Elf P*rn Chapter 4
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Chapter 4

―Quiero pediros disculpas por mis formas al sacaros de la fuente ―explicó Leoncia, una vez se hubo calmado.

Había ido a hablar con Rita, la vecina del bajo, y había conseguido estofado para cenar por mucho menos dinero de lo que costaba una herradura. Sylvan, que había presenciado el intercambio, se sintió celoso de sus habilidades de negociación.

―Fue veros así y… Bueno, tenía que hacer lo que hice, claro ―continuó―. Pero no del modo en el que lo hice. Solo soy una monja del montón, no estoy preparada para gestionar situaciones así. Así que… lo siento mucho.

Leoncia se apartó de la mesa e hizo una profunda reverencia. El color rosado había vuelto a sus mejillas, aún visible a la luz de las velas, por lo que Sylvan comprendió que ese debía ser un estado cromático habitual.

Eilyn, a su lado, iba sacando del cuenco trozos de carne de un animal sin identificar.

―Entendido ―dijo Sylvan―. Nada de sexo en público.

Leoncia volvió a sentarse.

―Jamás me habría esperado que tendría que especificar eso ―murmuró.

―Y nada de bañarnos en las fuentes, solo en el arroyo ―añadió el elfo.

―En algún recodo protegido para daros intimidad. Nunca con gente delante. Y no demasiado tiempo.

Sylvan asintió.

―Hay una cosa que no entiendo ―dijo Eilyn, aún inmersa en la pesca de carne―. Los mortales nos adoráis. Pero, al mismo tiempo, no dejáis de decirnos lo que tenemos que hacer. ¿Por qué?

Leoncia dedicó unos instantes a pensar la respuesta. Parecía avergonzada por algo. Pero claro, en opinión de Sylvan, siempre parecía avergonzada por algo.

―Los elfos sois las creaciones más cercanas a la perfección ―dijo―.

En los comienzos de la historia, cuando aparecimos los mortales, nos separasteis de los animales y nos disteis las enseñanzas que nos hizo personas.

Nosotros las apuntamos en un gran libro y las fuimos pasando de generación en generación para que el conocimiento no se perdiera.

La monja señaló un grueso volumen que descansaba sobre una encimera. Sylvan, curioso, se levantó y lo examinó.

«El Códice de la Luz», leyó en la portada.

―Pero el hecho de que los sabios elfos de la antigüedad nos iluminaran con su conocimiento no quiere decir que todos los elfos puedan hacerlo ―continuó Leoncia―.

Es cierto que tenemos más debates teológicos de lo que nos gustaría sobre estos temas.

Sin embargo, la mayoría coincidimos en que, aunque os adoremos, las bases de nuestra religión ya quedaron asentadas.

―Levantó las manos―. Vosotros sois seres de perfección, virtuosos y puros.

Pero digamos que… sois puros al estilo de…

―¿De qué? ―preguntó Eilyn, al ver que el titubeo se alargaba.

―Bueno, de niños.

Leoncia inclinó la cabeza y murmuró otra disculpa.

Sylvan creyó comprender lo que decía. Los humanos adoraban a los elfos porque sus ancestros les habían enseñado cosas.

Sin embargo, esas cosas que les habían enseñado debían ser diferentes a las que habían traspasado a su propio pueblo.

Al menos, él no había conocido a ningún elfo que viera con malos ojos el sexo libre.

―Pues eso va a cambiar ―dijo Eilyn. Leoncia miró a la elfa como si esta la acabara de abofetear―.

Una cosa es estar dispuesta a vivir en una sucia ciudad mortal, oliendo vuestros cuerpos mortales y siguiendo vuestras costumbres mortales.

―Levantó un dedo―. Y otra muy distinta es plegarme a unas leyes sin sentido, las haya puesto quien las haya puesto.

Solo sois unos seres pequeños y fugaces que no entendéis nada del mundo.

―Dama Eilynwen ―empezó a decir Leoncia―, siento que esto te haya hecho enfurecer, pero…

Eilyn espantó las posibles excusas con la mano.

―¿Cuántos años tienes, acaso? Tendrás ochenta como máximo.

Leoncia abrió tanto la boca que se le vio la campanilla.

―¡Tengo veinticuatro!

La elfa alzó las manos al cielo.

―¿Ves? Apenas eres una larva.

―¿Perdona?

―Eilyn, la cuestión es adaptarnos a ellos ―intervino Sylvan―. Vamos a estar solo un mes aquí. Y aunque su religión sea lo más absurdo que he escuchado en mi vida, ¿tanto nos cuesta un pequeño sacrificio para hacer las cosas a su manera?

Dedicó un gesto de ánimo a Leoncia. La monja le devolvió una mueca indescifrable: algo entre el agradecimiento y el horror.

El sonido de un objeto metálico chocando contra la mesa atrajo todas las miradas.

―Bien, ¿cuánto vale esto? ―preguntó Eilyn.

Monedas. Doradas y brillantes. Leoncia las inspeccionó como si fueran hongos exóticos.

―¿De dónde las has sacado? ―preguntó―. Creía que os lo habían quitado todo.

―De mis bolsillos interiores ―respondió Eilyn―. Las guardo para emergencias.

Leoncia asintió y volvió a fijar la vista en las monedas. Sylvan observó con interés a su compañera. Sus palabras decían una cosa, pero había algo en su tono que no encajaba. No tenía la musicalidad de siempre.

