Chapter 4 #2
Miró a Leoncia y la encontró a su vez observándola. Mantenía una expresión confusa. Si aún no había comprendido el propósito de Eilyn, le quedaba poco para hacerlo.
―Recuerda el trato ―dijo la elfa.
Les dio la espalda y caminó hacia la fuente. Empezaba el espectáculo.
Eilyn respiró hondo y se concentró en sus sensaciones.
Cerró los ojos. Sintió la dureza de la piedra en las plantas de los pies, la sombra refrescando su piel.
El borboteo del chorro y el taimado movimiento del Olmo, que se alegraba de sentir de nuevo su presencia. Hacía un día espléndido para bañarse.
Llegó hasta el agua y se mojó la nuca con ella. Sintió el frescor descendiendo por su cuerpo. Escuchó las hojas danzando en lo alto. Casi le pareció estar en las termas de Ilendalië.
Allí, si hubiera mirado a su alrededor, habría visto un panorama muy diferente: decenas de elfos y elfas desnudos, explorándose mutuamente, jugando con sus cuerpos sin limitaciones.
En aquella plaza, los sencillos y atrasados mortales serían quienes la observarían a ella: al objeto de su adoración, la expresión suprema de la pureza élfica.
A su diosa, expuesta enteramente para ellos.
Empezó a desvestirse ya excitada, anticipando las expresiones de asombro y lujuria. El rostro impactado de Leoncia, juzgándola sin poder intervenir. El sabor de la libertad en un mundo encadenado.
Se lanzó a la fuente desnuda por completo. Una revitalizante ola de frescor la hizo temblar. Rio, sin poder evitarlo. Y una risa masculina de puro gozo respondió en la distancia.
Sylvan se lanzó al agua aún a medio desvestir. Eilyn le sonrió de vuelta. Se acercó y le abrió la camisa, haciendo saltar varios botones. El elfo le respondió con una carcajada.
―En cuanto he visto la fuente he comprendido qué te proponías.
―Sabía que me seguirías el ritmo.
Sus cuerpos se juntaron y se fundieron en un torbellino de roces y caricias. Sus lenguas se encontraron y Eilyn volvió a respirar hogar. El frescor del agua pronto fue eclipsado por un intenso calor. Un ardor que iba conquistando cada parte de su cuerpo, imparable.
Aun así, consiguió detenerse.
Se apartó de Sylvan, recogió los restos de su camisa y se cubrió con ellos.
Entonces miró a su público. Les dedicó una expresión seria, adusta, pero que dejaba escapar estudiados atisbos de travesura.
Y allí estaban los rostros: hombres y mujeres sorprendidos, escandalizados, exaltados.
Lujuriosos. Arrancados de un sueño del que no creían que fueran a despertar.
―No hay nada que nos excite más a las elfas que el sonido del oro en el agua. ―La elfa levantó la camisa hasta mostrar el muslo―. Sería muy placentero para mí si alguno de vosotros, nobles mortales, me animara a seguir jugando.
Hizo un barrido por todos los rostros, exageró un gesto de tristeza y se dio la vuelta.
Encontró un brillo divertido en los ojos de Sylvan, que la atrajo hacia sí para besarla.
Eilyn lo detuvo extendiendo un brazo contra su pecho.
Sentir aquellos duros músculos bajo su piel casi le hizo retomar el juego, pero consiguió contenerse.
Al menos, hasta que sonó un chof junto a ella.
Miró a sus pies y encontró el esperado resplandor dorado. Hundió la mano y sacó su premio: una brillante moneda.
Eilyn se lanzó hacia Sylvan, dejando caer la tela. Lo tumbó sobre el murete y comenzó a besar el cuerpo del elfo.
Sylvan se dejó hacer. Hundió la mano en la fuente, sacó agua y la vertió siguiendo, de arriba a abajo, la espalda de Eilyn. La elfa se detuvo, sorprendida por un escalofrío de placer. Rio en alto y continuó besando a Sylvan. En ese momento, sus ojos se cruzaron con los de Leoncia.
La monja observaba junto a los demás mortales, paralizada por las emociones. Eilyn pudo ver la lucha también en ella: la fascinación y la culpa, el deleite y la vergüenza. Las grietas resquebrajando las cadenas de una promesa. Seguramente no tardaría en intervenir.
Eilyn decidió pasar al acto final.
Se volvió a cubrir con la camisa y se colocó a horcajadas sobre Sylvan, de cara al grueso de mirones.
Sosteniendo la tela con una mano, se las arregló para manejar la dureza del elfo y colocársela entre las piernas.
Entonces empezó a descender, poco a poco, sintiendo cómo su interior la acogía con ansia.
Continuó moviéndose con deliberada lentitud, derritiéndose ante todas las miradas. Convirtiéndose en una segunda fuente. Controlándose a duras penas para mantener la tela en su sitio.
Se detuvo y miró de nuevo a los mortales. Por suerte, ellos captaron al momento su intención. Una lluvia de monedas hizo borbotear el agua con gloriosos destellos dorados.
Entonces sí, Eilyn se desató. Lanzó la tela a la fuente y cabalgó a Sylvan como hacía tiempo que no cabalgaba a nadie. Aquella plaza de arcos de piedra, aquellas miradas escandalizadas, aquel acto prohibido tenía algo que no había sentido nunca. Y mientras, las monedas seguían cayendo.
Sintió oleadas de placer, una tras otra, al tiempo que fijaba su mirada en los rostros de su público. Se les unió más gente. Eilyn lo disfrutó. Más ojos, más exposición. Pero, por alguna razón, no más monedas.
De repente, los observadores originales empezaron a huir en desbandada.
Se acercó entonces el que parecía ser el líder del nuevo grupo que se les había unido; un hombre serio y corpulento, uniformado y enterrado en una horrenda masa de vello facial. Su expresión gritaba en silencio que algo iba mal. Eilyn se detuvo a regañadientes.
―Inmortales del Bosque. ―El hombre hizo atronar su voz―. Quedáis detenidos por escándalo público.