Elf P*rn Chapter 5
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Chapter 5

El por qué los hombres humanos se dejaban crecer la barba, era un misterio al que Sylvan le seguía dando vueltas.

Los elfos también podrían llevarlas, por supuesto, pero no se los veía con ellas por la misma razón que no se los veía con uñas de un palmo de longitud en los pies.

Aun así, a los mortales les quedaba extrañamente bien.

Otra de las particularidades de aquel mundo.

Luego estaba el alguacil, que se atusaba su denso bigote mientras los observaba al otro lado de los barrotes. Eso venía a ser como dejarse crecer una única uña, la del pulgar quizá. Más raro aún.

Sylvan estaba imaginándose su propio rostro con bigote cuando llegó Leoncia.

―Ya está todo saldado ―dijo.

El alguacil miró al guardia que la acompañaba y este asintió. Entonces suspiró y les abrió la puerta de la celda.

―Vamos a mi despacho.

Abandonaron la sección de las celdas y se dirigieron a la sección administrativa que habían visitado el día anterior.

Avanzaron atrayendo las miradas de todos.

Eilyn digna, como siempre, Leoncia atravesando una de sus fases de rostro pálido.

A pesar del calor del verano, su hábito aún goteaba.

Justo en el momento en el que los guardias habían aparecido para detenerlos, ella se había lanzado a la fuente a recoger las monedas.

Gracias a su rapidez, el botín se había salvado.

Entraron al despacho del alguacil y este cerró la puerta. Nada más tomar asiento tras el escritorio, el hombre retomó el toqueteo del bigote.

―Parece que tenéis un desconocimiento descomunal en lo que respecta a las leyes humanas ―comenzó a decir―.

La hermana Leoncia me ha asegurado que vuestro sentido moral os debería mantener dentro de nuestro marco legal general, así que no tendría que preocuparme porque fuerais por ahí robando y quemando cosas.

Sin embargo, eso no calma mi temor de encontraros aquí cada día que dure este largo mes.

―No somos estúpidos, alguacil ―dijo Eilyn―. Podemos cumplir perfectamente vuestras leyes.

―Y, sin embargo, aquí estáis.

La elfa se cruzó de brazos.

―Porque lo estúpido, en este caso, son las leyes.

El hombre volvió a suspirar.

―Sé que ya tienes suficiente presión, hermana Leoncia, pero voy a pedirte que te hagas cargo de esto.

La monja observó al hombre con expresión demacrada, el cabello revuelto a medio secar. Sylvan tenía entendido que los humanos envejecían con el tiempo, pero estaba empezando a sospechar que lo que realmente los marchitaba eran los disgustos.

―El obispo Archimel me va a matar ―murmuró.

―Aunque por el momento sea el hombre más poderoso de la Iglesia Élfica, no tiene poder para matar a nadie…

―No lo subestimes.

―… pero me temo que no rodará solo tu cabeza si se entera de vuestra nueva visita a comisaría ―continuó el alguacil. Señaló a los elfos―. Nosotros mantendremos silencio y tú los mantendrás lejos de aquí. ¿Te parece?

Esta vez fue Leoncia quien suspiró.

―Haré lo que pueda.

El alguacil asintió, satisfecho. No despegó la mano del bigote ni para despedirse.

* * *

―¿Entonces cuánto dinero nos queda? ―preguntó Eilyn.

Leoncia paró un instante de barrer para lanzarle una bolsa tintineante. La elfa la abrió y dejó caer el contenido sobre la mesa. Las monedas eran menos y más pequeñas de lo que Sylvan había esperado.

―Cuatro marcos y…

―Siete escudos ―respondió Leoncia―. Tenemos aún menos dinero que ayer.

Eilyn alzó la mirada.

―¿Y cómo es eso posible?

La monja siguió barriendo con energía.

―Porque hay unas cosas que se llaman multas .

Las multas son dinero que se paga a veces como castigo cuando uno ha incumplido la ley.

Y son terriblemente caras, tanto que casi he gastado todo lo que habéis ganado, precisamente para asegurar que no vuelva a repetirse el delito.

―Apoyó la escoba contra la pared, quizá con demasiada fuerza.

―. Un delito que yo, como estúpida que soy, he permitido que cometáis.

¡Porque en ningún momento se me ocurrió que el trabajito que me estabais proponiendo fuera a ser absoluta y vergonzosamente ilegal!

