Elf P*rn Chapter 6 #2
26%

Chapter 6 #2

Leoncia había tanteado la opción de ir directa al chantaje y la extorsión, pero había comprendido que eso le quedaba grande.

En su lugar, había decidido hacerse pasar por una compradora inocente y entusiasta.

Quizá así el dueño estaría más dispuesto a endosarle aquel engorro de sitio a un buen precio y con condiciones razonables de pago.

Si no, siempre podía recurrir a la otra opción.

El hombre tomó una hoja de papel y ahí escribió una cifra.

―Alquiler ―dijo―. Importe mensual.

Leoncia ni siquiera tuvo que fingir sorpresa al leerla. Era mucho mayor de lo que había pensado.

―Imposible ―dijo, tajante.

―¿Cuánto ofreces, entonces?

―Negociaremos el precio en cuanto me lleves a ver lo que estoy adquiriendo. Pero que te quede claro que no voy a pagarte tanto.

Se acordó de su papel unos segundos después y volvió a sonreír. Esperó no haberse sobrepasado.

―Por favor ―añadió.

El hombre gruñó, pero se levantó de la mesa e hizo un gesto a Leoncia para que lo siguiera. Abandonaron la taberna por un acceso al final de la barra.

Pasaron por una zona de habitaciones, pequeñas pero cuidadas, que daban a un salón común decorado con telas.

Leoncia captó un agradable aroma a incienso.

Eso era un punto fuerte: según decían, los burdeles de los suburbios estaban tan cargados de olores que apenas se podía respirar.

Por otro lado, Eilynwen y Sylvanor no iban a necesitar tantas habitaciones.

¿Tal vez tendría que buscar algo con menos calidad pero más barato?

Ascendieron al primer piso. Allí había un salón parecido y habitaciones más grandes que las de la planta baja.

Las pasaron rápido. En el segundo había un área de aseo.

Tinas, grifos y cubos se repartían por un espacio diáfano y abaldosado.

El hombre explicó a Leoncia que era donde se lavaban las trabajadoras y los clientes.

El desván era una zona dedicada para guardar suministros: adornos, herramientas y productos de limpieza.

Leoncia caminaba absorta, mirando sin ver, pensando que quizá había apuntado demasiado alto.

Allí no habría más trabajadores que los inmortales del Bosque.

No habría clientes que tuvieran que lavarse.

No habría taberna que suministrara bebidas.

No necesitaba ninguna de esas comodidades; tan solo un pequeño espacio adaptado con licencia.

―Creo que no es lo que estoy buscando ―murmuró. La pesadumbre con la que lo dijo quedaba fuera del papel.

Tendría que empezar todo el proceso de nuevo. Revisar establecimientos que estuvieran a punto de cerrar con Julius, esta vez mucho más humildes, y…

―Pero aún no has visto la sala especial.

Leoncia levantó la cabeza.

―¿Sala especial?

De vuelta a la planta baja, justo antes de llegar a la taberna, el hombre se detuvo en el pasillo.

Comenzó entonces a manipular un farolillo colgado.

Leoncia estaba preguntándose qué demonios hacía cuando la estantería adyacente se separó de la pared con un click .

Era una puerta secreta. Al otro lado, unas escaleras enmoquetadas se perdían en la oscuridad.

El hombre le lanzó una sonrisa cargada de misterio.

Encendió uno de los faroles, lo descolgó de la pared y descendió hacia la negrura.

Leoncia lo siguió, temerosa. Si tenía algún problema, nadie sabía que estaba allí.

Intentó beber de la seguridad que le daba meterse en el papel de intermediaria empoderada. Lo consiguió a medias.

Al bajar encontró una sala tan amplia como un piso entero, bañada en un mar de rojos intensos que despertaban a medida que el hombre iba encendiendo las lámparas. Al verla por fin iluminada, Leoncia no pudo evitar abrir la boca por la sorpresa.

Suntuosas alfombras extendidas por el suelo.

Cojines esparcidos hasta el último rincón.

Estanterías con objetos que Leoncia jamás había visto ―y que deseaba no haber visto―.

De las paredes colgaban grilletes, cuerdas y vigas de madera en posiciones perturbadoras.

Frente a ella, una gran cama de sábanas rojas reinaba sobre todo lo demás.

Un colchón más grande que la alcoba de Leoncia en el convento.

Sí, aquello encajaba mejor.

―¿Qué… se supone que hacéis aquí? ―preguntó Leoncia, evitando que su vista recayera en cualquiera de los innumerables objetos de forma fálica. Era difícil.

―Estoy seguro de que te lo puedes imaginar.

Leoncia escondió su rubor fingiendo que estudiaba el espacio.

El olor era aceptable, no parecía haber humedades y tenía buena ventilación.

La temperatura era un poco fría, pero los elfos sabían calentarse.

La iluminación era regulable. Aquella especie de sótano de la depravación estaba mejor equipado de lo que habría esperado jamás.

―Bien, todo visto.

El hombre asintió. Apagó los farolillos, subieron las escaleras y pasaron a la taberna. Se sentaron en la misma mesa de antes.

―Bueno, ¿no crees ahora que mi establecimiento vale lo que pido por él? ―preguntó el hombre.

―Para alguien que sea lo que busque, sí ―reconoció Leoncia―. Pero esto supera con creces nuestras necesidades. En realidad, busco algo más humilde.

El hombre entrecerró los ojos. Cogió el papel de antes, tachó la primera cifra y escribió otra menor.

―Considéralo una ayuda para los necesitados.

―También me preocupa el tema de los vecinos… ―continuó Leoncia.

―¿Qué les pasa?

La monja bajó el tono.

―Se sabe que la gente de este barrio no ve con buenos ojos este tipo de negocio. Antes he ido a ver un establecimiento en la Rivera ―mintió―. Desde luego, no era tan bonito como este, pero daba la sensación de sentirse como en casa, ¿sabes?

―¿No era este hace unos minutos un barrio prometedor?

―Todo tiene sus pros y sus contras.

El hombre gruñó.

―No puedo rebajarte más el precio.

―Tengo dos ofertas sobre la mesa y unas horas para decidirme. ―Leoncia se cruzó de brazos―. Seguro que sí puedes.

Se sumieron en una agotadora negociación. Quizá Leoncia solo supiera regatear por el pescado, y quizá no fuera la mejor, pero en cansar y sacar de quicio era una maestra. Bien sabía Archimel que esto era lo que la había llevado a esa situación.

Pasado un rato, la mano del hombre había vuelto a la sien, el ceño le pesaba y la voz se le había apagado. El afilado instinto de Leoncia le hizo intuir que estaba a punto de mandarla a la mierda. Quizá iba siendo hora de ir cerrando.

―De acuerdo, seiscientos marcos al mes ―accedió la monja―. Pero el primer mes serán cuatrocientos. Y el pago será a plazos. Cien a la semana.

El hombre se inclinó en el respaldo de la silla y se cruzó de brazos.

Leoncia hizo lo mismo. Aunque estaba sacando un buen precio, y más aún por el tipo de establecimiento que pretendía alquilar, no dejaba de ser un duro golpe para sus ahorros.

Porque claro, los primeros cien marcos tendría que adelantarlos ella.

Como mínimo. Sonrió, tratando de fingir que no pendía todo de un hilo.

Pasaron los segundos, lentos como la miel. Finalmente, el hombre soltó un quejumbroso suspiro de aceptación.

A veces ser pesada tenía sus ventajas.