Chapter 11
Sylvan paseaba satisfecho a la dorada luz del atardecer.
De alguna manera, el peso en la bolsa del dinero le hacía pisar con más aplomo, erguir más la espalda, elevar más la mirada.
Aunque solo llevaba una pequeña fracción de lo que habían ganado, lo que Leoncia le había permitido quedarse para sus caprichos, suponía una gran diferencia.
Casi empezaba a entender por qué los mortales sacrificaban su tiempo y sus espaldas por una sensación como esa.
La sensación de que tenía opciones, de que todo iba bien.
Llegó al mercado cuando los puestos ya estaban prácticamente recogidos.
Frunció el ceño, apenas una muesca en su buen humor.
Le apetecía negociar por algo, quizá por una capa.
Había visto a los hombres llevar capas largas y ondeantes que se movían cuando andaban.
En Ilendalië también las había, pero no tenían esa caída.
Había cosas que, por alguna razón, solo los mortales sabían llevarlas con estilo. Como los bigotes.
Paseó entre los últimos mercaderes que quedaban en la plaza, con la mercancía ya casi recogida.
Su mirada se encontró con la de varios de los hombres antes de que estos la apartaran o la escondieran bajo una reverencia.
Sylvan saludó a los pocos que interactuaron con él.
Creyó reconocer algunos rostros del espectáculo.
Ahora la bolsa le pareció un peso incómodo.
¿Cómo iba a disfrutar de su dinero si no tenía nada en qué gastarlo?
Tampoco podía entretenerse demasiado buscando.
Leoncia le había citado a la undécima campanada en el burdel para la sesión de la noche, esta vez con los mortales.
A decir verdad, la idea le suscitaba más curiosidad que excitación. Pero el trabajo era el trabajo.
Terminó de cruzar la plaza sin encontrar una sola excusa para detenerse y entró en la calle de las tabernas.
Al contrario que el mercado, con la luz del sol retirándose este distrito ganaba más y más vida.
Se dejó guiar siguiendo la corriente de gente.
Así, de una manera tan natural como el fluir del agua, terminó desembocando frente a una barra.
―¿Qué va a ser? ―preguntó el tabernero.
Sylvan lo observó atentamente. O más bien, a su vello facial.
Una densa mata de pelo que nacía en una de las patillas, bajaba por la línea de la mandíbula, ascendía por la boca y completaba la simetría por el otro lado de la cara.
Las gruesas cejas y la calva brillante eran unos buenos complementos para aquella obra de arte capilar.
Las cejas se hundieron de repente formando un ceño fruncido. Sylvan comprendió que llevaba demasiado tiempo callado.
―¿Qué es lo más especial que tienes?
―Probablemente algo que no te puedas permitir, elfo.
A Sylvan le gustó la rudeza del hombre. Estaba empezando a cansarse de la actitud pasiva o aduladora de la gente. Una actitud sincera, aunque grosera, era algo refrescante.
―Ponle licor de cernedro ―dijo una voz tras él―. Apuesto a que no lo ha probado nunca.
El elfo se dio la vuelta y encontró un hombre de sonrisa amistosa y mejillas sonrosadas. Llevaba una jarra de cerveza en la mano, que alzó a modo de saludo.
A Sylvan le sonaba su cara, aunque no sabía decir de qué.
―Si se desploma, lo sacas tú a la calle ―dijo el tabernero.
―Es un inmortal del Bosque. Con suerte sentirá un ligero mareo.
El tabernero gruñó, pero accedió a la petición del hombre y sirvió un líquido blancuzco en un vaso de madera. Sylvan se lo llevó a la nariz. Olía a hielo y primavera.
Se encogió de hombros y se lo bebió de un solo trago. Descubrió entonces que dentro había peces de fuego. Al pagar la cifra que le dijo el tabernero, la variación en el peso de la bolsa se dejó notar.
―¿Sigues en pie, eh? ―dijo el hombre de mejillas sonrosadas―. Cualquier mortal estaría echando las tripas si hubiera hecho eso.
Sylvan paladeó el sabor residual de la bebida. Sintió pequeñas flores en la lengua. Y sí, un agradable mareo en la cabeza.
―Está delicioso.
―El cernedro no crece por aquí cerca. Solo lo hace en un lugar demasiado lejano como para que traerlo salga barato.
―Lástima, porque me he quedado con ganas de más.
El elfo levantó la mano para atraer la atención del tabernero.
―¿Estás seguro? ―preguntó el hombre―. No dudo de tu resistencia, pero sí de la de tu bolsa. ¿No tenías una deuda un poco enorme?
El elfo volvió a mirar al hombre y entonces lo reconoció: el hermano Elio. Lo había visto durante la cena del cardenal Narcise. Al no llevar puesto el hábito, parecía otra persona.
―Las cosas nos van lo suficientemente bien como para poder pagar un par de tragos ―dijo, serio.
