Chapter 14
Con la posible excepción del hombre al que le había rellenado el recto con monedas de oro, Eilyn consideraba al obispo Archimel el humano más desagradable que había conocido jamás.
Incluso ahora, que ya tenía una modesta experiencia tratando con mortales, el eclesiástico seguía encabezando la clasificación de imbéciles.
Leoncia lo observaba con el rostro decolorado y descompuesto. Boqueaba como un pez mientras el obispo inspeccionaba el lugar con aire distraído.
―Es bonito ―dijo el hombre―. Me sorprenden tus recursos, Leoncia. Quién me iba a decir que en unos pocos días ibas a montar este tinglado.
La monja pareció recuperar el sentido. Agachó la cabeza y dedicó al hombre una profunda reverencia.
―Su gracia… He seguido vuestras órdenes al pie de la letra. No he usado ningún activo de la Iglesia Élfica.
―Eso me complace.
―Y tenemos licencia. Lo que se hace en este establecimiento es perfectamente legal.
―A excepción de un pequeño detalle, como creo que ya te ha explicado el letrado.
―Legalista ―corrigió el aludido.
Leoncia siguió intentando defenderse. Esta vez, sin embargo, los balbuceos y la voz entrecortada le hicieron perder todo el poder que había ostentado antes. Se había vuelto pequeña.
La discusión continuó, ajena a los elfos. Eilyn intercambió una mirada con su compañero y este se encogió de hombros. Era curioso cómo la gente podía pasar tan rápido de ignorarlos a adorarlos y de adorarlos a tratarlos como a niños.
―… la vista gorda, pero esto es grave. La sangre ha llegado al río y la denuncia del cardenal Narcise de Fuentestrella…
Archimel siguió hablando y Leoncia murmuró algo, pero Eilyn no le prestó atención. El rostro de Sylvan, demudado de repente, se la había robado toda.
―… falta de gusto es indiscutible ―continuó el obispo― y la ley está cogida con pinzas. Pero cualquier tribunal le dará…
―Su gracia…
―¡No interrumpas, Leoncia! Otra metedura de pata y tomaré medidas radicales. ―La monja perdió el poco color que le quedaba. El obispo señaló a los elfos―. Controla a esos dos. Y, sobre todo, evita que se les vea haciendo… eso.
Archimel dio la conversación por terminada. Se dio la vuelta y abandonó el sótano. Leoncia se quedó petrificada, observando el hueco de presencia que había dejado su superior. De no ser por la intensidad con la que subía y bajaba su pecho, habría pasado por una estatua de carne y hueso.
El alguacil y los otros dos hombres murmuraron algo en voz baja y salieron poco después. Habían terminado su trabajo, el daño estaba hecho. Eilyn contuvo el deseo de encerrarlos en las habitaciones y rellenar sus rectos con lo primero que pillara.
Quedaron por fin los tres solos.
―Creo que… la culpa es mía ―murmuró Sylvan―. El otro día me encontré con el hermano Elio en una taberna. Bebimos unas copas y le conté lo del burdel. Seguramente fue él quien se lo contó después al cardenal Narcise. Solo le dije que nos iba bien y…
Leoncia no se movió. Ni siquiera parpadeó. Sylvan se acercó a ella con cautela, como si se tratara de un cervatillo salvaje. La mujer parecía haber recuperado algo de color, pero aún le quedaban las habilidades motoras.
―¿Leoncia? ―insistió Sylvan.
―No te preocupes ―respondió la monja en tono monocorde―. Se habrían enterado igual.
Sylvan la tomó sutilmente del codo. Entonces la atrajo hacia sí y la abrazó.
―Lo siento. Soy un estúpido.
Leoncia mantuvo los brazos suspendidos. Los ojos, abiertos en toda su amplitud, observaban el vacío. Tardó en superar la sorpresa y empezar a moverse. Entonces devolvió el abrazo al elfo.
Ahí estaban los dos: Sylvan alto, con el torso expuesto y musculado, abrazando a Leoncia, bajita y regordeta, cubierta con esos hábitos tan absurdos. Tan diferentes el uno del otro.
Eilyn se percató de que Sylvan le estaba haciendo el gesto de unirse.
―No ―vocalizó, sin imprimir voz a la palabra.
La mano de Sylvan insistió. Eilyn puso los ojos en blanco y soltó un suspiro.
Avanzó hacia ellos y los rodeó con los brazos, aportando un tercer cuerpo al abrazo.
No tan alto y musculoso como el de Sylvan ni tan bajo y débil como el de Leoncia.
Una nota diferente que completaba aquel improbable acorde y que, por alguna extraña razón, lo armonizaba.
El silencio los envolvió como una manta acogedora. Ni siquiera parecía relevante que el cardenal Narcise les hubiera cortado su modo de subsistencia o que Archimel los hubiera amenazado. De hecho, estaban muy cerca de conseguir el importe de la deuda. Todo iba bien. Ya nada podía…
―Ejem…
Los tres alzaron la cabeza al mismo tiempo. Una cuarta persona los observaba desde el umbral, un joven desgarbado con cara de caballo. Llevaba el uniforme de los mensajeros.
―He llamado y no ha respondido nadie. La puerta estaba abierta, así que, bueno…
Mostró una carta. El sobre era rosa, tenía relieve y venía perfumado. Daba tan mala espina como una víbora.
Leoncia lo cogió.
―Es una citación ―dijo el hombre―. Os llegará una copia por las autoridades, pero el señor ha insistido en hacéroslo saber cuanto antes.
―¿Qué señor? ―preguntó Leoncia.
―El conde Goior.
Eilyn se encogió. Leoncia rompió el sello y sacó la carta del sobre.
―¿Y por qué el conde querría…
Dejó la frase a medias al empezar a leer el texto. Su ceño se frunció, su boca se convirtió en una mueca y su piel volvió a perder el color. Sylvan alzó la cabeza sobre el hombro de la monja para echar un vistazo.
Eilyn solo había conseguido retroceder dos pasos cuando las sorprendidas miradas de Sylvan y Leoncia cayeron sobre ella.
―¿Diez mil marcos? ―preguntó Sylvan, sin poder contener su asombro―. ¿Por ahí?
―Convertido a reales de oro ―se excusó la elfa―. Solo fueron diez.
Su mirada se encontró con la de la monja. Si Sylvan parecía sorprendido, Leoncia era el desconcierto hecho persona.
―¿Eso hiciste? ―preguntó.
Eilyn intentó dar una explicación, pero las palabras se le atascaron en la garganta. ¿Por qué se sentía tan mal? Ese hombre se merecía eso y más. Lo repetiría una y mil veces si fuera necesario.
Le quitó la carta a Leoncia de la mano, más por salir del paso que por otra cosa. Entonces leyó. Pasó por alto todos los detalles que ya conocía y se concentró en la última parte del texto. Esta vez, fue ella la que no pudo evitar poner cara de sorpresa.
La citaban para un juicio dentro de dos días. El conde pedía su cabeza.