Chapter 9
Sylvan tenía que asumir que había cosas que quedaban fuera de su alcance. Era despistado, inocente e impulsivo. Lo mejor era dejar que los demás tomaran las decisiones importantes. Visto lo visto, era el modo más seguro de actuar.
Eilyn, por el contrario, era perspicaz y resolutiva. La elfa poseía un talento natural para dominar las crisis. De hecho, si aún tenían una oportunidad de salir bien parados de aquel periplo por las Tierras Mortales era gracias a ella. Y a Leoncia también, siendo justos.
Por ello, Sylvan intentaba tragarse sus objeciones. Y también por ello se sentía a menudo como una hoja arrastrada por la corriente. A veces para bien, a veces para mal. Y últimamente, con la elfa pasándose de cabezota, más de lo segundo.
Se había sentido así cuando Eilyn decidió que trabajarían en el burdel.
Se había sentido igual durante la cena del cardenal.
Y ahora, con Eilyn decidida a ganar el dinero de la deuda para darle en las narices a Archimel, pasaba lo mismo.
En realidad, cada vez tenía menos de hoja en corriente y más de borrico azuzado.
Echaba de menos conservar algo de voluntad.
El rugido de sus propias tripas lo distrajo de sus pensamientos.
Leoncia había ido a comprar comida y a hacer unas últimas gestiones.
Sylvan se había ofrecido a acompañarla, pero la monja se lo había prohibido.
La razón: los mercaderes triplicaban el precio de los alimentos cuando la veían con él.
Ni siquiera valía como acompañante en el mercado.
―Alegra esa cara ―dijo Eilyn, sentada frente a él―. Los mortales vendrán esta noche a ver a sus inmortales del Bosque, no a los trolls de las cavernas.
Sylvan le dedicó un gesto obsceno recién aprendido de los humanos.
―Precisamente vendrán a vernos a una caverna ―dijo―. Curiosa la ironía del asunto.
Leoncia los había llevado a ver el burdel esa misma mañana.
En realidad, el lugar no era tan malo; quizá solo un poco sórdido y oscuro.
Hacía que se perdiera parte de la magia de un encuentro sexual.
Pero en eso consistía haber ido a experimentar el mundo mortal: básicamente en aprender a vivir sin magia.
―Se te va a olvidar dónde estás en cuanto me ponga encima de ti, tranquilo ―respondió la elfa.
Sylvan no pudo evitar animarse al visualizar la escena en su cabeza. Eilyn lo observaba desde el rincón con una mezcla de reproche y travesura. Su cabello brillaba a la luz del sol como una llamarada. La perspectiva de quemarse en ella era muy atrayente.
―¿Crees que vendrá mucha gente? ―preguntó.
Eilyn se encogió de hombros.
―La monja ha dicho que se encargaría de ello.
―¿De repente confías en Leoncia? Pensaba que no la soportabas.
―Y no la soporto. Se llama delegar.
La puerta crujió y Leoncia entró en el piso.
Dejó una pesada caja con comida en el suelo y apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aliento.
Estaba roja, despeinada y sudorosa, cosa que al parecer ocurría con los mortales cuando hacían un ejercicio físico intenso.
Sylvan sospechaba que, cuando no estaba con ellos, Leoncia iba a todas partes corriendo.
―¿Todo bien por aquí? ―preguntó la monja, aún resoplando.
Eilyn dio un asentimiento distraído. Sylvan se levantó, tomó una hogaza de pan de la caja y le dio un bocado.
―Ahora sí ―murmuró.
―Bien, porque no soportaría un problema más.
Leoncia se tambaleó hasta el asiento que Sylvan había dejado libre. Se quitó el hábito, sacó un abanico y comenzó a darle uso. Sylvan llenó un vaso de agua y se lo llevó. La monja se lo bebió de un trago, agradecida.
―¿Está ya todo en orden para la noche? ―preguntó el elfo.
Leoncia asintió. Sacó una tiza del hábito y la dejó con un golpe seco sobre la mesa.
―Me he pasado por la Plaza de la Ascensión, he hablado con algunos interesados y he escrito un mensaje en la fuente. Una hora y un lugar. Puedo confirmar que lo ha leído por lo menos un centenar de personas.
―¿Entenderá la gente el mensaje? ―preguntó Eilyn.
―Más de la mitad lo ha entendido ―respondió Leoncia―, os lo aseguro. La gente ha tomado la costumbre de pasarse por la plaza para ver si tiene la suerte de veros.
―La plaza estaba muy bien ―dijo Sylvan, masticando pan―. Sigo diciendo que deberíamos poner una fuente en el burdel.
Leoncia suspiró.
―Primero hay que sacar dinero para todo lo demás. Y con la cantidad que tenéis que ganar, más os vale hacerlo bien.
―La que no quería que tuviéramos sexo en público ahora nos anima a hacerlo bien ―dijo Eilyn, fingiendo sorpresa―. Parece que alguien está entrando en razón.
La monja se acarició el cabello, cohibida.
―Yo… Supongo que una cambia su punto de vista cuando está endeudada hasta las cejas. En fin, ¿necesitáis algo más para prepararos?
«Sol, aire, vida ―pensó Sylvan―. Cualquier cosa mejor que una caverna».
Eilyn se acarició el cuerpo de arriba a abajo.