―Me alegro por ello. ―El hombre bebió y palmeó la espalda de Sylvan, inmune a su hosquedad―. No hay nada como emborracharse de manera honrada. ¿Qué debo decirle entonces al cardenal respecto a su proposición?
―¿Te ha enviado para que le demos una respuesta?
El hombre hizo un gesto con la mano.
―Solo aprovecho para tantear cómo van las cosas. Principalmente, he venido aquí a beber.
Sylvan se mantuvo en silencio. Él y Leoncia eran partidarios de rechazar la propuesta de Narcise. Eilyn prefería mantener la opción abierta, por si acaso las cosas no iban bien con el burdel. Con el poco tiempo que había pasado desde la cena, no habían hablado mucho más sobre el tema.
―Intuyo que aún no habéis decidido nada ―dijo el hombre―. Está bien, no hay problema. Mira, a esta invito yo.
Pidió otra ronda al tabernero y pagó sin borrar la sonrisa. Sylvan, algo más relajado, bebió con calma.
―Por curiosidad ―habló el hombre―, ¿cómo estáis haciendo para que las cosas os vayan «lo suficientemente bien»?
―Tendrás que pasarte por el burdel de Loma del Príncipe para comprobarlo ―respondió Sylvan. Dio otro trago y sintió la cabeza más ligera.
―¿Burdel?
Sylvan apoyó la mano en el hombro del individuo. Ahora que llevaba un rato con él, no parecía tan mal tipo.
―Eilyn y yo hacemos espectáculos de sexo en público. Si no tienes planes dentro de dos noches, pásate.
La expresión de sorpresa del hombre hizo reír a Sylvan.
―Trabajo honrado, amigo.
El hombre recompuso su expresión. Sonrió y alzó su jarra.
―Por el trabajo honrado, entonces.
El elfo le correspondió el gesto.
Un trío de músicos empezó a tocar una melodía animada.
Los clientes de la taberna se repartieron por el espacio y formaron grupos de baile.
Sylvan participó dando palmas al principio.
Después, se animó a enseñar a los mortales la agilidad de los pies élficos.
Pasaron las horas y todas las grietas que había sufrido el buen humor de Sylvan quedaron reparadas.
Las campanadas atravesaron las paredes de la taberna más pronto de lo que le habría gustado al elfo. Se despidió a toda prisa de la gente y echó unas monedas a los músicos. Salió con la bolsa vacía y el corazón lleno.
Definitivamente, el mundo mortal tenía sus encantos.
* * *
Eilyn escuchó la última campanada con nerviosismo. Había ido a pasear para intentar calmarse, evitando los lugares ruidosos y concurridos de la ciudad. Eso le había limitado bastante las opciones.
Llegó a la puerta del burdel casi al mismo tiempo que Sylvan, que apareció caminando por la esquina opuesta de la calle haciendo eses.
Leoncia los esperaba en la puerta, cruzada de brazos y zapateando contra el suelo.
Con el hábito oscuro y el cielo apenas iluminado por un resplandor en el horizonte, se mostraba como una sombra.
―¿Dónde os habíais metido? ―preguntó, alterada―. La gente ya os está esperando.
No parecía una pregunta para ser respondida, así que Eilyn no respondió. Leoncia les abrió la puerta y caminó frente a ellos.
―Están en las habitaciones del segundo piso. ¡Recordad pedirles el dinero al empezar! Y no os entretengais mucho. Les he dicho que una hora como máximo.
―Entendido ―respondió Sylvan.
Los recibieron risas al entrar en la zona de las habitaciones. Al parecer, las personas que iban a acostarse con Sylvan ya habían empezado a jugar sin él. El elfo siguió las voces, se desnudó con profesionalidad y entró en la habitación frotándose las manos.
―Dama Eilynwen, la tuya es esta. ―Leoncia señaló la puerta de la habitación contigua. Silenciosa como una tumba.
―Hum, vale ―respondió la elfa.
Sin embargo, se quedó en el sitio. Había algo que le impedía mover las piernas.
Ambas se rebulleron, incómodas. Leoncia miraba a todas partes menos a Eilyn. La elfa no apartaba la vista del pomo de la puerta. Tuvo la sensación de que podría haberse quedado así para siempre.
―Si no quieres entrar… ―murmuró Leoncia.
―Tranquila, no pienso tardar mucho.
Ambas se miraron. Eilyn, por alguna razón, encontró refugio en esos ojos mortales. Casi le pareció que Leoncia le tenía lástima.
―Es solo que… tal vez no sea lo mejor ―dijo la monja.
―Dije que lo haría. Y eso haré.
Eilyn inspiró hondo, cerró los ojos y abrió la puerta de golpe. Pasó a la habitación y dio un portazo tras de sí. Sintió entonces lo que debían sentir los mortales al lanzarse al agua fría.
Abrió los ojos. Dentro encontró lo que esperaba: cortinas, tapices rojizos, una alfombra. Un colchón que albergaba un cuerpo desnudo. Las risas de Sylvan y sus mortales ahuyentaron brevemente aquel tenso silencio.
