Elf P*rn Chapter 7
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Chapter 7

Eilyn se había levantado refunfuñona. Se había salido con la suya, sí.

Sin embargo, al igual que pasaba con un trozo de ternilla atascado entre los dientes, no conseguía desembarazarse de una incómoda y pegajosa sensación de derrota.

Y la perspectiva de tener que tratar todo el mes con esa llorona e irritante monja solo lo empeoraba.

¿Habría alguna manera de librarse de ella?

Esa misma mañana, tras repasar a conciencia una larga lista de cosas que no podían hacerse en una ciudad mortal, Leoncia les había dado permiso para visitar Lindeburgo por su cuenta.

La lista incluía desnudarse, claro. Eilyn no tenía intención de hacerlo ese día, pero solo por llevar la contraria sentía la tentación de pasearse sin blusa.

―Han sonado tres campanadas ―dijo Sylvan.

Eilyn salió de su ensimismamiento. Hacía una hora un mensajero se les había acercado corriendo con un mensaje de Leoncia: los citaba a las tres de la tarde en las oficinas del concejo municipal.

Después de descubrir qué era una oficina, qué era un concejo y qué significaba municipal, solo les quedaba acudir al sitio.

Llegaron al lugar de la cita unos minutos después. Leoncia los esperaba en la puerta, zapateando con insistencia.

―¡Vamos, vamos! ―La monja acompañó sus palabras con gestos―. He tenido que pedir favores para que nos atiendan hoy. No podemos hacerles esperar.

―¿Qué hemos venido a hacer aquí? ―preguntó Eilyn, al tiempo que pasaban al interior.

Encontraron un hormiguero humano. Personas con papeles en la mano correteaban de un lado para otro como hormigas almacenando comida para el invierno. Era una ciudad humana dentro de otra ciudad humana. A Eilyn la horrorizó.

―Imagino que trabajar, ¿no? ―respondió Sylvan.

Empezó a quitarse la camisa. Sus abdominales consiguieron atraer varias miradas antes de que Leoncia lo detuviera.

―Todavía no. Vamos a registraros como trabajadores del… ―Miró a su alrededor y entonces bajó la voz―. Del burdel. He encontrado un sitio que puede gustaros.

―¿Cómo es? ―preguntó el elfo―. ¿Tiene fuente?

―Os contaré todo luego.

Atravesaron varios pasillos hasta llegar a una pequeña sala. Allí los recibió una mujer de morros arrugados y ceño fruncido. Ni siquiera levantó la vista de sus papeles para recibirlos.

―Diez minutos tarde ―murmuró.

―Lo siento ―dijo Leoncia.

―Documento de catastro.

Leoncia sacó un papel y lo colocó sobre el escritorio. La mujer lo leyó en silencio y dio un asentimiento al terminar.

―La licencia del local cero cero siete cinco letra jota de Loma del Príncipe, autorizado para acoger actividades prostibularias.

Se concede permiso de trabajo a Elynwen de Ilendalië y Sylvanor de Ilendalië…

Vaya, qué nombres más extraños ―murmuró, sin levantar la mirada del documento―.

En fin, la autorización se hace efectiva en el día ocho de Cosecha. Firmad aquí.

La mujer rebuscó una hoja entre su montón de papeles y la colocó con un golpe sobre el escritorio. Acto seguido, continuó escribiendo en otro lugar. Leoncia la leyó rápido, hizo un asentimiento e indicó a Eilyn y Sylvan que hicieran… algo.

―¿Qué es eso de firmar? ―preguntó Eilyn.

―Solo escribid vuestros nombres donde os señalo ―respondió Leoncia.

La mujer soltó un sonoro ja .

―¿En serio? No tengo tiempo para estas bromas. ¿Qué clase de…?

Alzó en ese momento la mirada. La expresión de pánico en su rostro fue un chute de placer para Eilyn.

―¡Inmortales del Bosque! Lo siento, lo siento mucho. No sabía que… bueno…

―¿Podemos terminar esto? ―insistió Eilyn―. ¡Luz de estrellas! Cuánto incordio para poder empezar a trabajar.

―¿Tra… bajar? ―preguntó la mujer, forzando un extraño silencio entre el comienzo de la palabra y su final. Miró a Leoncia―. ¿Qué van a hacer dos elfos en un burdel?

―Acompañamiento y charlas sobre moralidad. ―La monja se cruzó de brazos―. ¿Qué iban a hacer si no?

Sylvan tomó la pluma de los dedos de la mujer y escribió su nombre donde señalaba Leoncia. Eilyn hizo lo mismo unos instantes después. Quedaron así dos bellas marcas de escritura élfica en medio de aquellas feas letras mortales.

El elfo recogió la pluma y la volvió a colocar en la mano de la mujer, que no se había movido un milímetro.

―Bien, supongo que está todo en orden, ¿verdad? ―preguntó Leoncia.

La mujer pareció despertar. Asintió varias veces con la cabeza.

―Todo… todo en orden. Gracias.

Abandonaron el despacho, recorrieron los pasillos a la inversa y salieron a la calle. Leoncia entonces soltó un suspiro de alivio.

―El papeleo está terminado. Ahora os llevaré a ver el establecimiento para que preparéis… bueno, lo que tengáis que preparar. En algún momento tendremos que hablar de la declaración de impuestos y…

―¿Cuándo empezamos a trabajar? ―preguntó Sylvan.

