Chapter 8
El arte mortal había resultado ser más decente de lo que Eilyn se había esperado.
Los barrios bajos de Lindeburgo eran una espantosa amalgama de piedras, madera y olores.
Los barrios altos, construidos en las numerosas colinas de la ciudad, mejoraban algo.
Al menos, tenían un nivel suficiente para que un elfo no se avergonzara de que lo vieran paseando por allí.
El Palacio Episcopal sugería que las capacidades artísticas humanas iban más allá de lo que se dejaba ver en otros lugares, especialmente en el ámbito escultórico.
Eilyn aún se preguntaba por qué no utilizarlas para terminar con su insultante imagen de mediocridad.
Sylvan no había dejado de dibujar en su cuaderno desde que llegaran, Eilyn suponía que como excusa para evitar dirigirle la palabra.
Habían discutido si ir o no a la cena. Leoncia había dicho que no.
Sylvan había dicho que no. Eilyn había dicho que sí.
Las cosas se habísuan acalorado porque el elfo no había comprendido que eso no era ninguna democracia.
Eilyn iría. Si él quería acompañarla o quedarse, era cosa suya.
Tras esperar varios minutos en la entrada ajardinada del edificio, los recibieron unos asistentes. Los guiaron por pasillos adornados con tapices y cuadros y los dejaron en una amplia sala, iluminada con más velas que las que Eilyn había visto en su vida. Fueron los últimos en sentarse a la mesa.
―¡Ah, nuestros inmortales del Bosque! ―dijo el cardenal Narcise.
Acomodado en el centro y con los brazos extendidos parecía que fuera a dirigir una orquesta―.
De nuevo, nos alegra que hayáis encontrado el tiempo para cenar con nosotros.
Confío en que vuestra asistenta no os haga pagar esta pequeña libertad que os habéis tomado.
Un coro de risas acogieron el comentario. Leoncia, «la asistenta», se había quedado refunfuñando en el apartamento. Para Eilyn, la satisfacción de haberla visto así compensaba cualquier pequeña venganza que la monja pudiera tomarse.
―Nada que no podamos asumir, espero ―respondió.
La comida llegó enseguida: pasteles de carne, sopas de verdura, tablas de queso y embutido, trucha, venado estofado y cornucopias rebosantes de frutas.
Eilyn degustó los alimentos mientras los hombres parloteaban.
Ella respondía escueta pero elegantemente, esperando a que la charla insulsa terminara para pasar a los asuntos importantes.
Los elfos también acostumbraban a hacerlo, pero ellos podían permitírselo.
Al fin y al cabo, tenían todo el tiempo del mundo.
―Tengo entendido que aún no hay pistas sobre los asaltantes ―dijo uno de los clérigos; un individuo grueso y sonrosado que compensaba con vino la misma cantidad de comida que metía en el estómago―. Ni de ellos ni de la mercancía que os quitaron.
―Tal vez no deberíamos llamarlos asaltantes, hermano Elio ―dijo otro hombre, menudo y de voz suave. Sujetaba su copa de vino como si fuera una flor―. Un asaltante te fuerza a entregarle tus pertenencias. Estos eran amables porteadores con un afilado sentido de la oportunidad.
Nuevo coro de risas. Eilyn miró a Sylvan, que alternaba su atención entre comer, y dibujar. Su aportación a la conversación fue la de un fruncimiento de labios.
―¿Estás afirmando que la identidad del asaltante recae en la percepción del asaltado? ―preguntó un hombre diferente, de voz grave, que Eilyn no se molestó en mirar.
―La identidad de todo recae en la percepción de quien lo observa ―respondió el hombre de la voz suave.
―¿Y a ojos de la ley?
―Por eso nos parece que tardan tanto en encontrarlos ―dijo Narcise―. No hay delito en ser un «amable porteador».
Más risas. Eilyn contuvo un bostezo. Notaba su paciencia agotarse y no terminaba de gustarle del todo cómo estaban haciendo sentir a su compañero. La culpabilidad por haberlo arrastrado hasta allí empezó a salir a flote.
―Algunos testigos decían que tenían una pinta horrible ―dijo otro hombre―. Que se veía a la legua que no eran buena gente. ¿Cómo pudisteis confiar en ellos?
Sylvan acogió la pulla frunciendo el ceño. Eilyn salió en su defensa.
―Quizá asumimos que los mortales erais más íntegros de lo que realmente sois. ―Tomó un sorbo de vino―. Además, para nosotros todos tenéis una pinta horrible.
Se escucharon algunas risas desganadas.
―Ese es otro punto interesante ―dijo el hermano Elio, ignorando la pulla. Eilyn sospechaba que ya iba borracho―. Los términos mortal e inmortal . Sabemos que no envejecéis, pero eso no quiere decir que estéis a salvo de la muerte, ¿verdad?
Todas las cabezas giraron hacia él. Algunas atemorizadas. Eilyn, que ya empezaba a comprender el concepto de herejía, pensó que quizá estaba presenciando un caso.
―Las vidas de los humanos están en manos del tiempo ―dijo el hombre de voz grave, serio―. Como dice el Códice de la Luz, los elfos son inmortales porque sus vidas no se ven arrastradas por la corriente del tiempo.
El hermano borrachín le quitó importancia con un gesto.
―Oh, eso ya lo sé, Sebes. No te pongas tiquismiquis. ―Miró a Eilyn―. Si la dama inmortal tiene a bien responderme, y sin intención de provocar ofensa, ¿podría preguntaros qué os pasaría si, por ejemplo, dejarais de comer?
