Chapter 10
Eilyn jugueteaba con las ondas, pensativa, metida en una de las tinas del piso superior del burdel.
No entendía por qué los mortales tenían tanta aversión al agua fría.
¿Por qué huían del vigor que despertaba el cuerpo y la mente?
¿Por qué evitaban esas sensaciones? ¿Por qué evitaban las sensaciones, en general?
Naturalmente, había muchas cosas de los humanos que no comprendía. Esa solo era otra de tantas.
Sylvan se relajaba en la tina contigua, tarareando para sí con la cabeza apoyada en el borde. Sus rizos mojados caían como cuerdas, serpenteando por la madera. Cuerdas… Solo de recordarlo, Eilyn sintió un calor que bien podría haber subido la temperatura del agua varios grados.
Contaba las horas para que llegara la noche. La experiencia del día anterior había sido tan satisfactoria que se le había pasado por la cabeza hacer sesiones dobles. ¿Estaría Sylvan de acuerdo?
Unos torpes pasos sacaron a Eilyn de su ensimismamiento.
La puerta de la estancia se abrió y entró Leoncia trayendo un libro consigo.
Eilyn giró la cabeza para observarla. La monja, concentrada, ni siquiera levantó la mirada al pasar a su lado.
Se dejó caer en una de las sillas que había junto a la pared.
A Eilyn no se le pasaron por alto su posición encorvada, como la de un árbol seco, ni las oscuras ojeras que colgaban de sus ojos enrojecidos.
Le habían dicho que los humanos dormían más horas que los elfos, pero Leoncia parecía ser una excepción a esa regla.
O quizá esa regla no fuera verdad en absoluto. Tendría que pensar sobre eso.
Tras soltar un sonoro suspiro, Leoncia por fin levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Eilyn. Entonces se tapó el rostro con el libro.
―¡Bendita luz! Disculpadme, yo… No sabía que estabais sin ropa. Pero claro, estamos en el baño, así que… Soy tonta.
Sylvan levantó la cabeza. Abrió un ojo, lo cerró y volvió a acomodarse.
―¿Y por qué nos iba a importar eso? ―dijo Eilyn―. Creo que no queda una sola porción de nuestros cuerpos que no conozcas ya al detalle.
Los hombros de Leoncia se hundieron, como si quisieran entrar en el libro.
Pese a que no podía verla, Eilyn estaba segura de que el rostro de la monja acababa de enrojecer.
Sonrió, disfrutando de la inocente turbación que provocaba en ella.
Empezaba a entender la extraña relación de los humanos con los cuerpos desnudos.
¿Pero cómo podía ser que Leoncia aún no hubiera naturalizado el de Sylvan y el suyo?
¿Qué más tendrían que hacer para que lo hiciera?
―Supongo que es cierto… ―murmuró Leoncia. Cerró el libro y lo colocó en su regazo.
Eilyn apoyó la espalda en la pared de la tina. Cuadró los hombros y sacó los pechos, sintiendo el roce del agua justo debajo de los pezones. La mirada de Leoncia descendió hacia ellos y volvió a alzarse al instante. Casi consiguió ocultar los cambios en su expresión. Casi.
―He estado haciendo las cuentas. Solo venía a comentarlas con vosotros.
―¿Hemos ganado mucho dinero? ―preguntó Sylvan.
Leoncia hizo un gesto de duda.
―Sí y no. Más dinero del que jamás he tenido. Menos que el que deberíamos ganar por día. Tendremos que trabajar más duro.
―¿Tendremos? ―preguntó Sylvan, risueño―. No me digas que quieres que te hagamos un hueco en la cama, Leoncia.
Leoncia observó al elfo. Esta vez no hubo sonrojo ni timidez. Tan solo una mirada cansada y ojerosa que hablaba más que cualquier boca.
―Mira, lord Sylvanor. Si lo que he estado haciendo estos últimos días con vosotros no se llama trabajar, te prometo que dejaré que me ates, me cuelgues y muestres mis posaderas al mismísimo obispo Archimel.
Sylvan soltó una carcajada. Eilyn no pudo evitar sonreír. Habría pagado unas decenas de marcos para ver una cosa así.
―En cualquier caso, ya que hablamos del tema de compartir cama…
―Leoncia metió la mano en su faltriquera y sacó varias cartas―.
Ha llegado correspondencia para vosotros.
No he tenido el atrevimiento de abrirlas, naturalmente.
Aunque, por los comentarios que circulaban ayer entre el público, puedo intuir de qué se tratan.
Eilyn se levantó y salió de la tina. Tomó una toalla para secarse las manos, caminó hacia Leoncia con lentitud deliberada y recogió las cartas. Un reguero de agua seguía sus pasos.