―Supongo que cuanto antes, mejor. He adelantado parte del dinero para…

Leoncia se detuvo en seco. Frente a ellos los esperaba un grupo de humanos vestidos con ropas eclesiásticas. Había por lo menos nueve, todos ellos hombres maduros, más bien tirando a la decadencia. A Eilyn le dieron peor espina que el grupo que los había asaltado en el camino.

La monja les dedicó una reverencia casi tan esmerada como la que les había dedicado a los elfos en su primer encuentro.

Eilyn y Sylvan cruzaron una mirada. ¿Serían otro tipo de seres divinos?

¿Acaso los seguidores de la Iglesia Élfica adoraban a otros humanos?

Porque aquellas personas tenían de elfo lo que Eilyn tenía de lechuga.

―¡Bien hallados, inmortales del Bosque! ―saludó uno de los hombres. Era el único del grupo que portaba una tiara élfica―. Hemos salido de Fuentestrella en cuanto nos hemos enterado de vuestra presencia. ¡Ya solo por contemplaros este breve instante ha valido la pena!

―¿Y tú eres…? ―preguntó Eilyn.

El hombre hizo una ligera reverencia.

―Cardenal Narcise, para serviros. Idealmente, para mejorar de algún modo la primera impresión que os habéis llevado de nuestras tierras. Ha llegado a mis oídos que esta no ha sido especialmente placentera.

Sylvan y Eilyn volvieron a mirarse. El elfo alzó las cejas, la elfa se encogió de hombros.

―Me gustaría invitaros a cenar ―continuó el cardenal―. En el Palacio Episcopal, a las ocho. Allí podremos hablar con más calma sobre la ayuda que puedo ofreceros.

Eilyn recibió la palabra ayuda con el efecto de una urticaria.

―No nos permiten entrar al Palacio Episcopal ―dijo Sylvan.

―No somos miembros de la Iglesia, según nos han dicho ―aclaró la elfa.

―Ah, ¿el viejo y refunfuñón Archimel, verdad?

―El hombre miró hacia su séquito y sonrió.

El grupo soltó una taimada risita―. Quizá convertirse temporalmente en la figura más poderosa de la Iglesia le ha subido todavía más los humos.

Aun así, no puede evitar que un cardenal use como le venga en gana las propiedades eclesiásticas.

Leoncia dio un paso adelante.

―Los inmortales del Bosque agradecen vuestra amabilidad, mi señor ―dijo, tajante―. Pero me temo que hay otros asuntos en sus agendas que los va a mantener ocupados.

El cardenal lanzó una mirada hostil a Leoncia. La monja la aguantó encogiéndose, pero no retrocedió.

Eilyn observó con atención aquel enfrentamiento. Ella era la primera a la que esa propuesta le olía mal; aunque, dada su corta experiencia, cualquier oferta de ayuda humana ya le olía mal. ¿Pero qué tenía Leoncia en contra de aceptar una cena gratis?

Sacudió la cabeza. Fuera cual fuera el motivo, Eilyn decidió que valía la pena aceptar para fastidiarla.

―Iremos, señor. Nuestros compromisos pueden esperar.

Todos los rostros se giraron hacia ella. El de Leoncia tenía dibujada la palabra «no» en la boca.

La elfa le dedicó una sonrisa inocente. El cardenal juntó las manos provocando una sonora palmada.

―¡Bien pues! Nos veremos a las ocho en el Palacio Episcopal.

El grupo desapareció tan rápido como había aparecido y Eilyn, Sylvan y Leoncia retomaron el camino a casa. Esta última con una expresión avinagrada.

―Eso no ha sido buena idea ―murmuró.

Eilyn, que consideraba una idea estupenda fastidiar a la monja, se encogió de hombros. Sylvan preguntó por qué.

―Ya sabéis que estáis aquí para participar en el Alto Cónclave ―explicó Leoncia―.

Se supone que solo pueden votar los cardenales y que vuestro papel es el de sagrados testigos.

Sin embargo, existe una regla por la que podéis elegir a cualquier miembro de nuestra Iglesia para formar parte de la Trinidad Papal: el edicto de empoderamiento élfico.

No es una regla que se aplique a menudo ―aclaró―.

Que yo sepa, la única vez que se aplicó fue hace siglo y medio, cuando Telebor de Ilendalië eligió a un monaguillo como papa.

Sylvan rio.

―¡Ah sí! A Teleb le encanta contar esa historia.

Leoncia desconectó un momento de su argumentación. Sacudió la cabeza y la retomó.

―El caso es que, a veces, algunos cardenales intentan beneficiarse de la regla comprando el favor de los inmortales con regalos. Obviamente esta práctica está prohibida, pero muchos lo hacen igualmente. Y sabiendo que habéis venido con un mes de antelación…

―Las oportunidades para comprar nuestro voto aumentan ―concluyó Eilyn.

Leoncia asintió.

―Por eso no deberíais aceptar ningún tipo de propuesta.

Sylvan asintió de vuelta, pensativo. Eilyn caminó en silencio, la mirada fija en sus pies descalzos.

La elfa cada vez tenía menos claro el papel de la Iglesia Élfica entre los mortales.

Hasta entonces había pensado que servía como guía moral ―equivocada, por cierto, pero guía al fin y al cabo―.

Sin embargo, ahora Leoncia hablaba de las convenientes excepciones que aplicaban sus miembros.

Ni los elfos, inmunes al paso del tiempo, habían conseguido representar una pantomima tan duradera.

Y si todo era una pantomima, ¿por qué tomárselo en serio?

―Bueno ―dijo―, eso depende de lo que nos ofrezcan.