Chapter 13
Los días siguientes transcurrieron con tranquilidad. Los espectáculos nocturnos seguían atrayendo a un nutrido público, tanto que Leoncia decidió subir el precio de las entradas y nadie se molestó por ello. Cuando lo doblaron, tampoco pasó nada.
Las noches de trabajo se alternaban con noches de descanso.
Más por Leoncia que por los elfos, en realidad, ya que su aspecto de estar permanentemente al borde de un colapso había pasado a ser preocupante.
Los días libres vinieron bien a la monja para recuperarse, a Eilyn para relajarse y a Sylvan para explorar, tanto partes de la ciudad como cuerpos mortales.
Los ingresos seguían creciendo y el temible importe de la deuda se hacía cada vez más alcanzable.
Lindeburgo fue revelando poco a poco sus secretos.
Los elfos visitaron mercados, parques y tabernas.
Recorrieron los laberínticos arrabales y pasearon por las limpias y adoquinadas partes altas de la ciudad.
Compraron, comieron y bebieron como mortales, siempre dentro del límite de gasto que les había impuesto Leoncia.
Y, si alguna vez se pasaban, solo era cuestión de tiempo que la bolsa se llenara.
* * *
El murmullo de la gente era audible desde el sótano.
Eilyn y Sylvan estaban tumbados en la cama, esperando a que Leoncia dejara entrar al público para empezar la exhibición de aquella noche.
Después de otro largo día de experiencias mortales, Sylvan se encontraba cansado y satisfecho.
Si hubiera sido por él, habría prescindido del sexo, pero tampoco lo consideraba un gran sacrificio.
Eilyn estaba del mismo humor, así que habían acordado que la sesión de esa noche fuera suave.
Nada de cuerdas ni juguetes extraños. Solo ellos dos, disfrutando y explorando sus cuerpos para terminar lo que había sido un día tranquilo.
Como un río desembocando sosegadamente en el mar.
En el piso de arriba, los gritos de Leoncia poniendo orden se sobreponían al barullo.
La monja últimamente tenía la energía de un vendaval, y los jóvenes ayudantes que había contratado a menudo eran el blanco de sus embestidas.
A juzgar por el ruido de las voces, Sylvan intuyó que aquel día el público era más numeroso que nunca.
Pero lo cierto era que en cada sesión era más numeroso que nunca.
Aún le costaba entender el rechazo y la fascinación simultáneas que sentían los mortales en cuanto al sexo.
En Ilendalië, Eilyn y él no habrían conseguido congregar ni una vigésima parte de curiosos.
Y de hacerlo, además, se habrían marchado tras haber visto que no habían sido invitados a participar.
En ninguno de los casos, ni en el más remotamente fantástico, habrían pagado por quedarse a verlos.
Las veces anteriores les habían dado unos buenos espectáculos de lucha, juguetes y cuerdas. Ahora solo iban a ver a dos elfos disfrutando el uno del otro. ¿Se quedarían hasta el final?
Las preocupaciones intrascendentes se esfumaron al mirar a Eilyn.
La elfa se encontraba tumbada a su lado, desnuda y concentrada, anudándose una pequeña trenza en el flequillo.
Tarareaba para sí una canción que Sylvan había escuchado antes en algún sitio, pero no recordaba dónde.
Su postura y expresión inspiraban paz, tranquilidad.
La sensación de encajar en aquel mundo de locos. Sylvan se alegró por ella.
El elfo tomó otro mechón del cabello de Eilyn y empezó a trenzarlo. La elfa le lanzó una rápida mirada, que adornó con una sonrisa. Así, las cuatro manos trabajaron el cabello cobrizo de Eilyn, absortas, al tiempo que la sala iba llenándose de gente.
Zumbaba un silencio expectante. El aire se cargó de presencia mientras el peso de las miradas caía sobre los cuerpos de los elfos. Un foco se encendió: el espectáculo había empezado. Sin embargo, ellos siguieron trenzando.
Los movimientos de Eilyn eran alegres y fluidos, como la corriente de un manantial.
Los de Sylvan eran elegantes y decididos, como el crecimiento de la hiedra.
Mientras Eilyn hacía lazos sencillos, Sylvan trabajaba en filigranas avanzadas; nudos élficos solo al alcance de las manos más diestras.