―Gracias.
Se dio la vuelta y se acercó a Sylvan, que observaba la escena con interés. La elfa le entregó las cartas que le correspondían a él y ella se quedó con el resto. Leoncia había mencionado que creía saber de qué se trataba, pero Eilyn estaba confundida. ¿Qué peticiones podía esperarse de un humano?
Rompió el sello de una de ellas y abrió el papel, revelando una caótica masa de letras mortales, tan imperfectas y retorcidas como ellos mismos. Frunció el ceño. Estaba todo apelotonado, apenas podía entenderse nada y…
Sylvan la distrajo con otra carcajada, más fuerte y espontánea que la anterior. Al parecer, ya había terminado de leer su primera carta.
―¿Los mortales quieren pagarnos por acostarse con nosotros?
―¡¿Qué?!
Eilyn retiró el papel de las manos del elfo y leyó. Con unas líneas más breves y pulcras, una mujer se ofrecía a pagar «una cantidad satisfactoria» por pasar una hora en la cama con Sylvan.
Leyó entonces su propia carta, en la que un hombre le hacía el mismo ofrecimiento. Enseguida comprobó que el resto de la correspondencia era muy parecido, variando únicamente entre sexos, edades y cantidades. Algunos desubicados se ofrecían como asiento o proponían hacer cosas con sus pies.
Eilyn no comprendía cómo Sylvan no estaba horrorizado.
―Esto es una abominación. ―Eilyn se dirigió a Leoncia―. Humanos pidiendo a elfos que compartan lecho con ellos… ¡Luz de estrellas! Precisamente vosotros, con lo mojigatos que sois. ¿Cómo podéis considerar esto normal?
Leoncia se cruzó de brazos.
―Dama Eilynwen, vosotros mismos nos estáis animando a salir de nuestra mojigatería.
―Pero esto…
―A mí me parece interesante ―dijo Sylvan, haciendo saltar la mirada entre sus cartas―. ¿Cuánto podría considerarse una cantidad satisfactoria, Leoncia?
―Supongo que depende de la satisfacción que te produzca acostarte con esa persona, lord Sylvanor. A menor satisfacción corporal, mayor satisfacción monetaria.
―Ah, eso me da igual.
Eilyn se giró hacia él.
―¿Te da igual el qué?
―Que podría pasármelo bien con cualquiera de ellas. ―Sylvan se encogió los hombros, sacándolos momentáneamente a flote―. O de ellos. Pero, ya puestos, que paguen unos buenos marcos.
Eilyn no pudo reprimir una mueca de asco.
―En ese caso, lord Sylvanor, sugiero que consideres celebrar una subasta ―intervino Leoncia.
―¿Cómo es eso?
―Se da a conocer a los interesados que solo te acostarás con la persona que más dinero ofrezca. Se les da un periodo de tiempo para hacer sus ofertas y el ganador, o ganadores, se van contigo a la cama. Es exactamente lo que han hecho esta mañana con tus calzas en el mercado.
―Ahora entiendo por qué no aparecían… ―murmuró el elfo.
Eilyn sentía su expresión cada vez más demudada.
―No me digas que te lo estás pensando.
―Puedo organizar la subasta esta misma tarde para celebrar el encuentro mañana ―dijo Leoncia―. Si lo gestionamos bien, podemos sacar más dinero del que conseguiríamos abriendo el burdel al público.
―¡Perfecto!
―Aunque quizá sea mejor dejar a la dama Eilynwen fuera de esto ―continuó Leoncia―. No se la ve cómoda con una idea tan… revolucionaria para ella.
Eilyn miró a la monja. Un sutil destello de malicia brillaba en sus ojos. Le dieron ganas de agarrarla del hábito y sumergirla en el agua más fría que hubiera por allí.
―Claro ―respondió Sylvan―. Por mí no hay…
―No ―interrumpió Eilyn―. Yo también lo haré.
Sylvan giró la cabeza hacia ella.
―¿Estás segura?
Eilyn fue pasando las cartas. Uno de esos afortunados tendría la oportunidad de saber lo que era acostarse con una inmortal del Bosque. Y ella sabría lo que era acostarse con un mortal, claro. Pero en el proceso daría una lección a esa insoportable monja.
Jamás pensó que sus experiencias en las Tierras Mortales llegarían a tal extremo.
―Totalmente.
* * *
«¿En qué momento me he metido en esto?», se preguntó Leoncia mientras observaba los rostros de las personas que habían acudido al sótano del burdel.
Eran hombres y mujeres de todas las edades, apariencias y formas.
Solo había un elemento que los unía: la intención de pagar una escandalosa suma de dinero por acostarse con un elfo.
