Elf P*rn Chapter 15
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Chapter 15

A Leoncia solo le había llevado medio minuto llegar a la conclusión de que el conde se había vuelto loco. Por suerte, no era la única que lo pensaba.

―¡Por toda la luz de las estrellas! No vamos a ejecutar a una inmortal del Bosque ―exclamó la jueza. Era una mujer corpulenta, con la voz lo suficientemente grave para provocar reverberaciones en la estancia. De repente, dudó―. ¿Se os puede matar acaso?

La Sala Magna del Palacio de Justicia estaba a reventar de rostros confusos.

Y aunque el juicio era a puerta cerrada ―probablemente para preservar algo de la dignidad del conde―, un ejército de magistrados con toga y peluca colmaba los bancos y los estrados.

La luz que se colaba por las vidrieras daban un toque colorido a la sala.

Leoncia lo habría disfrutado de estar menos nerviosa.

―Ese es un debate agotador, su alteza ―respondió Eilyn―. Créame.

La monja se llevó una mano a la frente. Habían estado repasando su defensa y el procedimiento del juicio con la ayuda de Julius y de un abogado contratado in extremis . Al parecer, había valido de poco.

―Señoría ―corrigió la jueza.

Eilyn se encogió de hombros, haciendo sonar la cadena de las esposas.

Sola, frente al altar e iluminada por la irisada luz de las ventanas, no había mirada que no atrajera.

Su pelo brillaba como una llama y sus ojos parecían emitir luz propia.

Su vestido de verdeseda, adornado con broches y nudos élficos, era en sí mismo una obra de arte.

La escena le recordó a Leoncia a uno de esos cuadros al óleo que tenía el obispo en su despacho.

El abogado de la acusación carraspeó.

―El hecho de que no se la pueda matar no exime de la aplicación de la pena, señoría. Un crimen así no debe quedar sin castigo.

―Los castigos recogidos por las leyes humanas no pueden aplicarse a los inmortales del Bosque ―respondió el abogado defensor―. Los seres no humanos quedan eximidos de cualquier pena.

―A menos que al agresor se le juzgue como «potencialmente devastador para la integridad humana». Refiero el caso de las ejecuciones porcinas del ochenta y uno.

Leoncia escuchó con asombro las referencias a casos de animales a los que se los habían acusado y ejecutado como a humanos.

Cerdos ahorcados por extender enfermedades, burros azotados por contrabando y pollos decapitados por hurto mayor ―una de las aves se había tragado la alianza de compromiso de la duquesa Tiriel, creando así una crisis entre casas nobiliarias que acabó desembocando en guerra―.

Tras varios minutos de desvaríos y citaciones enrevesadas, la mente de Leoncia volcó como un carro cargado con una rueda rota.

Después de eso, el juicio se volvió más tedioso que una misa nocturna.

Tanto que ni siquiera la preocupación por el destino de la cabeza de Eilyn le impidió a Leoncia cabecear.

Sylvan, a su lado, estudiaba todo con unos ojos vivaces y curiosos, verdes como la hiedra.

El conde, al otro lado de la sala, observaba a Eilyn con una mirada sombría y tosca.

Leoncia al menos podía decir una cosa a su favor: llevaba con bastante dignidad el hecho de que se hablara una y otra vez de las monedas que le habían metido por el culo.

―Podemos ejecutar humanos, sí ―habló la jueza, con el tono que usaría alguien para zanjar una discusión―. Y ocasionalmente a algún burro o cerdo con intenciones aviesas. Pero no seré yo quien apague la luz de un inmortal del Bosque.

Tras finalizar los últimos testimonios y discusiones, la jueza dictaminó que el burdel debía compensar al conde con el pago de veinte mil marcos. Sylvan, al escuchar la palabra «multa» se levantó y protestó, llevándose una amonestación como resultado.

Leoncia se recostó en el banco, derrotada. Volvían a quedarse sin dinero y sin su principal modo de ganarlo. Las dos semanas que faltaban para la celebración del Alto Cónclave iban a ser duras.

* * *

Tras superar el golpe del juicio, quedarse sin dinero se le hizo sorprendentemente normal a Leoncia. Volvía a ser pobre, como había sido durante toda su vida. Tendría que continuar esforzándose, como llevaba haciendo desde que había nacido. Ninguna novedad.

Aun así, seguía dando vueltas a ideas para reflotar el negocio.

