Elf P*rn Chapter 12
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Chapter 12

―… entonces recogió su ropa y salió de la habitación caminando como un chimpancé ―dijo Eilyn, riendo.

La atmósfera estaba en calma. Las estrellas se dejaban ver tras las altas ramas. La elfa, tumbada en el murete de la fuente, acariciaba distraídamente la superficie agua. La paz de ese sitio a esas horas de la noche casi recordaba a la de Ilendalië.

¿No se despidió? , preguntó el Olmo.

―No. ¿Verdad que fue maleducado?

No lo sé. ¿Lo fue?

Eilyn chapoteó. De todo Lindeburgo, aquel era su sitio favorito. No solo por el silencio, el agua o la piedra vieja. Aquel era el único lugar en el que había encontrado compañía deseable.

Hace mucho que nadie habla conmigo , confesó el Olmo. Tengo olvidadas vuestras costumbres sociales.

―Lo siento, en realidad era una broma ―dijo Eilyn―. Supongo que después de que te metan a la fuerza diez reales por el ano, no despedirse está justificado.

El árbol hizo un ruido como de estar pensando. Aunque, en realidad, no hizo ningún ruido. La información llegaba directamente a la cabeza de Eilyn.

El ano es un orificio en la parte inferior de vuestro cuerpo, ¿verdad? , preguntó el Olmo. ¿Para qué sirve?

―Para recibir placer ―respondió Eilyn, absorta en las ondas del agua―. Aunque creo que los mortales expulsan por ahí los nutrientes que no han conseguido digerir. Es un proceso curioso.

Mmm. Alguna vez los han expulsado sobre mis raíces.

La elfa giró la cabeza y miró las ramas del Olmo. Aunque sabía que él no podía verla a ella, tenía la necesidad de ir haciendo contacto visual.

―¿No se te hace raro que su digestión sea tan poco eficiente? ―murmuró―. Luz de estrellas…. Parece como si estuvieran a medio hacer.

Yo ya estaba aquí cuando los mortales pusieron la primera piedra de la ciudad. Y ya tenía cientos de años cuando Liverna la Luminosa orinó en mis raíces. A mi edad, ya hay pocas cosas que me parezcan raras.

―Sí, pero no sabes para qué sirve un ano.

Eilyn se imaginó que Olmo se encogía de hombros.

Siempre quedan cosas por aprender.

Siguieron charlando hasta que las constelaciones se escondieron tras los muros. Después, con las primeras luces del alba, Eilyn retomó el camino a casa.

La calma la acompañó durante el trayecto. El silencio y la frescura de aquella madrugada hicieron que Eilyn soportara mejor la ciudad. Quizá, incluso, que la disfrutara. Cuando llegó al apartamento, se acurrucó junto a Sylvan y se hundió en un tranquilo sueño.

* * *

Al despertar, Eilyn vio que Leoncia les había dejado el desayuno preparado.

Uvas, pan blando, queso, miel y mantequilla.

Encontró a Sylvan probando un poco de cada cosa mientras leía el Códice de la Luz; el libro en el que, supuestamente, se basaban las enseñanzas de la Iglesia Élfica.

El elfo había adquirido la costumbre de hojearlo en los tiempos muertos en el apartamento.

Eilyn aún no había leído un solo párrafo.

Charlaron un rato de cosas sin importancia. Cuando Sylvan habló de su experiencia sexual con los humanos, Eilyn redirigió la conversación. No le pareció un tema adecuado para tratar desayunando.

El elfo volvió a su libro mientras picaba uvas con la otra mano.

Eilyn buscó en su pose y en su mirada signos de que estaba al corriente de lo que ella había hecho.

No detectó nada. Sylvan era Sylvan; podría abrirse el suelo a sus pies y no se daría cuenta.

¿Pero cómo reaccionaría a la pérdida ―o, más bien, no ganancia― de diez mil marcos?

Eilyn se levantó de la mesa y buscó algo con lo que entretenerse.

Se acercó a las plantas que había junto a la ventana y las observó con ojo crítico.

No tenían ni de lejos la suficiente inteligencia para conversar, pero los tallos tronchados y las hojas descoloridas hablaban a voces de lo miserable de sus vidas.

Eilyn las compadeció; últimamente ella misma tenía momentos en los que se sentía así. Gris, marchita.

Decidió colocarlas en sitios más favorables del apartamento.

―¿Sabías que aquí pone que los mortales no deben vestirse con verdeseda la víspera de año nuevo? ―dijo Sylvan desde la mesa.

Eilyn levantó la cabeza.

―¿Por qué?

Sylvan buscó al otro lado de la página. Se encogió de hombros.

―No lo dice.

―Vaya imbecilidad.

―Y no es la cosa más absurda que he visto por aquí.

El elfo volvió al libro y Eilyn a las plantas.

Terminó de recolocarlas: la corolilla sobre la mesa, ya que le gustaba el ruido de la charla, la zala y el erceño en la esquina, donde estaban más frescas, la uña de gallo al sol directo y la seya en el alfeizar de la ventana, para que disfrutara de las alturas.

Eilyn estaba regando esta última cuando Leoncia entró en el apartamento.

―Buenos días ―saludó.

La monja llevaba una bolsa de comida, que dejó junto al fogón. Sylvan observó la carga con un brillo glotón en los ojos. Eilyn se fijó en la expresión de Leoncia. A pesar del cansancio que arrastraba a todas partes, parecía estar de buen humor.

―Espero que hayáis descansado bien después de vuestra experiencia de ayer.

Sylvan bufó.

―¿Estás de broma? Agoté a los tres enseguida. A veces parecía que se fueran a romper.

Leoncia sonrió y dejó que la atención del elfo volviera al libro. Dedicó entonces a Eilyn una mirada empática. Una mirada que preguntaba: «¿oye, estás bien?».

Eilyn respondió con un asentimiento seco. Uno que decía que sí, que no se metiera en sus asuntos. Aunque, tras pensarlo mejor, le imprimió un matiz de «gracias por preocuparte».

Leoncia asintió de vuelta, satisfecha. Empezó a barrer el apartamento mientras tarareaba una melodía descoordinada y desafinada que, por alguna razón, hizo sonreír a Eilyn.

Se preguntó cuánto sabía Leoncia de lo que había pasado en su encuentro de la noche anterior.

Tal vez había visto salir al hombre a medio vestir, con las piernas abiertas y gimoteando.

O tal vez le había llegado la información por otro lado.

El hecho de que un hombre rico y poderoso saliera de un burdel con el culo lleno de oro no era algo que pudiera guardarse en secreto durante mucho tiempo.

En cualquier caso, algo le decía que Leoncia ya lo sabía.

Y, lo más importante, que todo estaba bien.

Eilyn volvió a las plantas, uniéndose al tarareo.