La monja se había sentado en la cama, a falta de otro lugar desde el que poder dirigir la subasta.
El público había tomado asiento en los cojines del suelo o directamente sobre la alfombra.
Leoncia solo había invitado a los que habían hecho una oferta seria y habían pasado el filtro de los elfos; Sylvan aceptaba a todo el mundo, Eilyn había sido más quisquillosa. Aun así, la sala estaba a rebosar.
―Bien ―dijo Julius―. Supongo que podemos empezar ya. Para acostarse con lord Sylvanor, abrimos la puja con dos mil marcos. Las tres mayores cantidades tendrán un hueco en su lecho. ¿Quién da más?
Sentado junto a Leoncia, el rollizo monje sujetaba una copa de vino con la mano que no tenía levantada.
La sonrisa de su rostro indicaba que toda esa idea de subastar la virtud de los seres adorados por su religión le divertía.
Pero claro, a Julius le había divertido todo el asunto desde el primer momento.
Y menos mal. Para Leoncia, tener al monje de su lado suponía la única facilidad con la que contaba para recorrer aquel penoso camino.
―¡Dos mil cien! ―ofreció una señora.
Leoncia se fijó en ella; debía tener unos sesenta años, llevaba una peluca violeta y estaba delgada como un hueso. Evitó imaginarsela con Sylvan en la cama.
―¡Dos mil cien! ―gritó Julius―. Ofrecen dos mil cien. ¿Quién da más?
Dos hombres levantaron la voz, indicando que pagarían dos mil doscientos.
―Bien. ¿Quién quiere pasar la noche de su vida con un inmortal del Bosque por dos mil trescientos?
Una mano se alzó entre el público, respondiendo a la pregunta.
―¡Estupendo! ¿He oído dos mil cuatrocientos?
Julius fue dinamizando la subasta mientras Leoncia tomaba nota de quién pujaba y cuánto.
Intentó convencerse, no por primera vez, de que el esfuerzo que estaba invirtiendo esa tarde aguantando a esos pervertidos se compensaría con una noche de tranquilidad.
El día anterior había tenido que cobrar las entradas, controlar la iluminación, renegociar con el tabernero, echar a dos borrachos, detener una pelea y limpiar.
Si todo iba bien, en unas horas disfrutaría de un sueño reparador en su alcoba del convento.
«Debería asignarme un sueldo», pensó, al tiempo que suspiraba.
Julius terminó la subasta otorgando los derechos sobre el cuerpo de Sylvan a dos hombres y una mujer. Aquella noche, el elfo ganaría la absurda cantidad de diez mil seiscientos marcos. Leoncia no había visto diez mil seiscientas cosas juntas en su vida. Ya ni hablar de dinero.
«Me voy a asignar un sueldo», decidió.
Las pujas por Eilyn fueron más fieras, lo que hizo que Julius disfrutara más.
Leoncia, sin embargo, se puso más nerviosa.
Apenas había mujeres que pujaran y los hombres que se animaban a hacerlo parecían lobos famélicos peleando por el último trozo de carne.
El importe ya superaba los ocho mil marcos.
¿Quizá se había pasado de la raya al picar a Eilyn?
―¡Nueve mil por cabeza! ―Julius rio, recogió la botella del suelo y se rellenó la copa de vino―. Negro aliento… Con eso podría comprarme un título y jubilarme. ¿Llegaremos a diez mil?
El público se hizo de rogar, pero finalmente un hombre levantó la mano.
Leoncia lo miró; era enorme, cejijunto y su dentadura tenía el aspecto de un cementerio abandonado.
Parecía más un campesino que un ciudadano adinerado que podía permitirse gastar semejante dineral en una sola noche.
¿De dónde había salido semejante bestia?
―¡Visto! ¿Alguien ofrece una cifra superior? ¿Diez mil a la de una? ¿Diez mil a la de dos? ¿Dejaréis perder vuestra oportunidad de yacer con una inmortal del Bosque?
El público mantuvo su silencio. Julius se encogió de hombros y golpeó su propio muslo con la mano.
―¡Adjudicado para el conde Goior!
Se oyeron más protestas que celebraciones.
―¿El conde Goior? ―preguntó Leoncia en un susurro.
Había escuchado historias perversas acerca de ese individuo. Era noble, sí, pero la fama que tenía era la opuesta a la de un perfecto caballero. Su apariencia, además, parecía confirmarlo a gritos.
―El mismo ―respondió Julius.
Esta vez sí, Leoncia observó al hombre-bestia y se lo imaginó yaciendo con Eilyn. Pensó que si a ella le parecía repugnante, a la elfa le parecería una monstruosidad. ¿En qué se estaba convirtiendo su religión?
Agarró la botella de vino y la vació de unos buenos tragos.