Elf P*rn Chapter 6
23%

Chapter 6

Leoncia maldijo por enésima vez a las madres Sela y Camila.

Una quería las rosas rojas para el desfile.

La otra, blancas. ¿Qué más les daba? Vale, quizá el hecho de que ella misma fuera una bocazas de cuidado había agravado el problema, pero eso no quitaba que las dos mujeres hubieran originado todo.

Así que ahí estaba ella: una monja del montón haciéndose cargo de los seres que adoraba su Iglesia.

Jamás había pensado que eso pudiera hundirla en las profundidades más oscuras de una crisis teológica.

¿Cómo podían esos dos elfos, entes de inmaculada perfección, romper con todo lo que le habían enseñado sobre la propia perfección?

¿Y cómo podían sacarla tanto de quicio? El obispo Archimel solía decir que los elfos eran como niños: seres de infinita pureza con los que, a veces, había que tener mano dura.

Leoncia aún no podía concebir el hecho de aplicar disciplina a un ser divino. Quizá porque solo era una simple monja.

Los pasillos del convento estaban animados, como siempre.

Apenas llevaba unos días sin participar en la vida eclesiástica y ya la echaba de menos.

Las lecturas del Códice de la Luz con las hermanas, los talleres de nudos élficos, la confección con verdeseda…

Todo parecían recuerdos de un pasado muerto y enterrado.

Ahora, cosas de la vida, tenía que montar un burdel.

Atravesó el césped del claustro siguiendo una diagonal. El sol caía a plomo y las religiosas se refugiaban bajo los arcos, evitando exponerse a su alcance. Leoncia, con el tiempo pegado al culo, no podía permitirse ese lujo.

Encontró a Julius en su despacho. La visión de su calva cercada de cabello color óxido la recibió. Su pequeña nariz chata, enterrada en un libro de cuentas, le indicó que el monje debía estar ocupado. A Leoncia no le importó.

Llegó hasta él y lo agarró por el hábito.

―Julius, necesito hacerte unas consultas especiales.

El monje pegó tal brinco que le tembló la papada.

―¡Leoncia! ¡Dichosos los ojos! A ti te quería ver yo. ¿Sabes que eres la comidilla del convento? ―Se levantó, rodeó el escritorio y entrelazó su brazo con el de la monja―. Chica, me tienes que contar todo lo de esos elfos. No sabes lo que he llegado a…

Leoncia se zafó de él.

―Ahora no hay tiempo, pero te prometo que te lo contaré todo. Información privilegiada, Julius, si me ayudas a consultar una cosa.

El monje entrecerró los ojos.

―¿Vas a ser tan perra de dejarme en ascuas?

―¡Julius!

El hombre puso un gesto de fastidio.

―Ay, está bien. Pero porque eres tú.

―Vamos a un lugar privado.

El monje la llevó a una habitación angosta en las mismas dependencias. Había estanterías tan colmadas de volúmenes que ocultaban las paredes. Polvo que hacía picar la nariz.

―Bueno, cuenta de una vez ―pidió Julius―. ¿Qué necesitas?

Leoncia había tenido la idea mientras dormía.

O, mejor dicho, mientras intentaba arrancar unos minutos de sueño a una angustiosa noche de insomnio.

Como había explicado a Eilynwen y a Sylvanor, los burdeles eran establecimientos perfectamente legales si contaban con la licencia.

Lo que no les había mencionado era que la Iglesia Élfica hacía presión para mantener esos establecimientos fuera de los barrios de cierto caché, especialmente los cercanos a los conventos y edificios de gobierno.

A veces por las buenas, a veces por las malas.

Julius gestionaba ambos casos.

―Necesito que me encuentres un burdel cuyo propietario esté desesperado por traspasar.

Ya está, ya lo había dicho. Quizá solo fuera una frase, pero para Leoncia era la diferencia entre mantener el pecado dentro de la cabeza, a raya, y cometerlo.

O, al menos, comenzar el proceso de cometerlo.

¿De hecho, era un pecado si cumplía los designios de los inmortales del Bosque? Las crisis teológicas eran complicadas.

Por suerte, Julius no contribuyó a hacerla sentir peor acosándola a preguntas y se centró en la faena. Leoncia disfrutó de unos momentos de agradable silencio.

―Humm, este podría ser interesante. ―El monje señaló un registro en uno de los cuadernos―.

Establecimiento con licencia, adaptado y reformado en Loma del Príncipe.

Inmueble heredado. El propietario es un niño rico que nunca ha dado un palo al agua.

Nuestras insistentes visitas lo han llevado al borde de dejar el negocio.

Leoncia asintió, concentrada en la línea que leía Julius. Esperaba encontrar gangas con ese método de búsqueda y, lo mejor, ahorrarse los trámites de adquirir una licencia nueva. La parte negativa era que estaba jugando con fuego. Pero Julius era de fiar.

«Y solo tengo que aguantar un mes», se recordó.

―La cuestión es: ¿lo dejará? ―preguntó Leoncia.

―Busquemos los trapos sucios…

Julius hizo descender el dedo por el papel, siguiendo el texto.

―Permitió la entrada al hijo de uno de los concejales cuando este era menor y… ¡Vaya, vaya! Tráfico ilegal de amaripola.