Pensaba mientras asistía a los oficios del convento, pensaba mientras limpiaba el piso, pensaba en el baño y pensaba mientras bebía con Julius a escondidas tragos de vino bendecido.

Al principio pensaba con miedo; la aparición de Archimel la había dejado temblando, sin valor para dar un paso en cualquier dirección.

Estaba segura de que al obispo se le podían ocurrir represalias más brutales que una multa de veinte mil marcos.

Sin embargo, pronto comenzó a sentir otras cosas. El miedo se atenuó y empezaron a adquirir volumen emociones como el bochorno y la indignación. Eilyn tenía razón, por mucho que a Leoncia le doliera, cuando decía que la Iglesia Élfica era un mercado de influencias y estaba dirigida por cabronazos.

Al bajar a recoger la comida que había preparado Rita para ese día, sintió su sangre burbujear como un guiso al fuego.

A Leoncia se le ocurrieron cuatro réplicas para el obispo Archimel durante la conversación en el sótano del burdel mientras la mujer le contaba una anécdota insustancial de uno de los vecinos del bloque. Cinco, mientras subía las escaleras.

Al llegar al apartamento estaba tan cabreada que, de haberse encontrado allí el clérigo, lo habría empujado por la ventana.

―Bueno, espero que hayáis descansado estos días, porque vais a volver a dar el callo ―dijo, nada más entrar por la puerta.

Sylvan alzó la cabeza apenas un instante.

Estaba sentado junto a la mesa, hojeando distraídamente el Códice de la Luz mientras hacía nudos élficos con las manos.

Eilyn estaba al lado de la ventana, agachada junto a las plantas.

La monja dejó los cuencos de guiso sobre la mesa y se limpió las manos en el hábito.

Acto seguido, cerró el libro y lo llevó a la estantería.

―¡Eh! Justo ahora que se ponía interesante ―se quejó Sylvan.

―Ya tendrás tiempo para leerlo. Ahora escuchadme.

―Leoncia se sentó frente al elfo. Eilyn, curiosa y elegante como una gata, se acercó a la mesa―.

Tenemos a la cúpula de la Iglesia Élfica detrás de nosotros, atentos a cada paso que damos.

Pero, mientras no quebrantemos ninguna ley, no podrán hacernos nada. Aún tenemos opciones.

―Pero parece haber leyes para todo ―se quejó Sylvan―.

Si queremos tener sexo en la fuente, es exaltación al orden y escándalo público.

Si queremos tener sexo en el burdel, es una violación de la ley esa de la santa loca.

Si queremos quedarnos en casa y comernos un pastel mientras nos mira un perro, seguro que también nos metemos en un…

Leoncia lo cortó con un gesto de la mano.

―He hablado largo y tendido con Julius y cree que aún hay oportunidades ―dijo―. Además, tenemos el burdel. Habrá que darle uso.

―¿Desde cuándo tienes tanta fijación con el burdel? ―preguntó Eilyn―. Que recuerde, al principio preferías cualquier otra alternativa.

Leoncia frunció los labios. ¿Cómo contestar a eso?

¿O, al menos, cómo dar una respuesta que no fuera a llevarle varias horas?

Porque ya había pagado una semana más de alquiler.

Porque necesitaban un milagro para alcanzar el importe de la deuda.

Porque en menos de un mes había pasado de confiar ciegamente en los preceptos de la Iglesia Élfica a sentir un profundo desencanto por ella.

«Crisis espiritual», lo llamaban los filósofos.

¿Pero qué otra cosa podía ocurrir cuando los deseos de sus seres adorados chocaban tan radicalmente con los de los adoradores?

―Desde que Archimel me amenazó por ser fiel a vosotros en lugar de a un grupo de hombres corruptos y a ese estúpido libro. ―Señaló el Códice de la Luz. Se lo pensó mejor, juntó las manos y murmuró una rápida oración de disculpa―. Bueno, el libro no es estúpido, pero ya me entendéis.

―¡Oh, sí que es estúpido! ―dijo Sylvan―. ¿Sabíais que un sacerdote no puede ascender a obispo si ha tenido alguna vez relaciones sexuales?

Eilyn miró al elfo.

―¿En serio? ¿Entonces quieres decir que Archimel…? ―Sylvan asintió con la cabeza―. Vaya, eso explica muchas cosas.

Leoncia levantó la mano en reclamo de atención.