―Tenemos todo aquí mismo.
* * *
El crepúsculo aún bañaba la ciudad de luz cuando entraron en el burdel.
Según Leoncia, el público llegaría por lo menos una hora más tarde, así que Sylvan, Eilyn y ella aprovecharon para organizar la disposición de asientos y encender un sinfín de farolillos.
Al final, transformaron el oscuro sótano en un lugar casi acogedor.
Con eso, Sylvan empezó a sentirse más a gusto.
Después, Leoncia subió para gestionar los últimos detalles con el tabernero y a recibir a los primeros clientes.
Según les había explicado, se había asociado con un empresario local para que explotara la taberna del piso superior mientras el espectáculo tenía lugar bajo ella.
Además, los asociados del tabernero ayudarían a mantener el orden y también limpiarían.
Sylvan no entendía de esas cosas, pero suponía que era un buen trato.
Mientras tanto, él descansaba en la cama junto a su compañera.
Eilyn se había desnudado y remoloneaba como un gato a la espera de que la sala se llenara de gente.
El elfo aún llevaba puestos los pantalones, por si Leoncia le hacía llamar para terminar algo.
Ya había aprendido que en las Tierras Mortales, ante la duda, lo mejor era no desnudarse.
Observó el cuerpo de su compañera. La pálida y pecosa piel, el reflejo rojo del fuego en sus labios, los pezones sonrosados. Y, más abajo, el vello color cobre. Tenía su encanto verla así: iluminada por una luz que más que mostraba, sugería.
Descubrió que estaba deseando empezar.
Ya se escuchaban voces arriba, pero los asistentes aún tendrían que esperar a que Leoncia diera la señal para bajar. O, al menos, en eso habían quedado.
―¿Preparado? ―preguntó la elfa.
―Lo estaré tras un poco de calentamiento.
Los ojos otoñales de Eilyn lanzaron una invitación que Sylvan sintió en forma de calor. El elfo decidió entonces que era el momento de empezar a desnudarse. Eilyn celebró la decisión con una risa.
Se envolvieron en una nube de besos. Probaron el sabor de sus pieles y exploraron los matices que cada parte les ofrecía. Se deleitaron con la lentitud del recorrido. Al fin y al cabo, tenían tiempo para ello.
Eilyn pronto tomó la iniciativa. Tumbó a Sylvan y comenzó a lamerle el pecho.
El elfo se dejó besar y, mientras lo hacía, pensó que Leoncia tenía razón: Eilyn observaba discretamente la puerta, buscando las lujuriosas miradas de los mortales.
Anhelaba la atención de esos seres expuestos al tiempo y a los elementos que, curiosamente, tanta repulsión le daban en otros contextos.
Quería ser vista. Quería ser adorada. ¿Pero qué quería él?
Sylvan no pudo evitar verse como otro de esos rostros anónimos: un observador de una historia que se le empezaba a ir de las manos.
La gente fue entrando. Siluetas recortadas, pasos amortiguados sobre las alfombras, los cojines soltando aire al sostener los cuerpos. Las respiraciones exaltadas y los murmullos. La atmósfera de repente vibraba por el ansia contenida.
Eilyn seguía besando al elfo, cada vez con más ímpetu. Se detuvo para alzar la mirada hacia el público y Sylvan vio que sonreía. Su expresión le recordó a la de una depredadora.
Alguien ―Sylvan supuso que Leoncia― encendió una luz más intensa que el resto y la cama se iluminó.
Entonces los besos se acabaron. Eilyn se irguió en toda su gloria y mostró a los impresionados mortales los frutos más bellos que habían visto en sus cortas vidas.
Un suspiro contenido recorrió toda la sala como respuesta.
La elfa lo agradeció con una reverencia.
Al mirar, Sylvan encontró los rostros sumidos en una relativa penumbra. El público, las telas y los cojines, quedaban fuera de aquella burbuja de luz y placer. Sus cuerpos pertenecían ahora a los mortales. El espectáculo había comenzado.
Eilyn le hizo girar la cabeza con un movimiento brusco, obligándolo a centrarse solo en ella. Sus ojos brillaban como un bosque ardiendo. Su expresión era de aquellas que no admitían réplica. Sylvan sintió toda la sangre del cuerpo descendiendo a un único punto.
La elfa arrancó las calzas de Sylvan, liberando la tensión allí contenida. Le pareció escuchar entonces otro suspiro ahogado. Esta vez con más notas femeninas.
Sylvan intentó incorporarse, pero Eilyn lo retuvo. Sintió toda la fuerza de la elfa en el pecho; un empuje que podría haber aplastado cualquier cuerpo mortal concentrado sobre él. La perspectiva de la lucha hizo que se le endureciera más.
Eilyn lo notó, claro. Habían estado juntos demasiadas veces como para sentir cualquier cambio sutil en el cuerpo del otro.
La elfa compuso una sonrisa maliciosa al arrodillarse sobre su pecho de un salto.
La cama crujió. Sylvan trató de resistirse.
De repente, sus brazos quedaron aprisionados bajo las piernas de Eilyn. Y su pene nadaba en la boca de la elfa.
Soltó un gemido de placer.
Eilyn se detuvo apenas el tiempo suficiente para pronunciar una palabra.
―Chúpamelo.