Eilyn tenía otros talentos, pero ese era el suyo.
Los nudos lo ayudaban a relajarse, a concentrarse. A encontrar su sitio.
Siguieron trabajando ante la mirada del público, sin acelerarse ni ceder a la presión. Ese era su momento, mirara quien mirara. Y nadie se atrevió a interrumpirlos.
Poco después, los cuidados pasaron a las caricias y las caricias pasaron a los besos. Y Sylvan se vio, sin saber cómo, encima de Eilyn.
Sus miradas se encontraron y la elfa volvió a sonreírle. Esta vez, el brillo de sus ojos y su respiración agitada contaban otra historia. Sylvan acercó su boca y la besó con la lentitud de la miel extendiéndose en el pan.
De nuevo, se tomaron su tiempo. Se saborearon el uno al otro sin prestar atención a nada más. Al menos, Sylvan lo hacía así. La elfa lanzaba miradas furtivas al público y, acto seguido, soltaba gemidos de placer. A Sylvan, lejos de molestarlo, le excitaban más que cualquier roce.
Sus labios se separaron y empezaron a explorar el mapa de sus pieles con la minuciosidad de un relojero. Besaban, lamían y acariciaban, deteniéndose el rato que consideraban necesario allá donde querían. Hubo cosquillas y risas. Abrazos y besos. Hubo Ilendalië en medio de aquel oscuro sótano.
Las trenzas quedaron olvidadas al dejarse llevar por el impulso que habían avivado a fuego lento. Sylvan se sentía como una presa que contenía demasiada agua, amenazando con partirse.
Se colocó encima de Eilyn y lamió su pecho, gravitando en torno a sus pezones.
Al coronarlos con besos tan sutiles como plumas, Eilyn gimió y arqueó su cuerpo.
Sylvan imitó el movimiento, notando el poder de su propia contención hinchando los músculos de la espalda.
Sintiendo una dureza que cada vez lo dominaba más.
Eilyn pareció leer la emoción dentro de él y apretó su cuerpo contra el suyo.
Se abrazaron y se revolcaron sobre el colchón, los labios de la elfa en el cuello de Sylvan.
Al recuperar el sentido de la orientación, el elfo se vio a sí mismo debajo de Eilyn; su compañera se había sentado a horcajadas sobre él.
Los papeles se habían invertido y ahora era ella la que besaba su piel.
Pero no se detuvo en el pecho, donde siguió el contorno de sus pectorales con la lengua y con los dedos.
Ni siquiera en el abdomen, donde se entretuvo rodeando el ombligo y acariciando sus costados.
Siguió bajando lentamente hasta que Sylvan sintió el sutil roce de su cabello en la entrepierna. Eso le hizo arquearse de placer.
Entonces Eilyn tomó sus dos trenzas, mostró una sonrisa pícara y empezó a tejer un anillo de cabello.
La elfa acompañó el proceso con caricias y besos, alternando su atención entre una cosa y otra.
Momentos después, Sylvan sentía cómo el torrente contenido empezaba a resquebrajarlo desde dentro.
La presión del anillo se hacía cada vez más intensa.
La boca de Eilyn, caliente y húmeda, cada vez más presente.
Al principio tan solo en la punta, como gotas de rocío.
Después, con cada ida y venida, a más profundidad.
El elfo tomó el desatendido cabello de Eilyn y tiró de él, guiando las acciones de la elfa. Se dejó llevar por sus movimientos, perdiéndose en aquel pozo de calor y humedad. Sintió que su voluntad cedía. Sintió que no había vuelta atrás. Sintió…
―¡Por toda la mierda de la ciudad! ―exclamó una voz― ¿Otra vez?
Sylvan levantó la cabeza y encontró un revuelto de sombras corriendo y chillando de pánico.
Juraría que el caos acababa de desatarse, pero bien podría llevar unos cuantos minutos.
Él estaba a otra cosa. El público terminó por desaparecer en una breve pero caótica estampida, quedando cuatro siluetas apenas iluminadas por la luz rojiza de los farolillos.
Una pertenecía a Leoncia, sin lugar a dudas. Las otras tres iban uniformadas.
