Elf P*rn Chapter 9 #2
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Chapter 9 #2

Sylvan visualizó el trasero de la elfa, expuesto frente a él.

Su sexo, hinchado y rosado incluso a la luz de las llamas, brillaba con la humedad.

Sylvan obedeció, cegado de éxtasis. Enterró su lengua.

Lamió de delante hacia atrás y de atrás hacia delante.

Saboreando. Buscando ―y encontrando― el punto exacto que hacía cantar a Eilyn.

Siguieron saboreándose mutuamente. Sylvan sintiendo cómo su miembro crecía y palpitaba, la elfa deshaciéndose como la mantequilla al sol.

Aún sentía los brazos atrapados bajo sus piernas, el cuerpo entregado a los deseos de la elfa.

Él era un objeto, un títere cedido a su control.

De nuevo, un observador de su propia historia.

Se detuvo. Un anhelo brotó entonces en su mente.

―¿Qué te pasa? ―preguntó la elfa.

Un anhelo y una pregunta: ¿por qué iba a dejarse arrastrar por la corriente cuando podía navegarla?

―Sylvan ―insistió.

El elfo respondió con una sonrisa lobuna.

Agarró a Eilyn de los muslos y se la quitó de encima.

Su compañera reaccionó rápido, pero Sylvan ya había conseguido liberarse.

Forcejearon en la cama, el uno tratando de someter al otro.

El público los observaba con hipnótica atención. El juego había empezado.

Sylvan era más fuerte, pero Eilyn se movía como un felino. Él era la marea, acometiendo sin descanso. Ella era el viento, esquivando entre risas. Y juntos formaban la tormenta perfecta.

Pronto Eilyn empezó a dominar la situación. Sylvan se lanzó contra ella, la elfa lo eludió y Sylvan cayó fuera de la cama. Se oyeron algunas risas entre el público.

El elfo sintió la fría piedra en las manos. La piedra y… algo más: el familiar y rugoso tacto de una cuerda de yute. Sylvan agarró la soga casi por instinto. Tiró de ella. Una argolla metálica se agitó en el techo.

―¿Tan pronto te rindes, cervatillo mío? ―preguntó Eilyn, apareciendo por el borde de la cama.

Se sentó en el colchón y abrió las piernas, dejando ver su sexo empapado. Se lo acarició. Su interior se reveló de un rosado prohibido.

Sylvan le devolvió la sonrisa y sacudió la cuerda. Eilyn soltó un gritito cuando el elfo se lanzó hacia ella.

Forcejearon de nuevo. Eilyn seguía esquivando, pero la cuerda le daba ventaja a Sylvan. Este no tardó en inmovilizar las manos de la elfa con un lazo. Una pequeña victoria que hizo que se le pusiera más dura.

La elfa trató de resistirse, pero Sylvan era bueno haciendo nudos.

Muy bueno. E incluso con la rapidez felina de Eilyn, no tardó en inmovilizarle los brazos detrás de la nuca.

Sus piernas seguían pataleando, pero eso ya era un problema menor.

Sylvan las ató con un lazo funcional que le mantuvo los gemelos pegados a los muslos.

Luego, quizá, le pondría unos ornamentos.

Retrocedió un metro y observó su obra. Eilyn lo miraba inmóvil, con una expresión entre rabiosa y juguetona.

Con las manos ocultas tras la cabeza, sus pechos se revelaban sin nada más que interrumpiera su contemplación.

Sylvan estaba seguro de que, en ese momento, no había ojo humano que no los estuviera mirando.

Volvió a acercarse a ella, sintiendo la excitación del control en todos los músculos de su cuerpo. Acarició lentamente la piel de la elfa, desde los pies hasta la cabeza. Al pasar junto a la boca, la elfa intentó morderlo.

Sylvan se inclinó por el borde de la cama y recogió otra cuerda. La tensó entre sus manos y la colocó frente a Eilyn. La elfa se mordió el labio, dudosa, pero acabó por asentir. La confirmación: ahí estaba. El juego continuaba.