―El caso es que he reconsiderado mi postura. ―Se irguió en la silla, adoptando un aire solemne―. A partir de ahora, vuestra palabra será toda ley espiritual que seguiré. Y solo os pondré impedimentos cuando esa ley espiritual entre en conflicto con alguna ley humana.

Sylvan sonrió y aplaudió. Leoncia no pudo evitar contagiarse de parte de su entusiasmo. De hecho, sintió un extraño alivio al pronunciar esas palabras.

―Eso está muy bien ―dijo Eilyn―, pero necesitamos propuestas concretas. Lo único que se le ha ocurrido a Sylvan ha sido dejar de comer. ¿Has visto que ni siquiera ha tocado el guiso?

Leoncia se fijó en el elfo. Tocarlo no, pero con la vista lo estaba devorando.

―Por ahorrar ―se excusó este―. Cada marco cuenta.

Eilyn puso los ojos en blanco.

―¿Has visto los extremos a los que hemos llegado?

Leoncia sacó una hoja de su faltriquera y la colocó en la mesa. En ella había escrita una lista.

―Julius me ha asegurado que todo lo que aparece aquí es legal.

―Señaló la primera línea―. Para empezar, podéis seguir ejerciendo vuestro derecho de prostitución, siempre y cuando sea con un mortal y dentro del burdel.

El Códice de la Luz hace algunas menciones a la…

ejem… fornicación entre inmortal del Bosque y mortal, pero no hay ningún edicto que lo prohiba.

―Yo no vuelvo a pasar por ahí ―dijo Eilyn, cruzándose de brazos.

―Ni aunque quisieras, dama Eilynwen. Me temo que después de tu episodio con el conde, nadie va a querer acercarse a menos de dos metros de ti.

Eilyn dio su conformidad con un asentimiento rotundo.

―Lo mencionaba más por Sylvan ―continuó Leoncia, dirigiéndose ahora al elfo―. Tu talento en la cama te ha hecho fidelizar algunos clientes.

Sylvan mostró una sonrisa de suficiencia.

―Ha sido un placer.

―La parte mala es que, después de la redada, queda poca gente dispuesta a desafiar a la Iglesia Élfica. Las ganancias serán mucho menores de lo acostumbrado.

La sonrisa de Sylvan se transformó en una mueca de decepción.

―¿No había sido «un placer»? ―preguntó Eilyn.

―Sí, pero… digamos que cualquier elfo con maderos en vez de extremidades lo habría hecho mejor.

―Lo importante es que esa puerta sigue abierta ―dijo Leoncia―. Para ti, Eilyn, puedes revisar la lista y…

―Bailes eróticos. ―La elfa ya la estaba leyendo―. Posar desnuda para mirones. Disfrazarme de animal. ¿Ropa interior usada? ―Dejó pasar unos instantes de silencio―. ¡Y dale con mis pies! ¿Por qué la gente querría hacer cosas con ellos?

Sylvan se acercó para leer, movido por la curiosidad.

―Se llaman fetiches ―respondió Leoncia―. Resulta que el correo que recibe el burdel es un pozo rebosante de ellos. Aunque también llegan sobornos desganados de los cardenales. ¿Sabéis? Al menos Narcise ha tenido la dignidad de intentar comprar vuestros votos en persona.

―Espera, ¿hay gente que quiere pagar por olerle los pies a Eilyn? ―preguntó Sylvan, sorprendido.

―Oh, y cosas más turbias. ―La monja se rascó la frente―. No sabéis lo que han tenido que leer estos ojitos.

Eilyn levantó la mirada del papel. Leoncia trató de mantenérsela.

―No me gusta bailar ―dijo, seria―. Tampoco estoy dispuesta a exponerme como una mercancía en el mercado. Y no pienso dejar que nadie me toque los pies. Ni ninguna otra parte del cuerpo, en realidad. He venido a que me adoren, no a que me traten como una bestia.

―¿Y lo de disfrazarte de animal? ―preguntó Sylvan―. Suena divertido.

La mirada que le lanzó Eilyn hablaba por sí sola. Leoncia dejó pasar un silencio prudente antes de hablar.

―No has dicho nada de lo de la ropa interior…

La elfa permaneció callada unos segundos más. Miró a Leoncia, a Sylvan y a los cuencos de comida, que aún humeaban. El estómago del elfo rugió.

Eilyn lanzó un largo suspiro.

―Podemos intentar eso.