Eilyn se cubrió con una bata y Leoncia encendió las lámparas principales. La nueva iluminación del sótano le permitió ver un ilustre mostacho coronando una boca disgustada.
―¡Pero bueno! ―exclamó la monja―. ¿Qué hacéis vosotros aquí? Me acabáis de espantar a toda la clientela.
La mirada del alguacil saltó de la cama a la monja.
―Y suerte que lo único que hemos hecho ha sido espantarlos ―respondió―. Deberían salir de aquí con una sanción.
―Este establecimiento es perfectamente legal. ―Leoncia se plantó ante el alguacil. La visión de la mujer frente a un hombre dos cabezas más alto recordó a Sylvain a una gallina encarándose a un perro―. Tenemos los documentos en orden.
―El establecimiento es legal ―concedió el alguacil―. Pero no las actividades que se hacen dentro de él.
―¿Y podéis decirme exactamente qué actividad sale fuera de la legalidad?
Leoncia hizo la pregunta al tiempo que barría la sala con la mano. Sylvan pensó que tal vez era un buen momento para empezar a vestirse.
Uno de los hombres que acompañaban al alguacil se adelantó un paso. Llevaba lentes y tenía más aire de intelectual que de defensor del orden.
―Según el edicto de Decencia y Decoro del emperador Tradatis: «No le es dado a ningún ser nacido de mujer, por su condición de efímera criatura, posar su mirada sobre el sagrado y misterioso acto en que dos espíritus imperecederos del Bosque, en el fulgor de su unión, entregan sus esencias al éxtasis del amor».
Un largo silencio se apoderó del sótano.
―¿Qué? ―preguntó Sylvan.
―Que no podéis exhibiros fornicando ―tradujo el alguacil―. Nos han dado el chivatazo.
―¿La ley de Decencia y Decoro de Tradatis? ―preguntó Leoncia, indignada―. ¡Bendita luz! Esa insensatez se escribió hace más de trescientos años.
―Tradatis legisló basándose en las proclamas de Liverna la Luminosa, portadora del Antalvalaï, que prohibía exactamente lo mismo ―explicó el hombre de las lentes.
―Todo el mundo sabe que Liverna enloqueció.
―Eso es irrelevante.
―Y, en cualquier caso, impuso directrices eclesiásticas ―continuó Leoncia―. Mandatos dentro de la Iglesia Élfica. No leyes insensatas.
―Correcto. Las leyes se recogen en el edicto de Decencia y Decoro. ―El hombre se ajustó las lentes―. E insensatas o no, siguen vigentes.
Leoncia no se dio por vencida.
―¿Sigue vigente entonces que la gente no pueda masticar con la boca abierta en año nuevo bajo…
―… bajo pena de un latigazo? Sí, sigue vigente ―respondió el hombre―. Lamentablemente, no tenemos recursos suficientes como para controlar que se cumpla y mucho menos para imponer la pena.
La monja se acercó al hombre y empezó a martillearle el pecho con el dedo.
―Un abogado de pacotilla como tú no me va a decir lo que puedo hacer con mi negocio.
―Legalista ―corrigió el hombre―. Y la ley es la ley.
―Pues yo enfadada soy una fuerza desatada. ―Leoncia dio un paso adelante―. Y me enfrentaré a todos los chupatintas como tú, todos los guardias y todos los soldados papales que hagan falta para defender lo que hemos construido honestamente.
Eilyn dio un orgulloso asentimiento y Sylvan hinchó el pecho.
Mientras Leoncia reprendía a los recién llegados, el elfo creyó todas y cada una de sus palabras.
La mujer emanaba presencia, arrojo y una ira tan ardiente que hacía dudar al mismo alguacil.
No había rastro de la monja encogida y titubeante que habían conocido días atrás.
Pero venía alguien más. Quizá Leoncia no oyera los pasos en las escaleras, inmersa en su ataque. O quizá fueran demasiado sutiles para los oídos humanos. El caso es que enseguida se abrieron las cortinas que daban paso al sótano y apareció otra figura tras ellas.
No era un legalista. No era un guardia ni un soldado papal. Era alguien capaz de traer a la antigua Leoncia con su mera presencia: el obispo Archimel.