Esta vez Sylvan lo hizo lento. Permitió a Eilyn sentir la áspera caricia de la cuerda en cada nudo y en cada vuelta.

Le cambió la posición de las manos, atándoselas ahora tras la espalda, a la altura de las lumbares.

Después empezó a envolverla, formando un arnés que la constreñía desde los hombros y que enmarcaba sus pechos.

Los adornos florecían casi sin querer por toda la estructura.

Sylvan trabajaba con la desenvoltura de un maestro artesano. Traía y soltaba, ataba, acariciaba cuerda y piel. Siempre a punto de agarrar, pero apenas rozando. Los pezones, los labios. El sexo.

La elfa respondía con gemidos y temblores de piernas. Sylvan empezó a besarla por el cuello. Sus manos trabajaban en la raíz de los nudos de la espalda, autónomas. Cuando terminaron, el elfo arrastró a Eilyn hacia el borde de la cama.

Se puso entonces en pie y agarró la sección que colgaba de la argolla del techo. Hizo unos ajustes en el arnés y comprobó la tensión. Asintió para sí mismo. Ahora venía lo bueno.

Empezó a alzar a su compañera en el aire, tirando del otro extremo de la cuerda. Alguien del público aplaudió y enseguida otros lo siguieron. Eilyn los observó, sonriente, mientras volaba a varios palmos sobre el colchón.

Sylvan dejó de alzarla, aseguró el nudo y se subió a la cama.

Hizo un par de ajustes en el traje de Eilyn para equilibrar su peso y movió la argolla por un raíl incrustado en el techo hasta dejarla en el mismo centro del colchón.

Bendijo mentalmente a los humanos y a sus invenciones para llevar a cabo sus perversiones. Quizá no todo estaba perdido con ellos.

Se colocó junto a Eilyn, miró al público y alzó los brazos al aire, a juego con su propia erección. La gente volvió a aplaudir. El elfo respondió con una reverencia.

Hizo girar el cuerpo suspendido de Eilyn media vuelta. La elfa mantenía las manos a la espalda y las piernas contraídas, atadas a su vientre. El culo, pálido y redondo, flotaba como la luna despuntando sobre el horizonte. Un verdadero elemento de veneración.

Sylvan dio otra media vuelta para colocar a Eilyn de cara al público. Él se situó tras ella y manipuló las cuerdas para hacer descender su cuerpo hasta la altura de su erección. Ambos se estremecieron al sentir el roce de sus sexos, bañados en humedad.

Sylvan agarró la cintura de la elfa y la atrajo para sí. Entonces la penetró. Ahogado en excitación, sintió cómo su dureza se abría camino hacia el interior. Eilyn respondió con un gemido ahogado.

El movimiento comenzó lento pero rítmico. Sylvan atraía y alejaba a Eilyn con cada arremetida, dejando a la argolla el trabajo de mantener su peso. Dentro, fuera. Las manos libres. Control absoluto.

Los gemidos de Eilyn fueron tomando volumen y la corriente que manaba de su sexo empezó a empapar el colchón. Más rápido, más intenso. Las ovaciones y el olor a cerveza saturaban el ambiente, que vibraba y se difuminaba a los ojos de Sylvan. Se escuchó a sí mismo rugir como una bestia.

Empezó a sonar música, o eso le pareció. Una música rítmica, al compás de sus embestidas sobre las nalgas de Eilyn. Más profundo, más fuerte. Más aplausos. Sentía cómo ese mar ingrávido lo absorbía, urgiéndolo a zambullirse en él. Obligándolo a entregarle todo lo que tenía dentro.

Se agarró de la cuerda y esta crujió contra el cuerpo de su compañera, atado, dominado. Eilyn tembló mientras se corría, mirando al público. Más ovaciones. Más líquido. Más música.

Sylvan aumentó la intensidad, sincronizándose con el movimiento pendular de su compañera. Más rápido. Más duro. Más todo . La corriente navegada. Dominada. La satisfacción al alcance de la mano.

El público rugió. Él también. Eilyn chilló de placer.

Y el mundo entero se convirtió en éxtasis.