros.

Y quienes supuestamente predicaban las enseñanzas de los elfos, los líderes de la Iglesia Élfica, eran los peores.

Sylvan sospechaba que sus compañeros de Ilendalië no tenían ni idea del mercado de influencias y amenazas en el que se había convertido la celebración del Alto Cónclave. Si los demás elfos pudieran ver…

Soltó el humo en una exhalación brusca, deslumbrado por la claridad de una idea.

―A la mierda.

―¿Qué? ―preguntó el chico.

Sylvan lo miró a los ojos.

―Tienes que llevar un mensaje en mi nombre.

―Espera. ¿Qué?

El elfo abrió su faltriquera y sacó el cuaderno de dibujo, tinta y pluma. Empezó a escribir, volcando con ansia su caligrafía élfica en el papel en blanco; líneas y líneas de desahogo fluyendo como un río en época de deshielo. Cuando terminó, arrancó la hoja y la agitó.

―Lleva esto a Ilendalië. Asegúrate de estar de vuelta con su respuesta antes de la celebración del Alto Cónclave.

El chico lo observó con la boca abierta.

―El Alto Cónclave se celebra en nada.

―Por eso tendrás que darte prisa.

―Pero yo…

Sylvan dobló la carta y la colocó en el pecho del muchacho. Este la cogió sin pensarlo.

―Te daré algo para agilizar el proceso.

Sylvan se quitó su anillo y lo miró durante unos instantes. Se lo había hecho él mismo, trenzando hilos metálicos de araña dorada a la luz del cometa Eyde. Le había llevado doce días y todo su talento. Dudaba que hubiera otro de esos en el mundo.

―Enséñaselo ―ordenó―. Los inmortales a veces pecamos de lentos. Con esto te recibirán con prioridad y podrás pedir unos marcos en compensación. O, si no te dan nada, vuelve rápido y te los daré yo mismo. Es tu garantía.

El chico cambió la expresión. Dejó de protestar y tomó el anillo entre los dedos. Lo estudió un momento antes de guardárselo en el bolsillo.

―Está bien.

Sylvan le dio una palmada en el hombro.

―Perfecto. ¡Vamos, lárgate!

El chico se levantó y salió corriendo. Sylvan lo observó abandonar la plaza desde el fresco nicho de la estatua, satisfecho. Se acomodó en el hueco mientras apuraba las últimas caladas de hierbaluna.

Miró hacia arriba y encontró un compatriota. El rostro pétreo del elfo lo observaba con orgullo. Sylvan saludó a la estatua y tiró los restos del cigarro.

Tenía el pálpito de que la situación estaba a punto de cambiar.