―Ningún elfo en la historia ha sido lo suficientemente insensato para intentarlo ―confesó la elfa.
―¿Y si os cortaran la cabeza?
―¡Elio! ―dijo alguien.
Eilyn se encogió de hombros.
―Supongo que, dado el caso, moriríamos.
El hermano Elio sonrió, triunfante.
―¡Ajá! Entonces sois mortales.
La elfa negó.
―Decir que somos mortales sería como decir que vosotros sois reptiles.
Varios hombres soltaron una risa escéptica. Sylvan había apartado la mirada del cuaderno y la observaba, interesado.
―¿Por qué? ―preguntó el hombre de voz suave.
Eilyn bebió un trago de vino antes de responder.
―No está en vuestra naturaleza reptar. Pero si os cortáramos las extremidades, y os aseguro que no nos supondría mucho esfuerzo, no os quedaría más remedio que hacerlo.
El silencio que cayó sobre la mesa permitió oir tragar a varios de los comensales.
―Reptiles… ―murmuró Sylvan, algo más animado―. Nunca lo había pensado.
―Estoy seguro de que podríamos divagar sobre muchos otros asuntos, a cada cual más interesante ―intervino Narcise―. Pero me temo que nuestro tiempo para las divagaciones se ha agotado.
Eilyn dirigió la mirada hacia el cardenal, agradecida de que hubiera captado su indirecta de cortar la pantomima. Quizá aún quedaba alguien inteligente en la mesa.
―Hay quienes pensamos que la deuda que os ha impuesto Archimel es desorbitada. Injusta, incluso, motivada por la reprobable ambición de impresionar al Alto Cónclave y ganar un puesto en la Trinidad Papal.
―¿Archimel también puede ser papa? ―preguntó Sylvan.
―En principio, solo los cardenales pueden serlo ―explicó Narcise―.
Solo el obispo de Lindeburgo, en su rol de anfitrión del Alto Cónclave, es una excepción a esa regla.
Participa en las elecciones como un cardenal más.
Es uno de los vestigios de la época de Liverna la Luminosa, portadora del Antalvalaï.
―O Liverna la Demente, como la llaman algunos ― intervino el hermano Elio―. Las reformas que hizo en nuestra Iglesia aún siguen mareando.
―En cualquier caso ―continuó Narcise―, lo que históricamente comenzó como un regalo que vuestro pueblo nos hacía de buena fe, no debería ahora convertirse en una carga para vosotros.
De hecho, lo que habéis perdido es demasiado valioso para compensarlo con dinero.
Y Archimel lo sabe. Diría que os ha impuesto esa deuda para obligaros a volver al Bosque y traer nuevos tesoros.
―Eso tiene sentido ―murmuró Eilyn.
―Lamentablemente, Archimel es ahora mismo la cabeza de la Iglesia Élfica y no cambiará de parecer. Pero la buena noticia es que la Trinidad Papal puede reducir e incluso anular esa deuda. Si colaboráis en mi ascenso, me aseguraré de que todo el asunto quede en nada.
La propuesta cayó sobre la mesa seguida de un instante de silencio.
―¿No tendríamos que pagar nada? ―preguntó Sylvan.
―Ni un solo marco. Solo tenéis que invocar el edicto de empoderamiento élfico para elegirme miembro de la Trinidad Papal.
Eilyn se cruzó de brazos. Por fin, el cardenal se había dignado a decir lo que quería y sin rodeos. Un soborno en toda regla, como lo habría denominado Leoncia.
―Solo veo un problema ―dijo―. ¿Qué ocurre si los otros dos miembros de la Trinidad Papal deciden no perdonarnos la deuda?
El arzobispo entrelazó los dedos.
―Fuentestrella es una de las ciudades más prósperas de estas tierras, por no decir la que más.
―A su lado, Lindeburgo es apenas una cuadra ―intervino el hermano Elio. Acompañó el comentario con una risa, que nadie continuó.
―Con la influencia que tenemos en este y otros reinos ―terminó de decir Narcise―, no será difícil que los otros papas cedan a mis exigencias.
«Una influencia, por otro lado, insuficiente para conseguir el puesto de papa en una votación limpia ―pensó Eilyn―. No contamos con garantías de que cumplan su palabra».
Sylvan carraspeó.
―¿Pero eso no sería ilegal?
El hermano Elio agitó la mano.
―Ilegal, lo que se dice ilegal… Poco ortodoxo en todo caso.
―Irregular, quizá ―aportó el hombre de la voz suave.
―Indebido, como máximo ―dijo otro.
―El Alto Cónclave es un mercado de influencias, lord Sylvanor ―aclaró Narcise―. Apuesto mi cargo a que otros cardenales intentarán contactar con vosotros antes de que acabe el mes.
Eilyn asintió con rotundidad. Hasta ese momento, el papel de la Iglesia Élfica la había descolocado.
¿Cuáles eran los preceptos de la religión que profesaba?
¿Cuál era la relación de los mortales con sus seres venerados?
Demasiadas preguntas con respuestas ambiguas.
Ahora, de la mano de aquel hombre, por fin lo entendía: todo era un simple juego de poder.
Volvería a casa habiendo obtenido algo de la cena, después de todo.
El cardenal alzó su copa, sonriente.
―En cualquier caso, cuando llegue el momento, confío en que tomaréis la decisión correcta.