Eilyn se cruzó de brazos.

―No veo por qué tendría que ser ilegal.

Leoncia se echó el cabello hacia atrás, respiró hondo y recogió la escoba.

―La cosa es que lo es, dama Eilynwen. La ley no es subjetiva. Eso queda fuera de toda discusión.

―Pues es una lástima para ti, porque nos has dado tu palabra de dejarnos hacer lo que quisiéramos si te demostrábamos que podíamos ganar el suficiente dinero.

Leoncia soltó un bufido.

―Dije que nada de robar…

―… engañar, explotar o extorsionar ―completó Eilyn―. Lo hemos cumplido a rajatabla. Y un trato es un trato.

―¿De cuánto ha sido la multa, Leoncia? ―preguntó Sylvan.

Leoncia siguió barriendo sin responder.

―¡Humana! ―insistió Eilyn―. Lord Sylvanor te ha hecho una pregunta.

Sylvan no pudo evitar soltar una carcajada. La monja, por su parte, pareció hacerse más pequeña.

―De sesenta marcos ―murmuró―. Con trece escudos.

A Eilyn se le escapó una sonrisa triunfante. Habían superado el importe del día anterior, y en menos de una hora. Habría sido bonito tener todas esas monedas entre las manos, sí, pero lo importante era que habían demostrado que podían vencer aquel podrido sistema económico mortal.

«Suponiendo que nos dejen repetir lo que hemos hecho, claro», pensó.

―No entiendo por qué la gente nos ha dado dinero si nos estábamos saltando la ley ―dijo Sylvan―. Parecía que lo disfrutaban, incluso.

―Exacto. ―Eilyn se recostó en la silla―. ¿No sería como premiar a un ladrón?

―Es más complicado que eso ―dijo Leoncia, aún cohibida―.

Para empezar, lo ilegal de vuestro acto fue hacerlo en público, no el acto en sí.

Y respecto a lo de pagar por ello, sea ilegal o inmoral ver a dos inmortales del Bosque haciendo…

―Barrido―. Esto, practicando sus aficiones…

―Barrido―. Bueno, hay quienes reprueban cosas de boquilla pero luego se sienten atraídos por ellas.

Eilyn mantuvo los brazos cruzados.

―Vuestra ambigüedad moral es bastante peculiar, humana. Es contradictorio que disfrutéis de lo que luego vais condenando. Pero bueno, sois mortales. ¿Qué se le va a hacer?

Leoncia clavó los ojos en la elfa.

―Y lo que a mí me parece contradictorio es que nos repudies pero luego te excites con nuestras miradas.

Sylvan se atragantó con su propia saliva. Eilyn abrió tanto la boca que pareció querer tragarse la mesa. Leoncia hizo lo mismo, aunque se la tapó enseguida con las manos.

―¡Perdón! Yo…

―Serás…

―Leoncia ―intervino Sylvan, consiguiendo atraer ambas atenciones antes que la cosa fuese a más―. Has dicho que nuestro acto en sí no era ilegal. ¿Habría alguna manera de conseguir… cómo decirlo… que todo esté en orden?

Leoncia desvió la mirada.

―Podría ser…

Eilyn abandonó su expresión indignada por el bien de la conversación. Tan solo mantuvo un ligero ceño fruncido.

―Explícate.

La monja lanzó un largo suspiro antes de seguir barriendo.

―En Lindeburgo existen unos establecimientos a los que la gente acude y paga por ver y hacer… eso. Burdeles, se llaman. Si cuentan con licencia, son perfectamente legales.

―¿Tendríamos que construir un burdel? ―preguntó Sylvan.

―Bastaría con alquilarlo y adaptarlo a vuestras actividades. ―Leoncia se detuvo y negó con la cabeza―. Bendita luz… ¿De verdad estoy planteando esto?

―Has hecho una promesa, humana ―recordó Eilyn―. Nos ayudarás en todo lo que te pidamos, ¿recuerdas?

Leoncia observó a los elfos con expresión suplicante. Su cabello desordenado, su reciente palidez y sus ojeras contribuyeron a exagerar el efecto.

―¿De verdad me vais a hacer montar un burdel? ¿En menos de un mes? ¿A una humilde servidora de la Iglesia Élfica?

Sylvan se encogió de hombros.

―¿Qué problema hay?