―Son quince marcos ―dijo Leoncia―. Es una fracción muy pequeña de la deuda, dama Eilynwen. Podríamos estirarlos para alimentaros medio mes, pero no más.

Eilyn mantuvo su expresión adusta.

―Según nos dijiste, es más o menos lo que gana un mortal a la semana.

―Más o menos. Aunque depende del empleo, claro.

―¿Cuánto tendríamos que ganar al día para mantenernos y pagar la deuda?

―Varios cientos ―calculó Leoncia―. Casi mil.

Sylvan se dejó hundir en el asiento. Cuantos más números escuchaba, más claro tenía que todo acabaría mal.

Después de insistir tanto para ser él quien representara a su pueblo en el Alto Cónclave, ¿cómo iba a soportar la vergüenza de volver a Ilendalië con semejante fracaso a sus espaldas?

¿Cómo iba a confesar, además, que lo habían engañado antes siquiera de haber pisado Lindeburgo?

Era consciente de su propia ingenuidad, por supuesto. No era ni pretendía ser la estrella más brillante entre los elfos, pero que unos simples mortales se hubieran aprovechado de él de una manera tan burda era cruzar un límite.

―¿Si encontráramos un trabajo que nos hiciera ganar esa cantidad cada día ―preguntó Eilyn―, tendrías algún inconveniente en que lo ejerciéramos? ¿Aunque no te gustara?

Leoncia sonrió con indulgencia.

―¿Un corto paseo por la ciudad y ya has encontrado la gallina de los huevos de oro, dama Eilynwen?

Eilyn le devolvió una sonrisa envenenada.

―Vamos a hacer una cosa. ―La elfa recogió las monedas y las hizo tintinear en su mano―.

Tú eres la mortal. La negociadora, la experta, la que a pesar de su poco tiempo de vida, tiene más experiencia en esta ciudad.

Así que haremos las cosas a tu manera si después de una hora, una única hora , no consigo alcanzar los cincuenta marcos por mis propios medios.

―Levantó un dedo―. Pero, si lo consigo, te tragarás tus prejuicios junto con esta sopa de rata y nos ayudarás en todo lo que te pidamos.

Leoncia entrecerró los ojos.

―¿Sin robar, engañar, extorsionar ni explotar a nadie?

Eilyn señaló hacia arriba y después se tocó el corazón.

―Sin robar, engañar, extorsionar ni explotar a nadie más que a mí misma. Y, en todo caso, a Sylvan.

―¡Eh! ―dijo este.

―Lo juro por la pura luz de las estrellas.

Leoncia mantuvo su expresión durante unos instantes. Finalmente, asintió.

―De acuerdo. Una hora.

―Una hora ―convino Eilyn, cruzándose de brazos―. Cincuenta marcos.

―Tenéis que cerrar el trato estrechando la mano ―aportó Sylvan. Las dos mujeres lo observaron―. Así es como hacían en el mercado.

Eilyn y Leoncia volvieron a mirarse. La monja fue la primera en pasar a la acción; se frotó tímidamente la mano en el hábito, como si quisiera secársela, y se la tendió a la elfa.

Eilyn la observó con la misma expresión con la que había sacado antes la carne del plato.

Tardó unos largos instantes en acercar la suya.

Sylvan sonrió en cuanto se produjo el contacto.

―¡Perfecto! ¿Cuándo empezamos?

* * *

El día había amanecido despejado y bochornoso.

La suave brisa que barría el apartamento de Leoncia en las alturas languidecía abajo, cubriendo las calles con una mortaja de calor aborrecible.

Eilyn agradeció al menos haber podido dormir frescos.

Con medio cuerpo fuera de aquel colchón compartido, sí, pero frescos.

Caminaba decidida, deseosa de volver a sentir el beso del agua fría en su piel, pisando con fuerza los adoquines que la habían visto vagar perdida el día anterior.

Ese día encontraría su camino. Y en más de un sentido.

―¿Otra vez Loma del Príncipe? ―preguntó Leoncia―. ¿Qué vamos a hacer aquí?

Eilyn no contestó. Desde que se les había unido tras pasar la noche en el convento de su orden, Leoncia no había parado de hacer preguntas.

Mantener el misterio tenía su punto, pero el motivo de guardar silencio era asegurarse de que la monja no se echara para atrás.

A Sylvan tampoco le había dicho nada, pero él era fiable como el pan caliente. No decepcionaría.

El elfo caminaba concentrado, la mirada fija en todo aquello con lo que se cruzaba.

Llevaba una camisa de lino blanco, abierta por el pecho, al estilo humano.

Leoncia la había encontrado en un baúl en el apartamento, entre las posesiones de su difunto tío.

Eilyn esperó que no tuviera mucho cariño a la prenda; no tardaría en echarla a perder.

―Ya llegamos.

La frondosa copa del olmo se adivinó poco después entre los tejados. Eilyn los guio por las últimas callejuelas y enseguida desembocaron en la plaza de la fuente.

―¿Otra vez la Plaza de la Ascensión? ―preguntó Leoncia.

Eilyn volvió a guardar silencio, en parte porque no sabía qué responder a eso. A ella le gustaba más cómo lo llamaba en su mente: la Plaza del Olmo.

Observó a su alrededor. Había algunos humanos desperdigados en bancos de piedra; quizá el mismo número que los del día anterior, pero no vio ningún rostro familiar. Eso le produjo una punzada de inquietud. ¿Y si los mortales que estaban ese día eran tan mojigatos y prejuiciosos como la monja?