La monja leyó, balbuceando las palabras en un susurro.

―El trato es que si se larga a otro sitio donde no moleste, nosotros lo dejaremos estar y no involucraremos a las autoridades ―añadió Julius―. Creo que lo hemos asustado lo suficiente.

Leoncia asintió.

―Me vale. Eres el mejor, Julius.

El monje recibió el cumplido con un gesto que no tenía nada de humilde.

―Ya sabes, hermana. Solo necesito el chisme adecuado para seguir siendo el mejor.

Julius lanzó a la monja una mirada de picardía.

―Tendrás tus chismes pronto. ―Leoncia corrió hacia la puerta.―. Te van a encantar. ¡Ah! Y asegúrate de mantener esta conversación en secreto o entonces seré yo la que cierre la boca.

El monje exageró una expresión de indignación.

―Ese no era el trato, sucia embaucadora.

―Y te enviaré a mis amigos inmortales para que te retuerzan las orejas hasta ponértelas de punta.

Julius perdió todo rastro de mofa.

―Eh… No harías eso, ¿verdad?

Leoncia le lanzó un beso antes de salir.

* * *

El camino por Loma del Príncipe habría sido más agradable de no ser por las prisas.

No todos los barrios eran tan bonitos ni olían tan bien, y menos aún los que frecuentaba Leoncia.

Las calles parecían quizá demasiado vacías sin los residuos acumulándose en las esquinas.

Aun así, pensó que podía acostumbrarse a ello.

Casi empezó a alegrarse por la perspectiva de pasar más tiempo en la zona.

Pero, ¿y si la idea salía mal y no venía nadie? O peor; ¿y si salía demasiado bien y toda Lindeburgo veía a Sylvanor y Eilynwen, seres divinos, bueno… haciéndolo como animales? ¿Y si se enteraba Archimel?

Leoncia sacudió la cabeza con la esperanza de sacudirse así las dudas. Le habían encargado una misión superior. Ella era un mero instrumento. Y, sobre todo, ya había dado su opinión al respecto.

Caminó deprisa, haciendo restallar sus zapatos sobre los adoquines.

Se cruzó con un par de caballeros que charlaban tranquilamente en un banco.

Leoncia se fijó en ellos; en sus buenas vestimentas, su aire ocioso y sus expresiones de serenidad.

¿Serían algunos de los pervertidos que habían presenciado el espectáculo de la fuente?

Sus miradas se cruzaron. Uno de los caballeros la observó con desinterés, confundiéndola tal vez con una criada.

Leoncia se había quitado el hábito y lo había dejado en el convento.

Caminaba mucho más fresca y ligera sin él, pero esa no era la razón principal de su decisión.

Para la siguiente fase del plan, debía distanciarse de cualquier asociación con la Iglesia Élfica.

Saludó al caballero con una inclinación de cabeza y siguió caminando.

Llegó a la puerta del burdel. Leoncia nunca había visitado ninguno, pero le sorprendió la poca sordidez del establecimiento.

Era una casa adosada de dos plantas, encalada en blanco, con la estructura de madera a la vista y con el tejado a dos aguas.

No había ninguna señal que indicara su naturaleza y desde el exterior bien podría pasar por la bonita vivienda de una familia adinerada.

O, al menos, de alguien que no se dedicaba a cometer perversidades.

Leoncia llamó y esperó. Abrió un hombre de unos treinta y tantos y expresión agriada. Llevaba la mano pegada a la sien. Apestaba a clase alta y a vino barato.

―¿Qué quieres? ―preguntó el hombre. Repasó a Leoncia de arriba a abajo―. Estoy ocupado.

―¿Eres el propietario? ―El hombre asintió. Leoncia miró a los lados de la calle. No había nadie―. Quiero adquirir este establecimiento.

El hombre entrecerró los ojos.

―¿En serio? Pensaba que vendrías por trabajo.

Leoncia ignoró el insulto lo mejor que pudo.

―Me gustaría discutir los detalles en un sitio más privado.

El hombre la observó, aparentemente juzgando cómo tratar a una joven de aires tan subidos que venía a fastidiarle la resaca. La curiosidad debió ganar a todo lo demás, ya que la hizo pasar con un gesto.

La entrada daba a una pequeña taberna. A esa hora del día, la única luz que la iluminaba venía del exterior. Por la noche, al parecer, esa tarea la llevaban a cabo unos farolillos rojos colgados de las paredes. Salvo por ese detalle, el establecimiento aún podría pasar de una taberna normal.

El hombre tomó asiento en una de las mesas y Leoncia hizo lo mismo. No parecía que hubiera nadie más por allí.

―Bueno, ¿qué lleva a una joven como tú a interesarse por adquirir un burdel? ―preguntó el hombre.

―Yo solo soy la intermediaria ―reconoció Leoncia―. Créeme que no es a mí a quien le interesa.

―¿Intermediaria de quién?

―No puedo revelártelo. Pero mi… representado está ansioso por embarcarse en este apasionante negocio. ―Leoncia mostró su sonrisa más inocente―. Y en un barrio tan prometedor, nada menos.

El hombre gruñó.

―¿Tu representado es de fuera?

Leoncia asintió.

―Hemos oído que querías traspasar el negocio. O, por lo menos, alquilarlo por temporadas.