Los ojos del hombre se posaron en ella. En su rostro no había expresión alguna. Su cuerpo, peludo, lánguido y desproporcionado en el abdomen, parecía un tubérculo con problemas de crecimiento. El olor no mejoraba mucho la situación. Eilyn contuvo las ganas de darse la vuelta y salir.
―El dinero ―pidió.
El hombre le lanzó una bolsita desde la cama y Eilyn la atrapó al vuelo. No pesaba mucho. La abrió y contó las monedas. Diez reales de oro, el equivalente a diez mil marcos.
Eilyn asintió para sí. Se desvistió, manteniendo en todo momento la mirada en el mortal. Se esforzó por encontrar una excusa para acostarse con él más allá de la del dinero. Quizá la de demostrar que podía.
Se dio cuenta de que el hombre también tenía la mirada fija en ella. Una mirada obscena, lobuna y… obtusa. Eilyn sospechó que al otro lado no debía haber demasiada actividad.
El individuo se puso en pie. Le sacaba una cabeza a Eilyn.
―Ponte a cuatro patas ―pidió. Su voz era tan cercana a un gruñido que a Eilyn le costó comprender las palabras.
―Prefiero empezar de otra manera ―dijo la elfa.
―Te pondrás como yo te diga. Para eso he pagado.
A cada rato que pasaba, el nerviosismo de Eilyn se diluía, se reconfiguraba y se transformaba en otra cosa. En un profundo e incontrolable asco.
El hombre avanzó hacia ella y comenzó a acariciarle el cuello. Eilyn intentó hacer de tripas corazón. Cuanto antes empezara, antes terminaría. Y diez mil marcos más para el bolsillo.
―Podría sugerirte posturas mejores ―sugirió Eilyn―. Podría enseñarte cosas que no ha hecho nunca ningún mortal.
El hombre bufó.
―Así es mejor para metértela por el culo.
El ceño de Eilyn cayó hasta donde le permitió la anatomía de su frente. Había ido a las Tierras Mortales para experimentar cosas nuevas. Y aunque el hecho de que un borrico la sodomizara entraba en esa categoría, no era exactamente lo que había esperado.
Eilyn atrapó las manos del hombre en el aire. Este sonrió.
―Me gusta que estemos entrando en este juego ―dijo.
Eilyn apretó hasta que la sonrisa del hombre se convirtió en una mueca de dolor.
―Bien. ¿Yo domino?
El hombre gruñó de frustración. Agarró a Eilyn por la mandíbula con un movimiento torpe y lento.
―Como he dicho, te vas a poner a cuatro patas ―susurró, ahogando a Eilyn en su aliento―. Luego vas a abrirte bien las nalgas y vas a quedarte calladita. Seguro que sabes por qué.
―No me digas, ¿porque has pagado?
―Exacto.
La elfa rio. Y la malicia de su risa apagó los gemidos de placer de la habitación contigua.
―Pues eso tiene arreglo. ―Se deshizo del agarre con un movimiento fluido. Se giró e inmovilizó al hombre con una presa por la espalda―. Estaré encantada de devolverte tu dinero.
―¿Pero qué cojo…?
Eilyn empujó al hombre y este cayó de bruces sobre el colchón.
Intentó levantarse, pero Eilyn estaba ya encima.
La elfa se acomodó sobre su espalda y le inmovilizó la cabeza con los muslos.
Las robustas y peludas piernas del hombre no resistieron la fuerza de unas hábiles manos élficas.
Se abrieron como un tulipán en primavera.
―¿Así que te va el sexo anal, eh? ―preguntó Eilyn. Sacó un real de la bolsa y lo observó a la luz del fuego. Pronto iría a un lugar en el que no podría brillar―. Estaré encantada de darte ese placer.
El hombre soltó un gemido constreñido cuando Eilyn le metió la primera de las monedas por el ano. Empujó hasta que hubo entrado entera y, entonces, introdujo el dedo para llevarla lo más al fondo posible. Tenía que haber hueco suficiente para las demás.
―¡Ah! ¡Joder, para!
―¿No querías jugar?
Volvió a abrirle las nalgas y le metió una segunda moneda.
Después una tercera y una cuarta. El hombre intentó chillar.
Eilyn lo hizo callar apretándole el cuello con las piernas.
Las risas en la otra habitación, ajenas a lo que ocurría justo al lado, enterraban los gruñidos ahogados. La elfa se sumó a ellas.
Cinco monedas. Seis. Siete.
Eilyn se escupió en la mano y lubricó el ano del hombre. Se estaba resecando y aún le quedaba deuda por saldar.
Ocho. Nueve.
Eilyn chupeteó la última moneda, la introdujo a toquecitos y azotó una nalga, a modo de final. Suspiró, satisfecha. Le dio un poco de lástima haber acabado tan pronto.
―¿Vas a querer propina? ―sugirió―. Por las molestias.
El hombre negó con desesperación.